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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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sábado, 20 de junio de 2020

  • 20.6.20
Me he despertado esta mañana y me he visto reflejada en el espejo de mi cuarto, como si yo no fuera yo, como si la que mira desde dentro del espejo sea otra que me juzga y me abofetea con mi situación real. "Marta, tienes ya 32 años y ninguna estabilidad laboral", me dice mientras me recuerda que no he aprobado las oposiciones a la Biblioteca Nacional y que se aleja mi sueño de verme rodeada de libros antiguos llenos de vida e historias.



El piso que heredé de mis abuelos no lo tengo alquilado y mis ingresos se reducen a dar clases a los hijos de mis vecinos. No puedo trabajar de camarera porque la situación está difícil y solo tengo en mi haber un título de licenciada en Biblioteconomía. ¿Vuelvo a mi antigua ciudad y vivo en mi piso renunciando a la gran urbe y a la cercanía de mi amor? "Maldito parné", por su culpita, mi independencia se ve atacada y mi vida pende de un hilo.

Mi madre murió hace tiempo víctima de una educación elitista –solo la enseñaron a ser un adorno– y mi padre aún sigue con sus problemas financieros. La verdad es que nunca he podido contar con ellos. Yo fui el fruto único de una ansia por perpetuar la especie, por dejar un apellido sin más cariño, ni cuidado. Los internados fueron mis casas oscuras y mi única familia fueron mi abuela y mi prima. Con el tiempo he ampliado la familia con amigos de verdad. Es una familia elegida y no impuesta por la naturaleza.

Tengo qué pensar qué hacer con mi vida. Hablo cuatro idiomas, soy luchadora y trabajadora. Algo conseguiré. Eso es lo que le digo a la desconfiada del espejo. Me tengo que mover: el título universitario y la buen formación no dan de comer, ni pagan el alquiler.

Fantaseo con qué podría hacer: profesora de Secundaria, secretaria de un embajador, traductora en algún organismo internacional... Luego caigo de golpe a la realidad que me circunda y no me queda otra que echar currículum hasta que dé con la puerta adecuada. "Algo saldrá, Marta". Ese es mi mantra desde la mañana hasta la noche.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 13 de junio de 2020

  • 13.6.20
El ser humano tiene una capacidad de adaptación grande, pero solo somos conscientes de ello en los malos momentos. Nos quieren vender desde la publicidad una vida irreal donde no hay dolor, ni sufrimiento: todo es pasarlo bien y sonreír siempre. Pero esa no es la realidad.



La realidad es agridulce, es caleidoscópica, cambiante y llena de montañas y valles. Lo bueno es que no siempre estamos en el mismo sitio. A veces, por negro que parezca el lugar, al final se sale. Es una verdad que tenemos que repetírnosla.

Ya van varios meses que no he podido dormir pegada a él como un koala, que no he podido pasear de su mano, que no me ha despertado con miles de besos y un desayuno de cuento. Lo que nos ha salvado es vivir el día a día, sin ver ningún horizonte temporal, sin frustrarnos por lo que no tenemos.

Ha habido días en los que he querido coger un tren o una escoba mágica e ir a verlo para que me abrazara, para que me dijera: "Todo va a ir bien". Echaba de menos su olor y su calor, su ternura de hombre con carácter. Cuando me venía abajo, él me ha dado siempre abrazos virtuales y, al grito de "ya nos queda menos", nos hemos dormido en la cercanía que da la esperanza.

Cuento los días para verlo, para abrazarlo, para disfrutar de esas pequeñas disputas sobre qué ver en la tele o si vamos a un centro comercial o no. La distancia me ha hecho valorar las pequeñas cosas. He descubierto que no se necesita tanto para vivir bien.

He visto la realidad sin ansiedad por tener y es tranquilizadora. Días buenos y días malos, ánimo alto, ánimo bajo. Ser un ser cambiante como lo somos todos los seres que habitamos este planeta. Cambia el tiempo, cambia el mar, la luna, el calor del sol...

La soledad me ha ayudado a entenderme, a entrar dentro y no verme siempre desde fuera. A ser compasiva con mis emociones. A descubrir y aceptar que mi vida no es plana; que mi cuerpo cambia, que el hambre de hoy no es el hambre de mañana.

Mi realidad actual es que me queda menos para disfrutar de mi novio. Y también forma parte de esa realidad no mirar el calendario, no querer que los días vuelen porque, si no, me pierdo el hoy. Ayer dimos un paseo juntos por calles estrechas llenas de historia. Nos contamos miles de cosas mientras él me hablaba al oído y yo lo guiaba en una noche fresquita de primavera.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 6 de junio de 2020

  • 6.6.20
Unos pocos no representan a todos. No todos los policías, guardias civiles o militares son iguales, ni piensan lo mismo, ni son capaces de cualquier cosa. Hay una gran mayoría que ve su trabajo como un servicio a la comunidad, un servicio público de ayuda, y tienen grandes valores. El problema es que ellos deben obediencia a sus superiores y éstos, a veces, no son buenos ejemplos.



Recuerdo a ese general Miaja, que tan bien describe Manuel Chaves Nogales en Los secretos de la defensa de Madrid. Hombre recto que había jurado fidelidad a la República y defendió Madrid hasta el último momento, sin dar su apoyo a los golpistas, que hubiera sido para él lo más fácil. No era un rojo, ni nada de eso: era una persona íntegra que defendió la democracia hasta el final.

La democracia consiste en aceptar a quien gobierne porque lo ha elegido el pueblo libremente y éste es soberano. Te guste o no te guste. Y si no lo respetas, es que no eres demócrata y piensas que las cosas se deben hacer como tú quieras. Y eso te convierte en un dictador.

Las dictaduras no son buenas, ni las de izquierdas –tipo rusa–, ni las de derechas –tipo española–. Los sistemas totalitarios convierten a las personas en un número, sin capacidad para ser ellas mismas. No todos somos iguales, ni sentimos lo mismo, por esa la naturaleza o Dios –para el que lo vea así– nos dio un ADN diferente, único e irrepetible. A esto hay que unirle esas "circunstancias" de las que hablaba Ortega y Gasset. No hemos tenido todos la misma vida, ni la misma familia o iguales oportunidades.

La democracia española es relativamente joven y se enfrenta con la permanencia de sujetos que vienen de otras épocas en las que podían hacer lo que quisieran sin ningún tipo de consecuencias. Y ahora ya no es posible.

