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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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sábado, 27 de julio de 2019

  • 27.7.19
Leo los periódicos, veo las noticias en televisión y me pregunto si estoy en el siglo XX o en el XXI. Suben los nacionalismos, egoístas , sean del color que sean; se producen rebrotes de extremismo que sueñan con pasados lejanos ficticios y los políticos solo se preocupan de ellos mismos. "Los pueblos que no aprenden están condenados a repetir su historia". Es una frase que he leído en algún lugar.



Vivimos tiempos de egos masculinos más inflados que el pecho del gallo rey del corral. Quieren llegar, ser presidentes, tener poder y mandar. Pero no piensan ni un minuto en la gente, esa masa viscosa que está allí abajo y que solo son peldaños que pisar en su carrera ascendente hacia el delirio ególatra.

Que haya paro, pobreza, desigualdades, dolor, exclusiones... Da igual. La masa es un número y, si el número alcanza para que yo gobierne, todo da igual. La política, esa vocación de dedicarse a lo público por el bien común, es una utopía amarillenta, encerrada en un cajón antes de que naciera Cristo.

¿Qué da estabilidad a un país o a cualquier conjunto de personas? Que no haya grandes desigualdades, que haya una gran clase media que evite el conflicto entre pobres y ricos. Señores políticos, ¿no han aprendido nada de la Revolución Francesa? ¿Ni de la Rusa? ¿Ni de las migraciones? Cuando la gente pasa hambre, cuando el futuro no existe y cuando el dolor de la desesperación te ahoga, haces lo que sea para sobrevivir. ¿Y qué si pierdes la vida en ello? Si tú ya no tenías vida: solo buscabas entre la basura algo que calmara tu tripa.

Pues nada, los burros no lo ven. Clase media desaparecida, más sociedad consumista que nos recuerda que no somos nadie si no compramos el último modelo de lo que sea. Y todo eso da como resultado una mecha encendida para que aumenten la delincuencia y la violencia.

Aquí en España son ciegos totales: se están dedicando a cabrear al personal con lo fácil que lo tienen... El españolito medio es feliz teniendo una casa y un sueldo con el que pasearse a tomar una cervecita de vez en cuando. No tiene, como en Estados Unidos, ningún sueño americano ni desean las grandezas: solo vivir sin sobresaltos.

Pues prepárense que viene una generación que tiene miles de necesidades creadas y que se va a encontrar con un panorama desolador de desempleo y precariedad. ¿Se conformarán con ver que solo algunos tienen acceso a todo mientras que ellos no llegan a final de mes?

Lean, señores políticos. Lean libros de Historia y sean listos. ¿O prefieren vivir rodeados de vallas y con vigilantes armados en la puerta de sus casas como ocurre en los países menos desarrollados? Bajen de la nube o, mejor dicho, de su ego y creen una sociedad más justa. Si no lo hacen por los demás, háganlo por ustedes. No querrán que les asalten sus hogares o secuestren a sus hijos, ¿verdad? Lean, por favor, lean. Y piensen.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 20 de julio de 2019

  • 20.7.19
A los políticos les preocupan las pensiones. Eso dicen. Seguramente las suyas. Nacen pocos niños, ¿pero qué ayudas hay para procrear? Ser madre o padre es un paso de gran responsabilidad: esa personita que va a venir al mundo tiene que tener las necesidades básicas cubiertas y, para ello, sus padres tienen que trabajar y ganar dinero.



Pero si hay paro, si hay sueldos míseros con los que un trabajador es pobre, ¿quién que tenga dos dedos de frente se va a embarcar en la aventura de ser padre? Si para sobrevivir tienes dos trabajos, ¿cuánto tiempo dedicas a tus hijos? Los niños no son macetas que se crían solas a las que apenas hay que regar de vez en cuando. Una criatura necesita amor, caricias, protección y una educación que le permita no ser un desgraciado el día de mañana.

Comprarles una tele y una videoconsola no es educar: es quitárselos de encima. Hay gente que está tan cansada que no tiene fuerzas para jugar con sus hijos y les compran cosas para tenerlos callados, haciéndoles creer que, en la vida, lo importante es lo material y que se puede conseguir todo sin esfuerzo.

Las normas son fundamentales: no vivimos en la selva. Veo a adultos sin capacidad de resiliencia, sin aceptar la frustración y creyendo que aún son infantes que tienen derecho a todo. Desgraciados que no ven que su vida depende de ellos. De nadie más.

Ahora que veo a mi amiga con noches sin dormir, con dedicación absoluta a amamantar a su pequeña, con su pareja llevando todo lo de la casa, me pregunto: ¿Cómo vamos a traer más españolitos si solo contamos con cuatro meses de baja? Y mucha gente, cuando vuelve, lo hace a jornada partida. Eso que llaman “conciliación familiar” es una fantasía solo al alcance de las altas rentas y de los bajos cariños.

¿Una persona que gana 600 euros puede pagar una guardería o a una persona que cuide de su prole? No. Si queremos apostar por la natalidad habrá que ayudar especialmente a las rentas bajas para que sigan trabajando y cotizando y no tengan que elegir entre tener hijos o abandonar el trabajo.

