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Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones [Miguel Ángel Moratinos]. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 13 de diciembre de 2017

  • 13.12.17
Hay múltiples referencias al calificar a los grandes diplomáticos. Algunos como excelentes negociadores: Talleyrand y Metternich; otros como diplomáticos escritores: Juan Valera y Neruda; otros como embajadores intrépidos y aventureros o, como el caso de Ramón Villanueva: el diplomático narrador.



Es cierto que Ramón Villanueva realizó las distintas funciones diplomáticas de manera relevante pero todos aquellos que le conocimos más de cerca descubrimos en él una especial capacidad en ser capaz de trasladarnos a situaciones históricas y momentos claves de nuestro devenir u acontecimientos en el Mediterráneo y en Oriente Medio con un rigor, una riqueza narrativa, un sinfín de datos, fechas, anécdotas, citas y conclusiones dignas de los grandes historiadores.

Es verdad que los diplomáticos utilizamos generalmente la palabra para declarar, convencer, negociar y defender lo mejor posible nuestros intereses y, sin embargo, es la escritura la manera más habitual para transmitir nuestras actuaciones.

Desde las tabletas en piedra de escritas con caracteres cuneiformes de la época asiria, pasando por los pergaminos egipcios, las cartas de los zares, para llegar a los telegramas cifrados y confidenciales, a las cartas e informes a nuestros superiores para concluir en estos tiempos con la diplomacia del tuit, ésta última poco analítica y eficaz. La escritura es, por tanto, el medio más habitual de información y de trabajo de todo diplomático.

Sin embargo, la diplomacia no puede ni debe limitarse a los textos escritos: queda toda una serie de maneras de informar y trasladar análisis y reflexiones. Y para ello podemos acudir a la trasmisión oral. Creo que Ramón Villanueva debe ser reconocido como el gran diplomático narrador.

Gracias a su trabajo y a su memoria hemos podido conocer la evolución de Oriente Medio. Quién mejor que él para describir los relatos y telegramas del gran arabista español Emilio Garcia Gómez en sus embajadas de Irak, Líbano y Afganistán. Qué decir también de su contribución en Turquía para comprender la evolución hacia la modernidad del viejo imperio otomano.

Nadie puede olvidar, a su vez, el paso por Túnez y la manera en que nos hizo a todos constatar la superposición de distintas culturas y civilizaciones y su modelo de convivencia. Ramón Villanueva defendió siempre una diplomacia cultural para entender y ser capaz de sintetizar las causas profundas de los movimientos sociales y políticos de los países en los que estuvo acreditado.

No obstante, para mí, su mayor contribución fue su compromiso de defender sus ideas políticas y sociales sin que estas menoscabasen en ningún momento su labor profesional, que nadie pudo poner en tela de juicio, aunque sus posiciones ideológicas no le ayudasen a escalar merecidamente puestos de relevancia en su primera etapa como diplomático.

Pero él nunca renunció a servir los intereses de su país y trabajar a su vez por una España más democrática y europea. Sus educadas maneras y su suavidad explicativa no impedían que sus pensamientos y declaraciones defendieran con rotundidad planteamientos radicales.

Deseaba y luchaba por una España democrática y contribuyó de forma esencial para alcanzar este objetivo. Su paso por el Consulado de Burdeos dejó un sello imborrable y los españoles republicanos residentes en esa jurisdicción consular todavía le recuerdan con enorme cariño y estima.

Nuestra amistad fue creciendo con los años. Siempre le consideré una referencia indispensable. Durante mi etapa de ministro de Asuntos Exteriores me orientó y me aconsejó sabiamente. Recuerdo con mucho agradecimiento sus acertadas reflexiones con ocasión de mi primer viaje a Cuba, que me sirvieron para preparar adecuadamente ese desplazamiento necesario y complejo.

Últimamente, sus amigos le intentamos convencer de que debería grabar sus vivencias. Su gran amor y mujer, Vivi, también compartía este deseo. No lo conseguimos, pero estoy seguro de que muchas de sus historias y vivencias seguirán presentes en tantas personas y lugares de este mundo con los que compartió su vida y que él supo describir con tanta delicadeza y afecto.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

martes, 31 de octubre de 2017

  • 31.10.17
El pasado viernes fue un día triste para Cataluña, España y Europa. Es verdad que algunos catalanes celebraron con alegría y cánticos, enarbolando esteladas y senyeras, la equivocada declaración unilateral de independencia (DUI) pronunciada en un semivacío Parlament catalán. Para todos estos ciudadanos fue un momento emotivo y dichoso indudable pero quizás pocos entendieron que estaban viviendo un sueño irreal e ignoraban las consecuencias reales de esta declaración ilegal.



El sábado se levantaron por la mañana y lo lógico habría sido comprobar de forma inmediata el número de países que reconociesen la pseudodenominada República catalana. La sorpresa debió ser mayúscula. Nadie les había reconocido.

El 17 de febrero de 2008, Kosovo declaró unilateralmente su independencia. Con esa declaración se abrió la caja de pandora de las Declaraciones Unilaterales de Independencia (DUI) con unas consecuencias nefastas para el conjunto del sistema internacional.

Años más tarde, tras la crisis entre Georgia y Rusia, Osetia del Sur y Abjasia hicieron lo mismo y, finalmente, Crimea decidió separase de Ucrania y celebrar su referéndum de independencia. La DUI no era hasta entonces un instrumento conocido ni utilizado en el vocabulario político internacional. Se convirtió de la noche al día en un referente atractivo para todos aquellos sectores nacionalistas y separatistas.

Se podrá argumentar largo y tendido acerca de la singularidad de Kosovo, debido a las atrocidades padecidas por los kosovares a manos de los nacionalistas serbios, pero su precedente es el que ha servido como referente esencial para arropar la encantación irracional de un sector del nacionalismo catalán.

Los independentistas catalanes quizás no sepan, o no han querido saber, que declarar unilateralmente la independencia es relativamente fácil: es un nuevo ejemplo de política virtual donde la Generalitat ha sido hasta ahora maestra pero que, al despertar de un sueño irreal, exige como condición política ineludible que haya reconocimientos. Sin reconocimiento internacional, la DUI no vale nada: es papel mojado, son palabras que se las lleva el viento…

En este caso, el resultado es abrumador. Si Osetia del Sur consiguió cuatro reconocimientos, cómo deben sentirse los responsables del Govern sin ningún reconocimiento. 4-0: eso define claramente la imposibilidad y la realidad de una República catalana independiente.

Las DUI solo sirven para tensionar, violentar y hacer más difícil el camino hacia el entendimiento y la reconciliación. Lo señalé y lo dije en múltiples ocasiones frente a la alegría de muchos defensores de la independencia de Kosovo: esta sería un boomerang que nos golpearía con fuerza.

Ante esta situación solo queda una vía: la del respeto a la legalidad del marco constitucional, la de celebrar elecciones autonómicas y la de buscar a través del diálogo respetuoso y constructivo las aspiraciones de muchos catalanes dentro de una España federal. Dialogo sí, dentro del ordenamiento jurídico. DUI no: es un simple ejercicio virtual, rupturista, erróneo e irrelevante.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

viernes, 30 de junio de 2017

  • 30.6.17
Recientemente participé en un coloquio sobre las negociaciones comerciales de la UE y el futuro del Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP), en la sede madrileña de la Comisión Europea. En ese acto participaron distintos portavoces de los diferentes partidos políticos españoles, incluido el PSOE. Todos coincidimos en las virtudes del Canada Comprehensive Economic and Trade Agreement (CETA) y en las enseñanzas que este nos había aportado para poder reiniciar en mejor posición las futuras negociaciones con EEUU sobre el TTIP.



En aquella intervención no solo defendí, con argumentos, la necesidad de alcanzar un acuerdo con EEUU que fuese justo y garantizase adecuadamente los principios, valores e intereses europeos, sino que me inspiré en los logros del CETA para delinear lo que iba a ser una nueva estrategia negociadora europea.

Cuál es mi sorpresa cuando, días después, observo por parte del actual liderazgo del PSOE que, sin argumentos –sí, subrayo que, hasta ahora, no he podido escuchar ningún argumento válido–, se cambia la posición del partido y se defiende la “abstención” sobre el CETA, un acuerdo esencial para el futuro diseño del marco comercial multilateral.

Tanto José Carlos Díez como Xavier Vidal-Folch han desgranado con brillantez las razones de fondo económicas y comerciales que justifican un claro apoyo al CETA. A mí solo me queda añadir que, con esta actitud, el PSOE renuncia a participar en el diseño de una nueva globalización política y solidaria apoyándose en supuestos argumentos simplistas, denuncias demagógicas, todas ellas fuera de la realidad política, social y económica y medioambiental del mundo que vivimos.

Conviene leerse el tratado y, sobre todo, mostrar respeto a los múltiples negociadores europeos, muchos de ellos socialistas, que han enriquecido este acuerdo innovador y que han sabido garantizar el ADN de las políticas europeas.

Xavier Vidal Folch, en uno de sus últimos artículos sobre esta materia, aludió a la fábula de la cigarra y la hormiga para defender el trabajo silencioso y eficaz de esta última que él identificaba con Europa. Sería un craso error que el nuevo PSOE escogiese el camino de las fábulas de La Fontaine y, sobre todo, se equivoque en buscar su inspiración en alguna de estas fábulas y nos dejase como al cuervo, sin llevarnos nada a la boca, por considerarse más zorro que los otros…

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

viernes, 9 de junio de 2017

  • 9.6.17
La última vez que hablé con Juan Goytisolo fue hace tres meses, cuando intenté convencerle de que participase en las Trobades Literaries mediterráneas en homenaje a Albert Camus, en Sant Lluís (Menorca). Su voz me pareció débil y su tono vital un tanto apagado. Pero, como siempre, estuvo cariñoso y con esa amistad que te hacía sentir cómodo al hablar con él.



Sentí una cierta tristeza y decepción al no poder contar con él para que nos ayudase a entender mejor las claves del desencuentro mediterráneo de estos últimos tiempos, pero nunca me pude imaginar que sería la última ocasión que conversaría con esta gran personalidad.