Me alegro de todos los pasitos que hemos ido dando. Hoy día, los Cuerpos de Seguridad del Estado son gente en la que puedes confiar y recurrir ante cualquier problema. Este no es uno de esos países donde encontrarse con la policía es sinónimo de miedo. No generalicemos: hay manzanas podridas pero, si se las saca de la cesta, el resto podrá seguir brillando.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 30 de mayo de 2020

  • 30.5.20
Estoy harta de la gente que odia. Estoy harta de que este país parezca una secta maniqueísta con dos posturas enfrentadas: o blanco o negro. O estás conmigo o, si no lo estás, automáticamente estás contra mí. ¿Por qué no nos ayudamos los unos a los otros para salir todos juntos hacia delante? ¿Por qué las críticas feroces hacia todo lo que hace el otro?



La empatía ha desaparecido de golpe y porrazo y ha hecho acto de presencia el individualismo exacerbado, que me habla más de un país protestante que de uno católico."Lo que yo quiero, lo que yo necesito, a lo que yo tengo derecho y el resto de la sociedad, que se pudra". Esa es la consigna.

Lo peor es que muchos utilizan el nombre de Dios en vano para defender su egoísmo. "Por sus actos los conoceréis". Aquí no pasa, los actos y comportamientos de algunos que se autoproclaman cristianos están a años luz de ese Evangelio de paz y amor, donde se nos pide no juzgar al otro, porque seremos juzgados con la misma vara de medir que usemos.

Todos somos humanos, todos somos frágiles, como lo demuestra esta pandemia. Todos tenemos miedos y esperanzas y nadie, absolutamente nadie, está libre de pecado. Ojalá dejen ya de tirar piedras. Si siguen así, lo que hundirán será su propia Iglesia.

Cuando era pequeña me gustaba leer los Evangelios, especialmente el de San Mateo. Ahí encontraba amor de verdad y me hablaba de un Dios que en nada tenía que ver con el que nos asustaban las monjas. Pobrecillas, ellas no conocieron ese amor.

Yo quiero salir a la calle, ver a mi novio, pasear de la mano con él, darnos besitos y comer rico en algún restaurante. Pero entiendo que en el mundo no estamos solos él y yo, y estamos haciendo un esfuerzo para aceptar esta situación, para entender que somos parte de una humanidad amenazada por un ser microscópico que nos está enseñando que el egocentrismo mata.

Me dan ganas de gritar desde la ventana: "¡Vamos a unirnos! !Rememos juntos para que este barco no se hunda y nosotros con él!". Hablemos de lo que nos emociona, de lo que nos cohesiona. Digámonos cuánto nos apreciamos y queremos. Busquemos semejanzas y obviemos los mensajes de odio. Que se maten los políticos, que se den ellos hostias en la calle, que esta vida es muy corta y, cuando quieras recular y cambiar, a lo mejor ya la guadaña te espera.

Me llamó una amiga antes de morirse para pedirme perdón e irse en paz. Me borró de su vida porque nuestras ideas eran diferentes y lo hizo con rabia y sin verme a mí, a su amiga que siempre la ayudó y quiso. Nuestra última conversación estuvo ausente de reproches y llena de recuerdos felices y momentos inolvidables porque, aunque estuviéramos en las antípodas ideológicas, las dos teníamos buen fondo. ¡Amemos al prójimo como a nosotros mismos!

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 16 de mayo de 2020

  • 16.5.20
Ha cambiado mi visión sobre muchas cosas. Ahora soy más consciente de que tenemos un planeta finito, que ya no aguanta más ser un basurero. Recuerdo cuando se decía que no había que tener nada roto en casa porque traía mala suerte y nosotros, seres pequeños y asustados, hacemos mil rituales para sentir que somos dueños de nuestros destinos y que todo depende de nosotros. Pobres ilusos.



Yo era una más que tiraba objetos rotos, con la creencia de que si algo no era perfecto, no tenía valor. Y ahora me veo pegando las alas de esa bonita hadita que encontré en Inglaterra, sentada y con una flor coral en su cabello castaño. Ella para mí es un recuerdo de un inolvidable viaje con dos maravillosas personas por la campiña inglesa.

También estoy con mis viejos collares, esos que me regalaron o yo encontré en mercadillos o tiendas de todas partes, y los arreglo. Junto de nuevo sus cuentas y les doy nuevas formas. De uno me han sobrado bolas y me he hecho una pulsera preciosa. ¡Qué alegría cuando he podido resucitar ese collar largo de semillas rojas que me trajo una amiga de un viaje por América del Sur!

Utilizo envases de plástico de la fruta o cajas de cartón para organizar mis armarios de cocina. Ahora todo está en su sitio y existe un orden. Cuando veo que algo ya no necesito, o que guardo algo que ya no utilizo, practico el desapego y lo vendo en esas aplicaciones nuevas.

Me estoy deshaciendo de mi colección de discos de vinilo. Mi tocadiscos ya no funciona y la aguja es muy cara, así que los he puesto a la venta por un módico precio para que alguien disfrute esas joyas que yo he guardado con mimo durante años. Doy ropa y zapatos a los que más lo necesitan.

Me gustan esas cadenas que se forman entre mis amigas con hijos, que se pasan la ropita, los zapatos y los juguetes. No solo se ahorra, sino que además se da vida a cosas que han tenido muy poco uso porque los niños crecen.

Muchos objetos tienen varias vidas pero, a las primeras de cambio, nos deshacemos de ellos por moda o por aburrimiento. Ahora, en mi visión global del mundo, cuando veo tirar algo siempre pienso a qué lugar irá a parar, dónde estará la montaña de escombros y porquería...

Me encanta que me den ropa y estrenar su nueva vida. Y ahora me voy a recomponer un collar de bolas de cristal de colores que era de una amiga y que su hijita rompió con esa fuerza que tienen unas manitas pequeñas que empiezan a explorar la vida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 9 de mayo de 2020

  • 9.5.20
Las mujeres no tenemos suficiente con tener la regla todos los meses, con pasar un embarazo hinchadas y un parto doloroso. No. Además, tenemos que estar delgadas, depiladas, con el cabello perfecto, bien vestidas y oliendo a flores. “La mujer bien puesta, quita al hombre de la puerta”, se decía en el pueblo de mi abuela. ¿Por qué todo recae sobre nosotras?



Estoy harta y, en un acto de rebeldía –que no sé cuánto me durará– me voy a dejar las canas al aire. Sí, tengo canas, como tantos hombres de mi edad. ¿Por qué ellos están interesantes y nosotras envejecidas? Señores de la moda y de la publicidad: hacednos guapas con nuestras hebras blancas en el cabello. Y no nos obliguéis a meternos bótox y otras porquerías para parecer “muñecas repollos” de esas que tocaban en las tómbolas.