Si creamos más guarderías públicas, se contrataría personal, con lo que habría menos paro y más personas que cotizarían a la Seguridad Social, permitiendo así que la gente que tiene menos ingresos pueda tener hijos. No se puede juzgar a nadie por su elección de ser padre o no, pero se le puede dar la posibilidad de elegir. Para eso pagamos impuestos: para que la sociedad mejore y no para despilfarrar el dinero público en corruptelas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 13 de julio de 2019

  • 13.7.19
Vivo rodeada de gente, de edificios, de ruido... Solo veo las flores en algún jardín. Nos hemos metido en una de esas bolas de cristal que tienen algo dentro rodeado de agua y que, si las mueves, cae purpurina. Todo es cerrado, cuadriculado y previsible. Vemos todo como normal, sin hacer preguntas. Vivimos como borregos siguiendo tendencias y cambios de moda. Pero, de pronto, un día algo cambia y te conecta con el milagro de la vida.



Virginia, una de mis mejores amigas, está embarazada. Vivo con asombro el crecimiento de su barriguita y, aunque parece algo normal, cotidiano, no deja de admirarme Cómo una célula se puede convertir en miles y cada una de estas miles sabe lo que tiene que hacer, cuál es su función.

Forman orejitas, labios, deditos, un corazoncito que galopa, unos pulmones que pasan de estar inundados de líquido a poder recibir aire. Y entonces empiezo a preguntarme: ¿Cómo ocurre esto? ¿De dónde venimos? Veo las secuencias de las fotografías de las ecografías y, en cada una de ellas, el desarrollo, el cuerpo de mi amiga sabe solo qué tiene qué hacer, cómo alimentar a la criatura. Las aureolas de sus pechos se vuelven oscuras para que el bebé los pueda encontrar y, nada más nacer, tenga el reflejo de poder mamar.

Y si todo esto lo miras como algo habitual, te pierdes la belleza de la gestación. Es como cuando eres de una ciudad con una bonita catedral y ya la has visto tantas veces que no eres capaz de ver su enorme belleza. Hasta que un día levantas la vista y ves el trabajo y los sueños de gente que nos ha precedido en este continuo cambio de estaciones que es la vida.

Somos animales llenos de instintos, desde el de protección hasta el sexual. Las personas nacen, mueren; los árboles dejan caer sus hojas y el suelo hace buen provecho de ellas: sirven de comida a pequeños seres que habitan en la tierra.

Últimamente solamente veo documentales de La 2 y es maravilloso ver el bonito planeta que tenemos lleno de miles de especies con distintos comportamientos y colores. Me encantó un mamífero de Australia, cuyo nombre no recuerdo, que cuando hay sequía, las hembras no ovulan para no traer descendencia que no pueda sobrevivir.

Todo es un bonito misterio que obviamos por habernos acostumbrado a ver como algo sabido y haber perdido nuestra capacidad de asombrarnos ante lo cotidiano.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 6 de julio de 2019

  • 6.7.19
El machismo ha hecho mucho daño a los hombres. Y no me refiero a aquellos que no han podido vivir su amor o su tendencia sexual, que claramente se han visto perjudicados. Hablo de aquellos que siendo heterosexuales han tenido que ocultar su ternura y su amor, tanto hacia sus hijos, como hacia su pareja.



Ser sensible era causa de que te señalaran con el dedo. “Los hombres no lloran”; “los hombres deben llevar los pantalones”; “los hombres tienen que beber y hacer lo que quieran”... Y, muchas veces, ese “quieran” no era nada más que seguir las normas de una sociedad cerrada, asfixiante, que vivía más pendiente de las vidas ajenas que de las propias.

Este hecho era especialmente duro en los pueblos del interior y en los barrios pequeños, donde las persianas tenían ojos y donde la falta de inquietudes hacían del cotilleo el gran pasatiempo social. Mi abuela me contaba que un hombre no podía coger a un bebé en brazos, ya que se le podía tildar de “poco macho”.

Y estos hombres solo podían empezar a mostrar cierto cariño cuando eran mayores y se volvían libres. Los nietos sabían mejor que los hijos que aquel hombre de campo los quería con locura. José Luis Sampedro lo refleja perfectamente en su libro La sonrisa etrusca.

“Calzonazos” era aquel que quería a su mujer y tenía en cuenta lo que ella decía y era capaz de dejarla decidir. No hay que olvidar que la mujer estaba constantemente bajo la potestad de un hombre, ya fuera su padre o marido. Y éste decidía si podía salir a la calle, si podía estudiar o trabajar.

Tampoco podía un componente del sexo masculino limpiar porque se le podía “caer el pito”, ni cuidar a sus padres. Y más de uno se guardaba su cariño en un cofre en su interior, cerrado a cal y canto, para que nadie dudara de su hombría.

Pero el peor daño que se les hizo a los machos fue condenarlos a la dependencia. Hacerles creer que no podían vivir sin una mujer que les haga todo. El resultado de eso se ha visto siempre en los hombres que se quedaban solteros o viudos y creían que se les había caído el cielo encima porque no eran capaces de cuidar de sí mismos.

No solo no sabían cocinar o limpiar, es que además estaban convencidos de que no podían hacerlo. En su mente eran hombres y, como tal, no hacían esas labores, que se suponían femeninas, y si se les ocurría hacerlas serían el hazmerreír de todos. Bajo el látigo de la hombría se ha perdido mucho amor, ternura, empatía e independencia. Tanto hombres como mujeres deben ser libres para poder elegir su vida y, para eso, la independencia es fundamental.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


sábado, 29 de junio de 2019

  • 29.6.19
Orgullo de ser humano, de tener un ADN único e irrepetible, de ser libre, de decidir, de sentir, de pensar diferente. Dejemos ya de joder a los demás exigiéndoles ser unos modelos que nosotros no somos ni en sueños. ¿Quién tiene derecho a decirle a alguien cómo vivir o cómo sentir? Como si algunos de nosotros pudiéramos decidir o elegir los sentimientos.



