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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

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jueves, 21 de abril de 2022

  • 21.4.22
Hace ahora once años envié una carta a uno de los periódicos del grupo Andalucía Digital, Montilla Digital, con motivo del Día Internacional del Libro. Ha transcurrido más de una década desde entonces y aquel primer periódico digital fue creciendo hasta sumar un racimo de cabeceras que se aglutinan bajo el nombre de Andalucía Digital, cada una de ellas con su identidad propia. Y hoy he querido tener la osadía de volver a retomar aquellas líneas para saludar al conjunto de lectores y a las firmas participantes de cada periódico.


Con el mes de abril entra oficialmente la primavera. Dicho mes nos ofrece dos fechas dedicadas a recordarnos la importancia que tiene la lectura para pequeños y mayores. Existe un Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, que se celebra cada año el día 2. Y el 23 está dedicado al Día Internacional del Libro, otra cita para atraer la atención de las personas mayores y resaltar la importancia que tiene la lectura.

Respetados articulistas y lectores de Andalucía Digital: cada 23 de abril celebramos el Día del Libro coincidiendo con las muertes en 1616 de Cervantes, Shakespeare (según el calendario juliano vigente en Inglaterra muere el 23, y según el gregoriano, el 3 de mayo) y El Inca Garcilaso de la Vega, que vivió en la calle Capitán Alonso de Vargas de Montilla.

Esta fecha fue escogida en 1995 por la UNESCO para rendir homenaje mundial al libro y a sus autores y para animar a todos a descubrir el placer de la lectura. Una curiosidad: en Cataluña, la celebración data de 1926, hasta que pasó al 23 de abril en 1930, día de san Jordi (Jorge). Es costumbre regalar una rosa. Hechas las presentaciones, paso al verdadero motivo de esta misiva.

Hoy me gustaría regalar una rosa amarilla para cada uno de los articulistas. Amarilla porque viene a representar la inteligencia, la energía, la originalidad, la alegría, a veces la nostalgia, la riqueza de opiniones, que cada uno de vosotros derrocháis en esas líneas que nos regaláis, porque con ellas estimuláis nuestra actividad mental; con vuestra rica erudición nos potenciáis la capacidad de reflexión y, de cuando en cuando, como por arte de magia, desencadenáis en nuestro cerebro un efecto agridulce unas veces, otras es tan intenso el relato que suscita una impresión perturbadora e inquietante en nuestra facultad de pensar.

El color amarillo hace que nuestra atención se centre en el producto que nos ofrecéis, artimaña de publicistas, y entremos en ardor intelectual con el agradable calorcillo que emana al leer vuestra página. Gracias por el esfuerzo que hacéis, el cual viene a rellenar un momento de nuestra vida.

También para los lectores ofrezco una rosa roja, intensa en este caso. Escarlata por la pasión (sin con-pasión no vale nada), el alma, la creatividad, el buen hacer que cada cual depositamos en las hojas virtuales de este libro compartido, cuando elaboramos nuestras apostillas (“acotación que comenta, interpreta o completa un texto”). Bien es verdad que, a veces, la crítica sube de tono intenso, rojo vivo (bermellón), el nivel emocional hasta el punto de poner en dificultad la capacidad de entendernos.

Rosa roja para enaltecer el valor y coraje con el que se defiende cada opinión personal. Consideraciones unas veces llenas de sensibilidad y sensualidad, que con mente abierta nos hacen acercarnos a los relatos y provocarnos una fuerte sacudida de placer estético.

Otras veces con energía, vigor y no sin cierto grado de fuerza, el artículo –o, lo que es igual, su autor– suscita en nuestra mente una actitud crítica para con las líneas que acabamos de leer. El adulto que llevamos dentro se pone en alerta.

El color taheño (rojo) que estimula en nosotros una llamada a la precaución para no pasarnos de rosca y herir innecesariamente a otro comentarista con el que no estamos de acuerdo. Color sanguíneo impulsivo que posiblemente nos haga verter cierto grado de ira o malicia ante un determinado tertuliano.

Para Andalucía Digital envío una rosa blanca, porque níveas y llenas de luz son las hojas virtuales que nos brinda cada día, para plasmar nuestro pensamiento. Son pergaminos perfectos donde grabar conceptos llenos de sentimientos, de recuerdos, de declaración de intenciones, de opiniones más o menos acertadas (¿afortunadas?) o provocativas.

Los digitales son amplios escenarios virtuales de color blanco nieve “que corresponde al de la luz solar aun no descompuesta en los diversos colores del espectro” que serán después pintados por escribidores y lectores.

Son láminas virtuales donde litigamos con la palabra a veces clara, a veces algo túrbida y lacerante, a veces romántica o benevolente. Pero siempre el verbo alanceando el caparazón de la virtualidad para poder llegar al corazón de los lectores. ¡La palabra…, clave de entendimiento!

Amarillo, rojo y blanco; rojo, blanco y amarillo, tanto monta…, se funden en un ramo, y se enlazan en una sonata de sensaciones provocada por la fusión de los colores, invitándonos a leer las rebosantes páginas virtuales de las que somos autores y responsables, cronistas y lectores.

Articulistas y lectores de Andalucía Digital formamos una comunidad virtual de lectura. Vamos perfilando un libro en el que los autores, con sus exposiciones reflexivas unas, poéticas y llenas de magia otras, de repaso a la realidad circundante o relatos de libre imaginación, crean un mundo de pura sensibilidad.

Parte de las hojas de ese libro están completadas por los juicios que hacemos todos los que leemos Andalucía Digital. Juicios finos y llenos de sentimientos cordiales unos; comentarios de artículos otros que, por haber despertado nuestra dormida sensibilidad, provocan consideraciones críticas con el contenido de la columna y en los que damos razones de nuestra postura.

Consideraciones en las que, a veces, sacamos las uñas porque no compartimos las ideas expuestas; dicterios en los que sin mala intención, hagamos alguna alusión en tono despectivo. Quiero suponer que actuamos sin ánimo de ofender a la persona contra la que dimos el parecer. Y si en algún momento nuestro teclado se convirtió en cómplice, para plasmar una chanza desdeñosa, deberíamos ayudarle a eliminar dicha chirigota en pro de un piropo de sonrosada simpatía.

Lentamente las rosas se abren en una olorosa exhalación de profusa creatividad. Quiero animar a todos a leer, leer y leer: artículos, libros del género que sea, periódicos… La lectura nos abre puertas, ejercita la memoria, la imaginación y la sensibilidad a la par que aumenta el conocimiento…

Por la lectura se aprenden valores, normas y pautas de comportamiento y se interiorizan sentimientos. En definitiva, leer es estar informado y la información es poder. Para los que ya somos mayorcitos, la lectura es clave para el mantenimiento de las funciones cognitivas. Quien lee, vive.

¡A veces llegan cartas…! Mi intención con esta misiva es de agradecimiento a todos los participantes (escribidores y lectores) y a Andalucía Digital, que nos pone en contacto. La lectura da cultura…, nos abre un horizonte que va más allá de la raquítica realidad que nos rodea.

Desde El Llanete de la Cruz, un saludo y mi agradecimiento. Primero, a los lectores, porque sin ellos carecería de sentido todo lo dicho; después, al esfuerzo de los articulistas que llenan el espacio con palabras cargadas de variados sentimientos y colores; y, finalmente, al trabajo de quienes dan vida día a día a Andalucía Digital.

PEPE CANTILLO

jueves, 7 de abril de 2022

  • 7.4.22
Dicen que “se conoce a la pareja en el divorcio; a los hermanos, en la herencia; a los hijos, en la vejez y a los amigos, en las dificultades". Y añado yo: "y a los imbéciles, en el día a día". Frases, unas agrias, acidas, hirientes, mordaces, ofensivas o agresivas y otras reales. De todas las citadas solo me ocuparé de algunas de ellas.


Estas lacónicas referencias al modo de actuar de cada uno de nosotros son llamativas y creo que explicitan bastante bien cómo podemos ser o mejor, cómo somos cada cual según el comportamiento que frente a los demás manifestamos en nuestro diario deambular por la vida. Doy un breve repaso por algunos de ellos.

“Se conoce a los hermanos en la herencia y a los hijos, en la vejez”. Vamos por partes. Muchos hijos se pelean por la herencia de sus padres, pero ninguno, por lo general, se pelea para cuidarlos cuando están enfermos. Digámoslo de otra manera más fina y elegante: cada uno buscará una razón lo más poderosa posible para evadirse de dichas circunstancias. En última instancia dirán que ellos también tienen su vida.

¿Tan mal veo el asunto? El tema es bastante agrio, áspero y, desde luego, desabrido. La etapa vírica ha dado algunos ejemplos dejando que la ¿obligada? soledad invadiera el convivir. De entrada, cualquiera de los herederos tiene su punto de vista y arguye sus razones ante tal comportamiento. Mientras tanto, la clausura cubre de telarañas la compañía. Paso al repartimiento que aparece como más evidente.

Entendemos por herencia al “conjunto de bienes, derechos y obligaciones que, al morir alguien, son transmisibles a sus herederos o a sus legatarios”. En el tema de herencia el refranero es abundante. “Si quieres con tu familia reñir, echa algo a repartir”. El origen de este refrán es posible que sea tan antiguo como los humanos. ¿Exagero? Puede ser.

Otros refranes que dejan claro el tema. “Quien a heredar aspira, larga soga estira”. Da a entender que la herencia es motivo de riña y descontento entre hermanos. “Al heredar con un ojo reír y con otro llorar”. “Las lágrimas de quien hereda, son risas encubiertas”. Recibir herencia de un familiar, de los padres, es algo que se espera y puede satisfacer tanto deseos como esperanzas. ¿Alegrías? A veces sí, otras no. Como dice el refrán, reír y llorar pueden ir juntos. ¿Llanto por la pérdida del ser querido? Sería lo normal.

Cuando decimos que alguien “derrama lágrimas de cocodrilo” nos referimos a que finge dolor o tristeza. Se dice que Plutarco comparó a alguien que lloraba por haber matado a otra persona con los cocodrilos, que lloran mientras se comen la presa. Aunque, en realidad, el cocodrilo no llora: solo se le escurre el agua por la cabeza.

Es cierto que entre hermanos siempre hay alguno más pendenciero y más egoísta. Es “propenso a riñas o pendencias” o, si suena mejor, le llamaremos "quisquilloso" a la hora de ver la situación hereditaria. El desacuerdo ya lo citan los diversos refranes.

Como el asunto se juega a dos partes, dejemos una referencia a quien repartió los bienes que se van a heredar –por lo normal, los padres–. El refrán tampoco los exime demasiado. “El que deja una herencia, deja pendencia” (“contienda, riña de palabras o de obras”). Las razones, en este caso, van a favor o en contra de uno u otro miembro de la familia. Las leyes eran concretas dando prioridad a la primogenitura (“dignidad, prerrogativa o derecho del primogénito”), cuestión que se transformó durante el siglo XIX.