Juan Goytisolo ha sido uno de los grandes escritores españoles y los críticos literarios ya le han ensalzado merecidamente, aunque su obra estoy seguro volverá a renacer y a extenderse aún más en un futuro inmediato, cuando nuestra memoria colectiva quiera acudir a comprender mejor nuestros orígenes y nuestras contradicciones como españoles.

Mi admiración y amistad vienen, por una parte, por todo lo que nos hizo sentir a esa generación española ansiosa de libertad y justicia y deseosa de recuperar nuestras señas de identidad, sin que tuviésemos que exiliarnos. Al leer su obra en mis años de juventud, me sentí muy identificado con sus dudas y sus sufrimientos en esa España franquista que nos tocó vivir.

Pero, además, mi acercamiento a su obra y a su personalidad vino dado por la pasión y la preocupación que siempre otorgó al legado árabe-musulmán y que me permitió, gracias a su claridad interpretativa, comprender mejor esa parte de nosotros mismos que llevamos todos los españoles pero que, en muchos momentos, tratamos de borrar u olvidar. Cuántas veces he escuchado en mi querida Córdoba: "nosotros somos romanos, senequistas, sí… Averroes y la influencia árabe también pasó por esta ciudad, pero no fue lo mismo".

Su avanzado multiculturalismo es hoy una realidad que se impone por su propio peso y que siempre Goytisolo supo describir con tanta fuerza y desgarro al retratar esa vida sórdida de los barrios periféricos parisinos en donde las distintas capas de inmigrantes van acumulándose en esas identidades asesinas, como diría Amin Maalouf.

Fue un enamorado de Marruecos: de su historia, de su cultura y de su gente. Le visitamos en varias ocasiones en su casa de Marrakech casi haciendo esquina con la histórica plaza de Yamaa el Fna. En el pasado, la pseudointeligencia española le criticó por su afecto por Marruecos pero tuvo al final que reconocer su acertada visión de futuro.

Juan Goytisolo apoyó y defendió la acertada Alianza de Civilizaciones cuando en nuestro país surgieron toda serie de críticas ante una iniciativa que consideraban innecesaria y sin razón de ser. Con su desaparición, el pensamiento y la creación literaria española pierden a uno de los grandes.

Nosotros, los que tratamos de seguir defendiendo una mayor y más intensa comprensión entre culturas y civilizaciones diferentes, perdemos ese mensaje tan valiente y visionario de un "mestizaje creador" que Juan Goytisolo siempre defendía. Descanse en paz en ese cementerio de Larache junto a Jean Genet. Le iré a visitar en mi próxima escapada a ese país vecino y amigo de España.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

viernes, 26 de mayo de 2017

  • 26.5.17
El pasado 7 de mayo, la mayoría de franceses y de europeos respiraron aliviados ante la elección de Emmanuel Macron. Se cerraba así la puerta a un proyecto político populista, retrógrado y antieuropeo, y se apostaba por un candidato joven, comprometido y con un proyecto moderno y de refundación de Europa.



Para todos los europeístas, la elección del nuevo presidente francés es una buenísima noticia pues fue el único candidato que defendió durante la campaña electoral con valentía y determinación el proyecto europeo. Conviene recordar que si Macron ganó el decisivo debate final televisivo fue en gran medida gracias a su clara defensa del euro frente a la confusión e incongruencias de Marine Le Pen que no supo explicar las consecuencias de una salida de Francia de la zona euro.

El pasado lunes, el presidente de la República Francesa se desplazó en su primera visita a Berlín y allí se encontró con la Canciller alemana Angela Merkel. De ese primer encuentro los medios informativos han dado fiel cuenta del contenido y tono del mismo pero me imagino que en este primer contacto tête à tête los dos principales dirigentes europeos debieron sentir el peso de la responsabilidad y el carácter trascendental de esta primera cita. Podríamos decir que “60 años de historia europea les contemplaban…”.

Lo que está en juego es el futuro de Europa, de una Unión Europea en un mundo en plena mutación donde los nuevos equilibrios de poder están finalmente delimitándose. El histórico y necesario tándem franco-alemán sabe que el futuro de la nueva etapa de construcción europea depende en gran manera de sus decisiones y ambos dirigentes llegan a este rendez-vous histórico en un momento especialmente significativo.

La canciller alemana, con el viento a favor y con la experiencia de más de tres mandatos y la conciencia de haberse convertido en la indiscutible líder europea. La fuerza económica y financiera de Alemania no puede ni debe ignorase.

Hoy ha llegado la hora de replantearse el equilibrio de fuerzas en el seno de la Unión y esto, sobre todo, a raíz de la salida del Reino Unido de la UE. Francia y su presidente Macron llegan a esta cita paradójicamente mejor preparados de lo que los analistas políticos y económicos han pronosticado.

No sólo la voluntad, valentía y la capacidad del nuevo presidente pueden ser factores de cambio de actitud sino que, además en esta ocasión, Francia puede y debe hablar de tú a tú a su vecino del este por su nueva situación político-militar.

La Europa de este siglo XXI tiene dos objetivos ineludibles:

El primero, consolidar su capacidad económica y financiera y avanzar en un eventual Gobierno económico europeo más integrado como acertadamente acaba de proponer el Gobierno español. Pero, el segundo objetivo debe estar vinculado a impulsar su relevancia como actor indiscutible en el mundo, como potencia diplomática y militar.

Para el primer objetivo Alemania es indispensable pero para el segundo, Francia, hoy en día, es el único país de la UE que es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y es el único de la UE que posee la disuasión nuclear.

El tándem franco-alemán recupera así su equilibrio natural. Europa no se podrá construir sin avances económicos pero Europa no podrá contar en este nuevo mundo sin su relevancia en los centros de decisión diplomáticos y militares.

En definitiva, este nuevo ‘pacto franco-germano’ es el que espero haya podido ser abordado en la primera cena entre los dos máximos dirigentes europeos. Si esto ha ocurrido, el próximo paso es el de convocar a aquellos otros países verdaderamente europeístas como es el nuestro, España, para que apoyen este nuevo comienzo y aporten ideas y capacidades como las recientemente anunciadas por nuestra diplomacia.

España puede y debe, en esta ocasión, estar en el origen de este nuevo capítulo de la historia europea. Históricamente, las circunstancias internas de nuestro país no nos lo permitieron en el pasado. Hoy el Gobierno puede convocar a los principales partidos de nuestro país y diseñar una nueva hoja de ruta para el futuro caminar europeo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

martes, 14 de marzo de 2017

  • 14.3.17
Durante mi campaña a la Dirección General de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en junio de 2011, me comprometí, en caso de ser elegido, a erradicar el hambre en el mundo. Algunos de los candidatos se sumaron a mi promesa y, finalmente, todos coincidieron en defender este objetivo. Esta meta se volvió a recoger como prioritaria en la nueva agenda de sostenibilidad aprobada el pasado 25 de septiembre de 2015. Entre los 17 objetivos, el segundo subraya la necesidad de eliminar el hambre en el mundo.



Han pasado ya cinco años de esa elección en la dirección de la FAO y, sin embargo, la hambruna y las crisis alimentarias siguen estando dramáticamente presentes en el mundo. De nuevo, recientemente hemos vuelto a asistir al anuncio oficial del Gobierno de Somalia declarando catástrofe nacional la situación en su país y la necesidad de actuar urgentemente ante la eventualidad de que más de 260.000 personas puedan morir de nuevo de hambre.

Según los datos que ha publicado la OMS entre Somalia, Yemen, Nigeria y Sudán del Sur más de 20 millones de personas están en riesgo de morir de hambre en estos cuatro países. Añade, además, que más de 6,2 millones de personas, la mitad de la población de Somalia, necesitan ayuda alimentaria y otros 3 millones están hambrientos.

En mi programa durante la candidatura a la FAO denuncié las prácticas e inacción de la antigua FAO. Su incapacidad absoluta de predecir y evitar crisis similares. La falta de liderazgo para prevenir esta situación humanamente inaceptable. Señalaba que de no actuar, las "crónicas de hambrunas anunciadas" seguirían repitiéndose en un futuro y se convertiría en el "pan nuestro" de esta organización y que, por lo tanto, después de más de 70 años desde su creación, era la hora de que la FAO finalmente evitara estos dramas humanitarios.

Parece que no aprendemos y cuando escuchamos estas terribles noticias, al mismo tiempo, se anuncia el aumento en un 10 por ciento del presupuesto militar norteamericano y se eleva este a 639.000 millones de dólares. Frente a este incremento militar, la llamada in extremis del nuevo secretario general de Naciones Unidas para atender las necesidades urgentes de más de 22 millones de personas hambrientas en el cuerno de África cae en el más indiferente vacío.

¿Dónde está la FAO? ¿Cuál ha sido su posición? Hoy no caben excusas. Esta organización debería reflexionar y asumir que al no ser capaz de prevenir, evitar y resolver estas catástrofes humanitarias, la razón de ser de la misma desaparece. Sería mejor dotar a otras agencias u organizaciones la tarea de garantizar que no haya más muertos por hambre en este mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

martes, 4 de octubre de 2016

  • 4.10.16
Conocí personalmente a Simón Peres con ocasión de la visita de Estado de Sus Majestades los Reyes de España a Israel en noviembre de 1993. Desde ese momento tuve el privilegio de mantener una intensa relación con el político israelí. Miles de horas de conversación, de negociaciones, de reuniones secretas y de propuestas imaginativas labraron una fuerte amistad y una gran admiración hacia su persona.



Muchos analistas describirán hoy al líder israelí como uno de los arquitectos fundamentales en la creación y consolidación del Estado de Israel. Recuerdo, como embajador de España en Israel, las palabras pronunciadas por Simón Peres, con ocasión de la celebración del XL Aniversario de la constitución del Estado de Israel, y el claro mensaje de que a partir de esa fecha el desafío de Israel sería lograr la paz y la reconciliación con sus vecinos árabes.

