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ANDALUCÍA CON UCRANIA

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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viernes, 23 de septiembre de 2022

  • 23.9.22
A los lectores a los que les agrada y les interesa plantearse las cuestiones relacionadas con el bienestar y con el bienhacer, es posible que Estoicismo. De la Estoa a Marco Aurelio (Madrid, Hermida Editores), que reúne las reflexiones de los pensadores estoicos Epicteto, Séneca y Marco Aurelio, les resulte oportuna, interesante y práctica.


Me atrevo a adelantar que, incluso, es probable que algunos se sorprendan por la sencillez, por la claridad y por la profundidad con la que plantean unos problemas que hoy nos siguen inquietando como, por ejemplo, nuestra radical interdependencia, las hondas raíces de nuestros deseos, las influencias inevitables de las opiniones ajenas o los agudos sufrimientos que nos generan las pérdidas.

En mi opinión, resulta especialmente acertado reunir las reflexiones de un emperador, de un cortesano y de un esclavo romanos sobre unas ideas que surgieron en Grecia en unos momentos de desconcierto, en una situación histórica que guarda cierta analogía con nuestros problemas actuales.

Las explicaciones de Epicteto en su Manual de vida sobre, por ejemplo, las dependencias, los deseos, las opiniones, la espera o la enfermedad son totalmente actuales. Lo mismo ocurre con las Meditaciones de Marco Aurelio sobre el hábito de procrastinar los asuntos importantes, sobre la brevedad de la vida o sobre la administración del tiempo.

Las “Consolaciones” con las que Séneca trata de aliviar los pesares, de “arrancar el dolor” de Marcia o de explicar a Lucilio cómo es posible que ocurran tantas desgracias en un mundo gobernado por una providencia son especialmente oportunas en estos momentos.

Si, simplificando y exagerando, podemos afirmar que la última meta de los pensamientos filosóficos, de las investigaciones científicas y de los trabajos técnicos es lograr el bienestar personal y colectivo, y, si ese es el fondo de todas nuestras aspiraciones y de todas nuestras tareas, es razonable llegar a la conclusión de que estas reflexiones constituyen una invitación para que los investigadores de las distintas disciplinas científicas y técnicas, los profesores de las diferentes ciencias humanas y los lectores preocupados por los problemas sociales y políticos actuales lean estas reflexiones que profundizan en nuestras cuestiones “vitales”.

Es posible que la lectura o la relectura de estas obras clásicas nos ayuden descubrir unas fórmulas renovadas para tratar unos asuntos que ya habían preocupado y ocupado a unos pensadores que sembraron las semillas del frondoso bosque de nuestra cultura occidental.

Esta obra constituye una oportuna invitación para que los profesionales de los diferentes territorios del pensamiento actual, los críticos periodísticos y los creadores de opinión dirijan sus miradas hacia esos maestros que siguen iluminando las cuestiones que nos preocupan hoy a los ciudadanos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 16 de septiembre de 2022

  • 16.9.22
De manera sencilla, clara y amena, Johnjoe Mcfadden, científico y profesor de Genética Molecular de la Universidad de Johnjoe Mcfadden, nos da la razón a quienes estamos convencidos de que nuestras dificultades para comprender las ciencias, la filosofía y, a veces, la historia, radican, más en la oscuridad con las que nos las explican que en nuestra incapacidad para entenderlas.


Todos hemos tenido experiencias de lo bien que hemos comprendido y lo mucho que nos han entusiasmado unas cuestiones teóricas cuando un “experto en la comunicación pedagógica” nos las ha “contado” de manera sencilla, clara y amena.

Con detalles, con precisión y con habilidad, el profesor Mcfadden nos relata en La vida es simple (Barcelona, Paidós, 2022) los principales descubrimientos científicos que, durante la milenaria historia de las ciencias, han seguido unos procesos sencillos y “simples”.

Original me ha parecido el arranque de sus explicaciones en la idea del filósofo, lógico, teólogo y fraile franciscano inglés Guillermo de Ockham (c. 1288-1349), defensor del principio metodológico de la “economía” según el cual no debemos multiplicar las explicaciones sin necesidad.

Oportuno es, a mi juicio, el análisis que el autor efectúa para mostrarnos cómo los prejuicios ideológicos, sobre todo los religiosos, han oscurecido, complicado y, a veces, frenado los descubrimientos y las explicaciones de los fenómenos más importantes de la naturaleza.

