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jueves, 13 de agosto de 2020

  • 13.8.20
Tenía intención de escribir para esta semana unas líneas menos serias y alejadas del coronavirus, tema que, de tanto oírlo, nos tiene ya aburridos. Pero la situación hace que vuelva a la carga. Incluso he dejado en el tintero material casi terminado sobre la mitomanía y los mitómanos, sobre el narcisismo. En definitiva, sobre valores que es necesario desarrollar para poder convivir dentro de este país cargado de recelos y rencor que, a veces, llega al odio y cuyas llagas reabiertas están supurando un pus maloliente y desde luego peligroso. Poco a poco las heridas se han emponzoñado.



En dicho caldo de cultivo surgen noticias que inquietan –y a la par aterran– relacionadas con la pandemia y el desastre que, día tras día, desde que oficialmente se reconoció como amenaza, está dejando importantes secuelas. A dicha debacle humana hay que añadir una seria caída económica y un descoloque del personal. Me refiero a la confirmación de ciertas actitudes que podemos calificar de peligrosas o tal vez de ¿pérfidas?

Este domingo pasado la sorpresa pudo conmigo. Al entrar en la prensa digital para dar un repaso rápido al panorama, quedo estupefacto por una serie de noticias gravemente negativas. La sorpresa me hace escudriñar más despacio dicha información puesto que, como bien es sabido, los bulos corren desesperadamente por el amplio y extenso prado de las redes sociales –a veces prado, a veces estercolero– y también por determinados digitales. Me refiero a las llamadas noticias falsas (fake news) que enredan al personal y, de paso, desvían la mirada hacia otros horizontes.

Ante la duda y la desconfianza reviso más despacio buscando poder confirmar dicha información. Mi sorpresa queda apabullada al enfrentarme con titulares parecidos en unos y otros digitales. Es más, acudo al Telediario de La 1, en Televisión Española, y ya terminan de machacar dicha sorpresa. Las noticias son ciertas y moralmente siniestras.

Acude a la memoria aquella frase de un amigo que cité en un artículo pasado y me dio cancha para desarrollar un poco el tema. Suave pero tajante, decía que no nos veríamos de momento porque “no quiero contagiarte”. Él, que yo sepa, no estaba contagiado, solo era precavido. Me sonó duro pero dicha dureza está confirmada por la realidad que estamos viviendo.

Los contagios rebrotan por doquier. Las causas son varias y variadas y si observamos el panorama con cierta amplitud de miras, entran dentro de una lógica afectividad robada. Como ejemplo pensemos en bodas, cenas familiares, cumpleaños, celebraciones varias, todas ellas cargadas de buena voluntad, de cariño contenido, de amor profundo en el sentido grande y amplio del término, pero no exentas de posibles contagios. A los hechos me remito.

Frente a ese deseo de compartir tiempo con la familia, de ver a los amigos, de intentar disfrutar, pese al peligro vírico, estando en juego la salud de todos, nos impulsa el estar con la familia, los amigos, a los que la pandemia nos ha condenado a estar separados.

Las normas están encima de la mesa y son para cumplirlas. Mascarillas, desinfectantes, limpieza higiénica de manos, distancia prudencial en playas, bares, evitar el contacto personal por muchas ganas que tengamos de repartir besos y abrazos… Son parte del equipaje de estos momentos que la mayoría de la población hemos aceptado con mejor o peor ánimo, pero son necesarias por nuestro bien.

Entro en la razón de estas líneas y cito algunos titulares: “Las quedadas para difundir el virus”, reza un titular de 20 minutos. ¿Verdad? ¿Mentira? ¿Creación de alarmas? ¿Un bulo más? En ABC aparece: “Las fiestas del Covid: «descerebrados» que tosen en los vasos para contagiar a los demás”. Entran escalofríos.

Otro titular de pánico. “Desalojan una playa de Tenerife donde habían quedado 62 personas para propagar el coronavirus”. “Los asistentes habían sido convocados a través de las redes sociales”. ¿Premeditación y alevosía? Noticia que también apareció en el Telediario de La 1 de TVE. ¿Nos hemos vuelto locos?

Otra perla. Beber a botellón y después espurrear la bebida sobre el público, amén de pasar la botella de boca en boca, es un amago de suicidio. En dicho evento musical había mogollón de gente que pudimos ver a través de varias cadenas televisivas. Recordemos que “no hay juventud sin riesgo”, pero eso es lo que hay.

Paréntesis. El significado de "mogollón" puede ser “gran cantidad o gran número” (de algo); también “holgazán o gorrón”, pero no se refiere para nada a personas. Admito que dicha palabra referida a personas no me cuadra…

¿Qué juventud hemos formado, qué educación han recibido en casa y en la escuela para no respetar y defender la salud propia y del otro? ¿Qué castigo se debe aplicar a quien atenta contra la salud y la vida de otros? Un detalle curioso: es impactante el anuncio publicitario que va desde los grados de una cerveza a los grados del crematorio. Parece ser que cierta juventud tampoco ve la televisión…



Todo esto está desconcertando al resto del personal. Leo en ABC que "somos un país incapaz de controlar la epidemia". Vamos a la deriva y una de las graves consecuencias, además del aumento de contagios, tanto en viejos como personas de mediana edad, es el frenazo de la economía en general. Y, por si éramos pocos, desde el resto de Europa vetan el turismo y se destruye una de las fuentes de riqueza a la que no habíamos prestado atención, porque simplemente estaba ahí.

La realidad de fondo de este socavón es preocupante. “Cataluña aumenta el número de contagios y Andalucía dobla el numero de ingresos en la UCI”. Acercándome a El Confidencial entresaco literalmente el siguiente titular del periodista andaluz Javier Caraballo: “Virus y botellón, ¡prohibamos lo prohibido!… Si esas nuevas formas de relación social estaban prohibidas es porque se las consideraba intolerables para la convivencia ciudadana”.

Noticia reciente en las Noticias de Antena 3: “aumentan los contagios e ingresos de personal menor de 30 años”. La información cuadra con la cita anterior. El asunto no es algo baladí ni por el contenido ni por la forma. A los hechos me remito.

¿Intento de criminalizar a la juventud? No creo, pero sí de llamar a un comportamiento social valedero para todos. Con anterioridad hemos enarbolado la bandera de la solidaridad y una cierta entrega hacia los más desfavorecidos por las circunstancias virales. Muchas personas siguen necesitando del otro. Es el momento de poner en marcha valores como la confianza mutua, el respeto, la asertividad, la empatía…

¿Para qué sirvió el encierro cuando unos meses después de salir del mismo parece que la situación es aun más grave? ¿Tal vez la forma de desescalada no fue la acertada? Estamos ante un obstáculo que solo se aminorará con nuestra ayuda. Provocar al virus es una locura por parte del personal. No nos enfrentamos a un monstruito de Disney que una vez apagado el televisor lo mandamos a dormir. Éste no duerme.

Me hago eco del título de la canción Yo por ti, tú por mí que, además, se ha convertido en un proyecto sin ánimo de lucro para colaborar con los pequeños comercios. No deja de ser interesante. Voy más lejos buscando un espacio abierto a la entrega, a la ayuda, a compartir con el prójimo el pan y la sal para andar juntos el camino que nos ofrece el momento vital en el que estamos. Hay que seguir el camino aunque tenga piedras.

PEPE CANTILLO

miércoles, 12 de agosto de 2020

  • 12.8.20
En el siglo XIX la fotografía consagró un mito con larga trayectoria: el de la imagen objetiva. Desde los relatos de la antigüedad clásica sobre el naturalismo de las imágenes capaces de engañar al espectador sustituyendo el objeto por su representación mimética, a la visión “científica” que la perspectiva cónica aportó en la pintura del Renacimiento y que se perfeccionó con la obtención de imágenes de forma mecánica por medio de la cámara fotográfica. ¿A qué se debe esa presunción de objetividad en la imagen? Hay, desde luego, variadas razones, pero intentaré abordar alguna de ellas.



Las palabras nos describen cosas, acciones, emociones. Sin embargo, las imágenes las muestran, a veces de forma directa y otras a través de símbolos. Los cuadros, las fotografías, los dibujos nos revelan una visión del tiempo atrapado en un instante, mientras que las palabras transmiten su significado una tras otra en una larga cadena a lo largo del tiempo, no hay relato fuera de esa sucesión de sonidos en la continuidad temporal.

Mientras escuchamos o leemos nos dejamos llevar por el discurso que el otro va construyendo; aunque nuestra imaginación se dispare ante las sugerencias de la narración, es el autor el que controla el instante siguiente, el que pone las riendas a nuestra fantasía. El hilo narrativo es el que es y se expresa en esa constante sucesión de palabras.