Los ciudadanos israelíes, sin duda, deben expresar el reconocimiento por su decisiva contribución a la construcción de su Estado. Los ciudadanos españoles debemos recordarle a su vez por haber sido el firmante del restablecimiento de nuestras relaciones diplomáticas entre España e Israel en enero de 1986.

Su larga carrera política, asumiendo las principales carteras ministeriales, así como la responsabilidad de primer ministro concluyeron durante su última etapa como presidente del Estado de Israel. Fue como un “Padre de la Patria”, otorgando a esa Jefatura de Estado unas funciones y una “Autoritas” más allá de las que le correspondían formalmente.

Pero su verdadera obsesión y contribución fue la paz con árabes y palestinos. Esta visión de paz en la región es la que en mi opinión debe prevalecer como su principal legado. Entendió inmediatamente la necesidad de negociar con los palestinos y tuvo la valentía y la imaginación de convencer al primer ministro Isaac Rabin, el otro gran héroe de la Paz, de negociar secretamente a espaldas de EEUU un principio de reconciliación entre israelíes y palestinos.

Oslo fue una iniciativa innovadora e inesperada que siguió a la conferencia de Paz de Madrid y que permitió imaginar que una paz era posible entre estos dos pueblos. Desde ese momento y hasta sus últimas actuaciones como presidente, Simón Peres buscó y defendió siempre, una solución política y negociada.

Recordemos la propuesta de Simón Peres-Abu Alá que, en mi opinión, puede seguir siendo considerada como la base de cualquier acuerdo definitivo. No tuvo ninguna dificultad en negociar y conversar con Yasser Arafat con el que siempre mantuvo un mutuo respeto y reconocimiento al igual que con el actual presidente palestino Abu Mazen.

Incluso, en los momentos más difíciles de la segunda intifada, Simón Peres siempre trataba de encontrar soluciones como fue el caso que tuve el honor de negociar con él a raíz del asedio a la iglesia de La Natividad. Como presidente trató en múltiples ocasiones de convencer a los últimos primeros ministros en buscar soluciones y propuestas imaginativas.

Quizás el único defecto que podríamos atribuir a Simón Peres era su gran visión de futuro: era un adelantado a su tiempo. Su sueño era construir un Oriente Medio en paz y prosperidad similar a la experiencia europea en el que israelíes, palestinos, egipcios, jordanos, sirios y libaneses pudiesen vivir en una región integrada en donde el comercio, las ideas y los hombres pudiesen circular libremente.

Sus afirmaciones poseían siempre un carácter visionario. Son muchas sus citas famosas que han llegado a definirse como los “peresims”. Recuerdo una de sus más brillantes afirmaciones al señalar que “el siglo XXI sería el siglo final de la agricultura y de las fronteras. Nuestro siglo actual será el de las ideas, de la información y la comunicación que no podrán ser detenidos por barreras físicas”.

Como también, su clara convicción de que “las guerras en Oriente Medio nos serán guerras para recuperar tierra sino guerras por el agua”. Otra de sus citas favoritas que no expresaba públicamente es la de que “hay dos cosas que uno no puede hacer frente a la cámara: el amor y la Paz en Oriente Medio”.

Siempre sorprendía con su capacidad de utilización del lenguaje y su brillantez en los discursos y en sus intervenciones públicas. Tuve el honor de que me dedicase un adiós muy emotivo al término de mi misión como enviado especial de la UE en Oriente Medio. Durante mi misión como enviado especial, nos acostumbramos a vernos todos los viernes en su despacho de Tel Aviv antes del Sàbat para hacer balance de la semana transcurrida y planificar juntos algunas medidas constructivas.

Su empeño fue hasta el final ver la “Solución de Dos Estados” viviendo en paz y seguridad. Simón Peres nos abandona sin que su sueño se haya realizado finalmente. Sus últimos escritos los dedicó a la ciencia y, en particular, al estudio del cerebro al indicar que “la ciencia del cerebro es nuestra próxima gran frontera”. La ciencia no llegó a tiempo para curar su última enfermedad cerebral.

Concluyo estas líneas de reconocimiento y admiración con una de las citas que más me impresionaron cuando denunció el horror de la guerra y del terrorismo: “en la paz, los hijos entierran a los padres; la guerra altera el orden de la naturaleza y hace que los padres entierren a sus hijos”. Enterraremos a Simón Peres pero no a sus ideas ni a su legado ni a su visión de paz y reconciliación entre israelís y palestinos.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

miércoles, 20 de julio de 2016

  • 20.7.16
Turquía ha vivido un intento de golpe militar que me trajo a la memoria la famosa declaración del secretario de Estado norteamericano Alexander Haig, con ocasión del frustrado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981: es un «asunto interno». La manifestación del representante norteamericano cayó como una losa sobre el pensar y el sentir de la opinión pública española, en un momento en el que el Rey Juan Carlos y los demócratas españoles estábamos empeñados en defender y hacer valer nuestra joven democracia.



En esta ocasión no ha habido un pronunciamiento similar por parte de ninguna cancillería occidental pero sí han sobrevolado dudas y reticencias a la hora de condenar rotundamente el intento fallido de golpe de Estado en Turquía; salvo las acertadas y valientes declaraciones de la Alta Representante de la Unión Europea, Federica Mogherini, que ha pedido desde el inicio de los acontecimientos «moderación y respeto a las instituciones democráticas de Turquía». Y el claro apoyo del presidente Obama al Gobierno legítimo turco en mitad de la noche.

Las cancillerías europeas y las organizaciones internacionales han mostrado una extraña tibieza, y una actitud sumamente pusilánime. Un golpe de Estado en Turquía no es y no puede ser nunca una «cuestión interna» para Occidente y sobre todo para Europa. ¿Cómo podemos ignorar su «status» formal de país candidato a la UE? ¿Cómo no se condena enérgicamente un golpe militar antidemocrático?

No se han escuchado voces ni se han leído declaraciones en los países europeos que «condenen» rotundamente el ruido de sables, como así lo han hecho todos los partidos de la oposición turca sin excepción. ¿Cómo la OTAN, que se presenta como el valedor de los principios y valores democráticos, no reaccionó con un comunicado de mínimos de inmediato y se limitó a señalar que se «siguen los acontecimientos de cerca y con preocupación», en la línea con lo que mantuvo el secretario general de Naciones Unidas, Ban ki Moon? ¿Cómo la Europa de los valores democráticos puede mantener un sospecho silencio en momentos decisivos cuando la balanza puede inclinarse a favor o en contra de la democracia?

Todo indica que las cosas vuelven a su sitio y que «el golpe» fracasó por la reacción patriótica y democrática de la población turca. A partir de ahora, los europeos deberíamos hacer autocrítica y, de manera clara, definir cuál es la posición real sobre el futuro de Turquía en la UE.

Las dudas, las largas esperas de una noche dramática y angustiosa demuestran cómo afloran los miedos atávicos sobre Turquía en la psicología colectiva europea. Resurgen los fantasmas sobre la incorporación a la UE de un país islámico, mientras asistimos perplejos a una progresiva ruptura entre Oriente y Occidente donde, desgraciadamente, toda representación del mundo musulmán e islámico se incluye en los estereotipos del rechazo y la exclusión.

Mi opinión ha sido siempre opuesta a estos lugares comunes divulgados por políticos poco responsables y medios de comunicación amarillistas, y los acontecimientos han demostrado la victoria de los demócratas. Hoy más que nunca Europa necesita una Turquía europea, democrática, fuerte y dinámica para defender adecuadamente los intereses globales presentes y futuros de una UE que quiere influir en el mundo.

Los acontecimientos del fallido golpe de Estado en Turquía deben estimular la negociación para su entrada en la UE. Y garantizar definitivamente su anclaje y presencia en las instituciones democráticas europeas para abandonar «sine die» el estereotipo del «hombre enfermo de Europa».

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

viernes, 8 de julio de 2016

  • 8.7.16
Tuve el privilegio durante los últimos años de profundizar mi amistad con Michel Rocard. Le conocí cuando ya era eurodiputado y Oriente Próximo nos permitió trabajar conjuntamente en favor de la paz entre israelíes y palestinos. Desde entonces tuvimos ocasiones de encontramos frecuentemente y de reunirme con él en múltiples reuniones y disfrutar de su sentido vitalista en varios almuerzos.



El último no hace mucho, no hace más de dos meses. La enfermedad estaba ya muy presente pero la fuerza interna de Rocard seguía intacta y su ágil y profunda mirada seguía expresando su gran voluntad de compartir análisis y reflexiones sobre el momento actual de la socialdemocracia, de Europa y del mundo.

La prensa y los comentaristas franceses destacan merecidamente hoy de manera unánime su gran valía intelectual y política y con razón se le reconoce, finalmente, su gran aportación a la política francesa y europea. Sin embargo, la mayoría de las referencias se centran en subrayar su carácter pragmático y realista alejado de planteamientos utópicos de la socialdemocracia.

El rigor y la necesidad de resultados concretos en la gestión económica son los valores más destacados por todas las personalidades. Su vocación modernizadora de la socialdemocracia no era de ahora, sino que la intentó y logró aplicar durante sus años como primer ministro.

Se le cita acertadamente por su capacidad de reivindicar la necesidad de adaptar claramente una sociedad en cambio a unos nuevos postulados económicos alejados de lo que era la tradicional ortodoxia socialista y, por ello, se le intentó colgar en muchas ocasiones el “San Benito” de «neoliberal».

Y , sin embargo, Michel Rocard no se expresaba en absoluto en sus últimos años en favor de esta línea neoliberal. Rebosante de experiencia, de conocimiento y de perspectiva denunciaba con amargura las últimas políticas socialdemócratas desarrollada en Europa e incluso en su país. No hay más que leer uno de sus últimos libros, escrito junto al economista francés Pierre Larrouturou, La izquierda no tiene ya margen de error y que pensaba presentar aquí en España en septiembre para comprender su posición actual.