Partiendo del supuesto de que la ciencia es una, nos recuerda cómo sus raíces se ahondan en los trabajos de las diferentes civilizaciones como la antigua Mesopotamia, China, Grecia y norte de África. Llega a la conclusión de que “cientos de lugares, innumerables épocas y millones de personas han contribuido a la construcción de ese extraordinario sistema de pensamiento que hoy denominamos ciencia moderna”.

Con claridad y con detalles nos explica “cómo todos los grandes avances científicos se han logrado gracias a unos cálculos que “implicaban una simplificación”. Nos recuerda que Roald Hoffmann, premio Nobel de Química, siguió aquella lógica occamista para llegar a la hipótesis cuántica y cómo, en aquella época, todos los científicos mostraban ya su preferencia por las soluciones sencillas.

Estoy de acuerdo, al menos, en que optar por una teoría compleja cuando se puede recurrir a otra más sencilla es, para cualquier investigador moderno, simplemente “anticientífico” y, por supuesto, antipedagógico.

Resulta llamativo que esa preferencia por la sencillez en la ciencia, que es relativamente reciente, tenga su origen en las ideas de Guillermo de Occam, aquel fraile franciscano “que rompió las polvorientas telarañas de las doctrinas medievales para dejar espacio a un pensamiento más ágil y más perspicaz”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 9 de septiembre de 2022

  • 9.9.22
Tengo la impresión de que, en la práctica, algunos (¿muchos?) de los políticos actuales ignoran que los mensajes se transmiten, sobre todo, con la expresión del rostro, con los gestos de las manos y con los movimientos de los brazos. No advierten que cualquier palabra, como, por ejemplo, “gordo”, “bonito”, “abuelo” o “parienta”, puede sonarnos a piropos o a injurias, dependiendo del tono con el que las pronuncien.


No suelen ser conscientes de que el lenguaje corporal –el más sincero y el más directo– es la clave con la que, de manera inconsciente, expresamos e interpretamos los significados de las palabras. Por muy buenos discursos que le preparen sus asesores, si en la “pronunciación” el político emplea un tono irritado, dirige a los oyentes unas miradas violentas y hace muecas crispadas, las palabras suaves y las razones convincentes producirán el mismo efecto que el impacto de unas piedras que nos golpean en lo más íntimo de nuestra sensibilidad.

Es una pena que no caigan en la cuenta de que, a veces, sus discursos nos suenan como ladridos de perros asilvestrados que pretenden asustarnos; otros, por el contrario, nos transmiten la impresión de que son gatos acobardados que temen ser capturados e, incluso, no faltan quienes nos parecen unos lobos que, disfrazados de ovejas, pretenden seducirnos.

Es cierto que cada uno tiene su voz peculiar, pero también es verdad que, igual que ocurre con la imagen corporal, si aplicaran los cuidados adecuados, podrían mejorarla y sacarle un asombroso partido. No deberían olvidar que la voz, igual que la piel, exige que la aseen, la tonifiquen y la mimen, sin olvidar que, como la piel, la voz es –más que una envoltura– un cristal transparente que descubre el fondo íntimo de nuestras conciencias donde palpitan las emociones, las esperanzas y los temores y, sobre todo, los rencores.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 2 de septiembre de 2022

  • 2.9.22
Está claro que también nosotros, los ancianos, a veces nos asustamos con lo que está pasando. Pero, en mi opinión, es importante que distingamos los temores razonables y controlados de los otros miedos paralizantes de quienes están permanentemente asustados, de quienes, ante el menor cambio, sienten un desmedido pavor.


Es normal que, conscientes de nuestra fragilidad, experimentemos temor a las enfermedades y a la muerte. Es explicable que sintamos desconfianza por los cambios que nos obligan a variar nuestras costumbres y a cometer errores.

Pero deberíamos buscar procedimientos para controlar esos temores irracionales y para evitar que se conviertan en unos miedos paralizantes que nos impidan alcanzar, mantener y aumentar nuestro bienestar. En el fondo, el miedo es esa preocupación, ese estremecimiento incontrolado por lo que todavía no ha pasado y quizás nunca pasará.

El miedo es el vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido y que solo se alivia por la presencia reconfortante, estimulante y consoladora de las personas próximas, de los seres queridos, de los familiares y de los amigos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 26 de agosto de 2022

  • 26.8.22
El decimoséptimo aniversario del fallecimiento de nuestro filósofo Mariano Peñalver me brinda la oportunidad de reflexionar sobre las guerras en unos momentos que, sin duda alguna, son especialmente oportunos. En mi opinión, de acuerdo con los antropólogos más cualificados, los dos “instintos humanos” más primarios –y, por lo tanto, los más irreprimibles– son el de supervivencia (individual y colectiva) y el de identidad (individual y colectiva).