Podemos recrear detalles de personajes y paisajes, pero el significado del relato está testarudamente determinado por el orden de verbos, sustantivos y frases. No hay significado fuera del transcurso temporal, ni en la prosa ni en la poesía. El autor tiene un pleno control de lo relatado y los lectores somos plenamente conscientes de que el sujeto-autor en cuanto que tal sujeto carga plenamente de subjetividad lo narrado.

En las imágenes, el tiempo lo pone el observador que puede dedicar un lapso mayor o menor para lo que verdaderamente consiste en una recreación de lo allí figurado. El autor propone, sugiere, pero el espectador tiene plena libertad para que su mirada se centre en esta figura o en aquella.

Jacob Burckhardt, en su magnífica Historia de la cultura griega, decía que para hacer una verdadera explicación de la historia de la cultura “lo más adecuado sería exponerlo como se expone una imagen…” porque “nuestro discurso es siempre sucesivo; es decir, informa poco a poco, mientras que las cosas de que se ocupa aquélla constituyen en su mayor parte una unidad poderosa y simultánea”.

La imagen se nos aparece como una forma más clara de contar las cosas. La imagen describe y muestra, y en cuanto que muestra parece que “demuestra”. Aceptamos las imágenes como una forma más verídica de representar la realidad porque aparentemente tienen una relación más estrecha y natural con los objetos que representan.

Hay una analogía de formas, de disposición en el espacio, de luces y colores. Y esta similitud nos lleva a aceptar a las imágenes como equivalentes de lo allí figurado. Y de aquí no hay más que un paso para considerar a las imágenes como un fiel retrato de la realidad.

Plinio, en su Historia Natural, nos habla de las excelencias como pintores de Zeuxis y Parrasio con una anécdota en la que ambos compitieron y Zeuxis “trajo las uvas pintadas con tanta verdad, que las aves llegaron a picotear. El otro trajo una cortina tan natural representada, que Zeuxis, orgulloso de la adjudicación por las aves, pidió que retirase el telón de una vez, para ver la imagen. A continuación, reconociendo su ilusión, admitió la derrota con hidalguía, ya que él había engañado a los pájaros, pero Parrasio había engañado a un artista como fue Zeuxis”.

Más interesante que las habilidades pictóricas de estos artistas, es la admiración que provoca su destreza para hacer representaciones miméticas de las cosas, “verdaderos” equivalentes de las cosas. Lo importante es el parecido con el aspecto visual de las cosas, no la descripción de las mismas por su significado o su concepto. Se les estima en cuanto “fotógrafos” de la realidad. Lógicamente esto tenía que desembocar en el invento de la fotografía, en cuanto que los descubrimientos y experimentos fotoquímicos lo permitieron.



En el Renacimiento se produce otro gran avance en este camino hacia la imagen como doble de la realidad: el uso de la geometría para dibujar un espacio que cumpla las leyes de la perspectiva visual. Para Alberti, el cuadro es una ventana abierta al mundo que aparecerá tal y como lo vemos al natural.

De esta manera, se supone que no hay una interpretación subjetiva de tamaños y distancias; personajes y escenarios aparecen “tal y como son”. O más bien como imaginamos que son, ya que en cuanto a los contenidos pintados siguen teniendo como tema dominante mitos y leyendas procedentes de un mundo místico, más ideal que real. Aunque poco a poco el mundo real irá penetrando en ese mundo espiritual, da la impresión de que la “objetividad” de las imágenes está al servicio de la verosimilitud de lo que no tiene realidad objetiva.

La “objetividad” de la perspectiva sirve como herramienta para dar verosimilitud a un imaginario mundo de creencias poblado de dioses griegos y cristianos. Eso sí vistos a través de la ventana de Alberti. Una vez más se trata de hacer visible lo invisible y de “vender” las creencias dominantes a un público crédulo e ingenuo que confía más en lo que puede ver pintado que en lo que su razón podría dictarle.



Resulta que vemos la imagen a través de la ventana, pero no vemos la ventana (la cortina de Parrasio) ni al dueño de la ventana que es quien decide lo que pinta, desde que punto de vista y sobre todo con qué intención. Aquí también hay un sujeto-autor que subjetivamente toma todas esas decisiones que convierten su obra en un producto totalmente subjetivo, pero de forma velada porque la invisible cortina de Parrasio no nos deja percibir las riendas que dirigen nuestra mirada y nuestras conciencias.

JES JIMÉNEZ

martes, 11 de agosto de 2020

  • 11.8.20
Aunque solemos separar la materia y el espíritu, y oponemos la naturaleza y la humanidad y, por lo tanto, el trabajo y el pensamiento, si reflexionamos detenidamente podemos llegar a la conclusión de que pensar es trabajar y trabajar es pensar. El hombre, incluso en las teorías más ortodoxas, fue formado del barro y es el resultado de un proceso evolutivo de la naturaleza.



Hasta las operaciones mentales más “espirituales” como el pensamiento se elaboran y se manifiestan gracias a los movimientos del cuerpo: pensamos y hablamos con la voz, con las expresiones de rostro y con los movimientos de las manos y de los brazos.

Por eso, podemos afirmar que pensar es una manera de trabajar, y trabajar es una manera de pensar: pensamos para ser mejores –o, a veces, peores– nosotros y para mejorar el mundo –o, a veces, para empeorarlo–. Como decía Mariano Peñalver, “somos cuerpos pensantes y manos inteligentes”.

Desde esta perspectiva no deberíamos sorprendernos al comprobar cómo las historias de la Ciencias, de la Cultura y de las Religiones son procesos de lentos acercamientos entre el hombre y la naturaleza, y cómo la dominación moderna del mundo, gracias a la ciencia y a la técnica, es el resultado de una progresiva identificación que resume la historia del hombre en su lucha por sobrevivir en su ámbito y por dominar unos espacios hostiles y extraños. Este largo proceso de "humanización" se aceleró cuando se comenzó a concebir a la naturaleza, no como un espacio oscuro o incognoscible, sino como un terreno próximo y amable.

La distancia entre la naturaleza y el hombre se acorta a medida en que descubrimos sus secretos y nos aparece como más cercana y más amiga. Fíjense cómo hemos ido pasando del miedo a la dominación y, ahora, de la dominación a la amistad.

Tengamos en cuenta, sin embargo, que tanto el hombre depredador como el hombre ecólogo se relacionaban con la naturaleza como algo diferente de lo humano pero que, poco a poco, van aceptándola como cercana, familiar y humanizada. Tampoco podemos perder de vista que, paralelamente, vamos progresando hacia la naturalización de lo humano, considerando lo natural y lo humano como un todo indisociable.

No es extraño, por lo tanto, que el Sínodo sobre la Amazonía y la Laudato Si’, nos proporcionen explicaciones de la visión cristiana de la ecología en las que se destaca la necesidad de proteger nuestra casa común mediante la unión de "toda la familia humana en la búsqueda del desarrollo sostenible e integral", y cómo cultiva la llamada “teología de la ecología” que propone una consideración de la naturaleza como una realidad profundamente espiritual.

El papa Francisco nos recuerda, incluso, que “la naturaleza está llena de palabras de amor” (Laudato Si': 225). Y es que, efectivamente, el hombre forma parte de la naturaleza y el trabajo humano es la expresión privilegiada de la energía de la naturaleza misma.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO


lunes, 10 de agosto de 2020

  • 10.8.20
El pasado jueves se cumplió el 75.º aniversario de la primera vez que se utilizó un arma nuclear durante una guerra. El 6 de agosto de 1945, el bombardero norteamericano Enola Gay dejaba caer una bomba atómica, que se acababa de inventar semanas antes, sobre la población civil de Hiroshima, matando al instante más de 70.000 personas y otras 100.000, posteriormente, a causa de la radiactividad.



Tres días más tarde, otra ciudad japonesa, Nagasaki, recibiría el mismo castigo, dejando un balance menor de víctimas, pero significativo en comparación con su población: 40.000 muertos por la explosión y otros tantos como consecuencia de la radiación.

Nadie hasta la fecha ha pedido perdón por las víctimas civiles de una atrocidad que no estaba justificada. La devastación sufrida por las dos ciudades determinó la rendición de Japón y el final de la Segunda Guerra Mundial.

¿Fue necesario el sacrificio de tanta gente inocente? La lógica de cualquier guerra se aparta de cualquier razonamiento racional, si se permite la redundancia, en el que imperan valores morales y éticos que no se tienen en cuenta para conseguir la victoria.