Quisiera terminar este supuesto embrollo –es decir, esta “situación embarazosa, conflicto del cual no se sabe cómo salir”– y, para ello, solo se me ocurre una frase lapidaria cargada de integridad moral: “Ninguna herencia es tan rica como la honestidad”. El carnet de identidad de una persona moral está en sus acciones, no en sus palabras.

La voz "herencia" es bastante amplia y hace referencia a distintas manifestaciones que cada sujeto puede haber recibido de sus mayores. En sentido amplio, “recibir rasgos o caracteres de los progenitores” es una forma de herencia que llamaremos, como mínimo, "biológica" o, si lo prefieren, "psicobiológica", ya que de los padres recibimos características tanto físicas como psicológicas.

Una de las definiciones de herencia que ofrece el diccionario y, personalmente me gusta, es la siguiente: “rasgo o rasgos morales, científicos, ideológicos, etc., que, habiendo caracterizado a alguien, continúan advirtiéndose en sus descendientes o continuadores”. Al decantarme por esta explicación no estoy despreciando la herencia material.

Otra frase dice que "se conoce a los amigos en las dificultades". Finalizo estas líneas con el sabor de fondo de la amistad, uno de los valores que más enaltecen a la persona.

Decir “amigo” es derramar sonrisas entretejidas con la dulzura del trato; decir “amigo” es dilucidar en un alarde de comprensión sobre lo humano y lo divino sin masacrar el pensamiento del otro; decir “amigo” es compartir confidencias que serán guardadas en el cofre del olvido consciente para no traicionar la confianza; decir “amigo” es pedir ayuda en momentos difíciles o simplemente especiales. He dicho "pedir" cuando, la verdad, es que el amigo está a las que “caen”, sin necesidad de pedirle nada.

¡Qué digo! El amigo sabe cuándo y cómo ofrecer su persona para que el momento crítico del amigo, sea del amargor que sea, pueda compartirse entre ambos. Decir “amigo” es acompañarse en la alegría y en el dolor que mancha la cama de un hospital, abriendo un agujero a la cita con la muerte; decir “amigo” es exclamar: “compañero, ¿dónde estás? Acércame tu mano”.

El amigo nos quiere tal como somos, lo cual no quita que, ante posibles errores, intente ayudarnos a corregirlos partiendo de una aceptación personal. Quien no reconoce sus posibles fallos no los eliminará. “La valía de la amistad reside en valorar al amigo sin sacrificarlo ni por las ideas, ni a las ideas por el amigo”.

Porque la amistad es una flor regenerada día a día por el roce que emana empapado de cariño. La amistad se abre al sol cada mañana y cuando se va de este mundo rebrota desde las cenizas de los recuerdos. Una persona buena hace el bien porque le germina desde lo profundo del corazón, porque desea repartir cariño y sembrar bondad.

“Quien tiene un amigo tiene un tesoro”, dice el refrán. Personas conocidas, cercanas… podemos tener muchas y buenas, pero cuando nos referimos a auténticos amigos el número disminuye hasta el punto que se pueden contar con los dedos de una mano y nos sobran dedos. Ciertamente hay que estar abiertos y dispuestos para cultivar una amistad.

Cierro estas líneas con un recuerdo especial a Tomás, una persona buena que perdimos hace ya casi un año. A ambos nos unió el vínculo de la amistad que pervivirá en el recuerdo hasta la eternidad.

PEPE CANTILLO

jueves, 24 de marzo de 2022

  • 24.3.22
Matar a alguien parece que no tiene importancia, que ni tan siquiera cabe nominarlo como un crimen. Si acaso, podríamos “pensarlo como algo posible pero no natural”. Tú me haces una charranada (en el caso que quiero entrar, más bien parece un accidente por culpa de un berrinche) y yo te la devuelvo de otra manera.


Así da la impresión que podríamos aludir a la muerte a tiros (palabras mayores) ocurrida en Elche o el asesinato en Alcalá la Real de una chavala de 14 años. Para no cansar con el tema, cito el ataque a un profesor acuchillado por la espalada por un chaval de 13 años mientras explicaba en clase cara a la pizarra.

¿Motivos? La niña deducimos que es un crimen de los tantos que, por desgracia, se dan últimamente. ¿Mondo y lirondo? El agente, en este caso, tiene ya 22 años y puede haber algunas razones más potentes que arrastren la vida de un niña. El caso está aún caliente.

En relación al triple asesinato llevado a término en Elche, el tema desata un sinfín de comentarios, dado que no es normal que un muchacho de 15 años dispare primero contra su madre; a continuación nos dice “a mi hermano lo cacé antes que se escapara”. La expresión “cacé” no es muy utilizable: encierra en su contenido una aceptación del hecho como algo normal en las circunstancias de este caso. Posteriormente matará a su padre.

Cuenta que a su madre le disparó dos veces por detrás, uno de los disparos fue para rematarla. Otra nota a tener en cuenta es la suplantación que hace en WhatsApp de su madre durante los tres días posteriores a la matanza y hasta que le cuenta a su tía el asunto. Está claro que responder a la información que llega al móvil de la madre requiere solo acoplar las respuestas lo mejor posible en la información recibida y/o insertar algún dato nuevo. El asunto es que nadie eche de menos a la madre.

Dicho ocultamiento nos dice que el muchacho sabía lo que quería hacer y el resultado que había obtenido. ¿Remordimiento, tristeza,…? Que se sepa, entre los distintos datos que han salido y las diversas explicaciones que se han dado por doquier por parte de personal bien documentado, no aparecen el remordimiento o la culpabilidad como justificación de su proceder.

¿Qué ha pasado para que un chaval en perfecto estado mental y consciente de sus actos pueda llegar a matar no solo a la persona culpable del bloqueo de internet, en este caso su madre, sino que culmina su “frustración” (la causa de su actuación) declarando sin mayor trauma: “He matado al papá, a la mamá y a mi hermano con la escopeta”? Dicha declaración se complementa con “la fotografía de los cadáveres de su familia”.

A posteriori se sabe que, además de suplantar a su madre durante tres días y para dejar constancia del hecho, fotografió los cadáveres de su familia ya muerta. Según los criminólogos: “La adicción al móvil pudo ser el detonante pero no la causa”.

¿Cuál puede ser la causa de tan atroz comportamiento? “El menor estaba enganchado al “Fornite”, un videojuego que tiene un gran realismo en escenas cotidianas de los personajes. De videojuegos no tengo ni idea. Solo sé que algunos se convierten en carceleros del tiempo y de las obligaciones de los usuarios que quedan atrapados en sus redes (estudiantiles, familiares, diarias o nocturnas).

Entro a buscar datos y me atrae lo siguiente: “Guía de Fortnite para padres: “Estamos ante un videojuego cargado de violencia descafeinada”. Me ha sorprendido el aviso que, además, añade: “no hay sangre, pero sí consiste todo su desarrollo en matar”. Según las normativas internacionales, es un juego para mayores de 12 años en adelante. El chaval del caso tiene 15 años.

El sujeto de este suceso sigue jugando en la vida real solo que con un arma de verdad. El chico disparó y mató a tres personas y habría disparado a más gente si se hubieran puesto a tiro. El detonante del crimen fue una “discusión con la madre porque le había cortado el acceso al wifi tras sus malas calificaciones escolares”.

La respuesta del sujeto es moralmente fuerte al arremeter primero contra la madre, “culpable directa” de su malestar. El padre no aparece como culpable pero sí podemos pensar que es consentidor de dicho bloqueo y, por tanto, también lo mata. ¿Qué culpa tiene el hermano pequeño? Digamos que es un testigo incómodo de su fechoría y también debe morir. No estoy planteando una película de terror: simplemente intento meterme en la piel del parricida.

Mata a su familia y, al parecer, no siente remordimiento, ni se arrepiente del hecho. En la declaración que efectúa cuenta con total naturalidad el crimen cometido, el daño ocasionado y añade el detalle de que a su madre le dispara por la espalda y en el segundo disparo “la remata”. En relación al hermano dice: “…a mi hermano lo cacé antes de que se escapara”. Rematar y cazar son palabras corrientes entre cazadores, pero no creo que sean de uso habitual entre chavales.

Según los psicólogos que han comentado el asunto, “la adicción al móvil pudo ser el detonante pero no la causa”. El sujeto no da señales de arrepentimiento como se puede percibir en las frases citadas, las cuales son de una frialdad pasmosa que dejan como en suspenso la razón y el discurso.

El menor estaba enganchado al Fornite, un videojuego con un gran realismo en escenas cotidianas de los personajes. En el barullo de figuras que aparecen en el desarrollo del juego hay que matar a todo el que se ponga por delante. Eso es lo que he entendido después de buscar información sobre tal juego. Si no es así, lamento mi interpretación: no soy entendido en juegos de ordenador.

Ante un caso de esta envergadura, con tres muertos y un autor menor de edad, ¿qué se puede hacer desde la ley? Relata el crimen con la mayor naturalidad. Sin señales de arrepentimiento, las frases citadas son de una frialdad acojonante: “he matado al papá, a la mamá y a mi hermano con la escopeta”.

Esta adicción llamada “nomofobia” consiste en el miedo irracional a no tener el móvil o a estar incomunicado a Internet. Ha ido en aumento en los últimos años debido a la mayor facilidad de adquisición de smartphones y al auge de las redes sociales. Estar conectados constantemente puede predisponer a situaciones de dependencia y adicción.

Nos están indicando que, a esa edad, aun no tienen claro y maduro los conceptos ético-morales que delimitarían un campo de responsabilidad y culpabilidad. La pena es que no tienen reparo en jugar a matar porque el mandato materno, en este caso, le lleva a liquidar a tiros, primero a la madre causante de su frustración al impedirle jugar y, de paso, elimina al hermano pequeño. ¿Causa? Puede suponerle un estorbo. Y después matará al padre que, sin lugar a dudas, le planteará más problemas.

Estoy intentando buscar salidas para un parricidio grave y frío. Jugar virtualmente a matar es ¿bonito? Puede satisfacer porque cada juego tendrá un final o, más bien, un paso siguiente con premio. En este caso, el arma está en casa y a mano.

Una cuestión tengo algo clara frente a esta barbaridad. Podremos afirmar que el juego no es la causa final directa, pero sí es el posible instigador, máxime si, además, no puedo seguir jugando por mandato externo y por bloqueo de la conexión.

No puedo ni pretendo denegar las opiniones de los especialistas, pero los 15 años de un chaval de estos momentos no son los mismos que los de otro similar hace veinte. ¿Carecen de conciencia clara de sus hecho? ¿No calibran aun su responsabilidad y la posible culpabilidad de los mismos? Temo que sí. Se trata solo de una reacción explosiva por la cual mato y me quedo tan fresco.

Bien es cierto que en la explosión hormonal puede estallar por múltiples razones pero ¿después de los hechos solo queda frialdad emocional? No lo creo. Digo esto porque insisto en que las explicaciones que da el sujeto son frías, contundentes y carentes de emotividad afectiva. Son los padres y un hermano los quitados de en medio. Solo hay un culpable directo incitado por un supuesto provocador indirecto, en este caso la madre.