Mientras tenemos vida, en el sentido más elemental de esta palabra, nos sentimos enérgicamente impulsados a conservarla y, en la medida de lo posible, a prolongarla. Paradójicamente, podríamos afirmar que estamos dispuestos a perder la vida con el fin de lograr los medios indispensables para mantenerla.

El otro instinto, no mucho menos irrefrenable, es el de la identidad, un impulso que consiste en ser uno mismo y en exigir respeto a la propia condición personal y colectiva. Ahí radican, a mi juicio, los gérmenes y la explicación de la agresividad y de las guerras.

En la actualidad, debido a la movilidad y a los permanentes cambios de residencia, el conocimiento de los complejos mecanismos psicológicos y sociológicos que intervienen en la composición de las diferentes identidades individuales y colectivas alcanza una importancia decisiva, ya que, como sabemos, tienen graves y complejas repercusiones tanto en la convivencia social como en las relaciones políticas.

Tengo, sin embargo, la impresión de que, tanto los gobernantes como los líderes de opinión, en sus análisis de las múltiples situaciones y en la adopción de las medidas para encauzarlas de manera razonable y justa, caen, con excesiva frecuencia, en una ingenua, inútil y, a veces, peligrosa simplificación.

Especialmente acertada es la distinción que establece Mariano Peñalver entre la agresividad personal y la violencia institucional. Él se pregunta si la primera es consecuencia de una baja o de una alta autoestima. Para responder a esta compleja cuestión, parte del supuesto de que la violencia institucional es el resultado no solo de las decisiones de los poderosos sino también de las respuestas que éstos obtienen de sus destinatarios o de sus víctimas.

Establece una clara diferencia entre la violencia tiránica, que no se fundamenta en el principio de la obediencia debida, y la violencia institucional que, a veces, se excede impulsada también por las pasiones. Duda de que hayan existido guerras limpias y opina que una de las claves de la agresividad y de la violencia se ahonda hasta ese fondo psicológico en el que se aloja nuestra impaciencia.

Llama la atención sobre el actual regreso a las promesas medievales de los “paraísos celestiales”, le sorprende la creciente manera de excitar la venganza y de alimentar el resentimiento hacia los poderosos, y rechaza el uso de la violencia como un medio adecuado para alcanzar cualquier fin estimable.

También él explica cómo los políticos, además de administrar los bienes de la colectividad, deberían ejercer una labor pedagógica estimulando el control (¿ascético?) de las pasiones y la protección frente a la codicia propia y ajena.

Condena por igual todos los terrorismos y nos pone en guardia ante los fundamentalistas de cualquier creencia. Peñalver nos advierte con claridad e insistencia cómo las consecuencias de la violencia, además de truncar vidas sanas, destruye la tranquilidad de las familias, despierta la rabia y la indignación en los padres, y el desánimo y la inquietud entre los hijos e, incluso, perturba la conciencia de las ciudades.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 19 de agosto de 2022

  • 19.8.22
Hay que ver cómo las redes sociales están ampliando la distancia física entre las personas y, por lo tanto, dificultando la convivencia y la comunicación humanas. Parto del supuesto de que la convivencia y la comunicación no consisten solo en estar próximos ni en proporcionar informaciones, sino que son procesos complejos que exigen la participación en las vidas de los otros: que “comulguemos” con los sentimientos que fundamentan, alimentan y orientan nuestras vidas. El verano y las vacaciones pueden proporcionarnos oportunidades para que, además de mirar y admirar el paisaje y los monumentos, prestemos una mayor atención a las personas con las que convivimos.


No es lo mismo “coexistir” que “convivir”. “Convivir” significa concurrir en un mismo tiempo, coincidir en un mismo espacio y, además, participar en las vidas de los otros. Es cierto que, gracias a los medios de comunicación virtuales, podemos enviarnos mensajes sin la necesidad de la presencia física. Pero, para convivir humanamente, es necesario que, en la medida de lo posible, intervengan, además de nuestros sentidos, nuestras emociones y nuestros pensamientos.