Porque si no se arrojaron las bombas sobre complejos militares e instalaciones gubernamentales implicadas en el conflicto, la única finalidad que se deduce de dicha decisión es que se usó la bomba atómica para demostrar la superioridad armamentística norteamericana y ocasionar un shock en el enemigo de tal magnitud que lo abocara a la rendición incondicional, como en efecto sucedió.

Japón, que solo mantenía una fuerte resistencia en el combate por tierra, se rindió el 15 de agosto, después de que la entonces URSS atacara a las tropas niponas estacionadas en Manchuria (China), infligiéndole grandes pérdidas y, lo que fue peor, desbaratando las intenciones de Japón de conseguir una posible mediación soviética, con quienes no estaban en guerra, para una paz negociada con Estados Unidos.

Los hongos nucleares que se elevaron sobre las dos ciudades no permitieron otra paz que la incondicional ni otra vía para alcanzarla más que la militar, aunque los “daños colaterales” provocados entre la población civil fueran inmensos y descomunalmente crueles y despiadados.

Ojalá este capítulo ignominioso de la última Guerra Mundial sirva para extraer lecciones acerca de que no todo está permitido en ninguna guerra, instando a la reflexión en el 75.º aniversario de aquella locura humana, precisamente en un momento, como el actual, en que existen demasiadas tentaciones bélicas por todo el planeta y ciertos mandatarios que presumen de poseer armas aún más destructivas.

DANIEL GUERRERO

domingo, 9 de agosto de 2020

  • 9.8.20
Algunas veces, con los amigos he utilizado la expresión que da título a este escrito intentando explicarles que, aunque me encuentre jubilado, continúo como profesor honorario, dado que la docencia es un trabajo que siempre me ha apasionado y lo vivo como algo que lo llevo en la sangre.



Creo que todos entendemos que la expresión "morir con las botas puestas" se refiere a que uno acaba su vida llevando adelante una actividad con la que se identifica y que de forma habitual desarrolla. No se refiere, por tanto, a grandes gestas o actos heroicos, dado que todos dentro de nuestro mundo podemos vivir con entusiasmo cualquiera de las facetas de nuestra existencia.

Bien es cierto que este dicho popular lo solemos sacar a colación cuando fallece alguien que ha tenido una larga y productiva vida, de modo que se marcha tras una labor encomiable. Es lo que recientemente sucedió con el compositor italiano Ennio Morricone, quien falleció el pasado 6 de julio a la edad de 91 años, dejando tras de sí una larga lista de bandas sonoras de películas tan conocidas como Érase una vez América, La Misión, Novecento, Cinema Paradiso, Los intocables de Eliot Ness o Los odiosos ocho.

Como bien sabemos, dejó una carta de despedida en la que nos decía:

Yo, Ennio Morricone, estoy muerto. Lo anuncio a todos los amigos que siempre han estado cerca de mí y también a aquellos que están un poco lejos los saludo con gran afecto. Imposible mencionarlos a todos (…).  Espero que sepan cuánto los he amado. Por último, pero no menos importante, María. A ella le renuevo el extraordinario amor que nos mantuvo unidos y que lamento abandonar. Para ella mi más doloroso adiós”.

Una sencilla y emotiva despedida que había escrito sabiendo que sus días terminaban, tras dejarnos un enorme legado de bandas sonoras que seguro algunas hemos escuchado.

De todas ellas, yo siempre recordaré la de La muerte tenía un precio, pues, siendo estudiante de Arquitectura en la Universidad de Sevilla, acudí junto a un par de amigos a un cine de barrio en la que la proyectaban. Quedé fascinado, tanto de la película como de su banda sonora, en la que había notas que imitaban a unos lejanos silbidos y que volvían a repetirse en otros filmes del denominado spaghetti western como fueron, aparte de la citada, Por un puñado de dólares, El bueno, el feo y el malo o Hasta que llegó su hora.

A partir de Ennio Morricone, las bandas sonoras de los filmes del viejo Oeste comenzaron a popularizarse, de modo que ya no solo eran las imágenes sino también la música las que daban entidad a esas películas. No obstante, en esta ocasión, como ilustración de "morir con las botas puestas" he seleccionado la imagen de Gary Cooper en otro film inolvidable: Solo ante el peligro.

Caminando serio, erguido, con los brazos descolgados ante el inminente peligro que acecha, marca bien los pasos, por lo que se muestra como el prototipo del personaje que mira de frente hacia su destino sin renunciar a los retos que tiene que afrontar.

Pero creo injusto que siempre sea una imagen masculina la que presida determinados valores. Ahora nos encontramos en un mundo en el que la mujer se ha ganado a pulso el derecho a que ella también se la represente, de forma que conviene que esos valores se apliquen a ambos géneros. De este modo, y dentro de las clásicas películas del Oeste, viene bien esta imagen de Johnny Guitar en la que aparece Joan Crawford en una de las escenas inolvidables que plasmó como director Nicholas Ray.



Siguiendo el rastro del título del artículo, quisiera manifestar que cuando uno echa la vista atrás emergen buenos e, incluso, magníficos momentos de la trayectoria que se ha llevado a lo largo de la vida. En mi caso, como docente, podría explicar muchos de ellos, pues ha sido el propio trabajo educativo el que cotidianamente me aportaba alegrías que las vivía como formando parte de mí (también, qué duda cabe, aparecieron momentos tristes e, incluso, amargos). Pero en esta ocasión quisiera referirme a un hecho que siempre recordaré.

Hace unos años, en la puerta de mi despacho sonó el toque de una mano que pedía permiso para entrar. Tras indicarle que sí, pasó una chica menuda acompañada de quien supuse que sería su madre. Era una estudiante de la Facultad que yo no la había tenido de alumna.

Tras presentarse, su madre me indicó que había sido alumna mía y que siempre me recordaba como un profesor tranquilo y atento con sus alumnos, por lo que quería pedirme el favor de si yo le podía dirigir el trabajo fin de grado a su hija. Estuvimos charlando de aquellos lejanos años en los que yo compatibilizaba el trabajo docente con el de arquitecto. Recuerdos inolvidables de mis comienzos en la Universidad.

“Por supuesto, que le dirigiré el trabajo a tu hija Marina. Pero hay algo que me ha llamado la atención y quiero preguntártelo. ¿Por qué habéis acudido a mí, cuando ella podía haberlo hecho con cualquier profesor o profesora que haya tenido a lo largo de la carrera?”.

La madre de Marina me indica que su hija es muy trabajadora, pero que tenía un carácter bastante tímido e inseguro, por lo que ella pensaba que yo sería el más adecuado para que no se sintiera cargada de dificultades durante la realización de la investigación.

Nos despedimos. Vi la alegría en el rostro de la alumna, dado que ella a lo que aspiraba era sencillamente a aprobar, puesto que defender un trabajo ante un tribunal le provocaba bastante inseguridad.

Algunos días después vinieron a mi despacho tanto su madre como su padre para agradecerme que yo la hubiera atendido. Pero lo más curioso es que también su padre había sido alumno mío y que ambos se habían conocido siendo compañeros de curso.

Me alegró profundamente que tras más de treinta y cinco años ellos me recordaran como el profesor por el que sentían admiración. Ellos eran maestros en ejercicio y ya conocían de primera mano lo que significaba el trabajo de la enseñanza.

Ciertamente, comprobé que Marina era una chica muy trabajadora e insegura que me consultaba habitualmente por correo electrónico la cantidad de dudas que le iban surgiendo.

Cuando se acercaba la fecha en la que tenía que defender su trabajo ante un tribunal, ensayamos varias veces, hasta que estuvo convencida de que lo hacía bien.

Pasada la defensa y anunciadas las notas, se presentó en mi despacho para indicarme, toda exultante, que había recibido una matrícula de honor. No dejaba de darme las gracias por todas las atenciones que le había prestado, pues no imaginaba que pudiera tener esa calificación. También sus padres, días después, me agradecieron el apoyo que le había prestado a su hija.

Hoy Marina es una maestra entusiasmada con su labor docente. Sus padres se encuentran cerca de la jubilación. Por mi parte, continúo como profesor honorario en la Facultad, pues como en cierta ocasión indiqué, y siguiendo el título de este escrito, yo no calzo botas; no obstante, como suelo decir, "moriré con los libros abiertos".

AURELIANO SÁINZ

sábado, 8 de agosto de 2020

  • 8.8.20
Esta mañana me he cruzado con él. Hacía tiempo que no lo veía: desde que cerró aquella coqueta cafetería que hacía esquina y que parecía un pastelito de fresa y vainilla. Hoy iba sin su mujer, esa señora que siempre mira hacia abajo, como si pidiera perdón por existir.