Cuando veo a los que se dedican a odiar, a criticar, a culpabilizar al otro siempre pienso lo mismo: “Tiene que ser un desgraciado con una mierda de vida”. Llevar el día a día propio y atender a nuestros seres queridos ya es suficiente como para estar pendiente de si el vecino o la vecina sale con cuatro o es transformista, o asexual...

A mí, la verdad, es que no me queda tiempo ni ganas de observar y, mucho menos, de criticar a los demás por su estilo de vida. Siempre he sabido que no respondo a esa perfección de la que me hablaban los curas o las maestras. Solo soy un ser humano que lleva su existencia, su paso por este planeta, lo mejor que puede, sin creerme mejor que nadie y que tiene muy asumido que es totalmente falible.

Cuando algún energúmeno critica o mira desde arriba a una persona por ser homosexual, bisexual, transexual o lo que le dé la gana ser, mi mente racional, que es muy potente, mira con extrañeza al exaltado. “¿Será gilipollas este tío?”, pienso, porque para mi parte izquierda del cerebro es incomprensible que se ataque por tener gustos diferentes. Para esa parte del cerebro es igual que gritarle a una persona porque le guste la cerveza o no le guste el vino.

Lo que cada uno hagamos con nuestro cuerpo y con nuestro tiempo no le importa a nadie. A ver si se enteran que ya se acabó la esclavitud, los siervos de la gleba y el Tercer Estado y que no somos propiedad de nadie.

A mí me daría pudor decirle a alguien cómo tiene que amar. Quien piensa que se puede controlar todo es un idiota que no sabe que, aunque humanos, no dejamos de ser pura química, seres llenos de electrones y protones que nos hacen atraernos. Y el amor o la atracción sexual no tienen explicación.

Yo más bien creo que hay mucho por ahí suelto que no acepta que “le ponen” los de su mismo sexo, que su piel se eriza más con un cuerpo al que su sometida mente califica de “prohibido”. Y esa frustración provoca ira y odio.

Estoy tratando de recordar la última vez que vi un cura heterosexual... El clero está lleno de gais, ejerzan o no de ello. Algunos han visto en la institución la forma de acallar sus pensamientos y sentimientos y poder seguir formando parte de su familia.

También he conocido hombres homosexuales casados para guardar las apariencias y que llevan doble vida. Todos ellos atrapados en realidades que odian, tirando la oportunidad de ser honestos con ellos mismos y no dañar a otra persona que desconoce ese doble juego.

Si Dios nos hizo a todos a su imagen y semejanza, si es infalible, ¿quién eres tú para cuestionar su obra? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra y, si la tira, que sepa que será juzgado con la misma vara de medir que utiliza con los demás... Y no lo digo yo, lo dice la Biblia, ese libro que leen muchos de los energúmenos que acusan con el dedo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 21 de junio de 2019

  • 21.6.19
Estaba a dos asientos de mí en la peluquería. Y yo me preguntaba por qué yo sí y ella no. Era muy joven y se notaba que estaba comenzando el proceso y aún no sabía cómo peinarse y qué hacer con su escaso pelo. Se miraba y se volvía a mirar en el espejo, tratando de encontrarse, de reconocerse. Había tenido mala suerte: era una mujer en un cuerpo que no le correspondía.



Digo "mala suerte" porque, aún hoy, la sociedad señala y mira mal a quien la naturaleza le ha jugado una mala pasada. Ya debe de ser duro no reconocerse en un cuerpo para que, además, tengas que soportar el desprecio ajeno.

Yo, que soy muy espontánea, le recomendé algún truquito para verse más guapa. Le costaba aceptarlos, normal. Quería encontrar su propia imagen, su identidad, cosa que no es fácil para nadie. Pero lo bueno de todo es que ella no estaba sola. "Abuela cómo estoy?", preguntó. Y a una señora con el pelo blanco, bastón y cara sencilla se le iluminaban los ojos mientras le respondía: "Estás guapísima". Era su sangre, su carne, su nieta. Y solo quería que fuera feliz. Aquellos que no aceptan, que señalan con el dedo, no saben qué es el amor.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 14 de junio de 2019

  • 14.6.19
A medida que voy conociéndome y aceptándome, soy menos proclive a juzgar a los demás. Sigo viendo y reconociendo a las malas personas, a esas a las que los demás no les importan y solo miran por ellos. Gente capaz de hacer cualquier cosa por poder, dinero o egoísmo. Las veo y las aparto.



Me refiero más bien a esas personas cuyo comportamiento no sigue la media social, no responde a la llamada “normalidad”. Cualquiera de nosotros puede tener un comportamiento irracional, fuera de tono o “extraño”. Todos somos producto de nuestras vivencias. Venimos a este mundo con una genética determinada, que nos hace más susceptibles a la hora de sufrir algunas enfermedades o a desarrollar determinados comportamientos.

Suerte tienen los optimistas de serie, a los que ya desde niños todo les parece bien. Tocados por la varita de la alegría y con unas gafas que solo enfocan la parte buena de la vida. Como suele decirse, todo lo ven “de color de rosa”.

Los demás vivimos entre el equilibrio y el desequilibrio perpetuo y aspiramos a esa “normalidad” de la que se habla, que nadie sabe cómo es o en qué consiste. Nadie habita en la cabeza del otro, nadie puede saber qué piensa o siente otro ser humano.

La mayor frustración viene cuando lees frases sobre lo que debería ser la vida, de cómo ser feliz. En definitiva, conseguir unas metas, lejanas y prácticamente inalcanzables. No hablan de mirar alrededor sino de visualizar un camino con una serie de etapas para conseguir un estado que parece estar fuera de uno mismo. Nunca dentro.