Aunque se realicen los negocios, las clases, los exámenes, las amistades, las compras, las consultas médicas, las intervenciones quirúrgicas y hasta el amor a distancia, no podemos decir que estamos realizando una verdadera convivencia humana si no participamos en las vivencias emocionales, en las esperanzas y en los temores; en las alegrías y en las tristezas.

Para convivir necesitamos vernos, oírnos y tocarnos; trabajar, aprender, disfrutar y sufrir unidos y reunidos. Convivir es intercambiar sensaciones y comunicarnos nuestras emociones en estos espacios comunes, en estas calles y en estas plazas en las que participamos del calor y del frío, por las que pasamos y paseamos, en esos espacios comunes de los juegos y de las fiestas.

Permítanme que les cuente mi tristeza al escuchar a unos amigos que me han expresado la soledad que están sintiendo durante estas vacaciones recluidos en las residencias de ancianos. No olvidemos que la comunicación humana, la participación en las vidas de los otros, es tan indispensable como los alimentos y la respiración en todas las edades.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 12 de agosto de 2022

  • 12.8.22
En mi opinión, descansar de manera adecuada es una habilidad que nos exige un permanente y un correcto aprendizaje. Tengo la impresión de que los animales lo hacen mejor que nosotros, los seres inteligentes humanos. Para descansar, en el sentido etimológico de esta palabra, es imprescindible, en primer lugar, que estemos cansados y, por eso, no es posible hacerlo cuando no nos lo pide el cuerpo ni lo aconseja el espíritu.


Pero también es cierto que no podemos descansar adecuadamente cuando hemos trabajado o descansado excesivamente. Aceptemos al menos que, igual que la alimentación, el descanso requiere que desarrollemos habilidades para administrarlo de una manera saludable.

Para descansar necesitamos, en primer lugar, "desconectar" física, mental y afectivamente de las ocupaciones y de las preocupaciones cotidianas. El descanso nos alimenta cuando nos ayuda a contemplar nuestras vidas desde el silencio y desde la intimidad, cuando paramos el reloj interior, ese mecanismo mental que nos impulsa a seguir la carrera frenética de nuestras agendas. Para descansar debemos volver a aprender a detenernos para mirar a los ojos a las personas, a contemplar la naturaleza y, sobre todo, a regenerarnos en el diálogo –nunca alcanzado plenamente– con nosotros mismos.

Todos, con independencia de la edad que hayamos cumplido, debemos estar en guardia para evitar la tentación de dejarnos llevar por el frenesí de la hiperactividad, de caer en la trampa del activismo con el fin iluso de sentirnos unos protagonistas absolutos.

El aprendizaje del descanso nos ayuda a cultivar la mirada contemplativa, a mantenemos en contacto con nosotros mismos, a reemprender nuestras tareas de una manera razonable y provechosa sin anestesiar nuestra mente por falta de aliento, y sin devorarnos mutuamente.

Un descanso adecuado nos ayudará a estar más conscientes de nuestras vidas, a mejorar nuestro rendimiento y, probablemente, a evitar el mal humor y la irritabilidad que enrarece la atmósfera y amarga las relaciones con nosotros mismos.

En mi opinión, quizás la fórmula más fácil sea compartir el tiempo con los que nos quieren, disfrutar con nuestros amigos, con nuestros familiares y, sobre todo, con nosotros mismos. Este mes de agosto nos proporciona otra oportunidad para descansar el cuerpo y el espíritu, para vivir la vida e, incluso, para, superando la pereza, seguir creciendo con independencia de la edad, de las creencias, de las posibilidades económicas e, incluso, del estado de salud, a condición de que evitemos el aburrimiento, esa desagradable sensación de desgana, de cansancio y de fastidio que nos produce la rutina.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 5 de agosto de 2022

  • 5.8.22
El conocimiento humano y, por lo tanto, su aprendizaje son procesos complejos en los que intervienen diferentes facultades. Para informarnos de los significados de los objetos y para interpretar los episodios que forman parte de nuestras vidas necesitamos ejercitar todas nuestras capacidades sensitivas, imaginativas, emocionales y racionales.


Sí, es indispensable que usemos la vista, el olfato, el oído, el gusto y el tacto. Como afirma Antonio Machado: “Hay que tener los ojos muy abiertos para ver las cosas como son; aún más abiertos para verlas otras de las que son; más abiertos todavía para verlas mejores de lo que son”. Me atrevo a decir que, sin el uso adecuado de los sentidos, no es posible que funcione ni la imaginación, ni el sentimiento, ni la inteligencia.

