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Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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viernes, 6 de marzo de 2020

  • 6.3.20
Mi hermano Paco me ha recordado alguna vez cuando yo, siendo aún adolescente, me escondía, en la casa grande de los padres de la calle San Fernando, para leer sin que nadie me interrumpiera. A mi padre le gustaba, los sábados por la tarde, después de comer, reunirnos a todos para ver la película de sesión de tarde. Si el tema iba de la conquista del oeste americano, un tema que a mí me fascinaba y me sigue fascinando, me recostaba en el sillón y veía esa segunda película que la imaginación nos ofrece cuando soñamos con cambiar nuestras vidas.



A veces, cuando el film era anodino o no iba con mis intereses de adolescente conflictivo, me escondía en algún rincón de aquella casa inmensa, o me subía al palomar a leer mientras los palomos enamorados arrullaban en su cortejo a las palomas huidizas. La lectura ha sido el gran descubrimiento de mi vida. Los años dejan a su paso tantas horas vacías que yo no sé cómo podría haberlas llenado si no hubiese descubierto la adicción a los libros.

Desde entonces, llevado por mis desvaríos, he podido vivir varias vidas en una misma sin saber con precisión de cuál prescindir y si era la vida real la más seductora en sus propuestas. Ahora poco importa, porque sabemos que los años edulcoran a su paso el sabor pedregoso de las experiencias indigestas.

Mi primo Luis Albornoz me ha recordado muchas veces cuando iba con mis padres y mis hermanos a Málaga en su Seat 124 a pasar el día en la playa. Siempre llevaba varios libros y me sumergía en su lectura como quien descubre otro nuevo mundo del que nunca más lograría salir si no es para respirar. Habla él de mi fascinación por Gabriel García Márquez y de cómo aquel escritor colombiano estaba condenado a ser Premio Nobel de Literatura según mis pronósticos de joven desquiciado por sus fantasías.

Pasan los años y el amor irredento de los demás por la tecnología digital, las redes sociales y los productos gratuitos me hacen pensar si la fascinación por la lectura dejará de ser una pasión para pasar a ser una pieza con que decorar hábitos del pasado.

Algunos datos relativos al índice de lectura entre jóvenes –de los maduros mejor ni hablamos– no dejan crueles y sorprendentes. Se sabe que las mujeres leen más que los hombres en España y la brecha va en ascenso.

Según el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), presentado el pasado viernes, esa diferencia ha aumentado un punto porcentual respecto al estudio anterior, que recogía los datos de 2018. En concreto, el 68,3 por ciento de mujeres lee libros en su tiempo libre frente al 56 por ciento de los hombres. A fin de cuentas, se trata de decir que leemos poco.

Si asumimos esos datos como reales, el perfil más típico del lector de libros en España es una mujer mayor de 55 años, con estudios universitarios y que vive en un área urbana. El 83 por ciento de ellas lee libros al menos una vez por semana, de acuerdo con los datos de esta muestra elaborada con información de 5.000 individuos por la empresa Conecta Research & Consulting para la FGEE, en la que colabora el Ministerio de Cultura y Deporte.

En todo caso, el perfil de los hombres no dista mucho del de las mujeres: un individuo de 55 años o más, también con estudios universitarios y residente en un área urbana. La mayoría de ellos, el 76,7 por ciento, lee en su tiempo libre.

Zadie Smith escribe sobre el desprecio a la lectura y escribe que “nos hemos acostumbrado a no vivir la experiencia privada, arriesgada de la lectura, tanto como a escenificar (en línea) muestra respuesta a lo que leemos”. La periodista mexicana Alma Guillermoprieto se alegra de que algunas voces acreditadas reconozcan, afligidas, que la falta de privacidad que propician las redes sociales es una amenaza directa a la democracia. Y añade: “Somos, en internet, nada más que un agregado de datos que poderes invisibles acumulan y subdividen en ‘mercados potenciales’ de ropa, remedios para la calvicie, información, ilusiones y mentira”.

Nos hemos metido en las redes sociales para exponer nuestra intimidad, nuestros secretos y nuestros pecados, nuestras ilusiones marchitas, los sueños resolubles, al mercado omnipresente. Hemos optado por vender la única vida que tenemos en vez de apostar por las múltiples vidas que nos ofrece la lectura, tantas vías de escape al desmoronamiento que podríamos haber utilizado hojeando las páginas de un libro, tanta posibilidad de ser varios al mismo tiempo en un solo ser.

La lectura ensancha los sueños, nos ayuda a razonar, a enriquecer nuestro léxico, a ver las imágenes desdibujadas que ensombrece el cine, nos ayuda a saber que, detrás de cuanto hemos perdido, lo revivimos y resucitamos con la lectura.

Ahora, consumida la adolescencia, la vida tiene un único sentido: saber a ciencia cierta que el paso de los años se amortiza en la piel, pero que los sueños siguen vivos y saltarines en cada página que desciframos, en cada página que te lleva a otro mundo que, aunque no es real, puede que tampoco importe que lo sea. Es lo que tiene la imaginación: si alcanzas a dibujarla y crees en ella, existe.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 28 de febrero de 2020

  • 28.2.20
Hay amores nada solubles que anidan como masas etéreas en algún lugar recóndito de nuestra memoria y que van creciendo con los años, a veces mitigando su dolor o su placer extraviado y, en ocasiones, creciendo como una larva que invade la vida presente y se mueve a su antojo como un fantasma reconocido y seguido a nuestro antojo y tal vez al suyo también.



Pero esta incógnita nunca lograremos dilucidarla. Y tal vez así sea mejor. Esquivamos todo obstáculo que no conduce a la razón y tal vez cuando tocamos los sentimientos debamos ingerir unas píldoras de demencia o insensatez.