La gente del barrio hablaba de ellos: "Yo creo que él es mariquita y se casó con ella por las apariencias". "Ella trabajaba en un bar de copas de esos en que las mujeres son fáciles si les pagas". Comentarios vomitivos, jueces crueles de una realidad que no se conoce. ¿Qué más da si él, en una sociedad en la que querer a una persona de tu mismo sexo era ser "un vago y maleante", llegó a un acuerdo con ella?

Ella era una mujer que, a lo mejor por sus circunstancias –unas circunstancias que tienen mucho que ver con que la mujer era incapaz legalmente para firmar un contrato–, no le quedó otra que trabajar en aquel bar a donde no debería haber entrado si la historia social hubiese sido otra.

Todo esto es elucubrar: yo solo los conozco de vista, de ir al pequeño café, de saludarlos con un "hola" lejano por la calle. He entrado en el juego de la vecindad sin darme cuenta porque yo no sé si él es homosexual o si ella trabajó en una güisquería. Yo solo sé que los veo pasear juntos y que han tenido unos hijos que han sido queridos, han estudiado y se han buscado su futuro.

¿Y qué mierda le importa a nadie cuál ha sido su vida? Pero venimos de una cultura, de una sociedad, en la que nos ponemos por encima de todos y nos creemos mejores y lo suficientemente buenos o perfectos para tirar piedras a los otros, a los que nos parecen diferentes, porque no cumplen con esa imagen de familia que las fotos ñoñas nos enseñan.

Juzgar y decirles a los demás cómo tienen que ser. Pero, ¿nos conocemos nosotros realmente? ¿Conocemos nuestros lados oscuros, llenos de miedos y debilidades? ¿Nos gustaría que alguien nos mirara como miramos al que creemos "raro"? Pena que una sociedad que ha sido educada por la religión católica no recuerde el potente mensaje del Evangelio: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra". ¿Alguien está libre de algo?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 7 de agosto de 2020

  • 7.8.20
"Tocata" es una palabra que proviene del italiano -toccata, «para tocar»-, cuyo significado hace referencia a toda pieza de la música renacentista y de la música barroca para instrumentos de tecla, como el clave o el órgano, normalmente con una forma libre que en general enfatiza la destreza del intérprete.



Leo que las tocatas, también denominadas praeludium, o preludio, tienen una estructura que consiste en una sucesión de secciones fugadas que se alternan con otras de estilo libre y con carácter de improvisación. Leo también que, en las fases más avanzadas del desarrollo de las tocatas, estas secciones fugadas serán la culminación y tendrán relativa independencia. En el siglo XVIII, leo además, la asociación de tocata y fuga era habitual.

Con menos frecuencia, se utiliza el término para referirse a trabajos con múltiples instrumentos. En la vida, que cada cual la compone a su modo y manera, se suele poner primero la fuga y después se componen la cantata y la tocata. Para el caso que nos trae ahora, debemos esperar a los carnavales de Cádiz para que le pongan música y letra. Los chistes, las viñetas y las tiras cómicas están al caer.

Para entonces, ya sabremos algo más del paradero de Juan Carlos I. Mientras tanto, Doña Sofía, desafiando los vientos más adversos, anda de compras por las calles de Palma de Mallorca. Y aquí medio país se las trae a regañadientes con la covid-19 y la otra mitad intrigada y cosiendo un traje a luces y sombras al rey emérito.

Los españoles nunca votamos a favor o en contra de que este país fuese una monarquía, porque ya nos la vendieron en el paquete constitucional. Con el paso de los años, esta falacia de ofrecer dos por uno en el mismo sobre la copiaron con esmero las grandes superficies en su afán recaudatorio y benéfico. Así que durante décadas fuimos una monarquía constitucional a regañadientes, pero efectiva, claro.

El debate de si un día seremos república nos lo ha puesto en las manos el puro azar. España es diferente, como hubiera insistido en calificarla Fraga Iribarne, y nos ha cambiado el guion de un día para otro. No hay precedentes en nuestra historia más reciente de que un rey abandone su país y nos deje a todos sin una explicación infundada pero creíble.

Algunos miembros del Gobierno aducen que el monarca no está imputado y, como consecuencia, es libre de viajar por este mundo de dios a donde le plazca. Iván Redondo, a quien han investido de un conocimiento extenuante en retruécanos mágicos que desconoce la propia ciencia de la comunicación institucional y política, también calla, porque no sabe cómo hincarle el diente a la picardía rocambolesca de nuestro rey.

Se dice que el presidente conoce su paradero y, por supuesto, lo debe saber también Felipe VI. Sea como fuere, un silencio tan prolongado –la comunicación institucional castiga los silencios y las mentiras (Iván Redondo debería saberlo y también la Casa Real)– ponen en solfa a Sánchez y a la corona. Porque el silencio deslegitima y condena, abre paso a otras versiones y cuestiona el derecho a hacerlo.

Donde no hay palabras que justifiquen los actos, los actos encubren, o suelen encubrir, presuntos delitos. Más allá de los amores del rey emérito con Corinna Larsen y sus detalles millonarios –que ya da para una telenovela– este silencio infundado abre paso a otras escaramuzas que esconden incuestionables sorpresas.

Pero Juan Carlos I no sabe bien lo que ha hecho, dónde se ha metido y qué mochila le ha colgado a su descendiente varón con la corona. Ha dejado a su hijo Felipe abandonado en un trono en tenguerengue, en un momento de crisis sin precedentes.

Sobre todo, cuesta entender cómo Juan Carlos ha dilapidado todo un currículum que, con sus luces y sus sombras, había logrado atar el cariño de muchos, el reconocimiento de unos, la alergia también de otros. Su perfil de hombre bonachón y cercano, amante de las mujeres, del buen whisky y de las motos, se ha desbarato como por arte de birlibirloque. Sus implicaciones o sus distancias en la intentona del golpe de estado del 23-F es una escena de este sainete aun por vislumbrar sin las dudas que todavía alimentan muchos españoles.

Hay en esta tocata y fuga de este rey emérito una música de verano pellizcona y fácil de interpretar y una letra de serpiente estival que todos los periódicos alimentarán para vender más papel estos meses, que falta hace.

De entre todas las versiones posibles, yo mantengo mi propia teoría, que es la siguiente. El rey emérito tiene una nueva amante, también rubia, mucho más joven, inteligente y tierna, que le canta su música favorita al oído y le hace carantoñas a cada paso.

Están tendidos en una toalla doble, en las arenas blancas de una isla paradisiaca que adquirió hace años nuestro monarca con fondos opacos a cuenta de sus inagotables comisiones. Ahora le está diciendo que viajarán a África, le apetece ir de safari antes de que los elefantes se extingan de la faz de la tierra, pobrecitos. E

lla le mira incrédula y nada enamorada, pero supuestamente feliz. Y después, le dice también, no te preocupes, volveremos a España. Él la mira con media sonrisa y le susurra muy cerca de sus labios embriagadores: “Igual están preguntando por mí”.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

jueves, 6 de agosto de 2020

  • 6.8.20
Alfonso XIII fue un rey que sí que tuvo que exiliarse para evitar el derramamiento de sangre –y porque estaba solo, las cosas como son–. En su despedida, ofreció lo más parecido a una disculpa que España había oído hasta entonces de un Borbón, y que no sería superado hasta la pillada de Juan Carlos I en Botsuana: "Un Rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez, pero sé bien que nuestra patria se mostró en todo momento generosa ante las culpas sin malicia".



La malicia de las culpas es una realidad en la que no vamos a entrar. Desde luego, culpas tuvo él, tuvo su hijo y, ahora, su nieto. En cualquier caso, quisiera rememorar la abdicación de 1977. Este hecho es irrelevante desde el punto de vista del flujo de los acontecimientos, pero lleva aparejado una intrahistoria familiar interesante.

Juan Carlos I fue reconocido rey, conforme a la Tradición, el 14 de mayo de 1977, más de año y medio después de su coronación oficial, en noviembre de 1975. Para los monárquicos más recalcitrantes y los puristas, daba igual que Juan Carlos hubiese sido proclamado en Cortes. Era su padre, Don Juan, el que tenía todos los derechos dinásticos. Es más, hasta esa fecha, Don Juan no había reconocido a su hijo como rey, ni había cedido la jefatura de la Casa Real.

En junio de 1975, a pesar de que Juan Carlos había sido nombrado sucesor por la legitimidad del Régimen, no dudó en recordar su existencia en un polémico manifiesto: "Como depositario que soy del tesoro político secular que es la Monarquía española, no me he sometido a ese poder personal, dilatada e inconmoviblemente ejercido por quien fue encumbrado por sus compañeros de armas para la realización de una misión mucho más concreta y circunstancial".