Cada uno llevamos una trayectoria, la mejor que hemos podido llevar en función de cómo estamos en cada momento. Quizás parezca incoherente, quizás lo vea raro, quizá no lo entiendan… Quizás esté sufriendo mucho por dentro. ¿No sería mejor no tener expectativas propias o ajenas y disfrutar de lo que hay? ¡ Qué pena que en el colegio o en casa no nos ayuden a aceptarnos y a querernos tal y como somos! Todo sería tan bonito...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


viernes, 7 de junio de 2019

  • 7.6.19
Vivimos en una burbuja en la que solo vemos lo que nos enseñan por la tele. Y, a menudo, las imágenes ya ni nos duelen: las vemos moverse como si fueran un fotograma de una película demasiado conocida. Me gusta hablar con la gente y, ayer, cuando me trajeron una mesa a casa, escuché al chico que la traía e intenté adivinar su procedencia por su acento. Al final, terminé “entrevistándolo”.



Era de mi Nicaragua y llevaba nueve meses en España porque su madre, que ya llevaba tiempo aquí, le había facilitado los papeles. Un chico normal, morenito de piel, con ganas de trabajar y, sobre todo, con ganas de huir del infierno. No ponemos a Nicaragua en el mapa porque no tiene petróleo, ni nada que expoliar.

Sin necesidad de preguntar mucho, me contó que su amigo del alma, el que era como su hermano, sufrió un gran castigo solo por manifestarse en la calle contra el régimen que gobierna este país centroamericano, donde la paz nunca llega. No existe la democracia, no existe el diálogo: solo hay un monólogo que se hace escuchar con la fuerza de los palos y las balas.

Resulta que su amiguito, con el que tanto había vivido, recibió una paliza de la policía y no contentos con ello, lo pasearon arrastrándolo por el suelo atado a una moto. Me decía: "Como si fuera un perro". Pero ni un perro, ni nadie, se merece ese trato. Después de divertirse con él por las calles, y utilizarlo como advertencia de lo que te puede pasar si piensas diferente, le pegaron tres tiros en el pecho.

Cuando el Gobierno es el que agrede, ¿quién te puede proteger? Después de aquello, lo único que le quedó es irse a la Madre Patria a vivir y a intentar borrar de su mente las imágenes de infinito dolor y la rabia de ver tratar a su hermano del alma como si fuera un muñeco de trapo.

Si escucháramos las historias que cada uno tenemos seríamos más tolerantes, comprenderíamos lo que siente el otro cuando nos cuenta su realidad mientras nos mira los ojos.

Como a mí me pierde leer, conocía la historia de su país contada a través de la piel de la gran Gioconda Belli. Le pregunté si le gustaba leer, por sus gestos entendí que era una actividad que no practicaba mucho. Bajo promesa de lectura le regalé la magnífica biografía de Beli, una escritora nicaragüense que vivió las luchas de su país desde dentro y que ahora, desde fuera, sigue sintiendo el sufrimiento de su pueblo.

Me dio las gracias y yo le deseé que encontrara la paz en esta España nuestra que tanto se empeñan algunos en dividir.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 31 de mayo de 2019

  • 31.5.19
Es tierno, cariñoso, valiente, masculino, gamberro, caballero. Sin miedo a amar. Él es el guardián del bosque donde el hada vive, donde a veces se esconde. Solo él sabe cómo abrazarla, cómo cuidarla, cómo conectarla con la paz, con el amor, con la piel. Su voz y sus caricias la duermen en la tempestad.



Él conoce los secretos guardados en el cofre de la memoria, la percibe, la intuye… Le gusta verla feliz, verla contenta; le gusta verla correr y cantar como la niña que nunca abandonó. Sabe cómo jugar con ella: él también tiene un niño en su interior al que le gustan los mimos y las cosas “truchis”.

Ella ha aprendido que de su mano todo va bien; que él es él, el que la vida le tenía reservado para cuidarla y para enseñarle lo que es el amor de verdad, el amor que sale del corazón sin estrategias, y sin truenos.

Le dice cosas que hacen que el hada ría como una chiquilla. Palabritas que la hacen sentir especial, gestos caballerescos que le transmiten que ha venido para quedarse, para recorrer los caminos del bosque juntos.

Ella explora con sus dedos su territorio, busca su cuello, su cabecita, absorbe su olor y se deja arropar por su calorcito. En él encuentra la isla en la que reposar, en la que descansar, en la que sentirse viva. Aunque abandonar el castillo del árbol da vértigo, los vuelos juntos son una maravilla, un regalo dulce que proporciona paz y descanso.

Lancelot ha entrado en el bosque y ha encontrado allí su hogar. Su fuerza no reside en su escudo, ni en su armadura –de la que, por cierto, adolece–. Su fuerza radica en la bondad que lo habita, en su sensibilidad, en su valentía amando. Y lo mejor de todo es que es humano, es de carne hueso y no es perfecto. De hecho, con relativa frecuencia, se vuelve azul y gruñe, pero el hada ya sabe qué tiene que hacer: dejarlo que corra solo un rato.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 17 de mayo de 2019

  • 17.5.19
Ayer tuve todo el día el corazón encogido. Todos los días, a las siete y media de la mañana,  hay un mendigo de pelo blanco y barba larga de nieve sentado con su perro, un bonito pastor alemán, y un trocito de cartón en el que reclama alguna ayuda a los viandantes. Pero ayer estaba solo y esta vez el mensaje del cartón era distinto: "Me han robado a mi perro".



