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sábado, 15 de agosto de 2020

  • 15.8.20
Mediodía. La chicharra se desgañita anunciando otro día de cielo y sol blancos. Poco ha permanecido la pobre callada, solo cuatro horas ha podido mi casa respirar aire de fuera –decir "libre" sería mentir–. Mi cerebro calcula las horas para volver a la cama como si deseara que "este cáliz" pasara cuanto antes mejor. Horas blancas, horas vacías, casillas sin objetos que las rellenen. Otro confinamiento dentro de la burbuja del aire acondicionado.



Me desperté temprano y eché a andar para comprobar que seguía viviendo en la misma ciudad, que había gente fuera y que las paredes de mi casa no eran Finisterre. Las horas son como ese pan malo esponjoso que se estira pero no se parte: son infinitas en cada segundo.

No me gusta andar sola con mis propios pensamientos, prefiero pasear con la emoción. Elijo la música y me pongo ese vestido medio trapo de algodón que me cubre pero no me aprieta. Ese que deja que el aire envuelva mi cuerpo por sus rendijas.

Como llevo tanto tiempo sin salir de casa, no solo soy capaz de ver lo cotidiano, sino que mi mente está abierta a encontrar nuevos sitios o a descubrir algo que siempre estuvo ahí, pero que la rutina no vio. Una cabina de teléfono testigo de otra época en la que las citas eran un acto de valentía unido a una buena memoria. Se quedaba y, hasta el momento del encuentro, solo había silencio, sin WhatsApp de recuerdos. Bajar a llamar a alguien que tenía la suerte de tener un teléfono fijo, encontrar las monedas y contar las palabras para que ellas resumieran el mensaje que tus pesetas podían pagar.

Observo que solo hay gente mayor en la calle. Mujeres de pelo plateado y teñido que desayunan juntas en una terraza visitable solo a esa hora; parejas que andan desafiando las dificultades para mantener en forma un cuerpo muy vivido. Siempre que los veo quiero sentarme a conversar con ellos porque la historia de este país está en sus memorias, no en los libros.

Fiesta de palomas que desafían la distancia social. Por lo menos veinte picotean algo que no alcanzo a ver. Alguna mente cándida les habrá echado un pedazo de pan o algo de su gusto y pelean por rellenar sus barrigas antes de que la canícula haga su gran aparición.

Calles pequeñas con casas de pueblo en una ciudad que ya ha crecido y huye del estigma rural. Me hubiese gustado seguir callejeando sin rumbo, pero son las diez y el calor asfixiante muerde mis piernas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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