Nuestra piel natural también puede ser bonita con nuestras arrugas y flacideces. El cuerpo de todos cambia. Es maravilloso ver a esas actrices mayores que no se han hecho nada en la cara y lucen esas arruguitas como premios de toda una vida de experiencias.

Para mí, el tinte es una esclavitud que llega todos los meses. Todo para esconder que he heredado de mi padre el cabello blanco. Hombres heterosexuales: buscad en nosotras no la eterna lozanía sino la alegría, la ilusión, el tener una compañera de vida que esté ahí en los momentos buenos y en los no tan buenos. Cuando te gusta el corazón de una persona, su belleza está garantizada. La ves como un todo.

Creo firmemente en la alimentación sana, en el ejercicio, el cuidar este cuerpecito que nos va a acompañar hasta que desaparezcamos. Soy partidaria de hidratar esa piel que está siempre protegiéndonos. Pero lo que no entiendo es ese culto a la eterna juventud “recalchutada”. Yo no quiero besar unos labios de silicona, ni un culo inflado como un globo con ácido hialurónico: prefiero abrazar y tocar un cuerpo suave que está en movimiento.

El problema es que no hemos conseguido querernos naturales y, ahora, esas exigencias hacia la mujer se han impuesto también en el mundo masculino. Y te encuentras caras desfiguradas, con poco aspecto de humanas. Solo hay que ver a algunos actores y ver las aberraciones que han cometido.

Antes te he dicho que no sé cuánto tiempo durará mi rebeldía. Es verdad, yo no vivo sola en una isla, vivo en una sociedad y, como todos, soy un ser gregario que no quiere ser marginado. Vivimos bajo la dictadura de una belleza artificial que nos hace parecer muñecos o dibujos animados; una belleza impuesta por gente que lo único que busca es dinero, no la felicidad ajena. Pero hoy mis canas se mueven libres por mi negro pelo, dando testimonio de que son reales y existen.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 2 de mayo de 2020

  • 2.5.20
Escucho los aplausos desde mi ventana todos los días a la misma hora. Es un ritual bonito que, por unos segundos, nos hermana y nos saca de la rutina del aislamiento. Y estoy segura de que todos aquellos a los que van dirigidos lo agradecen y se sienten reconocidos por su gran labor.



Pero yo he estado pensando que los aplausos se los lleva el viento y, a lo mejor, desde hoy que estamos empezando a salir y nuestra vida, poco a poco, vuelve a tener cierta normalidad, nos olvidamos de estas personas que cada día están en primera línea de fuego ante un enemigo invisible.

No sé, pero yo creo que, a lo mejor, ellos y ellas preferirían otro tipo de reconocimiento. En el caso de los sanitarios, seguro que agradecen tener contratos de trabajo más estables, no de días sueltos como han tenido hasta ahora en muchos casos. O jornadas más acordes con la condición humana, que no soporta estar 24 horas sin dormir varias veces al mes y tener la lucidez necesaria para atender a un enfermo.

Tampoco les vendría mal que contrataran a más gente y ampliaran el número de camas en los hospitales para poder así atender con calidad y humanidad a la persona que viene con una dolencia o un mal y deje de ser un número en una camilla de un pasillo. Sé de lo que hablo porque he estado varias veces en Urgencias y en lista para pruebas.

Si hablamos de empleados de supermercados, estarían muy agradecidos si toda esa gente que aplaude con fuerza a las ocho de la tarde los tratara con el respeto debido, y se pusieran en su lugar como trabajador con limitaciones, que no puede responder a todas sus egoístas exigencias. Un "por favor" y un "gracias" es mejor que hacer ruido con las palmas de las manos.

También tenemos a los Cuerpos de Seguridad del Estado: ellos merecen un salario justo que esté en relación con la exigencia de su trabajo. Los policías nacionales, por ejemplo, estarían contentos, supongo, si tuvieran más compañeros para patrullar las calles y perseguir los delitos, y no dejar desatendidas ciertas funciones por falta de personal. Un amigo se queja de que no dan abasto.

Los transportistas necesitarían más descanso y jornadas menos eternas. Y así con todos esas personas de carne y hueso que están manteniendo este país ante una pandemia mundial. Sería bonito que los viésemos como seres humanos con limitaciones físicas y psíquicas, y los cuidásemos mucho para que estén bien y sigan haciendo de héroes.

Claro, pero para esto habría que observar la gestión de cada mandatario político, para ver cómo los trata, cómo los cuida, no solo cuando el país roza el colapso, sino siempre. Y alguna gente aplaude, remueve aire y no le importa a dónde van a parar sus impuestos, ni si se invierte en educación, sanidad, investigación o en gastos sociales que protejan a ese prójimo que no es invisible, sino que tiene rostro. Un rostro lleno de dolor y de miedo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

sábado, 18 de abril de 2020

  • 18.4.20
Y llegaron a Bretaña. El péndulo les había señalado en el mapa el lugar exacto donde sería la reunión. A medida que se iban acercando, iban sintiendo una llamada en su interior, una fuerza que las llevaba sin ninguna lógica y sin ninguna posibilidad de opinión. Aquella era la noche. La luna ya se elevaba sobre el mar teñida de un rojo anaranjado, que hablaba de un momento mágico, de una alineación planetaria adecuada.



Llegaron a un bosque de dólmenes sobre un acantilado y vieron la fogata enorme que se elevaba, haciendo que su humo se difuminara con la bruma que el mar había decidido desprender para así crear un cuadro aún más mágico para la ceremonia. Llamas azules, amarillas y rojas cantaban un mantra que invitaba a bailar a su alrededor.

La sensación era como la de esas noches en que una se siente libre y se entrega al misterio de la vida, zambulléndose de lleno en el mundo de las mil posibilidades sin controles y sin mañanas. Se podría decir que todas ellas eran capaces de volar, solo tenían que dejarse llevar por la magia y la belleza del momento.

Diecisiete mujeres de 17 puntos del planeta, que se conocían hace miles de años. Almas reencarnadas una y otra vez para practicar la magia, para dar a conocer la alegría de la vida. Sus encuentros no eran siempre con el mismo cuerpo, habían sido pelirrojas, morenas, mestizas, negras, asiáticas... Pero en todas ellas habitada siempre una luz. Una luz que provocaba envidias. La felicidad ajena siempre es pasto de las envidias de los desgraciados. Y, a veces, ese pasto verde y brillante era reducido a cenizas. Fuego para acallar la libertad.