Un hombre que leyó su desesperación, se paró e intentó animarlo. "Seguro que aparece", le decía ante la incredulidad del otro. Un hombre mayor que deambula por las calles, con un amigo que lo quiere y acompaña. Y ahora su único amigo había desaparecido. Y entendí el amor de mucha gente a los animales, a su lealtad y cercanía.

Recuerdo la confesión de Eduardo Galeano sobre el dolor que la muerte de su compañero perruno le había provocado, él que siempre lo obligaba a volver a la realidad tras horas absorbido por las páginas de nuevos escritos...

Y, en este caso, el dolor era más grave: el hombre de la calle no posee nada, no tiene ninguna seguridad en su vida. Solo le acompañan los ojos oscuros y las orejas puntiagudas de su perro.

Pero esta mañana se ha obrado el milagro. Nada más salir a la calle, allí estaban los dos amigos de nuevo. Los pelos del animal daban cobijo a la fría mañana del anciano. Me he ido contenta... pero con la sensación de que algo estamos haciendo mal para que haya gente viviendo en la calle y para que las personas prefieran los animales a los humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 10 de mayo de 2019

  • 10.5.19
Imagino, sí. O quizás no seré capaz de imaginármelo. Porque debe de ser duro. Debe de ser duro que te miren por la calle por el color de tu piel, por tu altura, por tener unos rasgos indígenas, por vestir diferente, por tener otra cultura. Debe de ser difícil haber nacido en España y que te digan que tienes que irte a “tu país” solo porque tu piel es más morena.



Debe de ser difícil llegar a un país que no es el tuyo, con un clima diferente, con un ritmo de vida distinto, que vengas huyendo de la guerra y de la pobreza y te miren mal. Debe de ser horrible sentir continuamente miradas de asco, sentir que te perdonan la vida. Necesitar demostrar algo todo el tiempo, algo que no se sabe qué es. ¿Cómo se puede tener otro color, otra cara, otra forma de mirar? Como si uno pudiese elegir...

Solamente una vez me sentí fuera de lugar en otro país: fue en Alemania, en una tienda donde una rubia con ojos azules me miraba desde su superioridad aria. Todos alguna vez nos sentimos fuera de lugar en algún ambiente que se aleja de nuestra personalidad, o entre gente que no se siente como nosotros. Eso es normal.

Todos somos diferentes pero, también, somos seres gregarios que necesitamos formar parte de una comunidad y, a la vez, estas comunidades necesitan tener una identidad propia, que la mayoría de las veces se consigue creyéndose superior a los otros grupos.

No hay nada más que darse una vuelta por un barrio pijo para ver que todos visten igual, llevan idénticos peinados y hablan parecido. Quien forma parte de ese grupo no quiere bajarse del carro y hará lo imposible para permanecer en él, aunque ya no tenga dinero. El vestir de la misma manera le da la seguridad de que no va a sufrir un destierro eterno.

Quizás es el miedo el que hace que mires por encima, o la seguridad interior, como cuando quieres entrar en una hermandad universitaria y debes hacer perrerías a los débiles. Esos débiles que el día de mañana serán genios y tendrán un buen trabajo, mientras los matones seguirán odiando y realizando tareas inferiores a sus expectativas.

Me gustan los diferentes, los que han sufrido, los incomprendidos, los frikis, todas esas personas que tienen historias engarrotadas en su interior. ¿Por qué? Porque esas experiencias los han hecho más humanos. Y las apariencias son solo cáscaras perecederas que muchas veces no nos comunican nada del ser humano que hay detrás.

Hay sonrisas llenas de miedos, de dolor; hay miradas que demandan abrazos en morse; hay cabezas agachadas que esconden seguridades; hay gritos que hablan de necesidades. Y hay altiveces que maquillan soledades. ¿Cómo sería todo esto si respetásemos al otro? Dejad ser a cada uno según su esencia, con la única máxima de no transgredir los derechos humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 3 de mayo de 2019

  • 3.5.19
Aprendiendo que la vida es algo más que esta jaula imaginaria que me he construido para no sufrir. Aprendiendo que no hay límites, ni por debajo, ni por arriba, ni en los lados. Descubriendo que el amor no es lo que yo imaginaba, sino que es un sentimiento de dentro que nada tiene que ver con los físicos, las apariencias o las miradas.



Descubriendo que no hay fuego más fuerte que el de la ternura y el de la pureza de un corazón bueno. Sentir que en el alambre ya no estoy sola; sentir que nunca ha existido dicho alambre: solo una cuerda atada a mi pie para que no volara, para que no traspasara el cercado.

Sentir una mano en la que puedes confiar; dejarme llevar sin planes, ideas o sin saber nada… Madurando y siendo consciente de mi presente sin pretender agarrar nada, dejando el control y seguir solo el camino que me indica mi libre corazón. Ser yo sin esfuerzo, sin estrategias, sin guerras. Solo sentir su cercanía y calor y dar gracias al destino por haber puesto esa intersección en la que nos hemos cruzado, por haber traído el regalo de Reyes Magos en otoño.

Maravillándome de que tengo un cuerpo, una piel, un corazón que vibran, que sienten, que han escapado del arresto perpetuo de la mente. Solo mi piel es mi gran consejera: ella me guía a ciegas y con los ojos abiertos.

Aprendiendo que todo esto que llamamos "realidad" no es más que una construcción de la mente que nos hace verla favorable o no, que los pensamientos son los peores esclavistas que existen, que algunos son tan buenos que se disfrazan de reales cuando son simples corazas con las que afrontar el día día.