Comentario sobre el comportamiento del chico en el centro educativo, extraído de prensa: “Santi era tímido y nunca le vimos cabreado ni discutir con nadie”. Razones que desconciertan aun más.

PEPE CANTILLO

jueves, 10 de marzo de 2022

  • 10.3.22
La situación bélica que sufre Ucrania me ha traído a la memoria la película El Gran Dictador, de Charles Chaplin, y el discurso con el que finaliza. Dicha película se estrena en 1940. En España tardaría aun en aparecer 35 años (1976).


Breve resumen: El dictador Hynkel se apodera de Tomenia con ayuda de unos pocos privilegiados. Un accidente hace que Chaplin sea confundido con el dictador y pase a sustituirle. La escena en la que Hynkel (Chaplin) aparece jugando con un globo terráqueo que al final se pincha, es clave como referencia al gobernante dictatorial... El discurso final es una llamada a la libertad, a la solidaridad y a la esperanza.

“Podéis hacer de esta vida una radiante aventura. Realmente lo siento pero no aspiro a ser emperador. Eso no es nada para mí. No pretendo regentar, ni conquistar nada de nada. Me gustaría ayudar, en lo posible, a cristianos y judíos, gentiles, negros y blancos. Todos tenemos el deseo de ayudarnos mutuamente. La gente civilizada es así. Queremos vivir de nuestra dicha mutua... no de nuestra mutua desdicha. No queremos despreciarnos y odiarnos mutuamente. En este mundo hay sitio para todos. Y la buena tierra es rica y puede garantizar la subsistencia de todos. El camino de la vida puede ser libre y magnífico, pero hemos perdido ese camino.

La voracidad ha envenenado el alma de los hombres, ha rodeado el mundo con un círculo de odio... Hemos mejorado la velocidad, pero somos esclavos de ella. La mecanización que trae consigo la abundancia nos ha alejado del deseo. Nuestra ciencia nos ha vuelto cínicos. Nuestra inteligencia, duros y brutales. Pensamos en exceso y no sentimos bastante. Tenemos más necesidad de espíritu humanitario que de mecanización. Necesitamos más la amabilidad y la cortesía que la inteligencia. Sin estas cualidades la vida sólo puede ser violenta y todo está perdido.

La aviación y la radio nos han acercado los unos a los otros... En este momento, mi voz llega a miles de seres esparcidos por el mundo, a millones de hombres, mujeres y niños desesperados, víctimas de un sistema que tortura...y encarcela a las personas inocentes.

A aquellos que puedan comprenderme les digo: No desesperéis, la desgracia que ha caído sobre nosotros no es más que el resultado de un apetito feroz de la amargura de unos hombres que temen el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará y los dictadores perecerán, y el poder que han usurpado al pueblo volverá al pueblo.

Soldados, no os entreguéis a esos brutos, hombres que os desprecian y os tratan como esclavos, hombres que rigen vuestras vidas, imponen vuestros actos, vuestros pensamientos: que os amaestran y os hacen ayunar, os tratan como ganado y os utilizan como carne de cañón. No os pongáis en manos de esos hombres contra natura, de esos hombres máquinas con corazones de máquinas ¡Vosotros no sois máquinas! ¡Vosotros no sois ganado! ¡Vosotros sois hombres ¡Vosotros lleváis el amor de la humanidad en vuestros corazones! No odiéis. Sólo los que no son amados odian. Los que no son amados y los anormales... Soldados, ¡no combatáis por la esclavitud! ¡Luchad por la libertad!


En el capítulo diecisiete del Evangelio, según S. Lucas, está escrito: “El Reino de Dios está en el hombre mismo”. No en un solo hombre, ni en un grupo de hombres, ¡en todos los hombres! y vosotros ¡vosotros el pueblo! tenéis el poder para crear máquinas. El poder para crear felicidad.

Vosotros el pueblo tenéis el poder para crear esa vida libre y espléndida..., para hacer de esa vida una radiante aventura. Entonces, en nombre de la democracia, utilicemos ese poder... ¡unámonos todos! luchemos por un mundo nuevo, un mundo limpio que ofrezca a todos la posibilidad de trabajar, que dé a la juventud un porvenir y resguarde a los ancianos de la necesidad.

Prometiendo estas cosas, las bestias, gente ambiciosa se ha hecho con el poder. Pero ¡ha mentido! No han mantenido sus promesas, ¡ni las mantendrán! Los dictadores se han liberado pero han domesticado al pueblo.

Combatamos ahora para que se cumpla esta promesa. Combatamos por un mundo equilibrado... Un mundo de la razón y ciencia, en el que el progreso lleve a todos a la felicidad. ¡Soldados! en nombre de la democracia ¡unámonos!”
.

Chaplin proclama: “Creo en la libertad, los dictadores actuales son fantoches manejados por industriales y financieros”. Habría que añadir que “todos son ególatras altaneros”, incluidos los que se hacen llamar demócratas. Ejemplos creo que tenemos algunos.

El respeto es la primera exigencia para la convivencia. Respeto a los demás, a unos valores y normas básicas sin las cuales no es posible que la sociedad funcione. Pero el respeto supone limitaciones y posibilidades. No podemos hacer lo que queramos cuando eso daña a los demás.

El respeto es un equilibrio entre derechos y deberes, que implica asumir responsabilidades. El respeto supone una actitud de “miramiento, consideración, deferencia” hacia los demás. No siempre es fácil cumplir con este valor básico para compartir el convivir.

Podríamos decir que derechos y deberes son las dos caras de una moneda. A mis derechos, a lo que yo puedo exigir a los demás, le corresponden unos deberes, unas obligaciones para con ellos. Aunque nos encontremos en una época en la que poco gustan los deberes y las obligaciones, no es menos cierto que las personas estamos “ligadas” unas a otras, lo queramos o no.

La Historia recoge los esfuerzos y las conquistas que los seres humanos han llevado a cabo para alcanzar tales derechos. Podríamos decir que el ser humano, a lo largo del tiempo, ha ido cobrando conciencia de lo que es, de su dignidad y de lo que puede exigir para conseguir que se reconocieran sus exigencias más básicas y fundamentales: “sus derechos”. Tales derechos trascienden al conjunto de naciones. Me refiero al llamado "Derecho Internacional", al que deben estar sujetos los distintos países.

Desglosemos en breves pasos algo de dicha lucha por alcanzar una meta aún lejana, pese al tiempo transcurrido en este mundo; un desafío para vivir buscando y defendiendo nuestra libertad hasta alcanzar el reconocimiento, al menos de algunos derechos a nivel universal. Recordemos que aún queda camino por andar. Prueba de ello es el momento bélico que estamos viendo como si fuera una película. ¡La tele!

La primera mitad del siglo XX está marcada por dos guerras mundiales con un alto coste de vidas humanas. Aun así, irán apareciendo Constituciones que proclamen una serie de derechos para todos los ciudadanos y naciones (Alemania, URSS, Italia, España…). Dicho deseo es loable y aceptable. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial enseñó otro tipo de guerra que hará uso de un arma más letal: la bomba atómica, que mató 200.000 personas en Japón.

Hemos de convivir con derechos, deberes y responsabilidades, camino que parece que estamos olvidándolo o, mejor dicho, dejándolo de lado a lo largo de la historia. ¡Siempre entre la Utopía y la miseria!

El siglo XXI está en el aire. Los deseos van por un lado y la realidad por otro distinto. A pesar de los esfuerzos por convivir en paz, siempre ha habido focos bélicos: Israel y Palestina, Afganistán, Irán y, sobre todo, la guerra de Yugoslavia (1991-2001) con importantes cambios territoriales.

Y el “zar de todas las Rusias” despertó. La invasión de Ucrania está al rojo vivo. La guerra afecta directamente a Europa con un arma nueva –la económica– y, sobrevolando nuestras cabezas, el armamento nuclear. El número de víctimas mortales está en el aire; la cantidad de refugiados asciende a más de dos millones. De momento.

Finalizo con la siguiente cita: “Nunca un derecho se ha ganado para siempre, como tampoco está asegurada la libertad frente a la violencia, que siempre adquiere nuevas formas... cuando ya consideramos la libertad como algo habitual surge un misterioso deseo de violentarla. Siempre que la humanidad ha disfrutado de la paz durante demasiado tiempo y con despreocupación, sobreviene una peligrosa curiosidad por la embriaguez de la fuerza y un apetito criminal por la guerra”.

Se trata de una cita del libro Castellio contra Calvino o El mosquito contra el elefante, de Stefan Zweig (1936), que trata sobre la conciencia contra la violencia, sobre el enfrentamiento entre un humanista defensor de la libertad frente al símbolo del fanatismo (Calvino).

PEPE CANTILLO

jueves, 24 de febrero de 2022

  • 24.2.22
Parece que la sexta ola vírica está decreciendo a buena velocidad. ¡Ya era hora! Es una agradable noticia oír, ver o leer información en ese sentido. Ahora nos queda pendiente reflexionar sobre nuestra conducta (la de cada persona) para no volver a repetir toda una serie de fallos que nos han oprimido a la mayoría de nosotros, tanto a viejos como a jóvenes, durante mucho tiempo y aun no hemos terminado el viacrucis.


Mientras la mascarilla (“bozal”) cubría nuestros rostros, la incomodidad y un cierto anonimato nos acompañaban en cada salida. Ahora hay que dar la cara, nunca mejor dicho. Pienso que no solo por llevar el rostro al descubierto sino porque somos humanos con capacidad para convivir debidamente, se hace necesario retomar algunas pautas del “buen vivir” en el sentido más amplio.

Es decir, la nueva etapa que nos espera requiere tomar en serio el civismo, buscar por doquier la empatía y repartir respeto al resto de la comunidad, sin olvidar que el virus acecha por todos lados. Recordemos que solo los humanos solemos tropezar dos veces en la misma piedra.

Hablar de civismo o de buenos modales puede parecer una cursilería. Si buscamos en el diccionario dicho término, nos aparecen dos significados en apariencia distintos pero creo que complementarios entre sí. La primera definición lo especifica como “celo por las instituciones e intereses de la patria”. Dicha explicación se escapa a bastantes de nosotros. Y el concepto "patria" se refiere a “lugar, ciudad o país en que se ha nacido”, algo que parece que se nos ha derretido.

¿Razón? En sentido amplio, no solemos aparecer como muy patrioteros. Si acaso somos acérrimos defensores de lo que podríamos llamar "la patria chica", que se entiende como el “lugar, pueblo, ciudad o región en que se ha nacido”. Solo me atrevo a afirmar tímidamente que vivimos en un mundo abierto, ecuménico. Ello no significa olvidar los orígenes y sí tener la capacidad de acoplarse allá donde estén, como mínimo, las “habichuelas”. Explicación simplona pero utilitaria.

En segundo lugar se define el término "civismo" como “el comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública”. ¡Siempre con las normas! Volver alrededor de lo mismo puede resultar algo aburrido pero creo que es necesario. ¿Hemos pensado la cantidad de veces que en estos dos últimos años hemos pateado a izquierda y derecha nuestro escenario público?