Eduardo Mendicutti, en su última novela, Para que vuelvas hoy, trata uno de estos amores de un solo día o bien de una sola noche. En el libro, Isabel, ya anciana, le cuenta a Marta episodios de su pasado. En estas confesiones, la cuidadora descubre una vida plagada de emociones y de desvaríos.

Sobre todo, descubre que Isabel ejerció la prostitución y que, como consecuencia, conoció a muchos hombres. A sus 82 años, Isabel había logrado olvidarlos a todos, excepto a Fernando, con el que ella fue delicada y atenta, y al que le devolvió las quinientas pesetas pagadas por sus servicios amatorios con esta nota que dejó en un bolsillo de su chaqueta: “Para que vuelvas hoy”. De ahí el título. Pero este hombre nunca más volvió.

Sin embargo, a la mañana siguiente, el amante efímero dejó a su nombre en la recepción del hostal donde se hospedaba ella un enorme ramo de flores que le había costado las mismas quinientas pesetas que ella le había perdonado el día anterior. Cuenta la anciana en esta novela divertida y dolorosa que aquel hombre, de quien nunca más supo, se convirtió en el amor secreto de su vida.

Tal vez sean secretos porque nunca le contamos a nadie estas peripecias de desvarío que solo conducen a la felicidad. No hay que engañarse: no es fácil administrar los momentos felices. Empezar la relación como un huracán, sabiendo que, después, solo en unas horas, el paisaje solo deja a su paso una dehesa de soledad.

Sin embargo, nadie abandona aquella habitación siniestra que en los sueños es otra, casi indefinida, y que no se parece a ninguna otra. Duran tan poco esos amores de un solo día, o de una sola noche, con su desayuno o su cena, con un adiós precipitado o su despedida eterna, que no nos atrevemos a ponerle remiendos a los recuerdos más sólidos. Y, sobre todo, con su final inesperado e irremediable

A veces, solo a veces, compartimos esos momentos clandestinos con alguien que no es cercano porque, en esa distancia que el tiempo amortiza en olvido, encontramos la coartada perfecta para exponer ante cualquiera esas horas bravías que el vecindario ignora.

No se trata de sueños. Que todos, de alguna manera, damos forma cada noche sin voluntad. Sino de esos sueños reales, pero tan efímeros como estrellas fugaces. En realidad, cuesta pensar que solo unas horas de pasión desbordada nos deje enervados de por vida en otro sueño que, este sí, es ya onírico.

Pero cuando dejamos de evitar sus efectos y que vuele a sus anchas alrededor de nuestras vidas, haciendo a estas más ricas y brillantes, más anchas y generosas, logramos recordar con precisión aquellos momentos compartidos con alguien a quien, en realidad, nunca conocimos, de quien a veces solo sabemos el nombre y, en otras, tampoco sabremos nunca si nos mintió al desvelar su identidad. Y en ese instante solo sonreímos. Porque sabemos ya que poco importa. La magia de todo recorrido, como la propia vida, es que tiene su propio fin. Y cuando lo descubrimos sabemos que ahí no hay tristeza, sino solo sabiduría.

Muchos de estos amores fugaces surgen de un encuentro casual y se ven interrumpidos por el mismo sentido azaroso de la vida, que igual nos lleva que nos trae de una reflexión madura y acertada a un error de ensueño. En otras ocasiones, el momento lo busca cada cual, y él o ella, ya con una vida solvente al lado de otro o de otra, busca la causalidad, y la casualidad, del instante para hacer tangible el sueño.

Y es entonces cuando declara a aquella persona los sentimientos escondidos de años, de cuando ambos eran jóvenes y el mundo parecía fabricado de porcelana. Y se lo tiene que decir, porque la vida esconde momentos que no pueden morir en nosotros y con nosotros, sino que hay que dejarlos que vivan en otra persona, a la que también pertenecen. Sabiendo, eso sí, que después el sentido común se impondrá al desvarío.

La literatura está llena de estos amores efímeros, imposibles y callados. Pero ahora, a mis años, sé que estos sentimientos indomables no nacen con los sueños. Sino que los arrastramos día a día en nuestras vidas y los sacamos a volar cuando la noche nos llama al descanso.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 21 de febrero de 2020

  • 21.2.20
La vida sin dolor no tiene sentido. Porque el dolor es parte inalienable de la vida. Existimos evitando el virus del dolor, huyendo a cualquier parte con el pretexto sin argumento de que el dolor es sobre todo sufrimiento. Además, nadie es inmune a sus mordeduras. El tiempo, en alguna medida, solapa sus secuelas y sus desbarajustes, aminorando a pasos lentos sus radiaciones inevitables.



Conozco a quienes se sumergen en el dolor como gusanos de seda que se enquistan en el capullo, no para vestirse de mariposas con el paso de los días, sino para evitar el contacto con el aire y con la luz. Y así vivir en la oscuridad de manera imperecedera.

El dolor avanza cauto, sibilino como la serpiente, hasta que nos sorprende en el lugar más inesperado, en el momento menos oportuno. No hay presencia menos requerida que el dolor en cualquiera de sus formatos y registros, y también más exigente entre los invitados a la fiesta.

Los momentos difíciles hay que sufrirlos. Sin lugar a dudas. Y en gran medida, hasta cuánto y hasta cuándo, depende de nosotros. Así lo entiende Lola Morón, especialista en Neuropsiquiatría. Y lo firma que con esta frase definitiva: “El dolor emerge de la víctima, el sufrimiento emerge del victimario”.

El dolor no es el sufrimiento. Tal vez el sufrimiento sea su fase previa, el itinerario inevitable y forzoso al que conduce el dolor. Pero el sufrimiento tal cual vive ausente del dolor que lo ha provocado, inconsciente e ignorante del pozo donde el victimario se lame las lágrimas apagadas y se duele de un dolor conmutado por una oscuridad absurda e irrenunciable. Para Morón, el dolor nos ayuda también a valorar la amistad, el bienestar, la felicidad, la salud, la presencia, el beso.