Sus propias palabras son suficientes para entender su posición: «Ya no nos atrevemos a hablar del capitalismo, cuando este sistema está viviendo una crisis fulminante y que a medio plazo es suicida para la humanidad. Nosotros los socialistas deberíamos estar en situación de explicar esta situación y responder a ella.»

Su crítica a la inacción de los últimos gobiernos socialdemócratas era total. Recuerdo con emoción como definió, con una gran visión conceptual, el camino que le queda por recorrer al socialismo en su última y más ambiciosa etapa: la de emancipar al ser humano una vez que las necesidades básicas estén garantizadas por el Estado de Bienestar.

Le corresponderá solo a la socialdemocracia crear una sociedad sostenible, respetuosa con el cambio climático y que sepa reducir las horas de trabajo para que los individuos dediquen su tiempo a una socialización creativa y cultural que les pueda elevar el espíritu y su sentido de solidaridad.

No, Michel Rocard no pertenece a aquellos socialdemócratas que pactan con el centro y las ideas neoliberales, Michel Rocard era un profundo defensor del verdadero socialismo y reclamaba en sus últimos días con fuerza el establecimiento de una nueva narrativa y un nuevo discurso en este comienzo del siglo XXI.

Para él, Europa era el mejor espacio para alcanzar tal sueño y por ello vivió los últimos años con una enorme frustración al contemplar cómo la UE sería incapaz de responder a los múltiples desafíos presentes. En nuestra última conversación se manifestó clara y contundentemente en favor del “Brexit” esperando que por fin los europeos pudiesen alcanzar su sueño federalista sin tener permanentemente que contar con el caballo de Troya británico.

Fue un gran amigo de España. Su contribución fue decisiva en las negociaciones agrícolas finales con Bruselas cuando fue ministro de Agricultura de Francia y como primer ministro desarrolló una extensa colaboración con Felipe González. Tuve el honor junto al ministro Solbes de condecorarle con una alta distinción por el reconocimiento de nuestro país a su labor en defensa de la integración de España en la UE.

Michel, descansa en paz con la satisfacción de haber logrado construir un verdadero legado político. «La politique politicienne» no era lo tuyo. La intriga, el regate corte, las conspiraciones, no formaban parte de tus prioridades y por ello tu herencia descansa con mayor justicia en el Panteón de los grandes hombres de Estado.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

viernes, 27 de junio de 2014

  • 27.6.14
No es la primera vez que la socialdemocracia en general, y el PSOE en particular, “se enfrentan a momentos difíciles”. Si se leen los editoriales, las informaciones y los comentarios de las últimas semanas parece que el futuro del partido atraviesa uno de sus peores momentos.

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Es cierto que los dos últimos años han sido uno de los períodos más negativos de la larga vida de nuestra organización. Muchos, casi la mitad de los militantes, intuimos que el partido necesitaba un cambio profundo y renovar personas, contenidos y formas.

Lo que hubiera podido ser un nuevo renacer se convirtió en una victoria pírrica en el Congreso fallido de Sevilla. La nueva dirección no integró las voces de aquellos que no compartían plenamente sus ideas, tácticas y estrategias, y no ha sabido cohesionar las distintas sensibilidades del PSOE.

Los resultados han sido nefastos, derrota tras derrota electoral hasta llegar a estas últimas elecciones europeas en las que la desafección ha alcanzado un máximo histórico. Salvamos los dos dígitos porcentuales por los pelos pero la tendencia es inapelable: o cambiamos o desaparecemos.

Ante esta tesitura, el aparato y la militancia están reaccionando de manera distinta. Algunos, los que no desean ver un partido renovado e ilusionante, actúan con prácticas anticuadas y con predicciones apocalípticas y mensajes repletos de escepticismo, confusión y contradicciones para así trasladar un sentimiento de nostalgia: “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Otros desean el cambio pero no se sienten con suficientes fuerzas para desembarazarse de compromisos y pactos del pasado, y temen proponer soluciones innovadoras ante los nuevos y profundos retos que nos acucian.

Otros, bien intencionados, carecen de la convicción para movilizar a la mayoría de los militantes con propuestas de cambio. No obstante, todos ellos aún no han presentado lo que, a mi modo de ver, es lo más importante: un nuevo relato del socialismo del siglo XXI con un programa detallado y que ilusione y gane la confianza de una sociedad que, como la española, está decepcionada y desorientada con un partido cuyas siglas se han deteriorado en el transcurso de los últimos años, así como sus principales señas de identidad. Y lo que es aún más importante, ha socavado su capacidad de presentar proyectos innovadores y adelantarse al futuro.

No es de recibo justificar el desapego de la sociedad hacia los socialistas excusándose esencialmente en la gravedad y envergadura de la crisis económica e institucional. No pueden justificarse los malos resultados si, por una parte, proclamamos y defendemos nuestro ideario tradicional y, por otra, practicamos un pragmatismo neoliberal. No se puede ignorar la confusión que genera cuando, de una parte, acudimos a la crítica recurrente al Gobierno y, de otra, negociamos en secreto un gran pacto PP-PSOE.

Nuestro electorado quiere saber si en verdad tenemos un modelo alternativo, si podemos defender y aplicar políticas de igualdad; si queremos y luchamos por consolidar y hacer avanzar el Estado del Bienestar; si nuestro modelo fiscal es justo, moderno y eficaz; si nuestra capacidad de crear riqueza tendrá un reflejo redistributivo y un mayor compromiso social; si nuestra política de inmigración será represiva y de seguridad o, por el contrario, buscará alternativas en la acción exterior y la cooperación.

La ciudadanía quiere conocer si nuestro modelo de Estado es realmente federal y si lo proponemos con firmeza y convicción y no con “cuchicheos”; si podemos ser un país influyente en Europa y no aceptaremos las imposiciones en contra de los intereses de la mayoría; o si tenemos o no una nueva visión de la organización de los partidos políticos y de cómo atraer y convencer a los militantes y simpatizantes para que se adhieran al empeño y el trabajo colectivo de la reconstrucción del país.

Todas estas cuestiones, y otras muchas, merecerían más tiempo y más espacio para ser tratadas en profundidad y, sin duda alguna, deberán formar parte de ese nuevo relato que tiene que ser discutido y propuesto por la militancia, con mayor participación y transparencia, y sin las trabas orgánicas de la última conferencia política donde se cercenaron las voces disonantes.

Todos los candidatos que hasta ahora han expresado su deseo de dirigir el PSOE tienen la capacidad y el liderazgo para hacerlo, pero ninguno podrá impulsar una verdadera renovación si no logra unir y cohesionar un equipo y diseñar un programa con las aportaciones de todos.

Hoy vivimos en una sociedad compleja e incierta y para responder a sus retos necesitamos de liderazgo, comprensión y ayuda de todos. No podemos cometer de nuevo el error del Congreso de Sevilla. No necesitamos más transiciones. “El PSOE debe resurgir con fuerza escuchando el mensaje de los ciudadanos”, como afirma la secretaria general del PSOE de Andalucía, Susana Díaz, pues nos encontramos en una encrucijada.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

martes, 17 de junio de 2014

  • 17.6.14
Aunque soy muy consciente de que el tópico es un lugar común y, por ello, en muchas ocasiones pierde significado, pero no por muy repetido que éste sea deja de ser cierto: el mejor embajador de España ha sido el Rey Juan Carlos I. Desde su posición de jefe del Estado, y con gran intuición, destreza y habilidades de buen negociador, consiguió desmantelar el aislamiento al que España fue sometida durante décadas.

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En el ámbito exterior, Don Juan Carlos ha representado con prudencia y acierto al Estado, así como las aspiraciones europeístas y de internacionalización de la sociedad y la política españolas. Su respaldo fue fundamental para acelerar nuestro ingreso en Europa y para relanzar las relaciones con Latinoamérica, Estados Unidos, el mundo árabe o el Mediterráneo.

De él partieron iniciativas para el acercamiento a organismos multilaterales, regionales y Estados. Su conocimiento de la política exterior y la diplomacia, y su carácter abierto, le han sido de gran utilidad a nuestra democracia a lo largo del reinado.

Así pues, podemos destacar su papel en la puesta en escena de nuestro país en el año 1992, fecha en la que tanto en los Juegos Olímpicos de Barcelona como en la Exposición Universal de Sevilla la Corona tuvo una gran implicación en la visibilidad exterior de una España moderna, con imaginación e impulso suficientes para ocupar el lugar que le correspondía en el mundo.

Su papel fue decisivo también en la Conferencia de Paz de Madrid y, tres años más tarde, en la convocatoria de la Cumbre Euro-mediterránea de Barcelona y en su décimo aniversario.

Don Juan Carlos ha sido un Rey profundamente latinoamericano, pues sin su compromiso inquebrantable con esta comunidad de naciones difícilmente se hubiera organizado el sistema de cumbres y la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB).

Su empeño ha servido para que la narrativa española y europea sobre Latinoamérica haya evolucionado. Hoy los Estados latinoamericanos presentan perfiles propios y no se enfocan desde una perspectiva monolítica, por ello, se ha implicado en el desarrollo de sus organismos y asociaciones regionales.

El Rey ha sido siempre cuidadoso con las decisiones políticas y ha asumido su papel constitucional con rigor. Esta práctica se corresponde con los recuerdos que conservo de él después de multitud de viajes, reuniones de trabajo, audiencias y entrevistas.

Siempre ha estado a disposición de los gobiernos y al servicio del país y de la sociedad española. Con diligencia ha efectuado viajes que han ampliado los horizontes de nuestras relaciones políticas y diplomáticas.

A lo largo de mis cerca de siete años de mandato al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, tanto él como la Reina colaboraron activamente en nuestra apertura exterior, así como a trasladar la solidaridad de los españoles a aquellos países azotados por el hambre, el subdesarrollo o las catástrofes naturales.

El respaldo de los Reyes a la política africana fue fundamental para que España fuera ubicada en el mapa y considerada por los Estados del África austral y occidental, y su trabajo nos permitió tener unas relaciones más extensas e intensas con estos países.