La realidad es que poco a poco nos hemos convertido en una sociedad mal-educada, anormal, porque nos hemos relajado a la hora de observar unas pautas elementales de necesaria cortesía, entendida como “acto con que se manifiesta atención o respeto a alguien”.

Reflejo someramente algunos matices de esas reglas perdidas en el ajetreo diario de nuestro con-vivir. La mala educación, asentada en nuestro entorno desde hace algún tiempo, se manifiesta en conductas irrespetuosas o violentas, en un rechazo de las reglas de juego. Dicho desprecio nos aboca a una moral laxa, de relajación total, hasta el punto de considerar que todo me está permitido.

Con frecuencia oímos decir que no se puede coartar la libertad personal. Es indudable que cualquier tipo de norma limita mi libre albedrío si por tal entiendo hacer lo que me venga en gana. Quien me reprime es un facha y un tirano. ¿Seguro?

Lamentablemente, desde las diversas trincheras se dispara a discreción contra el vecino, a veces exabruptos, otras balas mortíferas a la par que se cacarean y se reclaman con la boca llena los Derechos Humanos, sobre todo cuando me conviene. Contradicciones que no falten en nuestro caminar.

La buena educación no tiene color político, no es ni de derechas ni de izquierdas, y si no tenemos esto claro, mal vamos. La buena educación nos ayuda a vivir en un mundo más humano donde cada persona sea tenida en cuenta y respetada desde una cortesía de ida y vuelta.

La cortesía implica respeto y afecto, como expresa la definición de la misma. El respeto es parte importante, yo diría que vital, de nuestro convivir. Respeto a la naturaleza. Eso que entendemos como ecología y que se nos llena la boca cuando lo proclamamos pero, a la postre y disimuladamente, pasamos de ella. Respeto a los animales, tanto irracionales como racionales. Nos necesitamos, aunque siendo los humanos los más dañinos, también somos los más indefensos.

Incoherencia. Mientras defendemos una ecología de altos vuelos, no tenemos empacho en arrojar al suelo papeles, envases, cristal, restos de comida, desperdicios... ¿Ecología casera? Como colofón a todo lo anterior, el llamado "botellón" es sintomático, ejemplar y acusador. Y para qué hablar de los restos sólidos de nuestras queridas mascotas.

El respeto a los animales es otro eslabón importante de la cadena. "Mascotas" se les llama a esos animales de compañía que parece que nos humanizan un poco más. Parece, porque a veces da la impresión de que nos “animalizamos”, olvidando que ante todo somos humanos entre humanos. Últimamente estamos anteponiendo los animales de compañía y su respeto por delante de las necesidades humanas. Este tema parece que pretende arrinconar derechos de los humanos. Al tiempo. Y ese tiempo ha llegado ya.

El tercer círculo del respeto se sitúa en el terreno de los seres humanos. Me centraré en datos muy concretos que se dan día a día. Ser héroe en un minuto de vital importancia puede resultar hasta fácil, por aquello de actuar por un impulso. Ser educado o respetuoso minuto a minuto es monótono, tedioso y no subes al estrellato.

En el transporte público, insisto una vez más, hay espacios reservados para personas ancianas, impedidas, embarazadas, que con demasiada frecuencia van ocupados por el primero que llega. Ceder la plaza a esas personas, en lo que está reservado, pero mal ocupado o en cualquier otro asiento, eso está pasado de moda.

Hacerse el despistado o la distraída –mujer u hombre– para no ceder el asiento a esa otra persona –hombre o mujer– que tiene dificultades para mantenerse de pie en el autobús, es algo ya tenido por normal. Para este olvido viene de maravilla el móvil, que me permite no tener que ver unos ojos suplicantes a la búsqueda de un asiento.

Como estímulo a ese distraimiento, no tenemos sonrojo en reclamar la presencia de mascotas en el transporte público “porque, tanto perros como gatos, son animales de asistencia emocional”. La proposición es de una plataforma de recogida de firmas para que dichos animalitos puedan viajar en el metro.

Conclusión. Emocionalmente me satisface viajar con mi mascota pero la educación más elemental no atiende al beneficio de esos viejos achacosos, con dificultades y a los que no le presto la mínima atención. Contradicciones emocionales le llamaremos, por no emplear otro calificativo más bruto.

Hablo de valores cívicos, los cuales son básicos en una sociedad madura, supuestamente educada en la libertad, en la responsabilidad y en el respeto al próximo (prójimo) como complemento para el desarrollo personal. Civismo que comporta una dosis de empatía sazonada con algo de afabilidad y consideración hacia el otro porque, en definitiva, la buena educación solo exige respeto a los demás.

La empatía se entiende como la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos; es ser capaz de ponerse en la piel del otro con todas las consecuencias que ello comporta. Pero la empatía no está de moda. Ha sido desplazada por la antipatía, que es “un sentimiento de aversión y rechazo hacia una persona, animal o cosa”.

Está claro que vivimos en una sociedad irritada, egoísta, donde cada cual va a la suya; donde respeto, cortesía o deferencia se han quedado como palabras obsoletas y caducas. En su lugar aparece un despatarre mental y por qué no, también físico.

PEPE CANTILLO

jueves, 10 de febrero de 2022

  • 10.2.22
Dicen que vivimos en una España vaciada. Y tal afirmación no deja de ser una realidad cada vez más contundente conforme pasan los días. Hay muchas razones que podríamos esgrimir como, por ejemplo, una España vaciada en el campo como consecuencia de haber emigrado a las ciudades, buscando mejores posibilidades para vivir.


Sigamos. Vivimos en “Una España vaciada de oficinas bancarias: el país ha perdido la mitad de sus sucursales en diez años y el 56% de los municipios no tiene ninguna”. Este titular dice casi todo lo que hay que saber sobre banqueros, bancos y demás cuestiones relacionadas con la atención al personal, y sus ahorros.

Retomo la razón de estas líneas con el tema bancario despertado por un ciudadano de a pie. El tema justifica perfectamente la torrencial recogida de firmas a instancias de este jubilado que se siente, como tantos otros, dejado de lado y con dificultades para poder acceder con seguridad a disponer de su dinero “cuando le venga en gana”.

El grueso del personal fastidiado y dejado de lado son las personas que nacieron entre 1940 y 1960, que la mayoría de ellos saben poco, nada o menos de informática. Dichos jubilados han entrado en un callejón sin salida dado que la banca lo deja todo al mejor o peor manejo de cajeros o desde el ordenador y los móviles para moverse en el “fregao” (“enredo, embrollo…”) de lo que se viene llamando “universo digital”. Si un diputado no se aclara con tres botones ¿cómo un jubilado puede aclararse con cuatro para realizar sus gestiones en un móvil?

Los cajeros son confusos y difusos, amén de estropearse con cierta frecuencia. Dicha dificultad se puede presentar en tres frentes. Si llegas a por dinero y el cajero está estropeado, tendrás que volver en otro momento. Si tienes la mala suerte de intentar sacar dinero y la tarjeta o la libreta se la traga el aparatejo, tampoco podrás disponer de dinero. Y, para colmo de los colmos, en la oficina a la que has podido llegar no te pueden atender. ¡Estupendo!

Razón de esta debacle. Los bancos quieren ganar más dinero; una línea de las ganancias está, desde hace algún tiempo, despidiendo personal y sustituyéndolo por aparatos. Para muchas personas, el tema bancario es bastante inaceptable. Se han dicho muchas cosas desde que empezó la pobreza administrativa por parte de la banca y en contra de los clientes que, al fin y a la postre, podríamos decir que el banco vive de nuestro dinero.

Una ironía del destino cargada de interesada publicidad porque lo importante es vender, y vender mientras más mejor. Frase publicitaria “los mejores móviles para mayores: guía comparativa de teléfonos para la tercera edad”. No hace falta ser muy inteligente para captar el mensaje. Nueva justificación para vender móviles. Triste pero cierto.

El indigente digital quiere, a malas, poder aprender a usar los medios digitales lo mejor posible, pero ante todo quiere –necesita– seguridad y facilidad para disponer de su dinero. Los mayores, contra el rodillo digital de la banca online: “Es frustrante sentirse torpe”; más grave es sentirse humillado y arrinconado como un mueble con carcoma. A fecha de estos últimos días se están creando actividades en los centros de la tercera edad para “culturizar en el manejo digital a las personas mayores”.

Otra de Jaimito. Un buen día se corre la noticia de que pronto desaparecerá el dinero físico (en papel o en moneda) y solo funcionará virtualmente a través de Internet; por otro lado se nos dice que ¡ojo con los listillos! Es peligroso introducir las claves, tanto directamente en el cajero como en el móvil o por Internet. Alimentar el miedo es genial pero ¿es realmente necesario?

Si el cajero se traga la tarjeta o la libreta (de las pocas que van quedando puesto que la intención es que desaparezcan todas) ¿a quién se recurre? En la entidad bancaria hay solamente un numero corto, raquítico diría yo, de empleados que te atienden. En momentos como ese, al usuario le entran ganas de reventar la maquina. El miedo a no poder disponer de tu dinero dispara las alertas y la impotencia atora el corazón.

Ante el panorama que pintan los bancos habría que echarle dos cojones al tema, sacar el poco o mucho dinero que se tenga y meterlo bajo un ladrillo o debajo del colchón, pero hete aquí que el tema es complicado y tiene muchos agujeros.

Empecemos por el okupismo que nos invade sin que haya interés en frenarlo; sigamos con el abundante latrocinio por parte de listillos y amigos de lo ajeno; Y más… hasta llegar a Hacienda, que nos vigila desde las atarazanas o se cuela por las ventanas para controlar el saldo disponible y los movimientos del parné de cada quisqui.

Indigentes digitales hay muchos. Llamo "indigente" entendiéndolo como inexperto en el tema de las nuevas tecnologías. Cualquiera puede saber manejar un móvil para recibir en el “whatsapeo” flores, algunas canciones, fotos familiares (cuidado con lo que se envía en este tema) que suavizan nuestra soledad y los cuatro primeros números que nos ponen en contacto con los familiares más cercanos… Y pare usted de contar.

El manipuleo informático es otra cosa y, si a ello se le suma el miedo a meter la pata y cometer fatales errores que hacen perder la seguridad, la confianza en uno mismo, entonces estamos extraviados. WhatsApp “es la aplicación de mensajería más popular del mundo” pero, precisamente por eso, tiene algunos inconvenientes en materia de seguridad en línea, y hay que estar atentos para no caer en alguna estafa.

Las oficinas bancarias han sido, en algunos casos, casi anuladas hasta tal punto que en zonas rurales han llegado a desaparecer, teniendo que desplazarse hasta centros de mayor importancia para realizar dichas operaciones bancarias. Para muestra, este titular: “CaixaBank y Bankia recortaron 544 empleos y 572 oficinas durante el Covid y antes del ERE”.

Todo esto ha saltado a la información gracias a un señor de 78 años que afirmó “me siento apartado por los bancos, humillado, somos mayores pero no idiotas”. Esta contundente afirmación y la recolección de firmas en la plataforma Change.org –que en apenas unos días superó las 600.000 rúbricas– han obligado a que se remuevan algunos políticos, el Defensor del Pueblo junto con el Instituto de Mayores y Servicios Sociales (Imserso) para intentar resolver esta injusta situación de exclusión financiera.