Este sentimiento no solo ayuda a titular algunos filmes, como recientemente le ha ocurrido a Pedro Almodóvar con Dolor y gloria, sino a implementar miles de páginas de algunos libros. En algún caso, partiendo desde el mismo título: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag; El dolor, de Marguerite Duras; El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández; El problema del dolor, de C. S. Lewis; Lugares donde se calma el dolor, de César Antonio Molina, o Algún día este dolor te será útil, de Peter Cameron.

Habrá que advertir, eso sí, que no porque la palabra "dolor" aparezca en el título, abarque con más profundidad estos sentimientos del sufridor. El dolor ha rascado muchas páginas interiores en muchos otros libros sin que lo anuncie en la cubierta.

Las pérdidas, aquellas personas que ya no nos acompañan en el periplo vital, son, sin lugar a dudas, el dolor que se acompasa con el paso del tiempo, pero que nunca logra desaparecer por completo. Lo vivimos como una enfermedad crónica que nos acompañará para siempre. Pero la vida –como nosotros– cambia a lo largo del tiempo y se viste con otros ropajes y se esconde en otros argumentos poco anudados.

Al final, el recuerdo nos arrastra a un mundo que se murió con los años, y ya no solo se quedan obsoletas las pérdidas sino el paisaje que se fue con ellas. Y entonces, si no sabemos administrar la nueva realidad, acabamos sucumbiendo a un dolor caducado donde no habita el sufrimiento, porque ya el sufrimiento somos nosotros mismos. Se nos va yendo el dolor y lo que queda son cenizas de un tiempo fenecido, de un mundo desaparecido y amortizado.

Tal vez, partiendo del dolor, adquirimos la dimensión ética de la vida. Lo dice Lola Morón con esta frase definitiva: “Nada tendría valor si no supiéramos que existe el dolor”. Porque la existencia devalúa, en su transcurso hacia el vacío, a todo ser humano inmune a los malos momentos, a las desgracias anunciadas, a toda herida que no deja en la piel una cicatriz que se pueda conmutar con los momentos más floridos y luminosos. El dolor muda, trienio tras trienio, su apariencia de soldado eficiente y victorioso, para dulcificar su veneno inmune a la felicidad.

Después siempre quedan imágenes pixeladas que mudan el dolor por una nostalgia habitable, en una huida ya innecesaria. Pero quien se alimenta de dolor y lo realimenta con razones tristes, siempre será rehén de esta frase de Lola Morón: “El ser doliente es un ser sufriente en la medida en la que se entrega al sufrimiento”. El dolor, para él, será la soga del ahorcado. En caso contrario, el dolor, ya sosegado en sus maldades apagadas, puede un motivo justo y evidente para hacer literatura y no sucumbir a la derrota definitiva.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 14 de febrero de 2020

  • 14.2.20
Vivimos el presente. O, mejor dicho, vivimos en el presente. Hay quien no vive, pese a que cueste creerlo. Vivimos el presente como un tiempo eterno en nuestras vidas, como un conjunto de momentos dispersos que vagan por nuestra memoria descontextualizados de cualquier entorno. Ni la memoria más eficaz abarca a ordenarlos con orden y concierto, sin otra música que distraiga de su principal argumento. Vivimos el presente como un tiempo indefinido que se nos escurre de las manos como hielo derretido.



Apenas han pasado unas horas, y ya olvidamos sin pretensión la mirada fugitiva que buscaban nuestras manos o el whisky que nos reconfortó a atravesar la noche. No hay rasguños en la memoria, ni heridas abiertas que sanaron en su día, pero ese olvido nunca premeditado borra a cada instante toda hora vivida, sin ser conscientes de que en ese balance imposible de nuestras vidas dejamos atrás trozos irrecuperables de ese presente, de ese tiempo de ahora, que muere en cada instante.

El presente es ya pasado. La vida, después de todo, se mueve en un hoy huidizo que nunca logramos atrapar para imprimirlo con tinta indeleble. En ese paso indeleble y fugitivo del hoy al ayer, apenas quedan indicios, pruebas o declaraciones que demuestren que las horas que dejamos atrás fueron nuestras o de los más próximas.

Recordar qué hicimos hace apenas dos semanas es un esfuerzo hercúleo que no conduce a ninguna parte. Vivimos entre un tiempo que naufragó hace mucho y cuya memoria es un vacío sin fondo, un agujero negro en una biografía apócrifa que nadie reconoce como propia.

Y el futuro es un argumento que alimentamos en las movedizas arenas de cualquier desierto naufragado. Los océanos, en su misteriosa profundidad, esconden una quietud e inquietud colectivas y anónimas que no pertenece a nadie. Alimentamos el futuro con frases invisibles e imágenes mudas. Trazamos fronteras imposibles e inoportunas entre el presente y el futuro.

Pero solo en los estrechos bastiones que atravesamos en la vida real y en aquellos otros mundos virtuales con que alimentamos la poesía, los tiempos que ensamblan presente y futuro son reales. Pero en aquel mapa virtual de la vida que habitamos y en este otro crucigrama real que construimos con palabras, el hilo de arácnida que une presente y futuro representa la más acertada metáfora de la existencia.

Carlos Revolli es físico teórico, pero de él dice también Gianfranco Angelucci que es poeta. En su memorable obra El orden del tiempo, escribe que la física de los siglos XIX y XX se tropezó también con algo tan inesperado como desconcertante de que el tiempo transcurra a velocidades distintas en diferentes lugares, y es que “la diferencia entre pasado y futuro –entre causa y efecto, entre memoria y esperanza, entre remordimiento e intención– no existe en las leyes elementales que describen los mecanismos del mundo”.

Pero este argumento parece más propio de la poesía que de la física. Tal vez, cuando Revolli se encierra a escribir, le pueda más el corazón del poeta que la razón del físico. O bien puede ser también que ambos mundos no vivan tan equidistantes como los dioses y sus delegados en la tierra nos quieren hacer creer.