Los bosques, los árboles, siempre han sido sus hogares, sus raíces en este mundo cambiante. Nada ni nadie puede transmitir la emoción de vivir si no contempla la luz que se filtra entre las ramas, si no escucha la algarabía con la que los pájaros se despiden del día, si no se ha sumergido en lago bañado por la Luz de la luna.

La luna, esa hechicera que lleva la locura, que nos cimbrea y nos despierta la pasión dormida. Allí estaban aquellas 17 mujeres. Sus almas habían decidido reunirse una vez en esta vida, coincidiendo con el eclipse lunar más grande del siglo. Sabían que volverían a encontrarse pero no sabían cuándo sería la próxima vez. Cuándo sus almas elegirían de nuevo otro cuerpo de mujer libre.

Mientras ellas bailaban poseídas por la fuerza de la tierra y del cielo, una mujer que ignoraba su poder, conjuraba a los espíritus de los cuatro elementos para que él apareciera. "Prometo cuidarlo y quererlo bien", decía mientras abría su corazón al cielo oscuro de la noche. La luna se vestía de rojo y ellas danzaban para que los hombres buenos descubrieran su fuerza y su poder. "Hermana, mírate en el río, corre descalza y nada desnuda. Siente tu cuerpo, siente la sabia que por ti corre y vive".

Era un baile sin letras pero escondía esta oración, esta plegaria: "Dadora de vida, regazo protector, brazos fuertes y dulces, sonrisa curadora, labios llenos de besos que resucitan, madre tierra, madre luna, madre agua... Desdibújanos y borra nuestros límites. Volemos con el pensamiento, hablemos con nuestros cuerpos, dejemos que nuestro cabello lo peine el viento.

Bendita unión de amor fraternal que aquí nos ha convocado. Para las guerras, haz que brote el amor, manda la avaricia a la forja para que renazca con forma generosa. Madre tierra, espíritus de los vientos soplan para que huyan los malos sueños y solo se quede la calma.

Abrir las ventanas, que vuelen las cortinas y las sábanas, Que la mar nos dé descanso y durmamos en su arena siendo niñas. Volvamos al origen, a la esencia, a la desnudez primitiva. Nada tenemos, nada trajimos y nada nos llevaremos. Soltemos las ansias y flotemos sobre unicornios de viento".

Bailaban y reían sin dirigirse palabra, no necesitaban el sonido para compartir lo que todas sabían. La mujer que pedía, la que antes imploraba, percibió la fuerza de la danza que, mediante círculos concéntricos, se expandía. Crecía y crecía.

Ahora ya no esperaba, ya no miraba el cielo. Ahora, la futura enamorada odiaba, trepaba por los árboles y corría por las copas. El deseo es un licor que si no se comparte, se agria. Ella lo sentía, lo olía, sabía que estaba cerca.

Después de volar, bajo a la tierra, corrió sintiendo la tierra húmeda y la vida que tras las hojas muertas habitaba. Llego al rincón secreto, a la fogata que seducía y no halló cuerpos, solo energías. Bailó y bailó hasta caer en el sueño. La despertó una caricia del sol y sintió contra su cuerpo el calor de otro cuerpo y fundó un hogar en aquel claro del bosque.

Las cuatro manos levantaron una casa y un huerto, y la Madre Tierra los proveyó de momentos. Todo tenían, nada ansiaban y, al llegar el ocaso, partieron con un zurrón plagado de caricias. Las caricias no pesan, no cuestan, se pueden cargar en el alma por los siglos de los siglos. Dejaron una huella bonita, dejar una casa para otras almas y así se perdieron en el horizonte y renacieron al alba.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 11 de abril de 2020

  • 11.4.20
Te quiero con mis miedos, con mis incertidumbres, con mis idas y venidas, con la niña que se asustaba y se escondía bajo la cama, y con la mujer decidida que también vive en mí. Siempre te quise encontrar, aunque a veces me diera vergüenza reconocerlo. Supongo que me prometía a mí misma ser fuerte y estar a salvo. Pero esa fortaleza entraña también una debilidad, un algodón suave que comparto contigo.



Tú me ves y me percibes. Nunca te ha dado miedo mi miedo. Tú te guías por mis actos, por mis caricias, y por los cuidados que te prodigo. Crees más en mí que yo. Eres mi compañero de vida, el osito que me abraza y da calor en la cama, y el pitufo gruñón que hace valer su personalidad. Vamos llegando a un equilibrio de paz y amor. Ambos hemos cedido para aceptar al otro tal y como es, para que el otro sea feliz. No se trata de amar la perfección, sino la humanidad.

Amo esos días en que la rendición de mi cuerpo es completa y me dejo caer en tus brazos, y dejo que me dibujes con tus dedos. Dormir pegada a ti, sabiendo que el bosque está cuidado, que no estoy sola, es maravilloso. Despertarme con miles de besos y con un desayuno preparado con amor hacen mis mañanas alegres.

Me gustan nuestros paseos por Madrid, nuestros tiempos muertos en el campo o en la playa. Siento tu fuerza cuando me caigo, o cuando necesito un punto real en el que anclarme. Me gusta ser tu sueño, me gusta verte feliz y alegre. Me gusta introducir mis dedos en tu pelo blanco y luminoso y trazar círculos en tu cabeza, desde el cuello hasta el nacimiento del cabello. Me gusta oírte suspirar mientras lo hago. El león se convierte en gatito dulce.

Lo que más me gusta de cuando estamos juntos es que volvemos a ser niños que tontean y se ríen, provocándose mutuamente. Yo también doy gracias por haberte encontrado en mi camino.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 4 de abril de 2020

  • 4.4.20
Con la palabra "distopía" se designa, según Google, un tipo de mundo imaginario, recreado en la literatura o en el cine, que se considera indeseable. Hoy mi chico me ha dicho por videollamada que Madrid es una distopía, que parece como si fuera 1 de enero por la mañana todo el tiempo: nadie se mueve por la calle, no hay ruido, es un silencio raro y carente de vida.



No nos podemos ver porque él tiene que trabajar y entra y sale a su oficina y yo estoy recluida sin un papel que me permita visitarlo. Yo no miro fuera: yo he decidido mirar dentro. La luz que se cuela por la ventana en este día frío de primavera, mis cincos macetas que permanecen ajenas a todo, ellas siguen pidiéndome agua y luz y hacen su fotosíntesis como si no pasara nada. Es primavera y ellas lo saben: están más verdes, más bonitas y alegres.