Las sociedades evolucionan y, con ellas, los individuos que las integran. Dicha evolución es un proceso, a veces muy lento y casi no nos damos cuenta de las innovaciones; otras veces el progreso es tan rápido que el vértigo del cambio nos marea hasta tal punto que crea un cierto malestar a la par que rechazo a dicha evolución. Actualmente vivimos a velocidad vertiginosa frente a las nuevas tecnologías.

Como ejemplo de lo último está Internet. A una parte de la ciudadanía le ha cogido de sorpresa y prueba de ello es la resistencia a efectuar determinadas actividades por dicho camino. Indudablemente, a esa parte de personal fuera de juego se le está acosando para que use los nuevos medios de comunicación. Digamos que el personal fustigado conforma el grupo de los “indigentes digitales”.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

jueves, 27 de enero de 2022

  • 27.1.22
El concepto “virtud”, en referencia principalmente a la persona, ensalza la integridad manifestada como “disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales como el bien, la verdad, la justicia, la libertad…”. Con ello quiere expresar que dichos términos no son de usar y tirar sino que marcan la vida de aquella persona que siempre esté dispuesta a obrar en pro de la verdad, la justicia, la libertad, la paz...


La virtud se opone a los malos hábitos adquiridos por el sujeto y al vicio, el cual se manifiesta como “la inclinación de una persona a realizar actos contrarios a la moral establecida” y, de paso, afecta al conjunto de buenas costumbres arraigadas en la comunidad.

La persona virtuosa muestra una habilidad o facilidad para superar dificultades y evitar consecuencias negativas. En el lenguaje cotidiano, "virtud" se utiliza para hacer referencia a las cualidades de la persona. No estamos hablando de personas mojigatas que “muestran exagerados escrúpulos morales o religiosos”. En primer término, "mojigato" puede referirse a "timorato", "pacato", “alguien que tiene o manifiesta excesivos escrúpulos”.

Una curiosidad interesante. La palabra "mojigato" proviene de “mojo”, que es utilizada en algunas regiones para llamar al gato; dicha palabra está tan arraigada que es usada como sinónimo para nombrar al felino. Con el tiempo dio lugar a "mojigato", aplicada a las personas que muestran exagerados escrúpulos morales o religiosos.

Tanto el gato como los humanos suelen mostrar dos caras. Por un lado, se manifiestan como tímidos, modosos y/o temerosos, mientras que, por otro lado, son taimados, astutos y traicioneros, capaces de atacar cuando menos te lo esperas. Vamos, unos bellacos redomados que se pueden mostrar como “malos y picaros, astutos y sagaces” para lograr sus propósitos.

Con el tiempo, se dejaría de llamar "mojo" a los gatos. Sin embargo, el término ya había permeado (“dicho de una idea o de una doctrina: penetrar en algo o en alguien, y más específicamente en un grupo social”) lo suficiente en la sociedad, de ahí que se acuñase la palabra "mojigato" para definir a este tipo de personas cuya forma de ser y actuar se asemeja a la dualidad gatuna.

En el lenguaje cotidiano, "virtud" se utiliza para hacer referencia a las cualidades de cualquier persona, por ejemplo, quien domina de modo extraordinario la técnica de un instrumento. Para dejar más claro el asunto, tengamos en cuenta que al hablar de "virtuosismo" se hace referencia a “perfección en cualquier arte o técnica”. En un sentido aun más amplio, de la persona virtuosa se dice que posee “habilidad o facilidad para superar dificultades y evitar consecuencias negativas”.

En sentido religioso, las siete virtudes cristianas son referidas a valores que se deben tener en cuenta en nuestra relación con los demás. En estas líneas me centro en aquellas que debe practicar cualquier ciudadano del mundo. Por tanto, no me referiré a virtudes cristianas o de cualquier otra religión, sino a aquellas que cualquier agnóstico debe practicar dentro de la comunidad de la Humanidad.

La Fe es entendida como el “conjunto de creencias de una religión”. Dicha virtud se abre en un abanico más amplio y hace referencia al “conjunto de creencias de alguien, de un grupo o de una multitud de personas”. También se refiere a la “confianza, buen concepto que se tiene de alguien o de algo, por ejemplo tener fe en el médico”. También la entendemos como “creencia que se da a algo por la autoridad de quien lo dice o por la fama pública”. Por ejemplo, el escribano es la “persona que por oficio público está autorizada para dar fe de las escrituras y demás actos que pasen ante él”.

Como ejemplo más común en estos momentos cargados de incertidumbre, miedo al contagio, soledad, territorio al que nos ha llevado el virus, el pasaporte vírico, en el caso de las vacunas, acredita como “documento que certifica la verdad de estar vacunado”. Al mostrar el certificado en papel o en el móvil, dicho documento da fe de que es cierta dicha vacunación.

La Esperanza se nos muestra como un “estado de ánimo que surge cuando presenta como alcanzable lo que se desea”. En el caso del matiz religioso hace referencia a confiar en que el bien saldrá victorioso sobre el mal. A nivel popular solemos decir que "la esperanza es lo último que se pierde", porque "mientras hay esperanza, hay vida". Si la esperanza hace agua, es decir, se pierde totalmente, la vida carece de sentido.

La Caridad es otra virtud que solemos usar con mejor o peor intencionalidad la cual, en mayor o menor grado, posee dos caras bien delimitadas. Generosidad frente a egoísmo, tacañería… La caridad bien entendida hace referencia a una “actitud solidaria con el sufrimiento ajeno”. Dicha solidaridad suele provocar el don de la generosidad. La persona generosa “obra con magnanimidad y nobleza de ánimo”. La caridad también se entiende como “limosna que se da o auxilio que se presta a los necesitados”.

Indudablemente es más completa la primera definición. Digamos que es mucho más valiosa por la generosidad que manifiesta la persona al sentirse movida a compartir y ayudar a los demás, frente a la limosna entendida como “cosa, específicamente dinero, que se da a otro por caridad”. En el primer caso, el sujeto se entrega a sí mismo en un gesto de preocupación por el prójimo, y en estar siempre dispuesto a brindarle apoyo.

La Justicia la entendemos como “principio moral que lleva a determinar que todos deben vivir honestamente”. Uno de los pilares de la justicia es la equidad entendida como “disposición de ánimo que mueve a dar a cada uno lo que merece”. Depende de los valores de una sociedad y de las creencias individuales de cada persona. Como valor inclina a obrar y juzgar teniendo por guía la verdad y dando a cada cual lo que le pertenece.

Se la representa por la figura de una mujer con una balanza en una mano y en la otra una espada y aparece con los ojos vendados para decirnos que “la justicia es ciega” lo que significa que a la hora de impartir justicia no distingue entre personas y se aplica de forma equitativa y con el mismo rasero. No hay privilegios. Ese es el ideal pero, por desgracia, no suele cumplirse en muchos casos. Para que la Justicia pueda existir, se debe observar una imparcialidad total, donde se dé a cada quien lo que corresponde.

La Fortaleza se refiere a la capacidad que demuestra el individuo para afrontar situaciones adversas. Significa “fuerza y vigor” actuar en determinadas situaciones. Supone firmeza ante las dificultades y constancia en la búsqueda del bien y de la justicia.

La Prudencia es sinónimo de sensatez, templanza, cautela o moderación. Conlleva la capacidad de desenvolverse de modo justo y adecuado. Como virtud está relacionada con valores como el respeto hacia los demás. Ser prudente significa ser cauteloso, precavido en el obrar tanto de palabra como de obra. Implica respeto al prójimo tanto a sus sentimientos como a su vida. Bien es verdad que obrar de forma cautelosa puede ser propio de una persona que actúa con “astucia, maña y sutileza para engañar”.

La Templanza nos lleva a actuar con “moderación, sobriedad y continencia”. Es una virtud moral que a partir de la razón nos debe llevar a la moderación de los apetitos y de la atracción que ejercen los placeres, siempre a partir de la razón.

Finalizo estas líneas con un breve comentario respecto al tema de los méritos en el terreno político y de gobierno. Las dos definiciones que ofrezco provienen del diccionario de la RAE. Desde mi punto de vista, ambas tienen algo de verdad y mucho de falsedad. Meritocracia:  “Sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales”. Meritocracia: “Sistema de gobierno en el que el poder lo ejercen las personas que están más capacitadas según sus méritos”.

La realidad es otra bien distinta. Hago referencia a dos posibles enfoques extraídos de “Maldita.es”. ¿Mitos y o verdades? “La meritocracia es siempre justa”. A la vista está que no es cierta dicha afirmación. Verdades: “El sistema meritocrático es un avance con relación a modelos más desiguales”. “Para aplicar la meritocracia de forma justa, debe crearse un proceso claro y medible”.

PEPE CANTILLO

jueves, 13 de enero de 2022

  • 13.1.22
El final de año ha sido algo revuelto. Los contagios achicaban los deseos de diversión y las noticias se escurrían sin llegar a ellas aunque siempre alguna llama la atención. En este caso, era la adjudicación de la Gran Cruz de Carlos III a una serie de políticos.


Cito textualmente: “Real decreto 1194/2021, de 28 de diciembre, por el que se concede la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III a don Pablo Iglesias Turrión”. Para salir de dudas, nada mejor en este caso que consultar el Boletín Oficial del Estado (BOE). El texto del Real Decreto es corto y conciso. Dice así:


Dos aclaraciones. Dicha información fue publicada en la página 166289 del BOE número 312 del miércoles 29 de diciembre y en ella, además, aparecen todos los agraciados –en total, 23 exministros– que pueden consultarse en el apartado III dedicado a Otras disposiciones.

Al principio olía a inocentada, dado que la noticia se hace pública el 28 de diciembre, fecha en la que tradicionalmente se viene celebrando el Día de los Santos Inocentes y es costumbre gastar bromas a las que llamamos “inocentadas”.

El Real Decreto es personal y no hace referencia al resto de exministros. ¿Razones de dicha exclusividad? Podemos suponer varias explicaciones en las cuales no voy a entrar porque solo sería una elucubración por mi parte. Cada cual que saque sus conclusiones e interprete el contenido como mejor lo entienda.

La Gran Cruz de Carlos III tiene carácter honorífico y, en la actualidad, no cuenta con retribución económica alguna. Bien es cierto que hasta 1847, los premiados sí que recibían una pensión vitalicia. Así, la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III fue establecida por el rey de España Carlos III, mediante real cédula de 19 de septiembre de 1771 con el lema latino “Virtuti et merito” (virtud y mérito).


Su finalidad era premiar o recompensar a aquellas personas que se hubiesen destacado especialmente por sus buenas acciones en beneficio de España y la Corona. Desde su creación, es la más distinguida condecoración civil que puede ser otorgada en España y aunque en su origen era encuadrable dentro de la categoría de las órdenes de caballería, formalmente se convirtió en orden civil en 1847.