Luego viene la noche y nos envuelve en una oscuridad que admitimos sin dilemas y que, extraviados en esos sueños que doblegan toda razón y fantasía, nos llevan y traen de un mundo irreal a otra fantasía tangible. Pero, al despertar, buscamos ante el espejo un rostro que no reconocemos como propio y nos palpamos los ojos y la mirada y allá tampoco encontramos a nadie con quien convivimos en esas pesadillas que siempre pasan a ser pedazos de un puzle al que llamamos "olvido".

Vivimos entre un mundo que se extinguió y que se extingue y que cada vez ocupa más espacio en nuestras vidas. Y en ese perímetro que denominamos "pasado" tendemos un puente hacia un futuro imaginado e imposible, para no caer al vacío difícil y estrecho del tiempo presente, una provincia sin país, un tiempo sin límites y tan limitado, una casa que se derrumba ladrillo a ladrillo, como un movimiento sísmico implacable y eterno que destruye y consume todo a su paso. Un tiempo al que llamamos "presente" y que nada más pronunciado es territorio de un pasado que deja paso al olvido más pertinaz y que deja de ser, como consecuencia, parte inalienable de nuestras vidas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 7 de febrero de 2020

  • 7.2.20
Hace ahora casi cinco años, la foto del niño sirio de tres años Aylan Kurdi, muerto en las arenas de la playa de Bodrum (Turquía) conmocionó a todo el mundo. La imagen exponía sin tapujos la tristeza del espanto, el reducto de una realidad que nos costaba admitir. Pero ahora teníamos el documento que enfrentaba nuestra conciencia a los hechos. Más vale una imagen que mil palabras. Pero también habría que preguntarse cuántas palabras necesita la memoria para olvidar lo que ha visto.



Tal vez no sea así. Y las palabras sigan siendo necesarias para contextualizar aquella foto de la infamia. Después siempre viene el olvido deshojando racimos de perfume que nos narcotiza. Si no nos ponen otra vez la foto delante de las narices, no hay razones que esgrimir, ni siquiera para ponderar una felicidad acomodada a nuestro antojo.

Podemos pensar que nada es eterno, incluida la posibilidad de la vida después de la muerte. Pero no es cierto. El hambre y la miseria, la pobreza en todas y cada de sus manifestaciones, sobrevive a todos los reveses del tiempo, se encapsula en los nudos de los troncos de árboles más longevos, en los archivos oxidados de las academias, en las iglesias cerradas a otros cantos, en los restaurantes donde los pobres nunca tocaron un tenedor.

Tres años después de haber visto aquella foto, al menos 640 niños migrantes o refugiados perdieron la vida en el Mediterráneo desde 2014. Pero las cifras siguen creciendo. El número de menores ahogados cuando trataban de alcanzar las costas europeas no ha dejado de aumentar. La ONG Save the Children cree que las cifras podrían ser aún mayores. Se sabe que muchas desapariciones no están certificadas ni documentadas.

Esta organización advierte de que los niños migrantes y refugiados, sobre todo los que viajan solos, son los más vulnerables, no solo por sus desplazamientos por mar o tierra, sino por el peligro de poder sufrir explotación, violencia y tráfico de personas.

Una foto vale más que mil palabras. Pero cuánto valen las estadísticas. Qué credibilidad les podemos dar. Al terminar 2014, los países más pobres eran los más solidarios con los 60 millones de desplazados y refugiados del mundo. Al contrario que Europa. En solo dos años, esta cifra se había duplicado. En 2015, superaba los 62 millones.

A día de hoy, sin estadísticas, no cabe duda de que los números engordan. Huyeron y huyen de sus países por múltiples razones: guerras, hambre, persecución étnica. Pocos regresan a su país. En 2014, apenas 100.000 personas volvieron a la tierra donde nacieron. Los números solo se podrían modificar al alza.

Después de estas cantidades, siempre nos queda una imagen redonda que no sabemos dónde ubicar. Tal vez un par de miles de fotos de niños muertos en las playas de Europa no nos harán más humanos y sensibles, porque la razón evita la contundencia de una argumentación severa y rotunda. Preferimos digerir el desastre en cápsulas, como enfermos crónicos incapacitados para traducir tanta catástrofe en un solo plato de sopa.

La primera vez lloramos la foto de Aylan tirado para siempre en una playa turca, pero las lágrimas se evaporan de usarlas, y después se pierde su rastro entre las cremas y los perfumes que nutren nuestra piel en cada fiesta.

Las fotos se olvidan y las estadísticas se manipulan al paladar del cliente más exquisito. No hay satisfacción mayor que codificar módulos para trocear el dolor, o dosificar grajeas contra la tormenta justiciera que se nos amontona por momentos en la fe de cualquier creyente.

Es plausible ignorar para no forzar el olvido, saber restar a sumar para que los números no nos desborden, entender que una foto no es un símbolo, sino imagen aislada del entorno, desperdigada por azar de una exposición que nunca tuvo lugar.

Save the Children nos previene: la mitad de las personas que requieren protección internacional hoy son niños y niñas. Pero vivirán afuera en la calle, pensamos, porque por casa no andan. Si miramos, no vemos. Y si no vemos, será con toda seguridad que no hay foto. Porque las palabras, quién lo diría, sabemos que se las llevó el tiempo hace mucho. Y eso que entonces todavía andaban inventando internet.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 31 de enero de 2020

  • 31.1.20
El viajero probablemente siempre, o durante mucho tiempo aún, optará por los mismos destinos ya conocidos. Tal vez solo cambiará a la larga su mirada. Los años proponen siempre otros ángulos desde donde observar la vida. En los primeros viajes buscábamos la sorpresa, tener debajo de los pies la tierra que nos mostraban por primera vez imágenes fijas o en movimiento.