En El arte y la creación de la mente (Barcelona, Paidós, 2022), su autor, Elliot W. Eisner, nos explica el papel de las artes en la transformación de la conciencia y cómo el cultivo de las artes orienta –y a veces determina– nuestra comprensión de los episodios cotidianos.

¿Por qué y para qué? Porque “refina nuestros sentidos” para aumentar nuestra capacidad de experimentar el mundo en el que habitamos y “para que podamos imaginar lo que realmente no podemos ver, saborear, tocar, oír u oler”. Nos explica con claridad cómo la imaginación es una forma de pensamiento que “engendra imágenes de lo posible y que también desempeña una función cognitiva de importancia fundamental”.

Oportuna, a mi juicio, es su detallada explicación de los principios, criterios y pautas que hemos de seguir con el fin de determinar los objetivos, la metodología y los usos educativos de la evaluación en la enseñanza efectiva de las artes plásticas, y especialmente oportuna, en mi opinión, es su detallada descripción de los beneficios que proporciona a los alumnos y a los profesores la enseñanza artística.

Elliot W. Eisner, profesor de arte de la Universidad de Standfort, parte del supuesto de que todas las formas poseen cualidades que expresan o suscitan sentimientos o emociones y de que todas ellas se someten –o se pueden someter– al control inteligente de la experiencia y de la técnica.

Explica con detalle y con claridad cómo, si para ver es imprescindible aprender a ver, el arte es un cauce directo para educar el gusto y para orientar la vista y los demás sentidos: “Las artes nos invitan a prestar atención a las cualidades de lo que oímos, vemos, saboreamos y palpamos para poderlo experimentar”.

A mi juicio, es una obra oportuna y válida para que los docentes de las diferentes disciplinas científicas, humanas y artísticas revisemos algunas de nuestras teorías y prácticas pedagógicas y para que nos preguntemos si es conveniente y necesario adoptar algunas de estas ideas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 29 de julio de 2022

  • 29.7.22
De la misma manera que para alimentarnos bien no es necesario comer demasiado, para evitar el empacho informativo deberíamos reducir y administrar el consumo diario de noticias. Conocer lo que ocurre es imprescindible para situarnos y para movernos saludablemente en el mundo que habitamos, pero, como ocurre con las medicinas que nos curan de los trastornos digestivos, la información ha de ser dosificada porque, igual que con el azúcar, el alcohol, la leche, la carne, el calor o el frío, los seres humanos poseemos un determinado nivel de tolerancia informativa que, si no lo respetamos, nos genera reacciones orgánicas y trastornos mentales.


En la actualidad, la excesiva y la permanente información de episodios nos afecta tanto a nuestra salud corporal como a nuestro equilibrio emocional. Estar informados sobre lo que ocurre a nuestro alrededor es una necesidad fundamental de todo ser humano –y de los animales– desde los tiempos de las cavernas. Recordemos cómo las artes rupestres fueron el medio de comunicación de las personas de aquellas épocas prehistóricas.

El ansia de información está determinada por nuestro interés de responder a las preguntas sobre la naturaleza, el origen y las consecuencias de los hechos inesperados que ocurren en nuestro alrededor o en nuestro interior. Lo hacen hasta los niños cuando exploran un juguete nuevo.

La novedad nos despierta curiosidad, preguntas e interés. En la situación actual –y reconociendo la evolución que han experimentado los medios de comunicación– las personas requerimos saber del acontecer diario en las diferentes circunstancias.

Pero la saturación informativa, debido a esa creciente proliferación de canales, nos genera hastío, aburrimiento y cansancio y, en vez de alimentarnos, nos satura y nos enferma por sobredosis. No tenemos más remedio que decidirnos a buscar, a elegir y a prescindir de canales transitados durante mucho tiempo y, para eso, es saludable que descartemos, desechemos y suprimamos algunas de las fuentes que, por muy prestigiosas que hayan sido, en la actualidad nos atiborran, nos hartan y, a veces, nos emborrachan. Sí, querida amiga y querido amigo, hoy te invito a que leas menos y a que elijas mejor.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 22 de julio de 2022

  • 22.7.22
Aunque algunos piensen que no es necesario aprovechar esta oportunidad para leer un libro sobre la ola de miedo que nos invade, nos contagia de un malestar paralizante y nos genera indecisiones, errores y fracasos, he decidido leer y comentar Miedo líquido (Barcelona, Paidós), una obra en la que Zygmunt Bauman nos explica de manera clara, profunda y detallada el miedo y los miedos que todos experimentamos.