Hablar de "virtudes" no suele estar de moda. En el lenguaje cotidiano hace referencia a las cualidades de cualquier persona. El diccionario define la virtud como “disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales como el bien, la verdad, la justicia y la belleza”.

La virtud en el plano intelectual demuestra la capacidad de aprendizaje, de diálogo y de reflexión de la persona que busca la verdad. En el plano moral lleva al sujeto a que se comporte acorde con el bien en referencia hacia los demás, basándose en la justicia, la fortaleza, la prudencia...

El mérito se refiere a la “acción o conducta que hace a una persona digna de premio o alabanza”. El mérito es el resultado de las buenas acciones de una persona y siempre debe justificar un posible reconocimiento especial. ¿Es el caso que nos ocupa? Parece que, por un lado, marcha la actuación de las personas sobre las que ha recaído el premio y, por otro, la intención de quien lo concede.

En cambio, triunfar por el favor de otras personas, la trampa, el engaño y el egoísmo no se consideran como aspectos de mérito, aún cuando el sujeto logre cumplir con sus objetivos o trascender gracias a estos recursos. Triunfar por el favor de otras personas no es mérito alguno, salvo que el premiado se haya rendido a los pies de quien premia.

Esta Gran Cruz suele estar reservada para exministros que han prestado relevantes servicios al Estado. El presidente del Gobierno decide quién merece dicha medalla honorífica y la firma de puño y letra Felipe VI. El gran maestre, por tanto, es el Rey pero quien decide a quién conceder dichas cruces es el presidente del Gobierno como gran canciller. El Rey ni pincha ni corta en la elección de los agraciados.

En los últimos tiempos, los beneficiados vienen siendo los exministros, en este caso solo por haberse sentado en el Consejo de Ministros. ¿Méritos especiales? ¿Virtudes sobresalientes? Alguno ni ha tenido tiempo de entrar. Silencio en la sala...

Sigamos. Un titular con interrogantes. Sánchez condecora a 14 de sus exministros con la Gran Cruz de Carlos III por sus “extraordinarios servicios a la nación” ¿A qué nación? ¿De qué tipo de servicios hablamos? ¿Tan extraordinarios han sido esos servicios prestados? El Consejo de Ministros del día 28 premia a responsables del PSOE, PP y Unidas Podemos por “sus esfuerzos, iniciativas y trabajos” por España.

La lista de condecorados asciende a 23, entre los que se incluyen miembros del PP (7), PSOE (14) y Podemos (2). Los nombres, en general, ya importan menos. Supongo que añadir a la lista exministros de etapas anteriores y del Partido Popular es una manera de justificar los honores concedidos a los 14 exministros del PSOE. Amén de intentar ganarse la simpatía de otros frentes.

Supongo que, por coherencia, alguno de los agraciados con este nombramiento renunciarán a él. En mi opinión, cualquier ciudadano de este país nuestro ha realizado durante este periodo de tiempo más esfuerzos y sacrificios que alguno de los nominados. ¿Realmente son, los tales ministros y ministras, merecedores de tal condecoración? Pero ¿cómo renunciar a un sabroso caramelo?

También saltó la información falsa de que, con la medalla, iba incluida una “paguita” para todos los agraciados. Dicha condecoración no lleva añadida paga alguna, como ya he citado más arriba, por lo que el asunto del dinero es un bulo que se ha deslizado para alejarnos del tema y, sobre todo, para meter bulla por doquier. ¿Importa más runrunear con el bulo que analizar y aclarar el por qué de tales medallas?

Dicha condecoraciones se hacen públicas el 28 de diciembre de 2021, es decir, cuando al año le quedan tres días para fenecer (“poner fin a algo, concluirlo”). Tal noticia parece que ha pasado sin pena ni gloria al saco del olvido. Total, tener una medalla, sea de quien sea, carece de importancia.

Un pensamiento ajeno e intencionado puede que esté envolviendo el regalo. Con este broche de regalos a exministros me guardo las espaldas y los premiados estarán contentos. En estos dos años tan catastróficos para el país ¿solo los políticos son merecedores de una condecoración de este tipo?

Acaso no es meritorio (“digno de premio o galardón”) el trabajo del personal sanitario (médicos, enfermeros, auxiliares…) que exponen sus vidas ante el virus diariamente para curarnos; o la labor de miembros del orden público que han colaborado con los anteriores. Tal vez por el mérito de sus trabajos serían merecedores de esta noble distinción.

Por desgracia, el trabajo de estos sanitarios no ha terminado. Nuevamente los hospitales vuelven a llenarse y las UCI de algunos de ellos están colapsadas. En resumen, unos son condecorados por méritos que el ciudadano de a pie no conoce y otros trabajan incansablemente para salvar la vida de esos ciudadanos atacados por el virus.

PEPE CANTILLO

jueves, 30 de diciembre de 2021

  • 30.12.21
Doy un fugaz vistazo al año que se escurre del calendario. Cuando lean estas breves líneas estará a corta distancia de desaparecer en el desierto del pasado, aunque este 2021 no lo vamos a olvidar fácilmente. No en vano, debemos admitir que hemos vivido momentos difíciles, delicados; algunos han sido angustiosos hasta el punto de hacernos sufrir una situación confusa con una sobredosis de preocupación rayando el miedo, la angustia. Y, de regalo, la soledad.


Desde finales de 2019, las noticias sobre la aparición de un virus maligno han ido saturando poco a poco nuestro mundo y han cambiado muchas cosas. ¿Pasó lo peor? Eso creíamos a finales de este verano, hasta el punto de arriesgarnos a revolotear por cualquier rincón del país. Desde entonces y hasta el inicio de diciembre nos hemos confiado. Eran tantas las ganas que teníamos de salir a donde fuera, de reunirnos con familiares y amigos… Pero el destino nos tenía reservada otra jugarreta.

La realidad del momento actual recuerda que no podemos confiarnos, que debemos ser precavidos, que estemos ojo avizor. ¿A qué o a quién, dónde y por qué? ¿Hasta cuándo? Nuestros deseos, cargados de ansia, se ven atascados. Lo que nos queda por hacer es intentar cambiar parte de nuestras actitudes, parte de nuestro modus vivendi para acoplarnos lo mejor posible a las circunstancias, evitando ser alcanzados por la pandemia. Recordemos que en ello nos va la vida.

La realidad exterior, atosigada y fustigada por los virus, es la que es y no podemos cambiarla. Lo que sí podemos y debemos hacer es no exponernos a que nos recluyan en casa, a malas, en el hospital y, a peores, en una UCI. Se trata de seguir al pie del cañón, de vivir lo más asegurados posible. Pero vivir.

Entremos en el año de los dos patitos henchidos de deseos de vivir, de hacer aquello que a cada cual nos gusta, al margen de lo que manden las circunstancias víricas. ¡Ojo! no en contra de dichas circunstancias porque, entonces, podremos caer en sus redes. Aun tenemos muchos recursos a nuestro alrededor.

Cuando digo "al margen" no estoy optando por saltarnos las normas establecidas por la autoridad correspondiente –con frecuencia más bien ineficaz, torpe, inepta (tal vez incompetente)– y ordene cómo actuar en referencia a lo público, puesto que el ámbito privado debería ser nuestro.

Una pregunta llena de amargura salta a la palestra. ¿Para qué valió anunciar a bombo y platillo una reunión de presidentes autonómicos con el Gobierno para que, al final, cada Comunidad hiciera lo que mejor le pareciese? Por su parte, “el Gobierno justifica la vuelta de las mascarillas en exteriores por las aglomeraciones de Navidad”. ¿Solo eso?

Dato grave de prensa: “El fin de semana de Navidad deja 214.000 contagios más en tres días y lleva a España a una incidencia récord”. Por el contrario, el Gobierno “resta gravedad a la variante ómicron: se apoya en que hay más casos pero menos presión hospitalaria”.

Desde el macropuente, el mes de diciembre se ha torcido. El año termina, en lo sanitario, con borrasca. Los nubarrones víricos y el desastre del volcán ensombrecen el soleado y familiar entorno del que en estos días se podría disfrutar.

Perdidos en la distancia cultivemos nuestras relaciones, sigamos derrochando amor, cariño con las personas que queremos (precisamente porque las queremos y nos quieren); sigamos tendiendo la mano en un gesto limpio cargado de generosidad, de ayuda, en un arrumaco como “demostración de cariño hecha con gestos o ademanes”; con un guiño “en un mensaje implícito” desinteresado, aun con aquellas otras personas que pasan rozando nuestra vida.

Vale más y nos enriquece una actitud abierta a los demás, la cual muestra que nuestro corazón se rige por la generosidad, por el deseo de convivir aunque estemos separados, aislados, atentos al menor tropezón.

Bien es verdad que la más de las veces el virus va escondido en los pliegues de cualquier viviente y podemos contagiarnos –de hecho, esa es la realidad– puesto que nadie lleva un cartel avisando de ser una posible persona portadora de virus.

¿La realidad? Deberíamos estar suficientemente atentos a las múltiples circunstancias que nos rodean, con una actitud de “vista larga y paso corto” para que, en la búsqueda de una situación más favorable, no tropeemos con la infección que puede aparecer en los festejos de la despedida del año viejo.

A pesar de la oposición violenta por parte de algunas, de muchas personas, y la tozuda negación del virus por otras. Voces autorizadas avisan de que “un nuevo confinamiento sería devastador para la salud mental de niños y adolescentes”.

El 2021 está dando las últimas boqueadas, en pocas horas llegará al final. Con mejor o peor ánimo esperamos decirle adiós. Nos ha tenido en vilo parte del año. Pero, sobre todo, este mes de diciembre ha sido algo duro con los aumentos de contagios.

El desastre del volcán de la isla de La Palma ha convertido la “Isla Bonita” en un paisaje gris, desolador y donde han sido enterrados bienes y sueños de palmeros y “palmeras”. Desafortunada expresión (¿palmera?) que nos hace sonreír en un tema tan sumamente demoledor. Aquí ha habido una sola muerte pero los destrozos materiales son incalculables.

En la mente no dejan de aparecer las imágenes de personas que se han quedado sin hogar y tienen que mal vivir, palmeros y palmeras, a la espera de unas ayudas oficiales que no acaban de llegar. Por cierto, la palmera es un árbol que abunda en bastantes lugares, aunque no es la más abundante en esta isla.

¿Terminar un año, empezar otro? Desglosar unos comentarios para el penúltimo día de un año aciago no resulta fácil. Quisiera decir de todo –bufar, más bien– pero, al final, llego a la conclusión de que el silencio es oro, máxime cuando los reveses han estado cargados de contratiempos, desgracia para muchas personas e infortunio en general para todos. No dejo de pensar en la ilusoria esperanza de que la mayoría de nosotros depositamos en el macropuente pensando que ya estábamos fuera de riesgo.