Constatando que la felicidad es un abrazo fuerte, un beso que hace cosquillas, un sofá compartido, una risas en la cocina, unos nombres en diminutivo… Las pequeñas cosas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 26 de abril de 2019

  • 26.4.19
Yo no sé qué Biblia he leído yo y cuál han leído esos cristianos que salen en la tele a los que les da igual el prójimo que muere en el Mediterráneo huyendo de la guerra y del hambre. Esos que no quieren que tengan sanidad, ni una mano amiga. Esos que disfrutan con ver cómo el que menos tiene, el desheredado de la tierra, no levanta cabeza y paga con mucho sudor su pan diario.



El otro solo es un ser, no humano, que me permite vivir bien, al que puedo engañar y explotar para que aquel pueda vivir como un rey. Piedras de un camino por el que transitar y no mojarse de lodo. Cero empatía. Los niños que pasan hambre no son más que dibujos inexpresivos, borrosos que no aprietan el corazón.

Sus hijos están calentitos y van a colegios donde solo se relacionan con los de su clase para así asegurarse una buena posición en la vida. No quieren que compitan en colegios públicos con los otros, sin más ayuda que sus ganas de aprender y trabajar. Eso es para los desgraciados, no para "mi niño bonito".

Que tener un hogar es un lujo, algo imposible para un trabajador, da igual. Yo estoy en mi torre... La Tierra es un negocio más del que aprovecharse: no les importa el aire de sus nietos. Yo, yo y yo...Y yo que siempre creí que el individualismo era algo propio de los protestantes, resulta que hay mucho católico de pacotilla, de golpe en el pecho, que no son más que los fariseos de la Biblia, esa que no han leído... Y si lo hicieran, llamarían "hippie" a Jesucristo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 5 de abril de 2019

  • 5.4.19
Los océanos, llenos de plástico; los animales y los humanos, con plástico dentro de su cuerpo. Todos al servicio del petróleo y de los que mandan en el mundo, sin olvidar, por supuesto, la falta de civismo de algunos animales humanos. Donde yo compro la fruta y la verdura ecológica, aparte de no venir en un recipiente de plástico, tienen bolsas resistentes, hechas de patata, ideales para cargar y para conservar alimentos en el frigorífico.



Nos engañan. Podríamos vivir con la energía del sol, del viento, del agua, de la tierra; crear envases biodegradables en poco tiempo. Podríamos cuidar este planeta, que es el único que sabemos que está habitado por seres que inspiran y expiran. A lo mejor en los otros había gente como nosotros, que se los cargaron y los hicieron inhabitables.

La inmediatez, la autoestima abonada por las posesiones o la moda, una publicidad que nos hace creer que seremos eternos... Azucarillos que se tiran masivamente, miles de botellas que crean montañas molestas de plástico y tetra-briks. El momento, el ahora. Y quien venga detrás, que arree… Los amos del mundo somos todos. No vemos el planeta como nuestra casa, sino como un piso alquilado donde todo vale. Y que, como no es mío, me da igual lo que le pase.

Las voces que alertan del calentamiento están afónicas de gritar. ¿Qué pensarán los mandatarios, esos que pasan del efecto invernadero, sobre el futuro de sus hijos, de sus nietos, sobre su salud, sobre su derecho a nadar en ríos y subir montañas para ver la nieve? Están ciegos por las monedas que tapan sus ojos. Solo cuando les viene una enfermedad incurable, los poderosos caen en que son de carne y hueso, y humanos, y que todo ese dinero que le gusta atesorar no les va a servir para nada. Para nada.

La muerte es la única certeza. Pero antes de que ella llegue, habrá que vivir y dejar vivir. Dejar existir a esas miles de especies que comparten nuestro entorno, que no son okupas, sino titulares de derechos. Derecho a la vida, a la limpieza del aire, de los mares y de los ríos. A que las estaciones les marquen sus ritmos vitales y a que su hábitat no desaparezca.

No es una visión apocalíptica: la caja de Pandora lleva tiempo abierta. Por mis sobrinas y por los millones de niños que hemos traído a este mundo, tenemos una obligación con ellos, con su vida, con su futuro. Un grano no hace una montaña, pero miles, sí. Y yo estoy dispuesta a poner el mío.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 8 de marzo de 2019

  • 8.3.19
Sentada en la parada del autobús, cuando el sol apenas ha empezado a despuntar en este invierno cálido, observo cómo pasa un coche tras otro. Y de repente, mi mente me hace una observación: el 80 por ciento de los vehículos que he visto pasar eran conducidos por mujeres. Mujeres que van al trabajo; mujeres que llevan a sus hijos al colegio, solas o acompañadas. Me parece que tener el volante en sus manos es una metáfora de lo que hoy en día es la vida de las féminas: ellas eligen hacia dónde ir y dónde quieren estar.



Mujeres que han roto las normas, que ya no viven en el claustro del hogar. Como mi pobre abuelita. A ella le encantaría ver a mujeres pasear solas, con faldas cortas o largas; a mujeres que deciden no casarse, que no necesitan la autorización de un varón para poder vivir. Ella sí la necesitaba. Incluso para los tres olivos que heredó de sus padres, mi abuelo tuvo que darle permiso para aceptar esa herencia.

Y me pongo a pensar que de eso no hace tanto tiempo: la ley no cambió hasta 1981. Ella me contaba cómo una mujer no podía ir a un bar sola, ya que se la consideraría una indecente. Ella solo salía para ir a misa. Si viera hoy a las mujeres mayores con colores alegres, tomando café con sus amigas o yendo a bailar… Y no enterradas en vida. ¡Qué pena, abuelita, que no has podido verlo! Pero yo te lo cuento…

Llegó el autobús y mi mirada se posó en la dignidad de una mujer india, india de América, con su pelo negro brillante cogido en dos trenzas y un poncho oscuro. Con su cara dorada y los ángulos de sus facciones que hablan de antiguas civilizaciones: maya o azteca, deduzco.