Entiendo el amor a la tierra, a los árboles, al olivo... Al fin y al cabo, ellos tienen su ritmo que nos habla de serenidad y vida. Contemplar cómo una semilla crece y se convierte en una flor y en un fruto más tarde es una magia que a menudo despreciamos, pero que es la única verdad que existe.

Ahora me busco más, escribo más, escucho mi cuerpo y sus necesidades. Ahora los rituales son la preparación de la comida, el descanso, elegir un buen libro o una buena película. Tengo tiempo para hidratarme la piel. La ducha no es algo automático: siento el agua y el gel que me limpian, que me protegen.

Bebo más agua, trato de pasear por mi casa, por mi hogar. Es verdad que ahora descubro lo bueno que sería tener un balcón por pequeño que fuera, en el que sentir el viento y el calor del sol. Pero no lo tengo. El tiempo frío acompaña porque me invita a estar dentro, a taparme con esa manta que compré hace tiempo y que es tan "gustosita".

El día no es plano, ni yo estoy siempre feliz y contenta, pero como me recordaba ayer una amiga, los días en los que no estamos encerrados tampoco son siempre felices. Las ondulaciones dibujan nuestros estados de ánimo. Es el tiempo de practicar la compasión con uno mismo; es el momento para callar esa voz que siempre nos exige y para la que uno nunca es suficiente.

Mirémonos como a niños y permitámonos errar y acertar, reír y llorar, estar alegres y estar tristes. Al fin y al cabo, de todo ello estamos hechos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 28 de marzo de 2020

  • 28.3.20
Ya llevo dos semanas sin salir de casa. Trato de leer, escuchar música, ver cine clásico e intento moverme: para ello bailo sevillanas sola, que es un ejercicio fantástico y dedico un rato al día a ordenar los cajones, armarios, el frigorífico... Todo lo que se ponga por delante. Acabo de poner en orden el armario de los bolsos y he encontrado dos objetos que me han hecho sonreír y quererte contar sus historias.



Uno es un pañuelo blanco, pequeño, con un sencillo bordado que me dio una señora. Yo creo mucho en las personas y mi experiencia vital me dice que las buenas abundan más que las malas, aunque estas últimas brillen más por el daño que ocasionan a sus semejantes. Curiosa palabra: "semejante". Y es que todos somos iguales, todos nos ponemos enfermos y nos morimos. Da igual la condición social: la enfermedad no distingue de colores, ni de creencias, ni de posesiones.

Estaba yo en la parada del autobús, no me acuerdo qué año, pero sí sé que era primavera y que había olvidado mi mascarilla para protegerme del polen. No paraba de estornudar por mi alergia y el último pañuelo de papel no aguantaba más. Sin yo pedir nada, sin decir, nada, una señora que estaba en la parada con su marido se me acercó y me dio un pañuelito de tela.

"Quédatelo, lo acabo de coger limpio". Yo en un primer momento rehusé el ofrecimiento porque no era de papel. Podía ser un recuerdo, algo que ella bordó. Insistió tanto y vi que me lo decía de corazón, que le di las gracias y me lo quedé. Llegó mi autobús y me fui a casa y agradecí el vivir en un sitio en el que la solidaridad y la empatía no se han perdido; donde el otro cuenta y no nos posee el individualismo exacerbado.

También he encontrado mi viejo bolso verde de mil bolsillos. Es viejo por la edad que tiene y por todo lo que ha vivido conmigo, pero está impoluto, como si fuera nuevo. Lo curioso de todo esto es que es el bolso más barato que tengo, de tela impermeable. Me costó solo cinco euros hace miles de años.

Es perfecto para los viajes, con sus miles de cremalleras. Te permite compartimentar de todo: dinero, billetes de tren o avión, pastillas, galletitas, llaves, todo lo que se te ocurra... Y es que las cosas más útiles, las que te acompañan siempre, las que están ahí todo el tiempo, no son caras, no son de marca, no son la última moda... Son simplemente objetos que te hacen la vida más fácil. ¡Ah! Se me olvidaba decirte que no pesa nada. Y ya sé que he puesto "miles de años" y "miles de cremalleras"... Pero es que a las personas que son de donde yo soy, nos encanta exagerar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 21 de marzo de 2020

  • 21.3.20
Calles vacías, naranjos que lloran su soledad, una chica que anda por la calle con un nudo en el estómago y con ganas de llorar. Extraña su inocencia, su libertad sin culpa, su mente sin miedos, su vida adolescente inmortal. Suena esa canción que la lleva a aquel concierto, a aquel sentimiento de enamoramiento loco, aquel beso que duró una canción. Recuerda aquel tiempo en que el amor no tenía barreras, la caída era libre y sin red. No echa de menos a aquel chico de ojos verdes enormes que no supo amarla, o no pudo. No.



Quiere volver a ser ese yo libre, esa chica que suspiraba y escuchaba música en la noche abrazada a una almohada, mientras su mente se poblaba de mágicas historias. Siempre le ha costado vivir la realidad: ella prefiere soñar e imaginar sin límites; ella quiere ser la protagonista de los libros que piensa en escribir con sus pasos.

Olor a azahar perdido en la noche oscura, aroma de flores blancas que se desmayan sin remedio. Gente que no pasa, que no está, que no existe. Alguien a lo lejos con un carro lleno, pero no, no es uno de esos egoístas que han decido arrasar los supermercados. Es “solo” uno de esos indigentes que pasean con un carro recogiendo lo que otros tiraron como inservible.

La chica siempre piensa: “¿Cómo llegó esta persona a esa situación?”. Seguro que fue un niño risueño, un niño con ganas de vivir y con un futuro. No son invisibles, solo personas que se perdieron en el camino. Nos podía pasar a cualquiera. Muchas veces solo depende del lugar en que la cigüeña te deje, o de una pérdida dolorosa, o de un momento juvenil de búsqueda de identidad en el que se cruza la persona equivocada. Somos tan frágiles…

Me hago mayor, soy plenamente consciente de mi inmortalidad, todo me puede pasar… Soy muy sensible y quizá la soledad que me ha acompañado en esta noche perfecta para el paseo no ha respetado la puerta de mi casa y se ha colado mientras abría. No es la soledad brillante a la que muchas veces busco: ésta es fría, tan fría que rasga el cordón umbilical que me conecta con la realidad. Menos mal que te tengo a ti, que siempre me comprendes.