Las ganas de empezar 2022 es un imperioso deseo a la búsqueda de circunstancias mejores. ¿Cómo será este nuevo ciclo? ¿Qué nos deparará el año que está a punto de nacer? Solemos decir que la esperanza es lo último que se pierde pero ello no deja de ser una frase que, a veces, trae buenaventura y, otras, chafa cualquier retoño que pueda aparecer. No deja de ser un tópico más, que mantiene abierto un resquicio por el que puede entrar el sol.

En honor a la verdad, ha resultado una etapa dura soportando contrariedades y, sobre todo, sin vislumbrar lo que pudiera venir; la esperanza se deslizaba por una pendiente muy resbaladiza; las ilusiones de la mayoría quedaban algo aplastadas.

Doce campanadas dan la mano a doce uvas o a doce gajos de mandarina, o doce de lo que sea. ¿Por qué no doce besos al compás de las campanadas? Con la esperanza de que “se conseguirá lo deseado o prometido”, para dar la bienvenida al año entrante y desafiar al virus. ¿Borrón y cuenta nueva y “continuar como si no hubiera existido”? Imposible.

El año entrante, el de los dos patitos, tendremos que alimentarlo con aquello que cada cual deseamos de corazón para nuestros seres queridos y para nosotros mismos. Por supuesto, sin mandar al rincón del olvido a los demás. Responsabilidad, generosidad, honradez, respeto, libertad, justicia…

Vuelo una vez más al territorio de los valores morales, que son los ladrillos importantes para edificar la vida diaria de cada uno de nosotros, pero siempre dispuestos a compartir con los demás. Venturosa entrada en 2022 y que la Befana nos colme de mejores momentos.

PEPE CANTILLO

jueves, 16 de diciembre de 2021

  • 16.12.21
El mes de noviembre empieza para nosotros con un recuerdo a los que ya no están porque murieron. Diciembre aflora con dos festividades: una, dedicada a la Constitución política que nos ha permitido, de momento, vivir con cierta tranquilidad –mejor o peor es discutible–; y la otra, conocida por el Día de la Inmaculada, de origen religioso.


Ambas fiestas permiten hacer “puente laboral” para librar en el trabajo (quien lo tenga) y poder disfrutar de unos días de vacaciones. Este año se han entrelazado dos puentes, en este caso “días que entre dos festivos se aprovechan para vacaciones”. Han caído tan certeramente juntos que han generado todo un “acueducto”.

El incentivo de dichos días era poder disfrutar y salir de la rutina. Viajar a donde sea antes de que el virus nos acogote aun más de lo que ya estamos, si no todos, al menos parte de las personas. Las carreteras se atascaron de vehículos que se desplazaban hacia otros lugares a la búsqueda y disfrute de unos días de asueto. ¡Estupendo! La mayoría del personal tenía gran deseo de viajar a donde buenamente pudiera ser.

El problema de fondo sigue siendo el mismo. ¡Ojo al virus, que se acerca Navidad! Las restricciones empiezan a sacar la cabeza de nuevo. Los contagios se vuelven a disparar y el personal sanitario comienza a inquietarse. No es el mejor momento para pingonear (salir a divertirse, callejear, llenar los bares…).

Cito una frase lapidaria sacada de la prensa que, amén de dar aviso, nos recuerda que: “Los contagios se disparan en España y la presión hospitalaria se triplica en el último mes”. Parece que el asunto víricamente está poco claro y se están anulando comidas navideñas de empresas, encuentros de amigos invisibles, porque empieza a brotar la psicosis de la sexta ola.

Noviembre y diciembre son, desde hace algún tiempo, dos meses moviditos en cuanto al tema comercial se refiere. En el escenario de nuestra cultura, noviembre lo iniciábamos y seguimos –aunque de forma más suave– con algo de fiesta y mucho de recuerdo. Todos los Santos copaba el día 1 y el día 2 era dedicado en recuerdo de los difuntos. Está claro que la fiesta importada ha ganado terreno rápidamente por su lado lúdico.

Veamos parte de la realidad. Noviembre ya nace inquieto y termina inquietando, hasta el punto de que no cabe el corazón en el pecho. Para finales de dicho mes, en concreto para el último jueves, ya hemos adoptado toda una amplia actividad festera importada y una carrera comercial que disloca al personal.

Me refiero a Halloween, la fiesta de la calabaza. También conocida como “Noche de los muertos o de las brujas”. Dicho evento coincide con la víspera de Todos los Santos y se ha impuesto entre nosotros, sobre todo por el matiz festero en el que participa el personal más jovenzuelo.

Halloween marca “el final del verano”. Parece ser que ya era una fiesta de importancia entre los pueblos celtas en la que se celebraba “el final de la cosecha” y daba entrada al invierno. Para finales de dicho mes, concretamente para el último jueves, repito, ya hemos adoptado toda una carrera de bullicio y comercio en tiendas.

El trío de eventos lo conforman Halloween, el Viernes Negro (Black Friday) y posteriormente se sumará el Cyber Monday. En la actualidad dichas fiestas se han convertido en una celebración a nivel internacional. El “Viernes Negro” da paso a la temporada (maratón) de compras navideñas.

¿Cómo y por qué surge esta actividad? Lo curioso e interesante es cómo se instaura en todos los rincones del mundo. La interrogante es algo evidente. Rebajas, rebajas, rebajas por doquier alimentan dicho dinamismo comercial. ¿Dónde y cuándo nace? Busquemos el origen de este maratón de fondo.

Estados Unidos celebra el último jueves de dicho mes el “Día de Acción de Gracias”, la fiesta más importante de su calendario. El siguiente día pasa a conocerse como “viernes negro” (Black Friday) y empieza la temporada –frenética en algunos sitios– de compras navideñas. ¿Razón de tal locura? El caramelo de las llamativas y seductoras rebajas que inundan por doquier todos los negocios.

Si hasta entonces, entre nosotros, no estaba activo el bullicio de compras prenavideñas, ya podemos hacernos una idea del cómo y el por qué tales días de ventas arrasan en todo el mundo. El alboroto de rebajas se extenderá, al menos entre nosotros, hasta después de Reyes, que si no recuerdo mal eran las únicas rebajas que había y aún siguen a partir de dichas fiestas navideñas.

Pues ahora tenemos las “pre y las post” rebajas. ¿Re-bajas de verdad o re-subes? El tema es complejo. Solo un detalle de tan llamativos eventos. Como la publicidad es muy lista, los precios son anunciados de 19, 49 o 99 euros. ¿Razón? Psicológicamente algo es más barato a 9 que 10 euros, aunque la diferencia fuera de un céntimo. Si vemos 100 euros nos alarmamos mientras que 99 son más aceptables (¿¡?)

Sin embargo, cada vez es más frecuente que el “Viernes Negro” se alargue hasta el lunes siguiente, fecha en la que se celebrará otra jornada de rebajas conocida como Cyber Monday, dedicada a la tecnología (ordenadores, teléfonos móviles y un largo etcétera) y a la que se añaden cosas mil para que el personal pique.

A todo lo dicho hasta ahora le podemos llamar peregrinación comercial, dado que arranca prácticamente de finales de noviembre y dura, bien que mal, hasta enero del año siguiente, después de Reyes en muchos de los países occidentales.

Opiniones positivas o negativas para tanto bullicioso tenemos por doquier. Una explicación defiende y se refiere a que gracias a dicha festividad los comercios consiguen levantar cabeza saliendo de números rojos en las ventas comerciales.

Otra arguye que tanta rebaja y tanta tienda abierta abarrotan las ciudades con gente y coches haciéndolas intransitables. Parece ser que dicha protesta vendría de la Policía que, con tanto revuelo, no tenía tiempo ni para ir a “mear”. El término se popularizó a partir de 1975.

Y la pregunta viene a cuento. ¿Compramos cuándo y cómo nosotros queremos o compramos cuando le interesa a la religión del comercio? Quiero pensar que somos libres y que es nuestra libertad de elección la que nos incita a consumir. ¿O tal vez no? No olvidemos que en la sociedad líquida que nos ha tocado vivir, el comercio ya ha conseguido crearnos la necesidad de comprar.

Los comercios se agarran al clavo ardiendo de tales rebajas Algunos de ellos muy americanizados se engancharon rápido al “viernes negro” y ayudaron a que brotara el Cyber Monday, llamado el “lunes más techy” del año” porque ya puedes comprar, nos dicen con total descaro (des-caro), tus productos favoritos al mejor precio. De paso, recuerdan que no hace falta molestarse en ir a la tienda, para eso está Internet y los envíos a domicilio.

Felices días de fiesta y esperemos que el virus, se llame como se llame, no nos haga daño. 2021 finaliza entre dudas y deseos de que cambie la situación. Feliz Navidad, de todo corazón.

PEPE CANTILLO

jueves, 2 de diciembre de 2021

  • 2.12.21
Cada 10 de diciembre venimos celebrando la Declaración Universal de Derechos Humanos. El lema y objetivo de este año incide (hace hincapié) en la igualdad, engarzando con el derecho a vivir dignamente. El objetivo se complementa con valores como la honestidad, el respeto, la solidaridad, la tolerancia, la generosidad, la paz... Valores que colaborarían a complementar la libertad.


El ser humano vive en una sociedad, se construye en ella, aprende de ella. Casi se podría decir que igual que el pez necesita el agua, el ser humano necesita la sociedad. La naturaleza del ser humano no es solo biológica: es también social. Gran parte de lo que es se lo debe a la sociedad, igual que le debe mucho a sus genes, que marcan la herencia biológica que ha recibido.

El ser humano y la sociedad en la que vive no es algo estático, ni ha surgido de la noche a la mañana. Ha tenido que hacerse a lo largo de muchos años. La humanidad, igual que el ser humano, tiene que construirse y desarrollarse. Nuestra vida se va haciendo poco a poco: es como una narración que vamos escribiendo día a día; como una obra que vamos elaborando a lo largo del tiempo; como un camino que tenemos que recorrer, abriéndonos paso en una dirección u otra.

Por eso, como en un libro, los capítulos finales no se entienden bien si no se conocen los anteriores; como una escultura, es resultado de muchos golpes y de mucha actividad sobre la piedra; como un camino, es algo indeciso, que serpentea, retrocede o avanza buscando una meta, un final que nunca llega, pero que se desea mejor y más cómodo que lo que vamos dejando atrás.

Igual que cada uno de nosotros, la sociedad también ha recorrido un largo camino; ha ido escribiendo su historia, con aciertos, errores y rectificaciones; ha ido aprendiendo lo que más le conviene, lo que mejor resultado le ha dado, lo que debe hacer y debe evitar. Cuestión esta última que no es fácil de realizar. Casi siempre ha aprendido a fuerza de golpes y de sufrimiento; ha ido consiguiendo superarse a costa de perder algo, mediante esfuerzo y lucha.

Se podría decir que la historia es el reflejo del esfuerzo de las sociedades humanas por vivir mejor, aunque esto nos cueste trabajo creerlo a la vista de lo que muchos hechos nos muestran. Hemos de convivir con derechos, deberes y responsabilidades, un camino que parece estamos olvidando o, mejor dicho, dejándolo de lado a lo largo de la historia.