No éramos los primeros descubridores de ciudades ya conquistadas y asumidas como trozos propios de nuestra o de otra cultura. No descubríamos, más bien reconocíamos e identificábamos bastantes años después aquellos espacios que la humanidad había asumido como paisajes propios en otro momento en que nos existíamos.

Tal vez nosotros incorporábamos alguna anécdota a nuestras vidas de los días vividos en aquel lugar de ensueño. No es el caso de los inmigrantes y de los refugiados que fueron expulsados de su propia tierra para no morir de inanición o persecución en la propia casa.

No viajaron por propia voluntad. Entre las muchas razones o motivos que podríamos esbozar para viajar por el mundo, la más sofisticada sería para dedicarnos a aquello que nunca hacemos en la zona de confort. Cambiar unos días de lugar para empezar a ser otros y hacer cosas diferentes.

La escritora polaca Olga Tokarczuk, galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2018, escribe en su hermoso libro Los errantes que para ella lo más molesto es la quietud y añade que su energía que ella tiene en sí es generada por el movimiento: el vaivén de los autobuses, el traqueteo de los trenes, el rugido de los aviones del avión, el balanceo de los ferrys. Estar aquí, pero sin acomodarnos a que todos los días respiremos el mismo aire y repitamos los mismos protocolos de convivencia y de rutina.

Los años nos cambian. Obviamente. No solo porque habitamos un esqueleto malherido por el huracán del pasado o porque los demás adivinen en nuestra piel aquellos sueños ya inexorablemente resquebrajados. En mi caso, debo decir que me sigue gustando viajar, pero, cuando alcanzo el objetivo, huyo del movimiento y busco la quietud y serenidad necesarias sentado a la mesa de un bar o a la sombra de un árbol.

Viajo a Londres y vivo a la sombra del Támesis, no busco las vistas panorámicas del complejo cultural South Bank, ni al otro lado persigo las alturas del Palacio del Parlamento, la torre del icónico Big Ben y la Abadía Westminster, ese rincón imponente al que suelen ir y volver los reyes de vez en cuando para acomodarse bien la corona en sus cabezas monárquicas por si una revolución equivocada les pidiera cuentas algún día.

Al contrario, cruzo de punta a punta Porto Bello Road, atestada de tiendas donde puedes comprar bufandas de cachemir, sombreros de variados colores y estilos, corbatas, souvenirs inútiles, y de tenderetes con frutas y verduras.

Para estudiantes hispanos y otros trabajadores precarios que buscaron en la capital londinense un futuro que logramos desbaratar sin apenas esfuerzo en muy pocos años, y pronto golpeados también por el Brexit, Porto Bello abre las puertas de Foods & Wins of Spain, un comercio donde nuestros compatriotas buscan su identidad entre toritos de plástico, jamones de cebo, embutidos, quesos, vinagres, botes de Cola-Cao, desodorantes Billy, abanicos, chocolates varios, cafeteras, pimientos secos, botellas de Soberano, fabada Litoral, Chiquitín, productos Nenuco, conservas Ortiz, Licor 43, masa de churros... A unos metros, en Tavistaock Road, La Bodega ofrece a sus parroquianos fugaces sabores de nuestros pueblos.

Nos hospedamos en el Hotel Vincent House, ubicado entre Kensington y Notting Hill. Nos recibe María, una canaria gorda y simpática que se busca la vida entre carreras equivocadas y se busca en una escritura personal antes de que el sueño se la lleve cada noche hasta perderse en las playas cálidas de su isla dejada atrás.

Mi amigo Jesús Carrasco, que fue un pianista consumado y de una sensibilidad y virtuosismo manifiestos, vino a recoger un chelo que adquirió por internet. El vendedor tiene aires poco fiables. Con el chelo cargado a su espalda, le digo que deberíamos sentarnos en el pub que tenemos delante de nuestras narices: The Eagle, ubicado en Ladbroke Grove W. 10.

Nos sentamos sin otro fin que beber cerveza, objetivo alcanzado sin demasiados esfuerzos. Optamos por un plato de comida tradicional, un fish & chips, con puré de pera y salsa tártara. Pasan las horas por el día y las cervezas por nuestra mesa. Después de cinco horas, ya sin apenas luz, emprendemos el paseo de vuelta al hotel. Satisfechos con el cansancio ligero que proporciona el alcohol, Londres es otra ciudad.

Sentados como ingleses en este pub, observamos un barrio tranquilo, un cielo ahíto de nubes grises que no rompen en lluvia, ocho grados de temperatura, algo inusual en el mes de enero. Observando la ciudad, sin prisas, paseando por sus calles sin horarios obligados, no buscamos otro Londres, solo aquel que se desprende de las hojas caídas, la luz breve de los días del norte, el sabor sinigual de Johnnie Walker.

El whisky en Londres tiene un olor y un sabor diferentes e inimitables. Se lo digo a Jesús. Jesús me dice lo mismo. El avión sirve para desplazar al viajero de una a otra punta del mundo, pero solo un whisky único como el escocés te puede llevar a alcanzar el cielo. Un paraíso –quién lo diría– aún por descubrir y conquistar. Un cielo que viene y que se va, como algunas mujeres. Como todo paraíso codiciado que tuvimos entre las manos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 24 de enero de 2020

  • 24.1.20
Gabriel García Márquez escribió alguna vez que todo ser humano tiene, en realidad, tres vidas diferentes: la pública, la privada y la secreta. Por alguna razón que el destino aún nunca ha decodificado, en ocasiones estas tres ramas de cada uno se unifican en una sola verdad.



Salman Rushdie, por ejemplo, vivía en todo su esplendor literario, cuando se salió del mundo para esconderse en una vida clandestina. El ayatolá Jomeini declaró su cuarta novela, Los versos satánicos, una blasfemia contra el islam, decretó en 1989 una fetua contra el escritor y ofreció una recompensa a quien lo ejecutara. Desde entonces, y hasta que se levantó la fetua, vivió en la sombra, rodeado de guardaespaldas.