Bueno mañana será otro día. Lo bueno y lo malo pasan.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 14 de marzo de 2020

  • 14.3.20
Me toca estar confinada en mi casa unos días, sin poder salir, sin dar paseos, sin relacionarme apenas con nadie –mi compañera de piso está prácticamente viviendo en casa de su novia–. Mi mente activa no para de repetir: “¿Qué voy a hacer aquí todo el día?”. Porque una cosa es quedarse en casa porque una quiere y, otra muy distinta, hacerlo por obligación. Aunque ahora más que una obligación es un acto de generosidad y de responsabilidad hacia los demás.



Estos días anda un virus con corona desbocado, se mueve de manera silenciosa entre la gente, saltando de unos a otros y haciendo daño a los más débiles. No hay cuerda que lo atrape por ahora: solo nos queda no ser su vehículo, no dejar que nos utilice para propagarse y hacer daño a esas personas que tanto nos han querido y cuidado. Solo así podemos frenarlo.

Y claro está, una cosa es mi conciencia social, que es enorme, y otra hacer frente a la idea del aislamiento. Y por eso estoy aquí escribiendo. Porque cuando escribo veo más cosas, se abren otros caminos y los problemas pueden tener soluciones.

¿Qué hacer estos días aparte de estudiar? Creo que sería bueno tener una rutina, mezclada con ratitos para el descanso y el placer. Podría levantarme, desayunar tranquilamente escuchando algún programa de humor en la radio, quitarme el pijama y ponerme algo cómodo, pero sin renunciar a verme guapa en el espejo.

Unos pantalones y una camiseta bonita podría ser la solución. Recogerme el pelo, echarme mis cremas matutinas, un poquito de colonia fresquita y seleccionar una música que me acompañe en mis deberes sin trastocarme, podría ser James Taylor, Stacey Kent, Debussy o elegir una de esas listas del Spotify para la paz o la calma, con suave bossa nova o cantos tibetanos.

Sentarme, cerrar los ojos, hacer siete respiraciones profundas para parar un momento y empezar de cero, como un reseteo. Estudiar hasta las diez y media. Hacer un descanso para el desayuno de media mañana: bocadillito de jamón y una manzana, quizás acompañados de una infusión. Higiene bucal y vuelta a la tarea, sería bueno escoger de nuevo la música… Otra hora y media y paseíto por la casa, algún estiramiento o algún baile liberador de la tensión muscular. A las tres la comida y el reposo pos almuerzo.

Y ahora surge una pregunta de mi mente hacendosa: “¿Cómo rellenar la tarde?”. Y la voz inteligente responde: “¿Por qué hay que rellenar la tarde? ¿Por qué no hacer cosas agradables que te guste?”. Hablo de aquellas tardes en las que no tenga tareas pendientes.

Hace tiempo que tengo libros esperándome en cajones, estanterías o mesitas, que están allí despechados por el tiempo que dedico a las redes y a las tecnologías. Este sería un buen momento para volver a retomar nuestra amistad: Sé amable contigo misma, de Kristin Neff; cualquier  título de Chaves Nogales; El oficio de contar, de María Isabel Cintas Guillén o tantos otros que me han ido regalando y que mis amigas han ido escogiendo para mí como quien elige la flor perfecta para regalar. Me conocen y saben que dentro de mi eclecticismo hay unas pautas, unas luces que me gustan más que otras.

También andan por ahí películas y series interesantes, documentales, reportajes y tantas cosas grabadas por mí que he ido acumulando en baúl que, al final, con las prisas diarias, nunca abro. ¿Cuánto hace que no canto a grito “pelao”? No soy buena cantante, pero ponerte algún disco de Radio Futura y cantar hasta que me quede sin aire, me gusta. Y más que me gusta, me encanta.

Tampoco estaría mal abrir el cajón de los millones de recibos guardados y hacer un espulgo. En fin, que hay cosas que hacer. Que hacer y que disfrutar aquí en mi casa y siempre me quedan las conversaciones telefónicas y las videollamadas para conectar con otros humanos también confinados.

Me ha venido una sonrisa a la cara y es que me he acordado de lo que me decía una vecina de mi abuela cuando me quejaba de aburrimiento: “Hoy tenéis muchas tonterías, antes solo pensábamos en taparnos la boca y el culo”. ¡Qué razón tenía Mariana! Habiendo comida y estando vestida, ¿de qué te vas a quejar?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 7 de marzo de 2020

  • 7.3.20
Mis creencias siempre han parecido inquebrantables e irrefutables. Los años me van dando la sabiduría que me permite concluir que mi tranquilidad iPad no llega si me agarro siempre a las mismas ideas preconcebidas. La familia y la escuela tratan de esculpirnos como estatuas de mármol y nos cuesta tiempo descubrir que somos solo barro húmedo perfectamente amoldable a las circunstancias. No se trata de ser plastilina. No somos una mera sustancia que puede cambiar su forma porque otros la toquen o por los golpes de la vida.



Creo que existe algo que podríamos llamar "esencia", que nos acompaña durante todo nuestro paso por este mundo. Hay cualidades innatas, no hablo de eso. Yo lo que quiero decirte es que esas ideas rígidas, cuadradas y con bordes fijos no me ayudan a caminar.

Me he plantado en los treinta y tantos con un catálogo de “debería ser” que me impide avanzar. Ni la amistad ni el amor son “como deberían ser”. ¿Quién ha escrito el libro de la verdad inamovible? He visto cómo en estos años se me han caído mitos; cómo he ido aprendiendo a que no siempre reacciono en función del modelo perfecto que me hecho de mí misma. Un modelo que me esclaviza y me impide respirar.

No soy perfecta, ni santa, ni servil, ni modosita, ni poseo ninguna de esas características que, según las monjas, deberíamos tener para ser “buenas mujeres”. Soy humana, con subidas y bajadas, con carácter, con gritos contra las injusticias y los favoritismos. Yo siempre me identifiqué con el personaje de Robert de Niro en la película La Misión: para ayudar al prójimo, a veces, hay que luchar.

Pero he ido engrasando mis rigideces y trato de aceptar que la vida no es justa, y que no pasa nada. No todos los días lo consigo, pero trato de aplicarme el lema: “¿Quieres ser feliz o tener razón?”. Yo ahora quiero ser feliz porque sé que no se puede convencer a una mente cerrada y porque nadie va a cambiar por unas palabras. Voy conociendo las guerras en las que voy a perder.