Estoy seguro de que quienes se decidan a abrir sus páginas encontrarán claves interpretativas y, sobre todo, fórmulas prácticas para desactivarlos. Fíjense en su manera clara de afirmar que “el miedo constituye, posiblemente, el más siniestro de los múltiples demonios que anidan en las sociedades abiertas de nuestra época. Pero son la inseguridad del presente y la incertidumbre sobre el futuro las que incuban y crían nuestros temores más imponentes e insoportables”.

El miedo, un sentimiento de defensa común a todos los animales, en los seres humanos es un mecanismo racional y psicológico necesario para la supervivencia, aunque a veces lo nieguen quienes lo confunden con la “cobardía”. El autor nos advierte cómo los peligros se encargan de recordarnos su realidad a pesar de las medidas de precaución que se han adoptado y cómo “regularmente son desenterrados de las mal cavadas tumbas en las que han sido enterrados (apenas unos centímetros por debajo de la superficie de nuestra conciencia) y son brutalmente arrojados al candelero de nuestra atención” (p. 26).

Estoy de acuerdo en que, en el fondo, el miedo es el vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido, y en que brota del conocimiento de nuestra propia fragilidad y, en consecuencia, del temor a la muerte.

En mi opinión, es especialmente oportuna su advertencia sobre el miedo generado por el crecimiento de nuestra capacidad humana para autodestruirnos de una manera total. Me ha resultado agudo el análisis de la contradicción que se produce cuando ese riesgo de destrucción se origina mediante los esfuerzos desarrollados para proteger a poblaciones privilegiadas pero que su consecuencia directa es que aumentan las “agresivas desigualdades”.

Si la idea de una “sociedad abierta” representó originariamente la determinación de una vida libre y orgullosa de su apertura, es constatable que hoy evoca la experiencia aterradora de unas poblaciones vulnerables que, abrumadas por fuerzas que no pueden controlar ni comprender plenamente, se sienten horrorizadas ante su propia indefensión y obsesionadas con la inseguridad de sus fronteras y de la población que reside en su interior.

La descripción detallada de la serie de miedos actuales y las preguntas concretas que Bauman nos formula a nosotros en estos momentos es, a mi juicio, una manera lúcida y saludable para orientarnos en las tareas permanentes de descubrir las fuentes comunes de nuestros diferentes miedos, y unas pautas prácticas para que analicemos los obstáculos y para que descubramos las maneras de desactivarlos. Como el mismo autor nos dice, “es una invitación para que pensemos y para que actuemos”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 15 de julio de 2022

  • 15.7.22
Aunque, como es sabido, las relaciones entre el cuerpo y el espíritu fueron objeto de las discusiones filosóficas ya desde los filósofos presocráticos, ha sido en la actualidad cuando el estudio de la interdependencia del organismo y la mente está adquiriendo una dimensión estrictamente científica.


Es cierto que ya Diderot, en el siglo XVIII, afirmaba que era muy difícil hacer una buena metafísica y una buena moral sin ser anatomista, naturalista, fisiólogo y médico, pero es hoy cuando los análisis de las Neurociencias están siendo objeto de múltiples y, a veces, de apasionadas controversias entre los diversos especialistas de las Ciencias Humanas.

Algunos autores expresan sus temores de que los temas de sus respectivas disciplinas –sobre todo, de la Psicología y de la Psiquiatría– vayan perdiendo su autonomía al pasar por “la máquina de las neuroimágenes”, otros juzgan, por el contrario, que los asuntos relacionados con la Ética, con la Política, con la Estética e, incluso con la Retórica y la Poética, pueden ser ventajosamente abordados desde la perspectiva del funcionamiento del cerebro sin restar protagonismo a los análisis de dichas Ciencias Humanas.

En mi opinión, en la actualidad es imprescindible y legítimo fomentar la colaboración recíproca entre las ciencias naturales y las humanas siempre que respetemos las respectivas competencias de cada disciplina y a condición de que establezcamos una convergencia entre los estudios de la mente, del lenguaje y del cerebro.

Doy por supuesto que los progresivos trabajos de las Neurociencias, gracias a las nuevas herramientas de investigación, pueden aportar nuevas luces a las conclusiones extraídas por los análisis filosóficos, psicológicos, éticos, estéticos, poéticos y retóricos que se han desarrollado a lo largo de toda nuestra milenaria tradición.

