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sábado, 4 de julio de 2020

  • 4.7.20
Como punto de partida de nuestra conversación, te propongo –querida amiga, querido amigo– que reflexionemos en voz alta sobre la idea de que supervivir o sobrevivir no es sólo añadir minutos a los minutos sino, sobre todo, lograr que cada instante se convierta en un renacer o, quizás, en un nacer. La luz de cada amanecer nos descubre un paisaje que, por muy parecido que sea al del día anterior, es completamente diferente, nos abre un panorama que está cubierto de novedades, de sorpresas y de interrogantes.



Sí; no sólo cada nuevo año, sino también cada nuevo día es un misterio que hemos de desvelar y un reto que hemos de afrontar. Despertarnos es advertir que tenemos toda la vida por delante y percatarnos de que lo mejor de la vida nos queda por vivir.

La etapa que ya hemos cubierto –sea cual sea nuestra edad– no resta nada al camino que nos queda por recorrer sino que, por el contrario, potencia nuestra marcha, asegura nuestros pasos, ensancha nuestros horizontes y profundiza nuestra conciencia de que, efectivamente, cada minuto es una nueva oportunidad que no hemos de desperdiciar.

La vida empieza hoy, tenemos toda la vida por delante y lo mejor de la vida nos queda por vivir. Los años ya vividos y las experiencias acumuladas, más que tiempo gastado, son recursos efectivos, fértiles cosechas y frutos maduros que, si los administramos con habilidad, están disponibles para que los aprovechemos y le saquemos todo su jugo. Cada episodio vivido encierra semillas fecundas que, si las cultivamos con esmero, germinarán y nos proporcionarán cosechas abundantes.

En contra de todas las apariencias, los caminos ya recorridos nos descubren unos horizontes más diáfanos, nos abren nuevas puertas y nos rompen ataduras convencionales. Madurar humanamente es ensanchar nuestra libertad para acercarnos a nuestra meta personal, para cumplir nuestra peculiar misión, para realizar nuestro proyecto inédito y para alcanzar ese bienestar razonable, necesario y, por lo tanto, posible.

Creer que la felicidad es aún posible es la primera condición para que trabajemos denodadamente por lograrla. En segundo lugar hemos de repasar esa amplia lista de razones que nos impulsan a pensar que merece la pena vivir: esos objetos bellos que nos recrean, esos seres buenos que nos estimulan, esos proyectos alentadores que nos apasionan.

En tercer lugar, con serenidad y con responsabilidad, hemos de considerar algunas de las situaciones molestas y nocivas que dañan el bienestar y que están en nuestras manos, al menos, aliviar, ayudando modestamente a poner orden y a asear nuestro entorno como, por ejemplo, a disminuir la crueldad, la ignorancia, el odio, el engaño y la miseria.

Hoy, sin duda alguna, se nos presentarán ocasiones propicias para crecer, para madurar y para disfrutar. Desde una perspectiva humana, podemos decir que no es cierta esa afirmación que repiten los manuales de Biología de que, a los veintitantos años, dejamos de crecer porque la mayoría de nuestras facultades –tallos permanentemente tiernos y fértiles– a medida en que más las usamos, aumentan su lozanía, su vigor y su rendimiento.

¿Quién te ha dicho que los años disminuyen nuestra capacidad de saborear, por ejemplo, un simple guiso de arroz con habichuelas o una rebanada de crujiente pan con manteca? Los sentidos corporales y, sobre todo, las aptitudes mentales, el gusto estético y la sensibilidad moral son herramientas que no sólo permanecen en pleno funcionamiento mientras no enferman sino que, si las cuidamos y las entrenamos de manera adecuada y constante, se desarrollan y aumentan sus poderes, se hacen más finos, más ágiles y más eficaces. Cuanto más vivimos, mayor capacidad poseemos para vivir.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO



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