Esta declaración incluía dos verdades incómodas para el sucesor de Francisco Franco. La primera, que conforme la voluntad que expresó Alfonso XIII en 1941, él era el legítimo rey de España. No heredero, sino rey, con el nombre de Juan III. Un hecho que el relato épico y deliberadamente exagerado de la Transición no ha dejado de rememorar como una de las complicaciones del joven heredero.

Un relato en el que Don Juan también tiene un rol de redención monárquica. Su padre, Alfonso XIII, no hizo nada por impedir que los monárquicos se unieran a las fuerzas más ultraconservadoras del país tras el Golpe de Estado que encumbró la dictadura. Él mismo apoyó al Golpe en sus inicios.

En 1941, por puro tacticismo –su ideología personal solo la conocían él y los suyos–, el padre del Rey Emérito apoya públicamente a los aliados en la II Guerra Mundial y comienza a separarse de la figura del dictador. En 1945, exige en el Manifiesto de Lausana su salida del poder. Sin embargo, España no es atacada, por lo que el rey exiliado queda aislado y busca, a lo largo de su trayectoria política, el apoyo y la simpatía de unos derrotados que tampoco lo respetaban.

Por tanto, la abdicación de “Ioannes III, comes Barcinonae”, tal y como refleja su tumba en el Panteón Real en San Lorenzo de El Escorial, fue más que una reconciliación familiar o una anécdota histórica. Fue el último acto de legitimación del reinado de Juan Carlos I. Un acto que, sin duda, estuvo presente en la abdicación del propio Rey Emérito en junio de 2014. En el discurso del conde de Barcelona, éste expuso:

"El respeto a la voluntad popular, la defensa de los derechos personales, la custodia de la tradición, el deseo del mayor bienestar posible promoviendo los avances sociales justos, han sido y serán la preocupación constante de nuestra familia, que nunca regateó esfuerzos y admitió todos los sacrificios, por duros que fueran, si se trataba de servir a España. En suma, el Rey tiene que serlo de todos los españoles".

Es difícil evitar una sonrisa sarcástica sobre la declaración de los intereses políticos de la “familia” Borbón. El conde de Barcelona falleció en 1993, dejando este último título a su heredero. Un título que, siempre pensé, debería de haber mantenido, en vez del peculiar ‘Rey Emérito’.

Hoy, Carmen Calvo se muestra osada cuando afirma que el ex jefe del Estado “no huye de nada porque no está inmerso en ninguna causa”. Lo segundo es cierto, sin duda. O, al menos, en el momento en que se están escribiendo estas líneas. Si bien, no olvidamos las disculpas que tuvo que expresar por otros actos. En cambio, la afirmación de que el Emérito no ha huido supone una falsedad que roza la obscenidad.

Casi tanta, como la calificación de ‘exiliado’ que diferentes medios de comunicación le han otorgado. Por otro lado, no son pocos los editoriales de prensa escrita que han alabado su huida para evitar que sus “asuntos personales” salpiquen al actual monarca. ¿Asuntos personales?

Juan Carlos I fue jefe de Estado y no ha huido por sus affaires amorosos, sino por sus supuestos business financiados con dinero público. Precisamente él, al que la tradición y el deber constitucional exigían ejemplaridad. Y su sucesor ha avalado su decisión, demostrando con ello, también, poca ejemplaridad.

La “familia” a la que hacía referencia el conde de Barcelona ya ha demostrado sobradamente su escaso interés en “servir a España”. Ojalá unas elecciones sirvieran a Felipe VI, igual que ocurrió con su bisabuelo, para que a éste le quedara claro que no tiene “el amor de su pueblo”, y marchara, este sí, a un exilio que nos trajera la III República. Sin embargo, la posición del Partido Socialista deja esta opción bastante lejos. Progresismo lo llaman…

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

miércoles, 5 de agosto de 2020

  • 5.8.20
Si lo necesitas, llora y saca todo lo malo. Que no te dé vergüenza mostrarte rota. Cuídate, mímate y dedícate ahora todo el tiempo del mundo, todo el que necesites. Deja de dar explicaciones, de cargar con problemas ajenos. Cuida de ti: de tu paz, de tu ser.



Te prometo que los problemas son temporales aunque ahora te parezcan eternos. Te prometo que pasará. No puedo decirte cuándo, pero pasará. Y llegará el día en el que duela menos. Llegará ese día en el que te levantes con más ganas de ti que de cualquiera. Y sé que llegará porque hoy estás más fuerte que ayer y sé que mañana será un poco mejor.

Y no te preocupes si vuelves a llorar. Tal vez necesites que te den ese abrazo que te reconstruye y te hace la vida un poco más fácil. No te preocupes si suena esa canción que te hace llorar por todos los recuerdos que te trae. Es de valientes enfrentarse a algo sabiendo que aún nos duele y quizás sea eso lo que necesites: escucharte una vez más y sacar todo lo que te atrapa por dentro.

Con cariño, tu yo de hace cinco minutos.

MERCEDES OBIES

lunes, 3 de agosto de 2020

  • 3.8.20
En julio nos atrevimos a tomar unas cortas vacaciones con el inevitable temor sobre lo que nos depararía tanto la ida como la vuelta, en medio de esta anormalidad calificada de “nueva”. Aquellos recelos estaban justificados. Porque nada fue como estaba previsto ni en el destino y el en origen, puesto que los cambios acontecidos a causa de la pandemia de la covid-19 han sido de tal naturaleza que han alterado, no solo las rutinas individuales de las personas, que han debido hacer de tripas corazón detrás de las mascarillas, sino también en las colectivas, mediadas estas por la política, la economía o la cultura.



Pero en vez de sumarnos al coro de lamentaciones y exigencias de auxilio público, dadas las penurias que nos han golpeado, como cada día verbalizan los autónomos, los hoteleros, los hosteleros, los empresarios, los trabajadores, los estudiantes, los deportistas, los artistas y cuantos colectivos han visto mermadas sus expectativas lucrativas, ya sea por el parón de la actividad, la disminución de beneficios o el desempleo con o sin ERTE, vamos a destacar lo que ha acontecido durante el pasado mes de julio, que no pudo acabar con peores signos de alarma y desasosiego.

Por un lado, los rebrotes de una pandemia contenida, que no derrotada, se han multiplicado por todos aquellos lugares donde la aglomeración confiada de personas y el hacinamiento que padecen los recolectores agrícolas, tanto en Huelva como en Lérida, favorecieron el contagio y el surgimiento de nuevos brotes de la enfermedad.

La irresponsabilidad de algunos, creyéndose invulnerables para entregarse a celebraciones con cualquier pretexto, supone el peligro más importante para la expansión de una epidemia que sólo puede frenarse, de momento, con medidas de distanciamiento social e higiene (geles) y protección (mascarillas) personal, hasta tanto no se descubra una vacuna o terapia eficaz. Además, el hacinamiento forzoso (temporeros) o voluntario (cualquier tipo de concentración o actos, sean religiosos, lúdicos o familiares) es otra fuente de propagación comunitaria, por parte de portadores asintomáticos, de esta enfermedad.

Una enfermedad de la que también se ha sabido que se trasmite de humanos a animales, y no sólo como creíamos -del murciélago al hombre-. De hecho, en Aragón fueron sacrificados más de 92.000 visones porque el 80 por ciento de los ejemplares estaba infectado por el coronavirus, y otro millón tuvo que eliminarse en Países Bajos por el mismo motivo.

Se demuestra así que, a pesar de todo lo que se va conociendo de este patógeno, todavía resta mucho más para comprender cómo surgió, cómo evoluciona, por qué vía se transmite y cómo combatirlo eficazmente hasta su total erradicación. La prudencia, por tanto, es la única arma posible frente a un virus aun latente entre nosotros, aunque no siempre, ni en casa ni en vacaciones, la hayamos asumido con el rigor que demanda nuestra indefensión y vulnerabilidad. Y julio ha sido exponente de ello con su alarmante proliferación de brotes.

También es verdad que no todos somos iguales en capacidad de protección, ni siquiera de ser prudentes, frente a esta moderna amenaza. Por diversos condicionantes. Uno de ellos ensombreció aún más al mes de Julio cuando se conoció el dato sobre la pobreza severa que existe en España, y que alcanza al 30 por ciento de las personas que tienen trabajo y al 37 por ciento de las que disponen de estudios medios o altos.