Estoy convencido, además, de que la Ética –considerada tanto en su práctica como en su teoría– constituye en la actualidad un tema de permanente y de honda preocupación para los ciudadanos y el objeto de conversaciones entre padres, educadores y sociólogos, y espero que despierte el interés de los comunicadores y de los políticos de las diferentes ideologías con el fin de que, en la práctica, orienten nuestras maneras de sentir, de emocionarnos, de pensar, de hablar y de actuar.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 8 de julio de 2022

  • 8.7.22
El oportuno, detallado y riguroso análisis de la situación científica, económica, social y política actual que Gerard Bronner nos proporciona en Apocalipsis cognitivo (Barcelona, Paidós, 2022) constituye, a mi juicio, una denuncia valiente y una propuesta razonable para que, en la medida de lo posible, se eviten las consecuencias devastadoras de las actuaciones irracionales, de las cegueras ideológicas y de los intereses nacionales e individuales tan generalizados en estos días.


Su reflexión nace de un hecho cierto: la pandemia mundial del covid-19 nos ha demostrado que “la coordinación internacional y la atención a los avances científicos son más necesarios que nunca”. Este estudio parte del supuesto de que el cerebro es la herramienta más compleja del universo conocido, y se asienta en la convicción de que su mayor disponibilidad abre –podría abrir– muchas –todas– las posibilidades de un progreso realmente humano, aunque en la práctica se pueda desvirtuar e incluso malversar de diversas maneras.

Constata cómo, en la actualidad, se ha generalizado la sensación de que el tiempo corre demasiado, de que la historia avanza de manera vertiginosa y de que los acontecimientos se suceden sin que seamos capaces de asimilarlos. Estamos –insiste– en una situación inédita y revolucionaria.

Otro hecho innegable –explica– es que cada vez hay más “tiempo de cerebro disponible” para aumentar el control de las grandes incertidumbres humanas, gracias a la productividad del trabajo, a la mayor esperanza de vida, a los permanentes progresos de la medicina y de la higiene y, sobre todo, debido a la externalización de nuestros trabajos físicos mediante el empleo de las máquinas

En su opinión, también debemos reconocer que el auge de los populismos y de la fragmentación del bien común en favor de los intereses particulares disminuye la posibilidad real de coordinarse con el fin de alcanzar una decisión ventajosa y conduce a una irracionalidad colectiva.

A pesar de ese aumento del tesoro de nuestro tiempo de “cerebro disponible”, estamos aún lejos de imaginar todos los peligros con los que nos amenaza y, más aún, de oponerles resistencia. Por eso estoy de acuerdo en que debemos estar atentos para preservar unas condiciones sociales y económicas que permitan el desarrollo de las ciencias, de las humanidades y de la tecnología y, por supuesto, la promoción de la igualdad de oportunidades.

No se trata, ni mucho menos, de regresar a un despotismo ilustrado sino de advertir la necesidad de cumplir con la obligación que contraen los políticos de las diferentes ideologías y de las distintas administraciones para mantenerse atentos y para informarse, asesorarse y orientarse con las conclusiones de las actuales ciencias y tecnologías, incluso de las ideas que ofrecen las ciencias humanas para impulsar el crecimiento personal y extender el bienestar social.

Pienso que, como mínimo, los políticos y los científicos podrían aprovechar estos días de descanso para leer y para releer este oportuno libro.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 1 de julio de 2022

  • 1.7.22
“Proclamar” el sentido humano de la economía es, sencillamente, repetir con un tono enfático una obviedad ya conocida por todos nosotros y frecuentemente olvidada en los análisis de los profesionales, en los programas políticos y, sobre todo, en las prácticas financieras de las grandes empresas.


No siempre se suele tener en cuenta esta dimensión humana que debería servir para frenar el “natural” e injusto crecimiento de las desigualdades inhumanas y el permanente aumento de la pobreza. Tengo la impresión de que no somos conscientes de sus elevadas consecuencias políticas y sociales en las vidas individuales, familiares, nacionales e internacionales.

En mi opinión, la desigualdad sobre la que descansa nuestra “normalidad” representa un problema grave que, aunque de forma diferente, nos afecta a todos incluso a los que, engreídos y endiosados, estamos convencidos de que somos omnipotentes.