Una mujer camina por la acera con un cesto en la cabeza en perfecto equilibrio. Su piel oscura contrasta con las flores y colores brillantes de su atuendo. El cesto diríase que va pegado a ella, no se mueve. Allí lleva pequeños detalles para vender y así poder mantener a su familia. Sonrisa de dientes blancos que invita a comprar.

Chinitas que corren con pies libres de ventas y que deciden los hijos que la Providencia les traerá. Mujeres distintas, pero hermanas en el corazón, creadoras de vida, llenas de emociones y con ojos tiernos que entienden el dolor ajeno.

Mujeres que viven porque otras dejaron sus vidas en el camino por la igualdad de derechos. Mujeres que respiran aire fresco, que no deben olvidar que siempre hay lobos agazapados con ganas de llevarlas de nuevo a la celda de la dependencia obligada, a la minoría de edad.

No podemos guardar las banderas, no podemos confiarnos… Esa sería nuestra perdición. El camino ya empezado, pero aún queda un gran trecho. Y en este recorrido debemos contar con esos compañeros varones que siempre nos han querido libres.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 1 de marzo de 2019

  • 1.3.19
Ayer un neurólogo decía en televisión que es muy importante tener un propósito en la vida. Aunque estoy harta de gurús que dan pócimas fantásticas para ser feliz y de cuyas bocas solo salen idioteces, en este caso, me ha llegado lo del propósito.



A medida que cumplo años, las preguntas sobre el sentido de la vida se agolpan en mi cabeza. Cuando el estrés y la rutina me dan un respiro, me pregunto si mi vida es solo correr cual pollo sin cabeza, persiguiendo una liebre invisible hecha de ideas ajenas, según las cuales la felicidad está la vuelta de la esquina, pero cuando llegas te das cuenta que la esquina ha desaparecido. Estamos dentro de una eterna rotonda.

Esta noche ha venido a mi cabeza la respuesta, sin tener que meditarla o analizarla. Mi propósito en la vida es escribir. Últimamente me cuestiono si yo podría ser escritora y vender libros. No por la fama, ni por conseguir mucho dinero. A mí me gustaría ser esa escritora que te entretiene en verano, en la consulta del médico, en un transporte público –qué pena que se haya perdido la bonita costumbre de leer libros en el autobús o en el metro: ya todo el mundo vive embutido en su “inteligente “móvil–.

¡Cuántas veces una novela me ha despegado del dolor de esperar a un doctor que me dijera si mi abuelita iba a vivir o no! También creo que mi pluma –me encanta ser cursi y utilizar esta clase de palabras– podría ayudar a la gente a mirarse en un espejo ajeno, pero con un reflejo muy parecido al suyo.

A fin de cuentas, todos y todas tenemos anhelos, miedos, esperanzas, dudas y momentos en los que la caverna de nuestra mente no tiene ninguna luz que indique una salida. Y es tan cálido saber que el desierto que atraviesas es el mismo por el que otros han transitado, y sobre todo, que te den la certeza de que la diáspora terminará algún día y si no hay tierra prometida, por lo menos habrá un valle desde el que contemplar el atardecer mientras el aire puro invade los pulmones.

Este es mi propósito, lo sé desde hace tiempo, pero… ¿Cómo dar el salto? ¿Valdría para ello? ¿Tú qué opinas, mi querido diario?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 22 de febrero de 2019

  • 22.2.19
Hay algunos ángeles, muy denostados hoy en día, que ayudan y marcan la vida de los alumnos. Son esos profesores enamorados de su trabajo, docentes de corazón que te hacen amar una asignatura, aunque sea árida como el desierto de Gobi. Ellos ven en sus pupilos semillitas que van a florecer y no discriminan, ven potencial en todos ellos. No se rinden.



Ojeando mis libros de la universidad me ha venido a la memoria aquella profesora menudita y de rostro amable que nos ponía miles de ejemplos para hacernos querer su materia, aunque desde el principio todos estuviéramos a la defensiva.

No me acuerdo bien de cuál era, pero sí recuerdo que tenía que ver con legislación. Y los articulados son siempre tan poco interesantes... Sobre todo si el que te examina quiere que tengas una memoria de papagayo y repitas como en una letanía cada palabra de la ley correspondiente. Como si pensar estuviera sobrevalorado y diera igual entender lo que se lee y lo que quiere decir. A lo mejor la justicia actual española tiene que ver con esto: gente que ha sacado una oposición simplemente por tener buena memoria.

Me da pena que los maestros y profesores estén hoy tampoco valorados y tampoco respetados. La educación es una de las piedras angulares de una buena democracia. Ciudadanos y ciudadanas pensantes, y con espíritu crítico, es lo que necesitamos para hacer frente a la corrupción reinante y a la pérdida del valor de la honradez.

Hay que ser exigente a la hora de seleccionar a los docentes porque ellos tienen la vida de muchas personas en sus manos y, una vez elegidos, se les debe el máximo respeto. Respeto que, por otra parte, merecen todos los seres humanos.

También hay malos profesores. Me viene a la memoria la historia de una amiga de mi prima. Se topó en su camino con una profesora, aunque duela usar ese nombre, ya no que tenía la dignidad suficiente para tener ese título, que le dijo que ella nunca llegaría a nada. Prácticamente le hizo ver, siendo niña, que era una inútil.