Afortunadamente, Don Juan Carlos ha ido siempre más allá de la diplomacia económica en el ejercicio de la Jefatura del Estado y se ha involucrado en abrir las barreras a nuestro idioma y cultura, y también a la solidaridad de los españoles.

Su cercanía ha posibilitado que llegue el calor y el afecto de la ciudadanía española a sociedades empobrecidas. Doña Sofía ha sido punta de lanza de la cooperación española y los Príncipes de Asturias nos han aproximado aún más a la comunidad internacional.

La Corona ha sido fundamental para estructurar la red de diplomacia pública española y siempre ha acompañado la puesta en marcha de nuevos centros del Instituto Cervantes en el mundo, así como la creación de las casas África, Árabe, Sefarad-Israel y Mediterráneo o la puesta en marcha de la Fundación ONUART que posibilitó la realización de la cúpula de Barceló en el Palacio de las Naciones de Ginebra, por citar sólo algunos ejemplos.

Son muchas y conocidas las anécdotas protagonizadas por Don Juan Carlos aunque yo conservo con especial recuerdo el almuerzo con el presidente Obama y la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile, donde se produjo el encontronazo con el fallecido presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

En la Casa Blanca, el Rey demostró sus capacidades políticas y sociales, así como su gran conocimiento de la política internacional. El presidente Obama quedó gratamente impresionado por su personalidad y su claridad de ideas pues, al margen de las relaciones bilaterales, Latinoamérica y, especialmente, Cuba ocuparon un lugar preferente en este almuerzo que actualizó y dinamizó nuestra interlocución con Estados Unidos.

En cuanto a las diferencias con el presidente Chávez, sólo recordar cómo Su Majestad recompuso con serenidad y humor sus relaciones personales con el mandatario venezolano en Marivent, donde éste último le regaló una camiseta con la conocida frase “por qué no te callas” para después indicarle que a él se la había regalado el presidente Bush.

Recuerdo aún mi última reunión con él siendo ministro. Le informé del acuerdo suscrito para el establecimiento de relaciones diplomáticas con Bután, con lo que se culminaba la apertura de España a todos los países representados en Naciones Unidas.

El Rey se encontró con una España aislada y en su reinado nos hemos integrado plenamente en la Unión Europea, en tres ocasiones hemos sido miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se han presidido otras tantas el Consejo Europeo y se han obtenido las presidencias del Consejo de Europa y de la OSCE, al tiempo que hoy formamos parte del G-20.

El Rey ha decidido abdicar y dar paso a una nueva generación para que sea ahora la protagonista de la Historia, y los que colaboramos con él con entusiasmo lo haremos también con los Príncipes de Asturias, lo que realzará aún más su figura y su voluntad de acuerdo, así como los valores de compromiso con los intereses generales de España de los que ha sido su mejor embajador en esta etapa democrática.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

martes, 3 de junio de 2014

  • 3.6.14
En los últimos años hemos escuchado y repetido en muchos foros y en muy distintos lugares que la Unión Europea atraviesa un impasse (Tratado Constitucional), o que vive un período de ensimismamiento (Tratado de Lisboa y crisis económica y financiera). Curiosamente, el modelo más desarrollado para afrontar los desafíos de la globalización vuelve a cuestionarse nuevamente el quiénes somos y dónde vamos…

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Quizá, porque los conservadores enfocan Europa desde el prisma exclusivo de la paz y el mercado y, por el contrario, los progresistas lo hacemos desde el estilo de vida: el bienestar; unos y otros estamos de acuerdo en que Europa sigue siendo un proyecto necesario y atractivo, aunque las diferencias, la profundidad de la crisis, los dogmatismos económicos, políticos y burocráticos, y el incumplimiento de los Tratados y los equilibrios y dejaciones del ejecutivo europeo, están en la raíz de la desafección y en la reedición de nacionalismos y post-fascismos.

No resulta coherente que la Europa nacida del Plan Marshall y de la CECA, la segunda economía del mundo, no sea capaz de avanzar en el proyecto político-institucional más interesante y complejo de la modernidad, y que no pueda desembarazarse de las tutelas psicológicas que dificultan su construcción y un liderazgo en la escena internacional.

Europa es mucho más que un modelo de éxito y, desde el punto de vista político, no puede permitirse la inmadurez en cuestiones políticas e institucionales. Debe seguir creciendo.

A pesar de que pudiéramos preguntarnos si la UE sufre el síndrome de Peter Pan, considero que probablemente el trastorno es sólo apariencia, pues la Unión Europea parece que se ha quedado sin ideas (abstractas y concretas), pero no es cierto.

Tanto el colegio de Comisarios como las nuevas instituciones emanadas del Tratado de Lisboa no han tenido, o no han querido, tener otras visiones de Europa y han ignorado su espíritu fundacional. Se han enredado en cuestiones técnico-burocráticas, mientras se han deteriorado nuestras democracias y la calidad de vida de muchos europeos, y no sólo del sur.

Europa puede avanzar hacia una mayor integración política, social y económica y, además, es la mejor solución para posicionarnos en una globalización que podemos y debemos moldear para que no destruyan nuestros derechos políticos, sociales y económicos, y favorezca sinergias para el desarrollo de una gobernanza global, que vaya más allá de los intereses meramente económicos.

¿Por qué no elevamos las aportaciones del 1 por ciento del PIB de los Estados a la UE? ¿Por qué las medidas en los ámbitos financiero y monetario se aprueban para luego prorrogarlas? ¿Por qué no nos dotamos de una agencia de calificación y de un Banco Central que incida en el empleo más allá del control de la inflación?

¿Por qué no hay un criterio armonizador de política fiscal en la zona euro y de normativa laboral? ¿Por qué no aceleramos nuestras inversiones en investigación, desarrollo e innovación? ¿Por qué se antepone la seguridad a la cooperación en materia migratoria? ¿Por qué no desarrollamos un esquema netamente europeo en materia de seguridad y política exterior?

Éstas y muchas otras cuestiones apremiantes han quedado en el aire de una campaña diseñada más para criticar las coyunturas nacionales que para informar a la ciudadanía europea, que percibe a la UE como una abstracción de donde comienzan a llegar malas noticias y actuaciones de escaso fundamento democrático.

La desafección (abstención) política no puede atribuírsele a la inmadurez de la sociedad europea, sino al aparente síndrome de Peter Pan que presentan algunos líderes políticos nacionales y europeos, que aún mantienen principios económicos y políticas fracasadas para defender intereses que desenfocan y licuan el futuro europeo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

martes, 13 de mayo de 2014

  • 13.5.14
Hace unas semanas se produjo un típico episodio de las siempre turbulentas relaciones hispanoguineanas. Para cualquier observador ajeno, lo sucedido no tiene explicación lógica. El presidente de la excolonia española en África viaja a nuestro país como único jefe de Estado extranjero para rendir homenaje a uno de nuestros más admirados y respetados políticos: el presidente Adolfo Suárez.

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Venía para agradecer la cooperación española en favor de su país, a pesar de que nuestros dirigentes de aquellos tiempos le negaron la seguridad (la Guardia Civil) y el apoyo económico-financiero (la introducción de la peseta como moneda ecuatoguineana).

El presidente se limitó a acudir al funeral, mostró su afecto y respeto, y no pronunció declaración alguna sobre España o los españoles. Al margen de los saludos protocolarios en la catedral madrileña, nadie lo recibió oficialmente, aunque sí recibió descalificaciones personales y duras críticas por su presencia.

Al día siguiente, cuando en la sede del Instituto Cervantes de Bruselas defendió la lengua y la cultura españolas como señas de identidad de su país, al subrayar las raíces hispánicas de Guinea como referente único dentro del continente africano, todas las críticas se centraron en la alusión a una eventual intervención del Rey en la promoción del acto.

A partir de esa mención inexacta, se desató todo un vendaval de críticas, de comunicados y contra-comunicados. El encuentro o no-encuentro, la cena o no-cena con ocasión de la cumbre UE-África concluyeron sin que hubiese una reunión formal entre el presidente del Gobierno español y el presidente Obiang; en definitiva, la “esquizofrenia hispano-guineana” se apoderó de nuevo de nuestras relaciones.

No es la primera vez que ocurre. Hace sólo unos meses, la simple presencia de “La Roja” en Malabo destapó todo un aluvión de críticas. Nadie en aquel momento tuvo el valor de decir lo más sencillo: la verdad. Y la verdad es que la Selección Española visitaba su segunda patria lingüística y cultural, y que los ecuatoguineanos la sienten como propia, la siguen y se alegran con “La Roja”, y querían ver de cerca a sus “héroes”. España había ganado la Copa del Mundo en África y Guinea Ecuatorial quería compartir y sumarse a esa alegría.

¿Y por qué toda esta “esquizofrenia”? Muchos dirán que toda la culpa recae en el presidente Obiang y su Gobierno, que Guinea no merece ser visitada, que su régimen debe ser aislado de visitas de mandatarios y políticos españoles, así como que los dirigentes ecuatoguineanos tampoco sean bienvenidos a nuestro país.

Esta es la opinión más extendida en el ámbito político y mediático español desde hace varias décadas, y parece que la “esquizofrenia” mutua hace imposible transformar esa percepción que no permite diferenciar entre lo real y lo irreal, pensar de manera clara, tener respuestas emocionales adecuadas o actuar dentro de la normalidad en escenarios políticos y sociales.

Sin embargo, muchos conocen cuál fue mi compromiso de revisión y modificación de las relaciones hispano-guineanas en mi mandato como ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación. En todo momento intenté cambiar esa deriva esquizoide a través del diálogo, el respeto y el conocimiento mutuo.

Y aún trato de hacerlo hoy, pues creo que España y los españoles cometeríamos un gravísimo error histórico si abandonamos Guinea, la ignoramos o la despreciamos. España no puede cometer nuevamente un error similar al de Filipinas, donde nuestra lengua y cultura luchan en los últimos años por salir de las “catacumbas” y esquivar la apisonadora de la lengua y el mundo anglosajón.

