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sábado, 15 de febrero de 2014

  • 15.2.14
Francisco de Goya fue capaz de anunciar nuevos horizontes en el mundo de la pintura, puesto que llegó a ser el puente que enlazaría las formas tradicionales de entender un cuadro con la modernidad, en el sentido de que, por un lado, las obras no tendrían necesariamente que ajustarse a los gustos de los mecenas o los que las encargaban, sino que podrían representar los modos de ver y de sentir de los propios pintores.

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Por otro lado, el rigor pictórico y la pincelada precisa, casi fotográfica, que habían dominado hasta entonces dejarían de ser los rasgos definitorios de un buen artista plástico. Si en la anterior entrega pudimos ver estas características en su obra de juventud titulada Aníbal vencedor, unos años más tarde, entre 1793 y 1794, nos presenta un cuadro titulado El incendio en el que el valor de la pincelada rápida y amplia, la calidad de la superficie pictórica y la sinceridad emocional del artista quedan plenamente plasmadas en el mismo.

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El dramatismo intenso de esta obra hay que entenderlo desde la perspectiva de la situación por la que atravesaba su autor, ya que por esas fechas, debido a una enfermedad, se queda totalmente sordo, hecho que le afecta anímicamente, por lo que traslada la angustia que le provoca verse separado de la realidad por el muro de silencio que se interpone entre él y el mundo exterior.

Una década más tarde, la tragedia no sería de tipo personal sino que afectaría a todo el pueblo español, puesto que en el 27 de octubre de 1807, con la firma del Tratado de Fontainebleau entre España y Francia por el que acuerdan invadir Portugal, empieza a fraguarse el desastre.

En dicho tratado, firmado por Manuel Godoy, valido del rey Carlos IV, y Napoleón Bonaparte, se permitiría el paso de las tropas francesas por el territorio español, lo que sería origen de la invasión de la Península Ibérica y el comienzo de la Guerra de la Independencia.

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Así, las tropas francesas entraron por la frontera vasca. Pronto se comprobó que los planes de Napoleón iban por otro lado, cuando sus tropas tomaron posiciones en distintas ciudades españolas para suplantar la dinastía de los Borbones por una propia, encabezada por su hermano José Bonaparte. Los acontecimientos comienzan a precipitarse con el motín de Aranjuez del 17 de marzo de 1808 en el que se exige la abdicación Carlos IV y el procesamiento de Manuel Godoy.

La intención de anexionar España al Imperio napoleónico no podía seguir ocultándose. Ya se conocen las intenciones de Napoleón Bonaparte. De este modo, el levantamiento del pueblo de Madrid, en la memorable fecha del 2 de mayo, fue el inicio de una guerra de resistencia contra las fuerzas ocupantes.

Años más tarde, en 1814, ese levantamiento lo plasmaría Goya en uno de sus cuadros memorables: El Dos de Mayo, también llamado La carga de los mamelucos. En este lienzo, que se encuentra en el Museo del Prado, plasma a personajes populares que se lanzan, en pleno centro de Madrid como es la Puerta del Sol, contra el cuerpo de caballería de los mamelucos, mercenarios al servicio de Francia.

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Si hay un cuadro verdaderamente emblemático de la obra de Goya (junto a sus dos majas) es el que lleva por título Los fusilamientos del 3 de mayo. Este lienzo es una de las cumbres de la pintura mundial, no solo por el significado de lo que representa: el heroísmo de un pueblo que se subleva contra sus ocupantes, sino también por la técnica de pintura de pincelada suelta y rápida, cargada de expresividad, que se centra en los rasgos esenciales de la escena para plasmar el dramatismo de unas ejecuciones colectivas en la zona de la Moncloa de Madrid por los soldados franceses.

Toda la tensión de esta magnífica obra está centrada en un personaje arrodillado, expresado pictóricamente con extrema simplificación, que levanta sus brazos en lo alto, con rostro desafiante y rodeado de sangre en su entorno, sabiendo que dentro de unos momentos va a morir. Es la expresión de la valentía y de la grandeza de un pueblo que no quiere verse sometido a un poder extranjero.

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Paradójicamente, durante el tiempo que estuvo José Bonaparte (Pepe Botella para el pueblo), entre 1808 y 1814, se promulgaron leyes de corte progresista y liberal, hasta ese momento no conocidas en este país. Recordemos, como hecho relevante, que en 1812 las Cortes se reúnen en Cádiz promulgando una Constitución que llevaría el nombre de la ciudad.

Tras ese período, el 22 de marzo de 1814 retorna a Madrid Fernando VII “el Deseado”, cuya política, tras una etapa de moderación y de leyes avanzadas, desemboca en un tremendo absolutismo y represión, olvidando las promesas realizadas en el Tratado de Valençay de perdonar a los “afrancesados”, es decir, a los españoles opuestos a la violencia de las tropas extranjeras, pero acordes con la ideología progresista de Francia de aquella época y que se trasladaba a este país.

Entre esos “afrancesados” se encontraba Francisco de Goya y Lucientes, del que vemos su Autorretrato correspondiente a 1815, un año después de la marcha de las tropas francesas.

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La decepción de Goya con el inepto y despótico Fernando VII se hace patente, aunque personalmente no sufriera represiones por sus ideas liberales. Se va aislando cada vez más, de forma que en 1819 adquiere una casa de campo en las afueras de Madrid donde se refugiaría. Bautizada como “La quinta del sordo”, sería el lugar en el que comenzaría las denominadas como “pinturas negras”, entre las que se encuentra Saturno devorando a su hijo.

Pronto dejaría su recién adquirida casa de campo, puesto que la represión absolutista de Fernando VII, monarca necio, despótico y manipulador, alimentó sus temores a causa de sus contactos durante la ocupación francesa y de sus conocidas simpatías con las ideas liberales y progresistas. Es por ello que, en 1824, decidió exiliarse a Francia, dado que no soportaba la España oscura y negra que estaba viviendo.

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Exiliarse voluntariamente a los 78 años representaba una amarga y triste experiencia, aunque ese ha sido el destino de muchos españoles en diferentes momentos de los dos últimos siglos, sea por defender sus ideales como por motivos económicos. (También en la actualidad, de tiempos negros y reaccionarios, muchos jóvenes tienen que salir de nuestras fronteras para buscarse un horizonte que se les niega en este país.)

Después de una breve estancia en París, se establece en Burdeos, la capital de la Aquitania francesa. Allí realiza sus últimas obras, entre las que se encuentra La lechera de Burdeos, que se interpreta como el “canto de cisne” de uno de los artistas más importantes de la historia de la pintura.

Francisco de Goya y Lucientes fallecerá a los 82 años, en la ciudad francesa que lo acogió y en la que residió sus últimos cuatro años. Fue enterrado en un pequeño panteón de Burdeos. Años más tarde, en 1919, sus restos se trajeron a España, recibiendo sepultura en la ermita de San Antonio de la Florida. Finalmente, fueron trasladados a su tierra natal, una vez reconocida su grandeza como la de un pintor que marcaría un hito en la Historia del Arte.

AURELIANO SÁINZ

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