Actualmente, esa chica estudió una carrera y es profesora de Secundaria, con sus oposiciones ganadas. Menos mal que su madre siempre creyó en ella y no dejó que hundieran a su hija, ni que hicieran mella en ella las palabras de una mujer frustrada e infeliz.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 8 de febrero de 2019

  • 8.2.19
Cuando llevas un tiempo tonteando con la tristeza, la alegría y la felicidad se antojan imposibles o difíciles de alcanzar. La tristeza te absorbe. Cuando profundizas en ella descubres que no es nada más que pensamientos negativos, algunos con tanta fuerza que distorsionan la realidad y nos convencen de que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.



La tristeza te proporciona una inercia que, si bien no es gratis, produce una sensación de seguridad. La seguridad que da el pensar que este mundo es un valle de lágrimas y que si estás abajo, no puedes bajar más. Recuerdo las confesiones: "he pecado de pensamiento, obra y omisión".

¿Alguien no es responsable de sus pensamientos? Si fuera así, ¿no elegiríamos todos ideas positivas sobre nuestro presente y futuro y haríamos una lectura positiva de nuestro pasado? Hay gente que tiene más serotonina y lo tiene más fácil. Pero otros, que creo que somos una gran mayoría, tenemos que poner de nuestra parte para ver el lado brillante de la vida y hacer oídos sordos a la que siempre llora y tiene miedo.

No nos enseñan a ser felices. Da más vértigo la felicidad que la pena. Supongo que somos dualidad y necesitamos lo malo para valorar lo bueno. Como dice la máxima espiritual que me dijo el hada rubia: "sin lodo no hay loto". Pero lo más importante es estar presente, con los sentidos abiertos cada momento, y ser capaz de ser agradecido con esta vida, que es un regalo. La tristeza puede hablar y yo decidí si la oigo o no...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 1 de febrero de 2019

  • 1.2.19
¿Tanto cuesta respetar al otro? Ver que hay gente más cercana al modelo estético de turno, y gente más lejana. La belleza es subjetiva. Ver que hay gente a la que le gusta la cerveza, y a otros a los que les gustan los refrescos o el agua clara. Gente que tiene un dios que le ayuda en sus penas, y gente que lleva una amatista en el bolsillo como protección.



Respeto es dejar a cada uno ser quien es. Ya tenemos bastante cada uno de nosotros con nuestra parte saboteadora como para tener también que bregar con las críticas externas. El problema es cuando vemos al otro como al enemigo, simplemente por ser diferente a nosotros. Y esto se agrava cuando surge el odio, que no es más que culpar al otro de nuestras desgracias o de nuestra mísera vida.

Pero no se rompe la cadena. Hay padres que siguen educando a sus hijos en el odio: son tan estúpidos que no se dan cuenta de que el que odia es un infeliz. Están condenando a esas criaturas a ir por el mundo atacando y sin tener paz interna. ¿Cuándo perdimos la conciencia de formar de una misma colectividad –la humana–? Como dijo Albert Einstein cuando le preguntaron por su raza y contestó: "humana, ¿es que hay otra?".

Lo que más me asquea son los dirigentes políticos que se dedican a dividir a la población, a sacar lo peor del ser humano para que esta corta vida sea una mierda para todos. Crear crispación con fines puramente económicos, que son los que siempre hay detrás, fomentar una sociedad dividida para que haya dolor incluso dentro de las familias. ¿Para qué?

Creo que los de abajo deberíamos impregnarnos del espíritu de los años setenta, esa época en la que fueron los movimientos ciudadanos los que pararon guerras, trajeron democracias y predicaron el amor a todo. No podemos sucumbir ni caer en sus luchas partidistas.

Habrá que mirar al lado y no para arriba, ver qué bueno podemos hacerle al prójimo. Ayudarnos mutuamente y cambiar la sociedad desde abajo. Quizás si todos nos imaginamos un mundo mejor, este sea posible. Soy una soñadora como John Lennon...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 25 de enero de 2019

  • 25.1.19
En el bosque de los árboles secos vive una bruja con rasgos encantadores que oculta un alma oscura y perversa que se alimenta de las alegrías ajenas. Si no te andas lista, te puedes enredar con su dulzura y caer en un pozo del que no se puede salir, aunque quieras. La clave está en no escucharla Y no probar su amargo chocolate.



Si muerdes, te perderás durante un tiempo y necesitarás ayuda para volver a respirar con normalidad. Todo en ella es atractivo y su casa es como la del cuento de Hänsel y Gretel. Pero no te fíes. Puedes llevar tiempo comiendo ese chocolate, pero eso no significa que sea bueno su consumo.

Cuando más alerta hay que estar es cuando eres feliz, o te ocurre algún pequeño milagro, o la vida te regala algo inesperado. Así, rebosante de energía, es como más le gustas. Con esa bonita energía ella puede seguir viviendo si consigue su fin, que no es otro que arrebatártela. Ella sin ti no puede vivir: envejecería hasta desaparecer. Pero es que la felicidad da mucho miedo. Más que la bruja. Y a veces dejarse caer en su telaraña, aunque no es agradable, sí resulta cómodo.

Hay que estar alerta y no responder a sus preguntas. Seguir caminando por tu sendero y evitar la tentación azucarada. Aunque la senda parezca peligrosa y no sepas a dónde lleva, es la senda de tu vida, el camino que has de construir. La casa de chocolate te da una protección ilusoria porque allí no hay aire, ni amor, ni vida. Cuando veo que me llama y me habla de felicidad, ya no la oigo. No es más que un viento frío que roza mi oído. La incertidumbre de la ruta es lo que hace latir mi corazón. Así que, por aquí seguiré…

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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