Con Guinea se trataría de conocer sus últimos cambios, reformas, contradicciones y dificultades. Corresponde a los guineanos, y sólo a ellos, decidir su futuro… Y a nosotros, los españoles, acompañarles en el empeño.

Soy el primero en solicitar avances al presidente Obiang en lo político y en lo social, pero siempre en un marco de respeto y de diálogo constructivo. Lo que sí puedo afirmar hoy es que el presidente Obiang es el primer defensor en su país de las relaciones hispano-guineanas y de las señas de identidad de la lengua y la cultura españolas.

No sé qué puede ocurrir en este sentido con sus sucesores y con las nuevas generaciones de guineanos. Mi sugerencia es que muchos españoles y analistas políticos visiten este país libremente, conozcan los avances sociales y los cambios económicos que se han producido en los últimos años y, al mismo tiempo, asuman la responsabilidad y el legado históricos que España debe mantener con esta nación africana.

La “esquizofrenia hispano-guineana” no colabora ni mejora la situación interna de Guinea en relación con España. Se habla mucho de una política de Estado para las relaciones exteriores, donde los intereses a corto, medio y largo plazo deberían obligar a todos los actores políticos españoles a trabajar por una relación estable y próspera con Guinea Ecuatorial.

Los políticos debemos asumirla y no sucumbir, como casi siempre, a las voces alimentadas por ese “síndrome esquizofrénico” de algunos sectores que parecen no desear que cambien las cosas para bien de guineanos y españoles. A todos ellos les pediría que leyesen los telegramas del embajador de Estados Unidos en Malabo desvelados por Wikileaks y vean cómo otros se felicitan por la “esquizofrenia hispano-guineana”.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

lunes, 31 de marzo de 2014

  • 31.3.14
En los ámbitos de la política exterior y las relaciones internacionales hoy se cuestionan la validez y eficacia de las sanciones a los Estados y de las medidas selectivas o “embargos inteligentes”. Este debate se ha trasladado también a la sociedad civil donde se destaca su ineficacia y el sufrimiento, empobrecimiento social e institucional que se inflinge a sociedades y Estados.

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Desde su implantación en 1960, no han sido un medio idóneo para “imponer democracias”, porque el hecho de la “imposición” niega el propio espíritu de la democracia. Y lo que es peor aún, genera opacidad y arbitrariedades en los procesos político-diplomáticos y en los intercambios entre sociedades civiles, al tiempo que nos retrotraen a los años de tensión de la Guerra Fría.

La encuesta del Atlantic Council, presentada el pasado 11 de febrero en Washington, sobre las opiniones de los norteamericanos del primer y más duradero embargo de la era moderna, Cuba, señala que el 56 por ciento desea un cambio de política hacia la isla y la normalización de las relaciones cubano-norteamericanas.

Este porcentaje se eleva hasta el 62 por ciento entre los latinos y al 63 por ciento entre los residentes del Estado de La Florida, que registra el mayor censo de población de origen cubano. Más del 80 por ciento de los encuestados en este Estado se manifiesta a favor de un mayor diálogo con el Gobierno cubano sobre temas de interés común, como la seguridad o la cooperación en emergencias medioambientales.

Desde el Siglo de Pericles hasta nuestros días, la sanciones se han mostrado ineficaces y los resultados de ésta y otras encuestas e informes de organismos internacionales y ONG prueban que el sistema de embargos es una penalización a la ciudadanía y a los Estados y no evoluciona hacia una dialéctica constructiva.

En algunos casos, las sanciones se utilizan como coartadas y se acompañan de “indiferencia” hacia terceros Estados, lo que introduce aún más incertidumbre y desconfianza en la esfera internacional, así como alineamientos de Estados impropios del siglo XXI.

La Administración Obama ha dado pasos tímidos en la dirección de abandonar el embargo a Cuba, mientras que la Unión Europea se dispone a desmantelar la posición común. Varios Estados europeos han firmado memorandos bilaterales con Cuba que, paradójicamente, contradicen el espíritu y la letra de esta figura, mientras la Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Catherine Ashton, tiene el compromiso de las autoridades cubanas de emprender un diálogo constructivo para profundizar en las relaciones de la Unión Europea con la isla; único Estado de América Latina y el Caribe con el que la UE no mantiene diálogo político.

En el caso estadounidense, ha habido un punto de inflexión con la Administración Obama y el secretario de Estado, John Kerry; este último se ha propuesto una “política creativa” hacia Cuba, mientras se avanza en la liberalización de viajes y el envío de dinero. Estos cambios no son suficientes y así lo transmiten la sociedad y la Administración norteamericanas.

Hoy es posible impulsar la salida de Cuba de la lista de países terroristas, como gesto de buena voluntad, e iniciar el diálogo político para desmontar el régimen de sanciones: “el bloqueo”. Estoy convencido que el presidente Obama sintoniza con las corrientes de opinión que reclaman una nueva política hacia Cuba, pues las generaciones de origen cubano-norteamericano ya no se perciben como un obstáculo.

Según señalan Peter Schechte y Jason Marczak, del Adrienne Arsht Latin America Center del Atlantic Council de Washington, tienen “una visión muy diferente; primero son norteamericanos, orgullosos de su herencia cubana, pero hablan principalmente inglés y consideran a Miami, Newark o Los Ángeles como sus hogares, y ya no a La Habana, Santiago o Mayagüey”.

Por su parte, el presidente Raúl Castro ha iniciado un conjunto de reformas que van más allá de la apertura económica y cumple con su programa para modernizar el país y liderar cambios; también en materia de seguridad y paz, como ha quedado patente en la última reunión de la CELAC en La Habana, del pasado mes de enero.

Si la Administración Clinton puso punto y final a tres décadas de sanciones a Vietnam (1964-1994), probablemente ya haya llegado la hora de abrir un diálogo directo entre las administraciones de Barack Obama y Raúl Castro. Seguramente es el momento de iniciar una nueva política cubano-norteamericana que desemboque en el desmantelamiento del “bloqueo” más largo de la historia y se dé paso al diálogo político y la cooperación.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

lunes, 24 de marzo de 2014

  • 24.3.14
Cualquier manual de diplomacia recomienda acudir a la historia y la geografía como ciencias complementarias para extraer un diagnóstico adecuado y aplicar así una política eficaz para la resolución de eventuales conflictos. Sin embargo, hoy parece que se ha hecho oídos sordos de esta práctica habitual de la historia de la diplomacia para afrontar la crisis de Ucrania.

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No seré quien se oponga a la modernización y democratización de Ucrania y, menos aún, a que toda la atención europea hacia este país se oriente a alcanzar su enraizamiento en Europa.

Comparto todos los esfuerzos de la Unión Europea y de su Alta Representante para alcanzar una asociación estratégica de Europa con Ucrania, y así reforzar el Estado de Derecho y las libertades de tantos ucranianos que han denunciado la corrupción y las malas prácticas políticas del presidente Yanukovich, pero también soy de los que piensan que todo avance y progreso en las relaciones con Ucrania debe hacerse tomando en consideración sus relaciones con la Federación de Rusia.

Ucrania ha podido ser, y espero que en un futuro próximo lo sea, uno de los nexos de unión entre Rusia y la Unión Europea, y no lo que dramáticamente se nos muestra; es decir, un campo de batalla para ver quién se hace “dueño” o “protector”, como si los ucranianos no tuviesen la suficientemente madurez para buscar un espacio propio que preserve su doble pertenencia tan necesaria como enriquecedora.

En mi opinión, tanto europeos occidentales como rusos deberíamos buscar el establecimiento de un “status sui generis” para este país. En una de mis visitas a Kiev, tras el fracaso de la “revolución naranja” y ante un nuevo proceso electoral que dio su victoria al presidente Yanukovich, sugerí a mis interlocutores ucranianos algunas ideas de futuro para galvanizar las tendencias enfrentadas entre Europa y Rusia.

A veces se olvida que la Federación de Rusia tiene un marco institucional con la OTAN, el Consejo Rusia-OTAN, que se celebra regularmente al margen de las Cumbres Trasatlánticas, y siempre que no se vean afectados por crisis como de la Georgia.

En estas circunstancias se debiera haber explorado, sobre todo en tiempos de confianza y de reconciliación como los de Yeltsin o la llegada de Putin al poder, para promover una nueva forma de cooperación y partenariado.

La base naval de Crimea habría podido ser el primer jalón de una base conjunta de la OTAN y la Federación de Rusia con el fin de hacer frente a los nuevos desafíos estratégicos y de seguridad del área euro-centroasiática.

En lugar de instalar escudos antimisiles en los países del antiguo Pacto de Varsovia, Estados Unidos y la Alianza Atlántica podrían haber imaginado o promovido alguna iniciativa en la que fuerzas armadas conjuntas hubieran compartido sistemas de seguridad y defensa sobre amenazas comunes.

Desgraciadamente, Crimea es la demostración de que el espíritu y las sospechas de la Guerra Fría perviven. Sólo podremos resolver el conflicto de Ucrania si decidimos dar carpetazo final a la Guerra Fría y, como diría Georges Kennan en su largo telegrama de Moscú de 1946, contribuimos a eliminar “la visión neurótica del Kremlin de los asuntos mundiales y el sentimiento instintivo ruso de inseguridad”. El presidente John Kennedy así lo entendió y en su “Peace Speech” apostó por aquellos que creyeron en un destino común de la Humanidad.

Esta situación en Ucrania se ha visto aún más agravada por la decisión del Parlamento de Crimea de proclamar unilateralmente su independencia y pedir su integración con Rusia. Esta resolución debería evocar algunas de las adoptadas hace años y que, en mi opinión, han conducido a crear precedentes innecesarios.

Aludo concretamente al reconocimiento, por parte de una gran mayoría de países occidentales, de Kosovo. Se apoyó su declaración unilateral de independencia y muchos nos opusimos a ello, a pesar de las fuertes presiones a las que nos vimos sometidos.