La educación, como refleja ese dato, no parece ser suficiente como “elevador social”, ni tampoco para escapar de las garras de la pobreza. No sirve de garantía para librarse de las condiciones de origen o de heredar la pobreza de los padres. A veces, incluso, te condena a vivir en peores condiciones que ellos. Sin embargo, a pesar de su gravedad y magnitud, este drama social está envuelto en un silencio espeso en nuestro país, del que sólo puntualmente emerge algún dato que pasa desapercibido en la realidad.

Y la realidad es que más de la cuarta parte de la población española (26,10 %) vive en riesgo de pobreza y exclusión social. Y que, incluso con formación y trabajo, es la elevada desigualdad de rentas el factor que más predispone a la pobreza a las familias. Porque no basta con estudiar y tener trabajo para huir de ella. Hacen falta políticas de corrijan las desigualdades de todo tipo que aún subsisten en nuestra sociedad, tanto de género como económicas, educativas y culturales.

Ante tal panorama, al que la pandemia añadirá cerca de otro millón más de pobres (trabajadores precarios, mujeres e migrantes, sobre todo), algunos todavía cuestionan iniciativas, como la del Salario Mínimo Vital, que palían, pero no solucionan, la lacra de la pobreza que está adherida a nuestro modo de convivencia, impidiendo a demasiados de nuestros compatriotas adquirir una vivienda, llegar a final de mes o acceder a prestaciones sociales, como denunció en su informe para la ONU el relator de ese organismo, Philip Alston, recientemente.

Julio, por tanto, ha sido un mes nefasto para cualquiera que se haya quedado en casa o se haya ido de vacaciones. Y esa negatividad se ha acentuado, encima, con la noticia de la muerte de Juan Marsé, un referente de la literatura española y un icono del estoicismo en los tiempos asfixiantes del franquismo, cuya miseria moral y social reflejó en sus obras como contrapunto a la búsqueda de libertad que aquel régimen negaba a todos.

Como precisa muy bien Antonio López Hidalgo, Juan Marsé “se vengó con sus novelas de una vida miserable que nadie, entonces, merecía”. Ni entonces, por la dictadura, ni ahora, por la pandemia y una pobreza que sacuden nuestras líquidas certidumbres y confortables rutinas.

Pero no todo lo sucedido en julio ha sido negro. También hubo zonas grises para la esperanza. Europa proporcionó algo positivo en favor de la solidaridad ante los efectos de la pandemia en todo el continente, reforzando con ello el proyecto político que representa la Unón Europea (UE).

Y es que, finalmente, en julio se aprobó el Plan de Ayuda contra la pandemia (750.000 millones de euros) y el Presupuesto de la UE, dotado con 1,074 billones de euros, para el próximo septenio (2021-2027), tras arduas negociaciones y cesiones mutuas entre países “frugales” y “despilfarradores”, es decir, entre ricos y pobres. Todos ellos han cedido para lograr el acuerdo, firmado por los 27 países de la UE, después de cuatro días y sus noches de duros debates y agrios enfrentamientos.

El citado Plan de Ayuda supone un fondo de 750.000 millones de euros, de los que 399.000 millones serán destinados a subsidios a fondo perdido y, el resto, para préstamos. Con ese reparto se logra un equilibrio que satisface a los bandos enfrentados. Contempla, eso sí, una especie de “freno”, pero no de veto, por parte del Consejo Europeo en caso de mal uso del dinero transferido a los estados destinatarios del grueso de tales ayudas, como Italia, España, Portugal y Francia, los más severamente azotados por la pandemia y la crisis económica derivada de ella.

Pero lo más importante de dicho acuerdo es que ese Plan se financiará, por primera vez en la historia de la UE, mediante la emisión de deuda conjunta en los mercados financieros, respaldada por el presupuesto comunitario. Se trata de un paso más, histórico, para llegar a una mutualización de la deuda de los países miembros que evite la disparidad fiscal que beneficia a unos y perjudica a otros dentro de un espacio común. Es decir, un paso para completar una verdadera unión financiera que acompañe a la unión política, económica y comercial que constituye la UE.

Pero hay más. Esta ayuda europea coincide en el tiempo con el Pacto por la Recuperación suscrito por la mayoría de partidos presentes en el Congreso de los Diputados, con la finalidad de potenciar aquellos sectores de nuestro país que deberán robustecerse para poder hacer frente a futuros retos de magnitud como el de la pandemia.

En especial, el de la sanidad, sector tan castigado por las políticas de austeridad implementadas durante la pasada crisis económica de 2008. Pero, con él, también aquellos otros servicios esenciales que han estado a punto de colapsarse durante esta pandemia del coronavirus e igualmente “adelgazados” de recursos materiales y humanos.

A ese Pacto por la Recuperación se añade, además, la decisión del Gobierno de “repartir” recursos económicos suplementarios a las Comunidades Autónomas con los que financiar los sobrecostes que ha supuesto afrontar la crisis sanitario-económica de la covid-19.

Esta cesión de ayudas está todavía en discusión, pero en su conjunto -la europea, la estatal y la autonómica- conforman tres vías de socorro que deberían permitir a nuestro país remontar la actual situación de crisis social (sanitaria) y económica (recesión y desempleo) que nos ha dejado un simple virus pandémico. Pero me asalta una duda: ¿sabremos aprovecharlas?

DANIEL GUERRERO

domingo, 2 de agosto de 2020

  • 2.8.20
Cuando en nuestro país se acercaba el final del confinamiento marcado por el Estado de Alarma, era previsible que de nuevo aparecieran rebrotes del covid-19, pues resultaba muy difícil pensar que los contactos que se iban a producir entre la gente no generaran transmisión del virus de unos a otros.



Lo que no podíamos imaginar era que la denominada nueva normalidad se iba a convertir tan pronto en una clara anormalidad, puesto que en menos de dos meses los encuentros familiares, las celebraciones, las fiestas, el ocio nocturno y los botellones iban a ser los medios de transmisión que iban a poner en jaque la apertura de la sociedad a la tan necesaria actividad económica. Sin embargo, los continuos mensajes del uso de la mascarilla, el mantenimiento de las distancias y el no contacto corporal, para algunos parece haber caído en saco roto.

Uno puede comprender que tras meses de confinamiento el deseo de las familias de reencontrarse estuviera muy justificado; pero ya se había advertido que los encuentros no fueran de más de diez miembros y que se evitaran los besos y los abrazos.

En los días en los que escribo, resulta que los rebrotes o nuevos contagios empiezan a ser un verdadero problema. Del total de ellos, la cuarta parte corresponde a encuentros y fiestas familiares y un cuarenta por ciento al denominado ocio nocturno.

No estoy muy seguro, pero pareciera que esto de formar parte de grupos numerosos y de estar muy pegados unos a otros pertenecieran a nuestra idiosincrasia española.

Pensando en ello, me vinieron a la mente algunas obras pictóricas relevantes que explicarían el temperamento hispano de disfrutar de la mesa agrupados y en las que los comensales aparecen muy juntos, casi tocándose.

Una muy reveladora, dado que unía a dos generaciones de los reyes más significativos que hemos tenido, es la que lleva por título El banquete de los monarcas y que he utilizado para la portada. Se trata de un encuentro familiar entre Carlos I y su hijo Felipe II, acompañados de sus esposas y de otros personajes muy ligados a la Casa de los Austrias.

El cuadro pertenece al artista valenciano Alonso Sánchez Coello, pintor de cámara de Felipe II. En la escena, encontramos en el lado derecho a Carlos I, al que le están sirviendo vino en su alargada copa; cerca de él se encuentra su hijo Felipe II, todo vestido de negro, con mirada absorta, mientras le colocan un plato sobre la mesa. Las esposas de los monarcas aparecen sentadas en sus lados derechos al igual que las de los invitados, tal como se establecía en el protocolo.

Pero no es solamente el estar tan juntos físicamente lo que ahora nos podría servir de ejemplo de una costumbre tan española, sino que, en esta ocasión, quisiera referirme a un hecho que afectó singularmente a la dinastía de los Austrias: la unión por consanguinidad. El matrimonio entre miembros familiarmente próximos sería no solo el origen de graves problemas de salud física, como la esterilidad, el raquitismo, las afecciones renales y la malformación, sino también de problemas mentales como la esquizofrenia, la paranoia, la depresión o la psicosis.

Entiendo que esa proximidad consanguínea es diferente de la que ahora hablamos en la pandemia; sin embargo, hay algo de esa tendencia hispana a estar muy juntos o muy unidos. Por otro lado, recordemos que la Casa de los Austrias (nombre que adoptó en nuestro país la dinastía de los Habsburgo) se inicia con Carlos I. Le sucederían Felipe II, Felipe III, Felipe IV llegando hasta Carlos II, apodado El Hechizado, que fallece sin descendencia, lo que provocó la Guerra de Sucesión Española, que se inicia en 1701 hasta que en 1713 se firma el Tratado de Utrech.