La publicación de Gomorra en 2008, la primera obra de Roberto Saviano, conmocionó al mundo y cambió para siempre la vida de su autor. Este increíble y fascinante relato real es un viaje al imperio empresarial y delictivo de la Camorra. Publicado en 52 países, ha vendido 2.250.000 copias en Italia, y unos 10 millones en el resto del mundo, y fue elegido por la RAI como el libro del año de 2008 en Italia. Desde su publicación, Saviano ha vivido una vida paralela a la Rushdie. Huidos y condenados por escribir.

Thomas Pynchon, a quien solo le persiguen las leyendas, es el más elusivo de los escritores vivos. Se sabe que sus obras no las escribe un genio oculto ni un escritor famoso que esconde su nombre detrás de su propio nombre. Salman Sushdie lo conoció en una cena. Dice de él que es alto, de pelo blanco a lo Einstein y dientes de Bugs Bunny. Creyó que a partir de entonces se verían a menudo. Pero no. Nunca más supo de él.

Se le conoce por su narrativa compleja y laberíntica, así como por su aversión a los medios de comunicación. De él solo se conoce media docena de fotos de cuando era estudiante y recluta en la Marina. Su obra El arco iris de gravedad fue rechazada por el jurado del Premio Pulitzer por considerarla obscena y ganó el National Book Award; ajeno a la polémica, el autor mandó a recoger el premio a un comediante.

Citado periódicamente como candidato al Premio Nobel de Literatura, el crítico Harold Bloom citó a Thomas Pynchon como uno de los más grandes novelistas estadounidenses de su tiempo, junto a Don DeLillo, Philip Roth y Cormac McCarthy. Efectivamente, se merece el Nobel de Literatura, lo que nadie sabe es quién lo recogería en su nombre, en caso de que se le concediera, ni por qué rehuye tanto prestigio reconocido.

En estos tiempos en que todos exponemos nuestra intimidad en las redes sociales, cuesta entender a alguien como Thomas Pynchon, que preserva su intimidad al alcance de cualquiera. No importa las razones. Pepa Flores –o Marisol, como más gusten– también un día se escondió huyendo del flash, del papel cuché, de las tertulias del corazón, de quienes pretendían devorar sus vísceras para alimentar sus necesidades fagocitadoras. Quería que nadie se acordara de ella. Quería preservar los hilachos que conservaba de su intimidad mancillada y vivir lejos de los focos, de los fogones, del éxito mal entendido.

Ahora la gala de los Goya le rinde homenaje. ¿Aparecerá en aquel escenario? Claro que no. Ella no quiere hablar de un pasado que pretende olvidar, y su presente y su futuro se balancean en otro espacio del que solo ella es propietaria.

Todos nos enamoramos de ella. Primero, nos sorprendimos con la niña malagueña, con la niña prodigio, con su voz aguda, con su desparpajo. De golpe, sin darnos cuenta de que el tiempo todo lo muda, se nos hizo mujer. Y la quisimos aún más, con su voz rota y aguardentosa, con su tristeza tan bella de criatura maltratada. Pese a tanta confusión, no perdió la firmeza de su mirada ni la tristeza la tiró a un lado del camino.

Dijo que no quería recordar aquellos años del éxito y de la niñez perdida, que quería olvidar tanto desatino. Fue cuando los demás descubrimos que detrás de la fama se puede esconder la infamia, y que detrás de los aplausos se amasa una soledad honda que no se puede descomponer ni con ácido. Hace 35 años dijo que no hablaría de todo aquello. En 1985, después de presentar en el Festival de San Sebastián la película Caso cerrado, como si el título fuera un pie de foto de su propia vida, calló hasta hoy.

Tal vez la pusieron en lo alto del escenario para olvidar de la corrala con letrina compartida en la calle de Rufino de la niñez. Fue la novia que todos compartimos sin que los celos se interpusieran entre nosotros. Solo el fotógrafo César Lucas se atrevió a mostrarnos una Pepa Flores en la portada de Interviú en 1976, si bien las fotos databan de 1970, tal como muchos la concebimos en sueños inútiles. Su belleza exterior solo estaba a la altura de su alma.

Su boda con Antonio Gades se celebró en Cuba. Ni siquiera Fidel Castro se la perdió. Después, cedió los derechos de sus discos y de sus películas a cambio del olvido. Ni siquiera así lo consiguió. Porque el privilegio del olvido nunca les será concedido a criaturas como ella, en quienes la ética y la estética se funden para que nos olvidemos todo lo que sobra: tal vez del resto del mundo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 17 de enero de 2020

  • 17.1.20
La desigualdad tiene un horizonte ancho, un piso firme, una visibilidad neutra. Quien se niega a verla no la ve, incluso desmiente su existencia, mira al otro lado. Muy propio de este país. Pero la mirada no mueve el paisaje. Richard Wilkinson, epidemiólogo, historiador económico y activista británico, ha dedicado toda una vida a estudiar los efectos de la desigualdad. Y advierte de que sus efectos no son tan obvios.



No hay ciego más eficiente que quien no quiere ver. Pero la desigualdad afecta a la felicidad, al bienestar, a la salud, a la esperanza de vida, al valor de cada uno en la sociedad, a los resultados académicos de los niños.

Wilkinson no se queda corto. La desigualdad provoca el aumento de consumo de drogas, causa infinidad de problemas muy perniciosos. Pero estos estragos que son más habituales en los estratos más bajos –advierte Wilkinson– se extienden por toda la sociedad y nos alcanzan y dañan a todos.

La pandemia de la desigualdad se multiplica como las malas hierbas en los jardines bien ornamentados y regados, y se extiende como enredaderas y crece entre los muros de las fortalezas heridas de la sociedad del bienestar social. Insensible al tacto, quema la yema de los dedos, distrae la atención, confunde la memoria, distorsiona los sueños, altera la velocidad y la dirección de los vientos, desmiente las pocas verdades que ya apenas se sostienen por sí solas.