De nuevo quiero ser una palmera alta y bien agarrada que se mueve con el viento, sin resistirse en ningún momento. Como diría un maestro zen: “Abrazar lo inevitable”.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 29 de febrero de 2020

  • 29.2.20
Hoy me levantado sin ganas de dejar el sueño que me ha acompañado, no sé si un tramo o toda la noche: era tan bonito y tan real… He soñado que en este país que llamamos "España" se apostaba por la educación y la investigación. Era maravilloso ver cómo los conocimientos y la creatividad de los científicos españoles hacían que nuestra economía creciera sin ningún límite.



Dejábamos de ser el asilo de Europa. Y digo lo de "asilo" sin ofender, lo que ocurre es que no podemos depender del sol y de la climatología para que haya actividad. En mis sueños se implantaba la energía solar y eólica en cada rincón de este país lleno de gente buena y variada. Y las placas solares y los molinos se fabricaban aquí, con nuestros diseños y sin depender de fuera para nada.

Nuestras mentes brillantes no tenían que irse a otros países o continentes para poder descubrir todo aquello que sus cerebros imaginan. Se estudiaba cada región y se hablaba con su gente para saber y encontrar qué actividad económica podría implantarse para evitar que la gente dejase la tierra de sus ancestros sin quererlo.

Encontrábamos curas para enfermedades; descubríamos nuevos métodos para que la gente no sufra. También avanzábamos en agricultura, se fomentaba la unión de los agricultores para que su sustento no dependiese de intermediarios nacionales o extranjeros que se quedan con la plusvalía de su sudor.

Había titulaciones especiales para dar a conocer nuestro patrimonio, que es extenso e interesante. Había muchos lugares que dejaban de ser desconocidos, ya que las infraestructuras permitían llegar a todos sitios. Se investigaba en transporte rápido y accesible para la ciudadanía, no solo para personas con limitaciones físicas, sino también accesibles desde el punto de vista económico. Cada parte del territorio tenía acceso a Internet y se creaban miles de empresas en la Red para ofrecer de todo.

He empezado hablándote de mi sueño nocturno para continuar soñando despierta sobre cómo sería nuestra tierra con una apuesta fuerte por la educación y por la investigación y el desarrollo, sin dejar nunca atrás la innovación. Lo peor es que todo esto es posible. Pero nadie lo ve.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 15 de febrero de 2020

  • 15.2.20
Me siento alegre cuando duermo bien; cuando me levanto y la realidad no pesa; cuando los árboles vuelven a ser tridimensionales y la naturaleza se abre paso entre las tinieblas de mi mente haciéndome ver que solo eran malos pensamientos. Pensamientos que me atrapan y me meten en un agujero excavado en una tierra oscura.



Me siento alegre cuando me levanto con ganas de caminar, de hablar, de ser yo misma sin hipotéticos escenarios tenebrosos. Es la alegría de vivir, de contemplar todo sin deseos u objetivos: hablar con la gente, ver pasar el río, contemplar las nubes sin prisas y carreras. Todo se para y todo tiene sentido.

Estudiar tanto y relacionarme poco a veces me vuelve demasiado introspectiva. Nadie que no haya estudiado unas oposiciones no sabe lo duro que es vivir por páginas y con un fin que nunca llega. La mente solo se centra en estudiar para aprobar y lo demás no existe. Pero a veces me pregunto: "¿Qué pasaría, Marta, si mañana desapareces? ¿Para qué estudias? Es el yin y el yang de mi existencia: el ahora o el futuro.

Pero es que si solo vivo el ahora, ¿cómo llego a tener un un futuro, una estabilidad? El equilibrio entre planificar y no desperdiciar el momento presente me vuelve loca a ratos. Sé que tengo que mirar al horizonte y soltar este agarre que tengo de querer estar en todas partes y controlar todos mis sentimientos. Me encanta cuando confío en la vida y me dejo llevar, cuando me veo como un ser humano que no controla nada. Ahí me inundo de alegría porque esa sí que es la realidad, la de verdad.

Se acerca la fecha del examen y encontrar la calma en la centrifugadora de mi cabeza es difícil, pero mi esencia siempre busca la paz, la tranquilidad que te deja quietos los pensamientos y solo te quedan los sentidos para percibir los cambios de todo lo que te rodea. El camino es abrupto pero estoy segura de que mi mente alegre encontrará el sendero que lleva al abandono y a esa deseada calma.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


sábado, 8 de febrero de 2020

  • 8.2.20
Esta vez todo ha empezado de madrugada. He sentido cómo unos colmillos azules de hielo se clavaban en mi tobillo haciendo que mi cuerpo desapareciera, convirtiéndome en un pellejo asolado por el que el dolor no solo corría, sino que también se había hecho dueño y señor del terreno. Yo luchaba para despegarlo de mí, intentaba correr, pero sus dientes no me dejaban. Había caído en su cepo.



Anduve por mi casa como una loca hasta que fui consciente de que en esta batalla iba a necesitar refuerzos. Esta no era la batalla con las hormigas. A esas las conocía, llevan tiempo que suben y bajan por mi pierna dejando pequeñas huellas frías a su paso.

Necesité dos aliados: una pastilla y un libro. Mientras la primera hacia su efecto, el segundo me contaba historias y me pedía que no pensara en el hielo, que solo su historia era real, la del dolor era ficticia. Pasó más de una hora hasta que pudimos abrirles las fauces al lobo.

Llevo un mes en el que los mordiscos vienen y van, haciendo que mis contornos se difuminen. La ansiedad se apodera de mi mente a ratos y solo me queda esperar, confiando que las energías del universo se muevan a mi favor y mi cuerpo encuentre el camino al equilibro.

Esto lo escribí hace un tiempo, una noche negra en la que mi pierna sufría y yo con ella. Ahora llevo unos días perdida en pensamientos oscuros que tiran de cada parte de mi cuerpo, queriendo partirme. Desde que descarrilé con el estrés hace un tiempo, siempre ando por el alambre intentando no caerme, pero mi vida no es plana, y en las subidas y bajadas a veces tropiezo y caigo en un agujero donde solo se oyen las voces de los "deberías".

Hay periodos en los que aguanto, pero otras veces caigo agotada por no llegar, por no conseguirlo todo, por no ser perfecta. Sé que esa tiranía no me hace bien. De hecho, me consume toda mi energía. Pero es que no sé cómo parar esas voces, cómo encontrar esa quietud y esa paz que tanto ansío. O conseguir que griten sin que me movilicen y agoten. No es fácil...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 1 de febrero de 2020

  • 1.2.20
¿El mundo sería mejor si todos fuéramos malas personas y estuviéramos todo el tiempo a la defensiva y atacando? Seguro que no. Es mejor ser tonta. Tonta por no saltar ante una ofensa; tonta por no pagar con la misma moneda el desprecio; por seguir siendo buena ante gente tóxica.