Hoy podemos afirmar con serenidad que nuestra decisión fue adecuada. Aún recuerdo cómo la mayoría de mis colegas europeos, exaltados y furiosos, reclamaban a la Federación de Rusia el respeto a la integridad territorial de Georgia y cómo les recordé que en los ámbitos de las relaciones internacionales y el Derecho Internacional se debe mantener la coherencia para no crear precedentes que más tarde sean difíciles de defender y explicar.

Hoy nuevamente nos enfrentamos a un caso muy similar y, cuando los representantes de Crimea proclamen de manera unilateral su independencia qué pueden decir aquellos líderes que se envolvieron en la bandera independentista kosovar. ¿Cuáles son los argumentos jurídicos y de Derecho Internacional que diferencian estas situaciones…?

España y sus respectivos gobiernos, a pesar de las aceradas críticas de los supuestos defensores del pensamiento políticamente correcto, actuaron y actúan conforme a la legalidad internacional y, sobre todo, conocen bien la historia y la geografía de esa región, pues como nos indica el viejo refrán español: “quien siembra vientos, recoge tempestades”.

En cualquier caso, la situación actual de Ucrania sólo puede resolverse por las vías diplomática y política. En primer lugar, debemos rechazar el referéndum de Crimea por su ilegalidad; en segundo lugar, la comunidad internacional debe colaborar a la preparación de las próximas elecciones presidenciales en Ucrania del mes de mayo, con el fin de crear las condiciones objetivas para que el pueblo ucraniano decida su futuro político en libertad y con plenas garantías democráticas. Y por último, la comunidad internacional y la Unión Europea deben buscar el entendimiento estratégico con la Federación de Rusia para evitar una segunda Guerra Fría.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

martes, 4 de marzo de 2014

  • 4.3.14
Tragedias como la de la playa de El Tarajal nos devuelven la cruda realidad de la inmigración y su tratamiento, tanto en Europa como en nuestro país, al tiempo que interpelan a la conciencia europea que se suma ahora 15 nuevas muertes de inmigrantes en aguas del Estrecho.

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Este episodio que se repite con demasiada frecuencia y nefastos o trágicos resultados en los contornos fronterizos de la Unión Europea es sin duda responsabilidad de la Comisión y de los Estados miembros, donde se comienza a criminalizar la inmigración e ignorar su situación, así como los efectos de no intervenir en la ordenación de flujos.

No podemos cerrar los ojos ante un hecho incontrovertible de hondo carácter humanitario. Por ello, parece más que razonable no degradar la posición de las políticas de inmigración y su seguimiento en la agenda europea, y no incidir en “la globalización de la indiferencia”.

La Comisión Internacional de Juristas llama la atención sobre la suficiencia de normas para proteger y regular las migraciones, aunque tanto la comunidad internacional como la UE las incumplen o, sencillamente, las respetan parcialmente o en función de intereses.

Las lecturas parciales de las normas no deben perder de vista que la legislación europea establece que los extranjeros que accedan a la UE tienen el derecho a la solicitud de asilo. El Tratado de Schengen recoge las condiciones en las que un Estado miembro puede denegarla y, por ello, se debe anteponer la obligación de rescate y protección de las personas que se encuentran en peligro en las fronteras de la UE y no abandonarlas a su suerte.

Así se recoge en el Pacto Europeo sobre Inmigración y Asilo, donde la UE se comprometió a desarrollar una política de migración exhaustiva y flexible, centrada en la solidaridad y la responsabilidad.

El Programa de Estocolmo, por una Europa abierta y segura que sirva y proteja al ciudadano, culmina este año y su revisión debe recoger toda la experiencia del cuatrienio y las perspectivas demográficas de la UE para fortalecer sus objetivos de construir una Europa de los derechos y de la justicia, protectora y solidaria.

Las avalanchas de inmigración irregular no se detienen con violencia u hostigamiento, sino con políticas integrales que establezcan mecanismos de coordinación efectiva entre países emisores, de tránsito y destino, con medidas orientadas a la integración, con políticas de cooperación al desarrollo y con instrumentos adecuados y bien financiados.

Así lo entendimos los gobiernos español y marroquí en 2006, fecha en la que propiciamos la convocatoria de la Conferencia Euroafricana de Migración y Desarrollo de Rabat, que tuvo su continuación a finales de ese año en la Conferencia de Inmigración y Desarrollo de Trípoli.

Ambas citas sentaron las bases de una política integral y coordinada en materia de inmigración y desarrollo que, como en el caso español, eran seguidas por el Gobierno los viernes antes de los Consejos de Ministros. Igualmente se desarrollaron instituciones, como la Casa Árabe y la Casa África, e instrumentos estratégicos de planificación como el Plan África.

Los acuerdos de asociación entre la Unión Europea y los países emisores de inmigración agilizaron mucho los procesos de devolución y sus garantías legales, lo que propició una estrecha colaboración con Marruecos que, como es sabido, cuenta en su territorio con más de un millón de inmigrantes no legalizados.

La presión migratoria sobre Ceuta y Melilla no puede ser utilizada por el Gobierno para incumplir la legislación internacional y europea, y tampoco puede convertirse en una coartada para hacer modificaciones en el reglamento de la Ley de Extranjería y dar carta de naturaleza a las “devoluciones en caliente”.

Al margen de recuperar la relevancia de la inmigración en la agenda europea, es posible adoptar medidas como la creación de una sede de Frontex en Andalucía, al tiempo que se refuerzan los medios materiales y humanos en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, pues la UE destina sólo 527 millones de euros a la protección de las fronteras españolas, cuya partida más importante se dirige al mantenimiento del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE).

Creo conveniente que la Comisión Europea se ocupe de la regularización y las normas de búsqueda y rescate de inmigrantes en las aguas territoriales y que refuerce el enfoque de la inmigración como un asunto de seguridad y protección de los derechos de los ciudadanos europeos. Pero esto no basta.

Todavía se está a la espera de observar una visita de un alto dirigente europeo a países de origen o de tránsito. La inmigración ilegal no se puede encauzar sólo con medidas de justicia e interior, sino con una política exterior europea y de los Estados miembros.

Estamos a tiempo de abandonar las tentaciones de criminalización de la inmigración y su confusión con la delincuencia, así como de frenar el proceso de abandono a la suerte de la frontera de los más desfavorecidos del mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

martes, 4 de febrero de 2014

  • 4.2.14
Califiqué el año 2013 como un año de transición y así ha sido. Desde la caída de Lehman Brothers hace cinco años, los europeos y fundamentalmente los países del Sur hemos sufrido una crisis institucional y económica en forma de “w”, y nos aferramos a las previsiones de instituciones y centros que auguran la salida, aunque sea con cautelas y tras unos elevadísimos costes de sufrimiento humano y desigualdad.

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Por ello, 2014 puede inaugurar un ciclo reactivo y proactivo que nos permita zafarnos de la dinámica transitoria de 2013, corregir los efectos de la Gran Recesión y reformar, ampliar y legitimar las organizaciones internacionales que rigen la esfera global. En este año deben iniciarse los trabajos del proceso de control y balance de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y su tránsito a los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2015-2030.

El centenario de la primera guerra mundial, que puso fin al primer gran período de globalización y favoreció corrientes nacionalistas y proteccionistas que culminaron en la segunda gran guerra, podría ser el momento para reflexionar sobre los límites de la globalización y trazar el rumbo de la gobernanza global en el siglo XXI, con los valores fundacionales de la comunidad internacional reforzados; es decir, con garantías contrastables.

Es apremiante pensar los fundamentos de la reforma del sistema institucional internacional, aportar nuevos valores y establecer mecanismos de legitimidad y control políticos en las relaciones internacionales.

Muchos estados, incluidos los desarrollados, atraviesan una fase de introspección y ensimismamiento en su política interior, donde se aprecia la reedición de viejos esquemas de desagregación entre política exterior e interior; enfoques que soslayan la interdependencia y los nuevos y viejos factores y actores que conforman la escena internacional: un mosaico de 194 escenarios. Todos ellos sacudidos por la desconfianza y la elevación de la incertidumbre global. Junto a otros hechos, el caso Snowden ha contribuido a estimular un clima político efervescente.

La puesta al día del sistema de Naciones Unidas no puede detraer energías para avanzar en la reforma del sistema de Bretton Woods y la revisión de las causas que lo propiciaron, pues éstas se han multiplicado y sofisticado en las últimas décadas, y agotan muchos esfuerzos de gestión de estructuras institucionales obsoletas.

La inspiración del sistema de Bretton Woods es deseable: la economía al servicio del empleo; como lo es también que los poderes públicos controlen los mercados financieros, sus derivados y la propia creatividad financiera a través de órganos administrativos independientes y sancionadores, que devuelvan la confianza a la ciudadanía y a los inversores.

La crisis de la primera década del siglo XXI presenta muchas derivadas y la europea es un desafío para aquellos que pensamos que una Europa política reforzará nuestra relevancia y presencia en la comunidad internacional. Considero que la acción política puede equilibrar y favorecer también la vigorosidad de la recuperación.

Los líderes europeos de la izquierda deben presentar un proyecto político de alcance que estimule la participación y el empoderamiento de la ciudadanía; un modelo que presente alternativas innovadoras y razonables para gestionar los procesos de globalización que nos afectan, al tiempo que corrija las tensiones identitarias y sectarias de muchas democracias europeas, algo difícil de entender por nuestro acerbo jurídico, social e histórico.

En el año 2014 Europa tiene una cita con su futuro porque debemos votar por más unión y ampliar las instituciones para avanzar en un sistema de democracias orientadas al desarrollo sostenible y la creación de valor.

La armonización financiera, fiscal y laboral de la Eurozona es un futurible y, probablemente, un objetivo deseable, como también lo es una mayor capacidad de legitimación, responsabilidad política y transparencia de los representantes institucionales y de sus decisiones, o implementar el mandato del Banco Central Europeo para que se ocupe no sólo de la inflación sino también de las políticas de empleo, por citar algunas de las cuestiones que ya se vislumbran en el debate político y podrán determinar el voto el próximo mes de mayo.