La desigualdad se extiende como un tsunami invisible, cuyos destrozos apenas percibimos, pero va dejando una regadera de muertos continuos y ajenos a nuestras vidas. Como si el caos no nos afectara, como si la pobreza cada vez más creciente solo fuera un mal ajeno, como si las vacaciones soñadas y nunca cumplidas no fuera con nosotros.

En esta oscuridad donde habitan los desheredados de la tierra, la luz es un bien inasequible, burdo, incómodo. Mejor no saber para no ir muriendo de vergüenza y desamparo. Mejor ignorar cuando no hay valor para asumir un futuro inasequible. Mejor callar cuando no hay palabras para describir la tristeza de no tener otro techo donde cobijarnos. En definitiva, no saber para no correr riesgos.

La crisis económica y financiara que nos abrazó y abrasó en la última década abrió una brecha social imposible de cerrar en muchos años o siglos. Nadie sabe. Es más. La brecha social va abriendo paso a la grieta cultural, que es la enfermedad y la barbarie que nos diferenciará aún más y que nos enfrentará.

Pero este temblor de tierra, como siempre, irá por barrios. Estudios y expertos coinciden en que la segregación aumenta, en relación a las crecientes desigualdades provocadas por el modelo económico vigente. Sergio G. Fanjul escribe que esta tendencia puede provocar problemas en las megaurbes hacia las que nos dirigimos inexorablemente.

Las Naciones Unidas prevén que un 68 por ciento de la población social mundial vivirá en ciudades en 2050. En España ya vive el 80 por ciento. ¿Qué decir de la España vacía y vaciada? Las ciudades, añade Fanjul, son y serán el escenario de los conflictos sociales presentes y futuros.

¿Qué elementos influirán en este proceso inaplazable e inevitable? La merma del Estado del bienestar, la mercantilización de la vivienda y la turistificación. Estas fuerzas son procesos que contribuirán a la separación entre las personas. La condición de crisol de gentes y de culturas en las ciudades se irá apagando irreversiblemente. De hecho, para quien se atreva a observar, el paisaje está pintado.

La desigualdad ya rompió los sueños, ahora comienza a provocar estragos en la vida cotidiana. Mientras tanto, nosotros distraemos la atención en series repetidas y repetitivas, con un vaso de ginebra entre las manos, pretendiendo ignorar la esperanza despedazada de los hijos y la incapacidad propia de argumentar verdades a medias que les calme de las palpitaciones que no adivinamos.

La desigualdad nos mata cada día y no lo vemos. Miramos más allá, donde solo hay objetos muertos. Y esperamos el amanecer como si un nuevo mundo, que no ha nacido, alumbrara en lo más hondo de un horizonte que nunca fue y que no está.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 10 de enero de 2020

  • 10.1.20
Hay que ser muy serios para hablar de humor, para hacer humor, para defender la capacidad satírica y de dar opinión que tiene el humor en cualquier formato en los medios de comunicación. El periodista Jorge Bustos advierte que la mejor forma de opinión de un periodista no es el ataque frontal, sino la ironía.



El productor ejecutivo de El Intermedio, Miguel Sánchez Romero, sabe que unir humor e información es un trabajo muy complejo y que la utilidad del humor es hacer un ajuste de cuentas. Pero cabe preguntarse si vivimos en nuestro país el mejor momento para el humor. El excantante de Siniestro Total, Julián Hernández, asegura que “antes se podía hacer humor de todo y ahora parece que hay un patrón de qué es gracioso y qué no”. “Tenemos un problema”, dice, “con la ironía y el sarcasmo”.

No es ningún descubrimiento que la historia de la prensa satírica en España ha estado siempre ligada a la lucha contra la censura. Desde la primera revista, El Duende Crítico de Madrid (1735) que ya circulaba clandestinamente, múltiples cabeceras han desafiado al poder desde el humor y la sátira.

Aunque pueden parecer muy lejanas, las publicaciones del siglo XIX fueron en su momento cabeceras de gran difusión e impacto entre el público, especialmente a partir de la revolución de 1868, cuando se amplió la libertad de prensa y aparecieron las publicaciones que servirían de modelo a nuestro periodismo gráfico: Gil Blas (1864) y La Flaca (1869). Durante el siglo XX, la prensa satírica se modernizó. En los años veinte y treinta, se crearon algunas cabeceras vanguardistas de humor refinado como Buen Humor (1921) o Gutiérrez (1926).

El humor gráfico no se detuvo en España ni durante la Guerra Civil, periodo en el que coexistieron revistas satíricas en ambos bandos. Posteriormente, y ya en la postguerra, salió a la luz La Codorniz (1941) y hubo un buen número de publicaciones clandestinas que se siguieron publicando durante el periodo gris y monolítico del franquismo.

La última eclosión de la prensa satírica se produjo en la época de la transición democrática, una década de esplendor (1970-1980), con el nacimiento de cabeceras míticas como Hermano Lobo (1973), El Papus (1973), Por Favor (1974) o la decana del humor español, El Jueves (1977). Javier Domingo Gómez afirma que, aunque la prensa satírica ha sido considerada siempre prensa menor, sin embargo, ha tenido mucha importancia, a nivel popular, desde sus comienzos hasta nuestros días.

Hoy, en este sentido, parece que se inicia un renacer de esta prensa especializada. Una tendencia que se ha extendido, con distintos formatos, a otros medios. El humor se ha trasladado a la radio, la televisión o Internet, en el que tiene cabida una gran importancia las redes sociales y los característicos memes.

El humor es la herramienta idónea para decir cuanto no cabe en un editorial. Y aquí es precisamente que nos preguntamos dónde están los límites o si los límites al humor, la sátira y el sarcasmo deben existir. En todo caso, las consecuencias son previsibles.