Llega una edad en la que lo mejor es ser una misma. No renunciar a ser agradable, para que no se te agríe el carácter y convertirnos en seres detestables. Es muy necesario renunciar a palmaditas en la espalda o a que sean capaces de ver tu buen corazón.

No se trata de poner la otra mejilla, sino de no ponerse a la misma altura que determina la gente. Es mejor callar y alejarse. El que calla no otorga: el que calla es más inteligente.

Hay personas sin educación, prepotentes, sin una pizquita de empatía, que van por el mundo embistiendo y lo que más le gusta es que alguien les diga algo para encender más su ira. Si aprendes a detectarlas y decides no ser el pasto de su hoguera, habrás escapado de una tormenta de negatividad que te habría absorbido la energía vital que tanto necesitas para el día día. No podemos permitirnos perder un ápice de esa frágil energía con esa gente que se alimenta de la bronca y de la rabia.

Por eso te digo que no has sido tonta, has sido simplemente fiel a ti misma y has controlado el lobo interior que quería pegarle un bocado a esa mujer insensible a la que le has hecho millones de favores, favores que nunca ha valorado y que sigue pidiéndote.

Elegir entre tener razón o ser feliz es muy importante para la calma, para no perderse en iras ajenas. Da igual lo que hagas, nunca será suficiente, cuando alguien se cree el centro de todos los universos y los demás no existen o son simples piedras que pisar en el camino hacia la satisfacción de sus deseos.

¿Para qué responder? Si en su mente la autocrítica no tiene cabida. Es como un burro con orejeras. Cuesta mucho darse cuenta de esto y solo se consigue cuando renuncias a la lógica y observas que son solo trozos de carne bautizada que no van a cambiar jamás.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 25 de enero de 2020

  • 25.1.20
Está feliz con su trabajo, con su familia y con su libertad. Nos encontramos ayer por la calle de casualidad. Hacía años que no nos veíamos. No recuerdo si después del internado coincidimos alguna vez en algún sitio. Por supuesto, ninguna de las dos fuimos a ninguna fiesta de aniversario de la promoción.



El clima era tan rancio en aquel lugar aséptico y frío que lo último que queríamos era revivir un segundo aquellos años. Ahora nos podemos reír, pero entonces todo era llanto. Lejos de la familia, tan solas y con unas monjas que no conocían el cariño.

Yo nunca habría sacado el tema, pero ella empezó a hablar de sor Isabel. Aquella mujer amargada que le cogió manía desde el principio: todos los dardos iban contra una niña de familia bien que había perdido a sus padres en un accidente. "Tú nunca vas a llegar a nada, eres una inútil y no sirves para estudiar", le repetía constantemente.

¡Qué daño hace la infelicidad de algunas personas! Como siempre digo: la gente feliz no se dedica a molestar. Ella se hacía engullir por el pupitre, quería desaparecer... Para mí, aquellas palabras eran hachazos en mi sensibilidad, que empatizaba con aquella niña triste que trataba simplemente de sobrevivir.

Fueron muchos los martillazos en su autoestima, tantos que lo fácil hubiera sido creer sus hirientes palabras y dejarse llevar por cualquier sustancia que le hiciera olvidar. Aquella niña solo era tímida, pero dentro tenía la suficiente fuerza como para seguir. Salió del infierno y se fue a estudiar a una universidad pública, se independizó de aquella familia que no entendió que lo mejor para una criatura huérfana no era un sitio rígido y sin amor.

Ahora es profesora en un instituto público, donde imparte clases de Economía, que fue lo que estudió. Conoció a un buen chico y ahora tiene la familia que siempre quiso, unida y amorosa. Y lo mejor es que ha perdonado a aquella monja agria que era una infeliz y que tenía una vida que no deseaba. Ahora mi compañera es libre y feliz.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 18 de enero de 2020

  • 18.1.20
Alma está malita, tiene bronquiolitis. Es tan pequeñita, tan linda y dulce, que te parte el alma ver sus grandes ojos apagadizos, las medias lunas moradas que se dibujan debajo de sus largas pestañas y que tanto contrastan con su delicada piel blanca.



Sigue observando y escrutando todo pero sin esa vivacidad que la caracteriza. Sus párpados le pesan, los cierra e inmediatamente los abre por el estornudo que ha expulsado el chupe de su boquita rosa. Es precioso ver el desarrollo de un ser humano: antes mantenía siempre los puños cerrados y ahora utiliza sus manitas para volver a ponerse el chupe. Sus padres al principio no querían que lo utilizara y ahora están contentos de que tenga algo que calme su malestar.

Si la llamas por su nombre te mira, ya conoce su nombre. Cada día es una aventura nueva, un momento de aprendizaje. Pero hoy si la llamas te busca, dibuja una pequeña sonrisa y después se viene abajo por el esfuerzo.

Los moquitos vienen y van por su pequeña naricita, haciendo que le cueste respirar. Es tan chica... La cojo para abrazarla y decirle que siempre la voy a querer y proteger. Le hago una cuna con mis brazos y ella me mira con ese azul intenso, hoy levemente apagado. Se va sintiendo querida y segura, mientras se sumerge en un sueño reparador y sus pestañas dan sus últimos aleteos.

El corazón se me deshace con esa mirada de “estoy malita; por favor, cuida de mí”. Es muy buena, solo gime de vez en cuando para hacernos saber que no se encuentra bien. Todos lo sabemos porque su vitalidad y alegría contagiosa están hoy dormidas.

¡Cómo se puede querer tanto a esta muñequita! Ahora entiendo cuando mis amigas hablaban de que cuando tienes un hijo no quieres ni que le roce el aire. Yo no la he parido, pero me he convertido en una de sus guardianas: es tan fuerte lo que me remueve el corazón su fragilidad...

Sobre ella estaría todo el día hablando en diminutivos, con miles de adjetivos cursis y delicados y es que ella es la reina, no la princesa, de nuestros corazones, de todos aquellos que la miramos y contemplamos sus progresos. Con su sonrisa se te olvidan las malas noticias y este mundo se convierte en un sitio precioso donde siguen naciendo niños y niñas para que sigamos descubriendo que el amor y la bondad existen.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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