Con Felipe V, nombrado rey en 1700, se inicia la Casa de los Borbones francesa en España que llega hasta hoy. Aunque hay que reconocer que la actual casa real española no es un modelo precisamente de unidad, ya que en ella han aparecido problemas tan graves que es difícil que puedan verse públicamente juntos Felipe VI y el rey emérito.



Hemos echado una mirada hacia atrás, acudiendo a un cuadro paradigmático, para dar una posible explicación a la tendencia a juntarnos, a celebrar fiestas y a comer muy juntos. Pero, tal como he apuntado anteriormente, parece que algunos todavía no acaban de ser conscientes de que nos encontramos bajo una epidemia.

Es por lo que encontramos muchos casos de grave irresponsabilidad. Uno que se lleva la palma, ya conocido de todos, es el que se desarrolló en la discoteca Babylonia de Córdoba. Ha superado los cien contagiados, por lo que ha llegado a ser noticia hasta en The New York Times como ejemplo de imbecilidad colectiva.

La información dada por su corresponsal Ralph Minder a este prestigioso periódico estadounidense fue la siguiente:

“Después de disfrutar de una larga noche de celebraciones de graduación, una multitud de jóvenes ingresó en la discoteca de Babylonia a las 5 a.m. para continuar la fiesta en la ciudad de Córdoba, en el sur de España. Dos semanas después, 91 personas vinculadas a los 400 asistentes a la fiesta identificados de la discoteca Babylonia han dado positivo por el coronavirus y las autoridades regionales todavía están luchando por localizar a todos los que ingresaron al club esa noche, o que luego entraron en contacto con ellos”.

Así pues, los alumnos, profesores y padres de un colegio privado que alegremente se fueron a celebrar la finalización del curso a una finca particular y, posteriormente, se marcharon a una discoteca, han logrado no solo que se contagien más de cien personas, generando un enorme problema sanitario, sino que acaben convirtiéndose en una noticia internacional.

¡Esto sí que se llama responsabilidad cívica y cumplir a rajatabla las normas que han marcado las autoridades sanitarias para prevenir los contagios a los que estamos expuestos todos los españoles!

AURELIANO SÁINZ

sábado, 1 de agosto de 2020

  • 1.8.20
El consumo actual –uno de los pilares de la economía de mercado– se estimula mediante la publicidad que, a su vez, se apoya en la ansiedad de nosotros, los clientes, por consumir, en la seducción que ejercen algunos productos y en los impulsos –a veces incontenibles– de satisfacer sueños personales y espejismos imposibles.



En el fondo de muchos de esos mensajes inquietantes –y, en ocasiones, algo engañosos– que nos lanzan algunos anuncios publicitarios encontramos, como es sabido, unas ofertas de aventuras sexuales secretas e irreales o unas promesas de imposibles éxitos personales.

No hemos de perder de vista que toda esa red laberíntica de imágenes falsas, de valores vacíos y de comportamientos erróneos posee una finalidad exclusivamente económica: la mayoría de los mercaderes de la moda, muchos de los estilistas que presentan lo superfluo como esencial y algunos de esos sublimes vendedores de humo que prometen una salvación total, basada en el aumento de nuestro poder de seducción, poseen fabulosos imperios financieros.

Reconozcamos, sin embargo, que nosotros, los clientes y los consumidores, también colaboramos con nuestros vehementes deseos de soñar despiertos y cooperamos con nuestras permanentes ansias de parecer mejores de lo que somos: más buenos, más ricos, más poderosos, más listos y, sobre todo, más guapos.

No hay duda de que estamos atrapados por nuestros propios sueños, por las representaciones que nosotros mismos hemos creado con la ayuda de las revistas en papel satinado, con las imágenes del cine y de la televisión y, sobre todo, con los reclamos eficaces de la publicidad, con los potentes emisores que nos envían mensajes creadores de hábitos de consumo y de dependencias.

Los oyentes, los lectores y los espectadores, los destinatarios de las campañas publicitarias, somos, no sólo la meta, sino también el punto de partida; nuestros deseos, declarados o reprimidos, y nuestras pasiones, reveladas o inconfesadas, son los que nos hacen víctimas y cómplices de esa vertiginosa feria de vanidades, de esas "tonteras y pamplinas", como las llama Cristina Tejera.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 31 de julio de 2020

  • 31.7.20
Julio es el mes de la luz, de los días inabarcables, de los viajes esperados. Agosto trae ya un regusto a tiempo efímero, a vacaciones apresuradas, a días que encogen sin miramientos y a noches que se apresuran a extenderse por el firmamento, cada hora, cada minuto, con más tenacidad. Los días son claros y luminosos, y las noches convocan a la algarabía controlada. Rosa Montero ha escrito: “No sé qué tienen las noches de verano que fomentan los momentos oceánicos, esos instantes en los que te atraviesa, como un rayo, la conciencia de estar vivo”.



Hemos viajado a Zamora y allí, sentados en la terraza de un bar próximo a la plaza Mayor, cerramos el guion del día siguiente. Habíamos pensado visitar alguna bodega de Toro y beber vino de la zona hasta que la ebriedad o las altas temperaturas nos devolvieran de nuevo a este mundo de estío y de ensueño.

Pedro Crespo opta por regar las matas de tomates de su propio huerto en Manganeses de la Lampreana y preparar el equipaje de vuelta a Andalucía. Pero Paco Luis Córdoba, Francisco Sierra y yo preferimos tomar la carretera y acercarnos a Babia.

Desde que leí En Babia, una compilación de artículos de Julio Llamazares, siempre supe que un día desembarcaría en esa comarca leonesa fronteriza con Asturias. Tal vez Paco Luis tuvo desde entonces la misma sensación. Una señalización, con dibujo amable y divertido de bienvenida, advierte al viajero dónde se encuentra: “Estás en Babia”.

Se ha escrito que los reyes de León, en la Edad Media, viajaban a este lugar para descansar y olvidar por unos días o unos meses las responsabilidades cotidianas de la corona. Hay quien apuesta por que el origen del dicho “estar en Babia” sea este. Pero no hay prueba alguna que sostenga esta posibilidad de que Babia fuera lugar de recreo real ni que el rey desatendiera aquí sus obligaciones reales llevado por el relax o el desinterés. Hoy, para nosotros, la expresión “estar en Babia” hace referencia a alguien que está distraído o ausente, ensimismado o lelo, o que está en las nubes.

Esta es solo una versión. También se cuenta que, con la expiración del verano, los pastores reunían a su ganado para salir en trashumancia a Extremadura y, por la noche, reunidos todos frente a la fogata, alguno sentía nostalgia de aquella tierra, mientras otro se le acercaba para decirle: “Despierta, que estás en Babia”.

No importa qué versión sea la verdadera, pues la leyenda supera siempre los límites de la realidad y la expresión, fuese cual fuese el origen, ha quedado para nosotros para definir a aquella persona que está absorta, meditativa, ausente de la realidad que le circunda, con el pensamiento muy distante de donde andamos los demás. Algunos estudios observan, eso sí, que fue Quevedo quien primero –o de los primeros– utilizó esta expresión. Habiéndolo leído, nada escapa a que pueda ser cierto.

Babia, una palabra con orígenes en el vocablo vasco Ur, agua, es un topónimo que deriva del latín medieval en la forma Vadabia. Limita al norte con Asturias, al este con la comarca de Luna, al sur con la comarca de Omaña y a oeste con la comarca de Laciana. Las praderas son muy verdes y abunda el agua.

Las ovejas merinas comparten los pastizales con las vacas color canela, con los caballos de raza hispano-bretona y con las cigüeñas, que pican en la hierba en bandadas de cuarenta o cincuenta ejemplares. Tal vez sea el único lugar de España donde estas aves pisan la tierra con firmeza y a sus anchas en vez de andar siempre metidas en el nido o colgadas en la torre de la iglesia o del ayuntamiento.

En julio las cumbres de las montañas, que son de granito y alcanzan los 2.000 metros de altura, están peladas. El macizo de Ubiña alcanza majestuosamente los 2.414 metros. Más abajo, las montañas, que rodean y encierran esta comarca en un lugar único, están cubiertas de verde. En invierno, el paisaje está nevado. En primavera, el valle se cubre de un verde esmeralda. Dicen también que otoño es la estación idónea para observar su belleza hipnotizadora.

Los valles fueron moldeados por los glaciares. De ese pasado glaciar se conservan algunos lagos y lagunas. Los bosques han desaparecido y ahora los valles verdes y las hoces estrechas comparten territorio con cascadas, arroyos, ríos y embalses.