Para que la cita electoral de esta primavera sea un éxito europeísta debemos reducir la desafección política y a ello deben dedicar muchos esfuerzos los partidos políticos, los Estados miembros de la UE y la Comisión saliente.

Europa puede y debe avanzar en la construcción política de un modelo social de mercado y, para ello, es muy necesaria la coordinación política e institucional y, sobre todo, establecer más controles democráticos como corresponde a la unión de democracias que recogen los Tratados.

Es razonable que la UE y su política de vecindad acerquen posiciones con Rusia, Ucrania y Turquía, y que se siga muy de cerca el ritmo y la evolución de la Primavera Árabe (elecciones en Egipto, reconstrucción libia, evolución tunecina…) y de los conflictos de Oriente Medio.

Aquí hay que celebrar las conversaciones de Ginebra I y II, así como el lento deshielo de las relaciones entre Estados Unidos e Irán. Este debería ser el año de la paz entre palestinos e israelíes y espero que fructifiquen los esfuerzos del secretario de Estado norteamericano, John Kerry. Todos deberíamos centrarnos en este objetivo y que Palestina ingrese como miembro de pleno derecho en Naciones Unidas como el país número 194.

Mientras que la paz debe ser el objetivo prioritario e irrenunciable de Oriente Medio, los Estados del Golfo continúan con la reflexión sobre su futuro y el África Subsahariana mantiene una evolución sostenida, salvo por la lacra de los conflictos bélicos y étnicos. África está comprometida con la preservación del recuerdo y el legado del recientemente fallecido Nelson Mandela, que animará el avance político, social y económico posible y deseable para los Estados africanos en 2014.

En Asia, Japón inundó los mercados de yenes e inició el camino de la recuperación económica y el abandono de la deflación bajo el impacto de Fukushima, mientras que la Asamblea Nacional Popular eligió como nuevo presidente de la República Popular China a Xi Jinping, en marzo de 2013, sobre quien recae la tarea de estimular la demanda interna y, previsiblemente, reorientar la estrategia de política exterior del gigante asiático más allá de la región.

El año 2013 ha sido muy intenso para América Latina, la muerte de Hugo Chávez y la elección de Nicolás Maduro en Venezuela, la reelección de Rafael Correa en Ecuador y la vuelta a la Presidencia de Chile de Michelle Bachelet, han sido acontecimientos de gran relevancia, como también lo han sido el proceso de paz abierto en Colombia o las reformas iniciadas en México.

Entre los hechos más destacados está la declaración del secretario de Estado estadounidense, John Kerry, en la Organización de Estados Americanos (OEA), donde se comprometió a poner punto y final a la Doctrina Monroe.

Los procesos electorales en América Latina han iniciado un nuevo ciclo y en los dos próximos años tendrán elecciones presidenciales siete Estados. Todas ellas vendrán marcadas por los desafíos regionales y nacionales de gobernabilidad, y por la promoción de la igualdad y, sobre todo, por las necesidades de formación de la ciudadanía y la seguridad ciudadana, así como por la diversificación de las exportaciones.

La descripción del escenario español, según las previsiones del Fondo Monetario Internacional y de la OCDE, es poco halagüeña. Previsiblemente, España necesitará al menos un quinquenio para volver a los niveles de actividad previos a la crisis y nuestra brecha en la UE crece como también lo hace la desigualdad.

El número de parados se aproxima a los 6 millones, más del 26 por ciento de la población activa, lo que nos sitúa, junto a Grecia, a la cabeza de Europa en desempleo y soportamos niveles superiores a la Gran Depresión americana.

El deterioro de las condiciones de vida de los ciudadanos alcanza también a los que aún mantienen su trabajo, porque los salarios han decrecido un 7 por ciento en los últimos tres años y el PIB real por habitante nos retrotrae a niveles de hace una década.

Desafortunadamente, los temas centrales de la actualidad política española seguirán siendo en 2014 el desempleo y la salida de la crisis, la corrupción, el deterioro institucional, la pérdida de influencia en el mundo y la cuestión catalana y vasca. En el escenario nacional, el PSOE no debe retrasar aún más los procesos de primarias así como la búsqueda de nuevos liderazgos para salir reforzado electoralmente e impulsar una nueva narrativa socialdemócrata en estos comienzos del siglo XXI.

Si el año 2013 lo califiqué hace meses como de desconcierto y continuidad, los deseos para 2014 no pueden ser otros que el de poner freno al hambre y la desigualdad, reforzar las democracias y el proyecto político europeo, y que España busque vías de solución al marasmo interior que agudiza su ensimismamiento y recupere la ilusión y su lugar en Europa y el mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

martes, 28 de enero de 2014

  • 28.1.14
De confirmarse las noticias de que la Unión Europea pueda aprobar un marco de cooperación con Cuba para 2015, la posición común podría tocar su fin. Esta excepcionalidad impulsada por los Gobiernos de José María Aznar no sólo se ha mostrado ineficaz, sino que niega el espíritu de diálogo y entendimiento que constituye la espina dorsal de Europa, que mantiene relaciones con todos los países latinoamericanos.

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Como defendí en los Consejos de Asuntos Generales de la Unión Europea, el diálogo constructivo y no el aislamiento es el mejor instrumento para reforzar las relaciones bilaterales y multilaterales, así como para afianzar nuestros lazos históricos, sociales, culturales y económicos.

Siempre he pensado que el aislamiento es el primer paso hacia la indiferencia y España y Europa no pueden ignorar los avances que se han producido en Cuba, así como la buena disposición que han mantenido sus autoridades para el restablecimiento de relaciones políticas y de cooperación. En el año 2010 estuvimos muy cerca de romper la barrera de la posición común, algo muy criticado y rechazado por la gran mayoría del Partido Popular.

Considero que el diálogo político e institucional con La Habana nos situará en una mejor posición para acompañar las reformas impulsadas por los líderes cubanos, reconocidas también por Estados Unidos.

España vive hoy la noticia de construir un marco de diálogo y cooperación con Cuba con la satisfacción del reencuentro y con la esperanza de que Europa acelere el diálogo para profundizar en unas relaciones que nunca debieron encapsularse en la incomunicación. Aplaudo al Gobierno español por haber comprendido finalmente que el diálogo es la mejor vía para construir juntos el futuro entre Cuba, España y Europa.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

martes, 31 de diciembre de 2013

  • 31.12.13
La alianza contra Europa suscrita el mes pasado en La Haya entre partidos neofascistas de Francia y Holanda sugiere con urgencia que las formaciones de izquierda y las plataformas ciudadanas comiencen a tener un discurso claro de protección de las democracias y los derechos civiles y laborales en todo el territorio de la Unión Europea. Y que la Comisión vigile y sancione los niveles de cumplimento de los Tratados.

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Si así fuese no formarían parte del paisaje político europeo los partidos que proclaman abiertamente la intolerancia del racismo y la xenofobia. Los que promueven el populismo del odio y el desmantelamiento de Europa.

Probablemente, estos compatriotas son más nocivos que los euroescépticos del otro lado del Atlántico que, por lo general, tienen presente siempre nuestra historia del siglo XX. Europa no puede seguir impertérrita ante la demolición de los Estados de derecho, el avance de las desigualdades y la ascensión de los populismos y la desafección política. Necesitamos más Europa. Y una Europa que se sienta orgullosa de sus principios y valores.

La izquierda debe comprometerse con una Europa que vuelva a abanderar los derechos humanos, los valores democráticos y la solidaridad interterritorial para seguir siendo un emblema global de progreso y bienestar. Y un referente mundial de libertades y derechos.

Sólo un proyecto de gran alcance político puede hacer de Europa un referente de la mundialización. La izquierda europea está necesitada de una nueva narrativa y un proyecto común donde, al igual que se reconocen los techos de gasto de los Estados y de la Comisión, Tratados, directivas y legislaciones nacionales establezcan umbrales mínimos de bienestar. Europa tiene la responsabilidad de aportar a la comunidad internacional buenas prácticas democráticas y buenas prácticas de gobierno.

Los ciudadanos europeos queremos más instituciones y más legitimadas y fuertes, con el fin de construir una Unión política que influya en la regulación de las economías real y financiera, y apueste por ampliar los espacios públicos y mejorar el empleo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

viernes, 20 de diciembre de 2013

  • 20.12.13
La comunidad internacional está de luto por la muerte de Nelson Mandela, un hombre de convicciones profundas que derribó la frontera del apartheid y, sin duda alguna, nos descubrió la fuerza de la paz y de la reconciliación. En su autobiografía, El largo camino hacia la libertad (1944), comenta de dónde sacó la coherencia y la fuerza de sus convicciones:

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Es de estos camaradas en la lucha de los que he aprendido el significado del coraje. Una y otra vez he visto hombres y mujeres expuestos y torturados sin quebrantarse, demostrando una fortaleza y resistencia que desafía a la imaginación.

He aprendido que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo del mismo. He sentido miedo yo mismo más veces de las que puedo recordar, pero lo oculté tras una máscara de audacia. Un hombre valiente no es el que no siente miedo, sino el que conquista ese miedo.


En esas memorias nos enseña que la libertad es responsabilidad e implica una lucha diaria, continuada: He recorrido ese largo camino hacia la libertad. He intentado no desfallecer; he tropezado a lo largo del camino. Pero he descubierto el secreto tras subir una gran colina, pues uno descubre que hay otras muchas más colinas que subir.

He tomado un momento de descanso aquí, para robar una vista a la gloriosa vista que me rodeaba, para mirar desde la distancia a la que he llegado. Pero solo he podido descansar por un momento, porque la libertad entraña responsabilidades, tengo que persistir porque mi largo camino no ha finalizado aún.

Adiós Madiba, y gracias por enseñarnos que la búsqueda de la tolerancia, el diálogo y la paz son un proceso vital y continuado al que nos has invitado desde el ejemplo de la coherencia. Gracias Madiba porque nos has mostrado la importancia de África y has contribuido a su despertar en el siglo XXI. Hasta siempre.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

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