La prensa satírica siempre fue combativa y por la misma razón la combatieron. En España, hace 40 años, los grupos de ultraderecha intentaron acabar con la redacción de El Papus. Y en París, fueron los grupos islamistas quienes atentaron en 2015 contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo.

El ensayista estadounidense Elwyn Brooks White decía que “explicar un chiste es como diseccionar una rana. Lo entiendes mejor, pero la rana muere en el proceso”. Algo así pensaría el humorista Dani Mateo que tendría que explicar al juez cuando le llamó a declarar acusado de ofensas y ultraje a símbolos de España (artículo 543 del Código Penal) y un delito de odio (artículo 510) por simular sonarse la nariz con una bandera de España.

Parece ser habitual que la sátira moleste a quien no esté de acuerdo con ella. ¿Pero Dani Mateo cruzó la línea roja? ¿Hacer humor con un símbolo significa, necesariamente, reírse del símbolo? Se ha escrito que el objetivo del sketch de Dani Mateo no era reírse de la bandera, sino de quienes creen que la bandera es un símbolo intocable. Por eso juega con los dos elementos que la componen: el valor simbólico y el hecho material.

Es decir, no es solo un trapo, pero también es un trapo. Al usar ambos planos a la vez es donde se produce la incongruencia, uno de los mecanismos clásicos del humor. El sentido del sketch de la bandera era demostrar que, cuando los ánimos están muy caldeados, las banderas se vuelven más importantes que las personas. Y eso es peligroso. Por eso, dice, “me desmoronaba al comprobar que me había sonado en ella. Nunca fue ofender”.

Una de las funciones del escritor, y también del humorista, es molestar. Y a veces ambos molestan por hacer bien su trabajo. Según escriben Peter McGraw y Joel Warnen, el humor tiene que responder a lo que llaman una "agresión" o "violación benigna". Es decir, tiene que transgredir alguna norma social o alguna idea preestablecida, pero dejando claro que no se trata de una agresión real.

El humor provoca incomodidad, pero es inofensivo. Que un chiste resulte ofensivo, no significa que sea un delito. En el Undécimo Encuentro Internacional de Lengua y Periodismo celebrado en 2016 en San Millán de la Cogolla quedó claro que el humor es opinión, una toma de postura, un desajuste con la realidad, una discrepancia con el mundo. Y que el humor aplicado a la información es un ajuste de cuentas civilizado con el poder.

Pero también quedó claro que detrás de un buen chiste hay muchas horas de trabajo serio; que a quien opina en tono de humor, se le permite exagerar. Pero hay también un aspecto ético, una responsabilidad del humorista, vinculada a la libertad de expresión: que se pueda sostener en broma lo mismo que se pueda sostener en serio. Porque los límites del humor deben estar más marcados por la sensibilidad personal y social que por las leyes.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 3 de enero de 2020

  • 3.1.20
La lluvia es uno de los fenómenos del medio ambiente más comunes y al mismo tiempo más sorprendentes y fantasmales, aún dentro de su simpleza. En términos científicos, la lluvia no es más que la precipitación de agua desde las nubes hasta la tierra. Pero qué es la lluvia antes de ser lluvia.



También en términos científicos, podríamos decir que todo se inicia con la condensación del vapor de agua que se encuentra dentro de las nubes y que, por ser más pesado al ser frío, cae por la gravedad hacia el suelo. Pero tal vez la lluvia, antes de serlo, pretenda ser algo más.

Jonathan Coe escribió una novela perfecta de título enigmático: La lluvia antes de caer. Escribe en estas páginas:

(…) No me importa que llueva en verano. Hasta me gusta. Es mi lluvia favorita.
—¿Tu lluvia favorita? –dijo Thea–. Pues la mía es la lluvia antes de caer.
—Pero, cielo, antes de caer en realidad no es lluvia. (…) Es sólo humedad. Humedad en las nubes. (…)
– Ya sé que no existe. Por eso es mi favorita. Porque no hace falta que algo sea de verdad para hacerte feliz, ¿no?

Donde no llega la ciencia, claro, la literatura abre otras posibilidades. La lluvia, por supuesto, antes de caer, también es lluvia. Aunque no exista para la ciencia. Pero todo lo es en tanto que nosotros pensamos que puede estar ahí.

Para mí, el agua ya caída de las nubes también es lluvia, una lluvia mansa que pisamos al andar y que se viste plateada con los primeros rayos de sol. El agua llovida sigue siendo lluvia, una lluvia atrapada en los campos cuarteados por la sequía, en los bulevares de las ciudades desiertas, una lluvia que se consume inexorablemente en ella misma y se hunde en lo más hondo de la tierra, como si la atravesara de punta a punta. Y tal vez siga siendo lluvia en ese mundo subterráneo que perdemos a la vista y a la conciencia.

El agua llovida nos trae el olor a tierra mojada, la sensación de que somos también elementos insignificantes del universo, una sensación de río improvisado que todo lo destruye y lo quiere para sí, que desmocha proyectos que creíamos imperecederos y construye balsas de agua donde antes todo era desierto, y mares sutiles que también desembocarán en los mismos mares de siempre.

El agua de lluvia viene para irse y, a veces, observando el paisaje después de la batalla, deja un reguero de muertos sólidamente fabricados y sin identidad, deja la tormenta –palabra prima hermana de tormento– un fogonazo de viento acabado y definitivo.

La lluvia, a veces, también es mansa, como el agua llovida que pisan nuestros pies y modela nuestros pasos en un caminar indiferente después de la lluvia. Más allá de la lluvia, entre ese espacio y tiempo de la lluvia antes de caer y el agua después de llovida, hay un enigma encriptado que juega con nosotros para devolvernos un mundo inexistente y necesario que solo existe en las propias palabras, y que más tarde se diluye en la propia memoria, donde un día nada existirá, sin más recuerdo que los zapatos mojados y el aire otra vez puro y limpio.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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