El verde de Babia no tiene la protuberancia y rotundidad de Asturias o Cantabria, pero encierra una belleza discreta y equilibrada difícil de describir. Aunque el principal protagonista en sus mañanas de julio es el silencio perfecto y compacto, incomparable a cualquier otro silencio de nuestra península. Las guías turísticas hablan de un silencio elevado al cubo. Y no exageran.

Tal vez julio no sea el mejor mes para quedarse embelesado por Babia y en Babia. Pero la lectura de tantos libros le llena a uno la cabeza de rincones mágicos que componen nuestra geografía más cercana y no hay otro mes como este para tirarse al camino, solo o acompañado, y conocer de manera presencial, que no telemática, la materia que conforman algunos de nuestros sueños más recurrentes. Sobre todo, este año que el Tour de Francia lo han bajado a agosto.

Ahora, sentado frente a mi escritorio, escruto la orografía de mis literaturas leídas y me pregunto, y me respondo, cuál será el próximo viaje antes de que el otoño nos atrape en la telaraña de sus predicciones infundadas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

jueves, 30 de julio de 2020

  • 30.7.20
Empezamos la aventura que estamos viviendo con algo de retraso y, para colmo, poco a poco se ha ido filtrando la idea de que el peligro ya se está alejando. Estamos más bien equivocados. Si decimos que lo peor de dicha aventura ya pasó puede que cometamos un serio error que nos pondría al borde del precipicio, por supuesto sin darnos cuenta.



O mejor, siendo muy confiados supondríamos que no nos coge y, dentro de cierta lógica, solo cabe decir que el incidente no me ha pillado de momento, por suerte. Han pasado ya más de cien días (135) desde que la autoridad competente nos confinó y casi 200 desde que la presencia vírica empezó a dar señales de su maldad en España. Pensemos que el virus es volandero y en cualquier momento podría retomar con furia lo que se le quedó atrás. Los rebrotes aparecidos hablan por sí solos.

Bien, dicho lo dicho, estamos en la segunda etapa de este maléfico incidente y, de momento, solo podemos contarlo. Nos han inoculado, a la chita callando, una sobredosis tal de optimismo que el miedo ha sido arrinconado y, en esta segunda fase, las ganas de volar son tan fuertes que hasta desafiamos al diablo.

Para seguir alimentando dicho optimismo y movernos dentro de una cierta placidez, “las fuerzas superiores (el Gobierno y sus frentes individualizados)” desde sus respectivos pedestales, nos han puesto en marcha una gama de ventiladores psicoemocionales que refrescan posibles miedos y el sofoco que ello pueda provocarnos.

No olvidemos que cada bloque de los mandos superiores va a la suya y casi por libre desde un marcado postureo, es decir, desde una “actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción” (sic). Prueba fehaciente nos la ofrecen los diversos derroteros por los que discurren unos y otras.

La razón de tales ventiladores es distraer al personal y evitar que, de un acceso de ira, le dé un calentón de protestas ante posibles fallos, bulos o mentiras y pueda hacer y hacerse daño. Ejemplos de tales distraimientos, por parte de unos y otras, hemos sufrido una buena cantidad en el plazo de los últimos siete meses. Me atrevería a resumirlo en aquella canción infantil “ahora que estamos a tiempo, vamos a contar mentiras. Por el mar corren las nieves…”.

El por qué de los ventiladores. Se activan sobre todo para cargar contra el enemigo y distraer o despistar a los fieles. Frente a los errores, cambios de pareceres de la autoridad, fallos varios, un buen ventilador refresca el cabreo ciudadano.

Digamos que están siendo muy cucos al aventar noticias que no van a solventar nada pero distraen de los problemas esenciales (muertos, residencias, mascarillas, crisis económica, paro, existencia de pobreza y líos mil…) que ha dejado el virus y, a la par, cabrean o indignan al sometido pueblo que es la única y verdadera razón de todo este embrollo, ofertándole descaradamente un blanco.

Surge una pregunta tonta: ¿pero no es más urgente y necesario sanear el terreno de bichitos demoledores que nos abocan a las puertas del cementerio además de arruinar la economía? Eso también, pero metamos bulla con otra serie de problemas propios del mangoneo de determinados sectores carcas o fachas o, simplemente, poco simpatizantes con la autoridad defensora de la nueva democracia.

Como ejemplo pueden valer algunos asuntos muy serios. En primer plano pongamos el tema del Rey Emérito que, desde luego, no es una apetecible sopaipa y, por tanto, queremos justicia. Es necesario entrar a fondo, cuando se pueda, e hincarle el diente a UN tema que ya es viejo, pero interesa traerlo a la pantalla ahora para calentar motores.

Metidos en faena sigamos aventando el estercolero de los Bárcenas y amigotes del PP que están hasta el cuello de mierda olorosa. Hay más. Machaquemos a todos aquellos que piensan de forma distinta a nosotros. ¿Pensamiento único? Bueno…

Otro ventilador puesto en marcha la semana pasada –pero creo que se desenchufó muy rápido y casi solo– atañe al tema Pujol “and company”. Es un asunto que sale de cuando en cuando –da la impresión de que está programado para aparecer en momentos cruciales– y se esconde solo. Está claro que los deseos de resolverlo no aparecen.

Respuesta clara: "Es que estamos ante un problema de la Justicia", nos podrán decir desde distintos frentes. Ante dicho argumento hay que responder: “amén”. Como la memoria está bastante saturada de asuntos de este tipo y como prensa –lo que se dice prensa– se lee poca, pues que siga su camino el tema.

El titular de El País con fecha 19 de julio pasado, es elocuente: “Los Pujol, historia de 20 años de corrupción en Cataluña”. Esto parece el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, dado que siete son los hijos. Hago referencia a este ventilador porque cuando lo cité aparecía como novedad.

En el artículo De oca a oca aludía al Centro de Estudios Jordi Pujol del que dependía “Edu21” como iniciativa dedicada a la Ética y a la promoción de valores en educación. El proyecto funcionaba “para mayor gloria de Él”, adaptación libre por mi parte del lema jesuítico “ad maiorem Dei gloriam”. Estamos ante “un engaño de 34 años”. Eso sí, la iniciativa Ética servía para aparecer “peinao y bien lavao”.

Otro ventilador que tampoco se ha puesto en marcha en estos días. ¿Recuerdan el tema de los ERE de nuestra querida Andalucía? El asunto está “sub judice” y no hay nada que decir. Silencio absoluto. Es normal dado que dicho peñasco es de mi partido y no se debe tirar piedras sobre el propio tejado. Amén.

En el artículo ERE que ERE hablaba largo y tendido de la lacra de la corrupción y citaba al escritor y pensador José Luis Sampedro, que decía: “hay corrupción porque hay hombres en venta y otros dispuestos a comprarlos”. ¡Está todo dicho!

Indudablemente, si el Gobierno fuera de otro color está claro que enchufaría otros ventiladores para desviar el posible fuego que pueda salir del pueblo. Muchos españoles esperábamos más del Gobierno socialista pero los vientos han ido por otros senderos buscando tal vez entronizar el ego.

Los datos que afectan al Gobierno y su mejor andadura puede que los oigamos con un gesto de desagrado pero nada más. "¿Algún ventilador apagado sobre algo reciente o más lejano?", se podría preguntar con ingenuidad.

¿Rescate o acuerdo con Bruselas? Las autoridades comunitarias niegan que estemos ante un rescate. “No es un instrumento de rescate”, informa Paolo Gentiloni, comisario de Asuntos Económicos. Que salga el sol por Antequera.

Desde que empezó el baile vírico ha habido algunos enchufes a familiares y amigotes. Se supone que es una forma cariñosa de luchar contra el dichoso paro que pudiera haber antes del virus y el que ha producido el “estado de sitio” (llamado confinamiento o, en tono más torero, encierro). Hombre, es normal: hay que disponer de personal en el que confiar.

¿Quién dijo parados? El número total ronda casi unos cuatro millones (3.862.883) y subiendo, salvo que lo remedie un milagro. Bien es verdad que las cifras suben o bajan dependiendo de quién las dé. La fuente que cito es de Europa Press, sobre la base de informaciones del Ministerio de Empleo y Seguridad Social. Comprendo que hay noticias más importantes a las que dar aire.

Embustes, fraudes y mentiras se agarran del brazo como un matrimonio bien avenido y, cómo no, los enchufes y el nepotismo comen a costa de la mano de sus bienhechores a los que les bailan el agua. Estamos en un país que hace aguas por los cuatro costados.

PEPE CANTILLO

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