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jueves, 22 de mayo de 2014

  • 22.5.14
En la tele ganó Valenciano. En la urna es otra cosa. A Cañete, por lo visto, le dijeron que no podía ser Cañete y Arriola consiguió dos cosas: que Valenciano le ganara el debate y “desestructurarlo” como hacían en El Bulli con la tortilla de patatas. Con ello, anuló el mayor activo de su “protegido”: su campechanía y naturalidad.

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Encorsetado, rígido, “empapelado”, fue incapaz de un espontáneo corte al torrente demagógico y catastrofista que, con mucha seguridad y desparpajo, le endilgaba Elena Valenciano. Aún así, el candidato popular considera que fue lo mejor que pudo pasarle pero, a juicio de muchos, al intentar explicarlo, ha metido por segunda vez la pata.

Hay quien piensa que el gurú Arriola cobra –y muy bien- del PP, pero parece trabajar para el PSOE. Sus dos últimos “éxitos” fueron el de la incomparecencia de Arenas en el debate de las andaluzas –un fiasco absurdo y evidente pues, tenía todo a su favor y el hecho de tener que pelear en territorio “enemigo” no era excusa sino hasta aliciente- y el de la noche del jueves –donde logró que, en el debate, Arias Cañete fuera cualquier cosa menos Cañete-.

O sea, que su idea de esta cuestión es, primero, mejor no ir y, segundo, si hay que ir, que el que vaya no parezca él mismo. En las elecciones andaluzas ya se sabe lo que les ocurrió. En esta ha logrado dar ánimo a un rubalcabismo en estado terminal donde Chacón, previendo la hecatombe, se había borrado ya de la campaña y había decidido no asomar ni por un rincón.

La candidata socialista usó y abusó de dos resortes: la demagogia populista y el catastrofismo. El candidato popular no fue capaz de darle el corte más sencillo y que la realidad avala: que quienes negaron con empecinamiento suicida la crisis son ahora quienes abjuran y se niegan a ver cualquier síntoma de recuperación y esperanza.

Sólo cuenta en este sentido y en cuanto a imagen que las interrupciones, apostillas y muletillas de la socialista –que debieron ser cortadas y no lo fueron por la moderadora, María Casado, cuando se había convenido respetar los turnos-, aunque pueden en apariencia favorecerla en el magín de muchos, suponen una tacha para quien lo practicó.

Pero es indudable que Valenciano llevó la iniciativa y lo condujo al terreno que le convenía. Una especie de Debate sobre el Estado de la Nación y una lista de reproches, agresiones y sadismo social que sólo se explica por la maldad intrínseca de la derecha. En síntesis, que en cuanto a la tele, es una obviedad reconocer que lo ganó.

También –y esto sí tiene algún recorrido mayor- consiguió Elena Valenciano alentar a su parroquia. Esperaban menos de ella y los reconfortó, mientras que en Cañete fue al revés: esperaban más de él. Los socialistas van a tener, al menos, un clavo al que agarrarse hasta el próximo domingo.

Pero la impresión televisiva y la evanescencia de rosadas palabras chocan de frente con realidades que pueden sustanciarse de aquí al domingo en que lo que parece un mínimo oasis haya sido un espejismo y, el lunes, el desierto más crudo sea el horizonte.

Porque el problema para el PSOE, Rubalcaba y Valenciano es que su discurso se da de bruces con la memoria, muy reciente, y con los hechos más palpables. La herencia zapateril no es un recurso, es un drama que dejó a España ante el abismo y en una situación de irrelevancia en Europa y el mundo (ahí marcó uno de sus pocos goles Arias Cañete).

Estuvimos asomados, por la gestión y delirios socialistas, a la quiebra y al rescate-embargo y ahora hay una sensación y datos recientes, crecientes y continuos, de que de la recesión hemos salido y comenzamos a avanzar en la salida de la crisis y en la mejoría de la economía y el empleo. Y ello, mucho más que los mítines, cuenta para los más a la hora del voto.

No sé hasta qué punto el debate puede influir en tal aspecto. Me parece que no va más allá, y no es poco, de dar aliento a los propios feligreses, que en unos comicios tan poco concurridos puede ser significativo, pero también activa el resorte contrario, de movilizar a quienes se sienten enfadados por esa exhibición de desmemoria y demagogia. Las urnas dirán.

Por ahora, lo que existen son los sondeos y, hasta el pasado jueves, indicaban un deslizamiento hacia debajo de los socialistas. Invertir la tendencia, por mucha propaganda y jaleo, no parece factible, pero sí creo que, al menos, han frenado la caida.

Sin embargo, si hubiera que pronosticar algo, me arriesgaría a decir que sí, que en la tele Valenciano arrimó el ascua a su sardina, pero eso no es lo mismo que arrimar el voto a la urna y que, en eso, incluso hasta en esa noche en que Cañete no era Cañete, el PP lleva ventaja.

ANTONIO PÉREZ HENARES

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