Con frecuencia oímos que nuestra libertad termina allí donde empieza la de los demás. Esto, sin duda, es cierto si consideramos la sociedad como un campo de fuerzas que deben guardar entre sí un equilibrio. Si en un grupo unos quieren imponer sus reglas a otros, seguramente terminarán enfrentados. Si en un Estado alguien quiere imponer su dominio por la fuerza, tarde o temprano habrá otro que se considere con el mismo derecho y tratará de quitarle el poder de la misma manera.

El respeto es la primera exigencia para la convivencia. Respeto a los demás, a unos valores y normas básicas sin las cuales no es posible que la sociedad funcione. Pero el respeto supone limitaciones y posibilidades. No podemos hacer lo que queramos cuando eso daña a los demás. Por eso, bien pensado, el respeto no es otra cosa que un equilibrio entre derechos y deberes, que implica asumir responsabilidades. El respeto presupone una actitud de “miramiento, consideración, deferencia” hacia los demás. No siempre es fácil cumplir con este valor básico para compartir el convivir.

Podríamos decir que derechos y deberes son las dos caras de una moneda. A mis derechos, a lo que yo puedo exigir a los demás, le corresponden unos deberes, unas obligaciones para con ellos. Aunque nos encontremos en una época en la que poco gustan los deberes y las obligaciones, no es menos cierto que las personas estamos “ligadas” unas a otras, lo queramos o no, y que por tanto, estamos ob-ligadas a darnos lo que a cada una le corresponde.

Si olvidamos nuestros deberes, nuestras obligaciones, es decir, si dejamos de responsabilizarnos, nos deshumanizamos. Las personas, por el hecho de serlo, contraemos unas obligaciones para con los demás miembros, de las que no podemos eximirnos sin perder grados de humanidad, es decir sin perder nuestra valía.

El ámbito de los derechos se explicita en el arduo recorrido por alcanzar la plenitud de tales derechos. La Historia recoge los esfuerzos y las conquistas que los seres humanos han llevado a cabo para alcanzar sus derechos. Podríamos decir que el ser humano, a lo largo del tiempo, ha ido cobrando conciencia de lo que es, de su dignidad y de lo que puede exigir. Conforme ha sido consciente de su valía, ha ido luchando por conseguir que se reconocieran sus exigencias más básicas y fundamentales: “sus derechos”.

Al lanzar una mirada panorámica por nuestra historia, nos encontramos vestigios de esta lucha por la libertad y la justicia. Desglosemos en unos breves pasos algo de dicha lucha por alcanzar una meta aun lejana, pese al tiempo transcurrido en este mundo, desafío para vivir buscando y defendiendo nuestra libertad hasta alcanzar el reconocimiento, al menos de algunos derechos a nivel universal. Recordemos que aún queda camino por andar.

En Grecia y en la Roma imperial los estoicos levantaron su voz pidiendo la igualdad de todos los seres humanos, considerados en su conjunto como ciudadanos del mundo. Los cristianos, por su parte, extendieron durante la Edad Media un mensaje nuevo a favor de la igualdad y contra la violencia: “el amor al prójimo”.

El Renacimiento está marcado por un deseo de tolerancia y convivencia pacífica como contrapunto a los enfrentamientos religiosos. La Ilustración defendió el respeto mutuo, el amor a la humanidad y, sobre todo, la libertad, la igualdad y la fraternidad. En el siglo XIX, el movimiento obrero reivindicó los derechos sociales, económicos y culturales para todos, sin discriminación. Se firmaron tratados que prohibían el comercio de esclavos y se establecieron algunos acuerdos para proteger a las minorías.

El siglo XX fue clave en el desarrollo y reconocimiento de los Derechos Humanos. En 1919, tras la Primera Guerra Mundial, se fundó la Sociedad de Naciones, que fue un precedente importante en el camino hacia el desarrollo de tales derechos, aunque no tuvo éxito. Y en 1948, el reconocimiento alcanzó un nivel extraordinario, con la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos por la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU).

En la actualidad, ante el reto de la “Globalización”, gran parte de la ciudadanía y los más pobres levantan su voz contra los países desarrollados, reclamando un orden internacional más justo. Otro cantar es que dichas reclamaciones lleguen a ser atendidas.

La historia está llena de acontecimientos memorables que marcan el camino recorrido por la humanidad en este sentido. Las noticias han ido de boca en boca, de documento en documento anunciando algunos pasos más relevantes de la conquista de los Derechos Humanos. El tema da para mucho más, máxime cuando estamos en unas circunstancias político-sanitarias que dejan mucho que desear.

Cierro estas líneas con una cita muy elocuente extraída del libro Política para Amador, de Fernando Savater: “Abres los ojos y miras a tu alrededor, como si fuera la primera vez: ¿qué ves? ¿El cielo donde brilla el sol o flotan las nubes, árboles, montañas, ríos, fieras, el ancho mar...? No, antes se te ofrecerá otra imagen, la más próxima a ti, la más familiar (en el sentido propio del término): la presencia humana. El primer paisaje que vemos las personas es el rostro de otros seres como nosotros... Llegar al mundo es llegar a nuestro mundo, al mundo de los humanos. Estar en el mundo es estar entre humanos, vivir -para lo bueno y para lo menos bueno, para lo malo también- en sociedad”.

PEPE CANTILLO

jueves, 18 de noviembre de 2021

  • 18.11.21
A lo largo de nuestra vida tenemos que tomar decisiones. Algunas son fáciles de llevar a término. En cambio, en otras ocasiones, la dificultad es tal que la indecisión nos embarga y tenemos que optar por una solución, tanto si queremos como si no. Se hace necesario calibrar las ventajas y los inconvenientes que nos puedan reportar esos posibles cambios. La duda nos cerca por doquier y podemos terminar desojando margaritas al runrún de un monótono "sí… no".


Deshojar la margarita, acompañada del sonsonete “me quiere, no me quiere…” era un intento –más bien una esperanza– de adivinar, a través de ir cortando los pétalos de dicha flor, si eras correspondido por la persona que amabas. Puro pasatiempo romántico que envuelve los sentimientos a la espera de la reacción, en un futuro cercano, de la otra persona en la que se está pensando.

Como se sobreentiende, la costumbre viene de lejos y es (o era) un rito emocional que buscaba la posible esperanza de ser querido por la otra persona. Y como no todas las margaritas tienen el mismo número de pétalos, la respuesta queda en el aire a la espera de que sobre o no un pétalo. El resultado siempre será imprevisible, salvo que hagamos trampa.

Repito. Puro sentimiento confiando en la esperanza de que caigan todos los pétalos para que brote un "¡sí!" empapado de alegría. Bueno, hasta aquí la descripción de un curioso rompecabezas afectivo buscando el amor de la persona a la que dedicamos dicho devaneo emocional.

¿De dónde surge esta costumbre? Como siempre, el origen de este tipo de actividades populares suele ser variado y, a veces, ni siquiera está claro. Nos remontamos a la Edad Media. Ante la posibilidad de una boda, la mujer arrancaba a buen tuntún y sin contar la cantidad de margaritas con las que formar un ramo. El número resultante de capullos le decía si su futuro esposo la quería y los años que quedaban para casarse.

Para otros, la costumbre es oriental. En principio, los enamorados (ellos) escondían un pétalo fresco en el bolsillo del pantalón y si al final del día no se había marchitado era buena señal; en caso contrario, la suerte no ratificaba el deseo del enamorado. Esta costumbre llegó hasta nosotros pero con la variante de “me quiere, no me quiere” repetida mientras se arrancaban los pétalos.

Para otros autores, la costumbre es celta y tales flores no se refieren solo al amor, sino que tienen más significados. La margarita representa la pureza y el amor que se siente por la otra persona. Lo cierto es que las margaritas, sean del color que sean, tienen un papel importante en otros frentes, como predecir la cosecha.

Soñar con margaritas en otoño o invierno dicen que trae mala suerte y los colores de las mismas representan o esconden distintos significado. El blanco alude a la belleza; el rojo, al amor; el azul, a la felicidad. Y las de colores variados anuncian alegría.

Deshojar la margarita era un tipo de pasatiempo adherido a circunstancias personales cargadas de afectividad y de esperanza. Está claro que estas flores esconden diversos misterios, curiosidades y leyendas, por lo que, quizás, nunca sepamos cuál es el verdadero origen de deshojar margaritas.

Saltemos a un plano más amplio. Deshojar la margarita puede ser un entretenimiento de personas indecisas, que dudan de lo que han de hacer ante un determinado obstáculo. Dicho acto era, en otros tiempos, la forma de dudar cuando alguien se enamoraba y sobre el amor que podría darnos una persona. Estamos hablando de amor romántico.

Está claro que era todo un devaneo “me quiere, no me quiere, ¡sí!…no” dependiendo de que el último pétalo de la flor sea sí o sea no. Como es natural ante un sí el sujeto se sentía más entusiasmado y contento, mientras que si salía no la tristeza embargaba todo lo que de positivo y romántico podría tener dicho enamoramiento.

Independientemente de que esto suene a una chorrada o una niñería, sí es cierto que era un pasatiempo que permitía soñar despierto. En los tiempos que vivimos no sé si dicho pasatiempo sigue en activo o solo es un apolillado recuerdo de otras épocas. Pero el deshojar las margaritas a veces es una actitud que algunas personas toman para decidir cuestiones de gran importancia.

Descendamos a la realidad. Las circunstancias de esta primera etapa del siglo XXI van a toda velocidad. Bien es cierto que algunos tramos de lo que llevamos recorrido se nos están haciendo pesados, dolorosos y lentos y nos estas descolocando psicológicamente. Casi diría que hay una “diarrea mental” que afecta más de lo que podamos aguantar.

El virus y sus consecuencias ocupa un primer plano en nuestras vidas. Vacunarse o no es toda una interrogante que tiene en vilo, a estas alturas de la pandemia, a bastantes ciudadanos. Por otro lado, la cantidad de bulos, historias, mitos, falsedades que se cuentan alrededor del mismo, unas creíbles y otras no tanto, ponen en entredicho nuestras decisiones.

Dejo contacto con https://maldita.es/ por si la curiosidad nos hace buscar la verdad o parte de la misma en referencia a algunas noticias falsas o medio verdades, bulos varios que corren por las redes. Tales bulos juegan con nosotros y si afectan a algo que me interesaba saber (tener información) y lo que he leído sobre ese “algo” me satisface, pues “no se hable más”.

En caso contrario, si atacan mi territorio (político, social, religioso…) es posible que podamos aclararlo. Amén de lo anteriormente dicho, conviene añadir que también hay multitud de timos para sacarnos desde dinero a succionar la última letra de nuestro ordenador, por supuesto con el número de cuenta bancaria. Según Maldita.es, acerca del tema del virus corren por Internet más de 1.188 desinformaciones, mentiras, alertas falsas...

En definitiva, no pongamos margaritas en nuestras vidas si queremos actuar con racionalidad. No esperemos que el azar decida por nosotros. Valoremos las informaciones para que los timos no lastimen nuestro amor propio. Leer, informarse, pensar y actuar serían buenas tácticas para no caer en el cepo.

PEPE CANTILLO

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