El estudio El coste de la desigualdad (Barcelona, Ariel, 2022) –un oportuno, serio y detallado análisis sobre “el coste de las desigualdades”– pone de manifiesto cómo las élites de los económicamente poderosos influyen de manera permanente y decisiva en los políticos de diferentes opciones ideológicas y en los periodistas de distintos medios. Sus detalladas informaciones, de manera clara y concluyente, nos muestran cómo esta influencia determinante pone en peligro hasta la misma democracia.

A mi juicio, el examen detallado de las consecuencias políticas que generan las desigualdades en América Latina constituye un aviso persuasivo de los peligros graves que nos acechan en los países convencionalmente considerados como democráticos: “la elevada desigualdad, el bajo rendimiento económico y las políticas antisistema pueden convertirse fácilmente en la norma, más que en una excepción, y serán muy difíciles de revertir. Si no actuamos ahora, las cosas pueden ir de mal en peor a lo largo del siglo XXI”.

Tras explicarnos los costes económicos, políticos y sociales que generan las desigualdades, Diego Sánchez Ancochea, catedrático de Economía del Desarrollo de la Universidad de Oxford, llega a la conclusión de que las experiencias latinoamericanas pueden resultar orientadoras para, además de plantear adecuadamente los problemas que están surgiendo en nuestros países, prevenir posibles vías de solución huyendo de planteamientos simplistas o de ideas revolucionarias. Propone, por ejemplo, generar unas condiciones políticas adecuadas profundizando en los principios democráticos, renovando el funcionamiento de los partidos políticos y fortaleciendo los movimientos sociales.

En mi opinión, es importante tener conciencia de que esta creciente desigualdad económica influye de manera negativa en nuestras maneras de trabajar, en las condiciones de la vida familiar y de la convivencia social. Si no se abre de manera rápida la posibilidad de un reparto más justo y equitativo de los bienes económicos, cada vez será más difícil la convivencia familiar, social y política. Los análisis del funcionamiento meramente mecánico de la economía explican la esquizofrenia del funcionamiento inhumano de los mercados y de la política institucionalizada de nuestros países del primer mundo.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 24 de junio de 2022

  • 24.6.22
Todos conocemos la abundante bibliografía que existe sobre el arte de hablar y de escribir en contraste con la reducida cantidad de obras que tratan sobre el arte de escuchar y de leer. Quizás una de las razones de ese desequilibro de ofertas sea la convicción generalizada de que la escucha y la lectura son destrezas sencillas de practicar y fáciles de aprender. En mi opinión, sin embargo, tanto la escucha como la lectura son habilidades importantes que requieren un concienzudo adestramiento.


El hecho constatable es que escuchamos poco y leemos mal. No solemos tener en cuenta que es imposible comprender los comportamientos y las palabras de las personas a las que nos dirigimos sin escuchar, interpretar, valorar y comprender sus comportamientos y sus explicaciones. No advertimos que escuchar y leer son operaciones más complejas que la simple audición de unos sonidos o la visión superficial de unos comportamientos.

En mi opinión, muchas de nuestras palabras son meros sonidos vacíos por el simple hecho de que no responden a las expectativas ni a los intereses de nuestros interlocutores. No hemos caído en la cuenta de que hablar es responder y, por eso, lo primero y lo más importante es escuchar previamente las preguntas, identificar los problemas e interpretar las inquietudes de las personas con las que convivimos.

Es inútil, por ejemplo, tratar de consolar a una madre sin escuchar con interés su sufrimiento tras haber perdido a un hijo, o sintonizar con un padre que lucha por encontrar un trabajo, o interpretar los llantos inconsolables de los niños que viven en el terror de una guerra cruel.

Escuchar, pues, no es "oír" con los oídos sino sentir con el corazón. Solo escucha quien es capaz de redescubrir la necesidad de acercarse al otro para escuchar el latido del corazón, allí donde realmente suena la voz de los que sufren.

Solo vale la palabra de quien, en vez "decir algo", "escucha a alguien". La auténtica comunicación no se reduce a la yuxtaposición de dos monólogos, sino que requiere que el "yo" y el "tú" estén en sintonía, tendidos el uno hacia el otro. Escuchar es el primer e indispensable ingrediente del diálogo y la condición necesaria para establecer una buena comunicación.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 17 de junio de 2022

  • 17.6.22
El punto de partida de Verdad. Una breve historia de la charlatanería (Barcelona, Editorial Paidós, 2022) es la constatación de unos hechos: que, “como humanos, nos pasamos nuestra vida nadando en un mar de sandeces, de medias verdades y falsedades descaradas, y cómo nuestra vida social depende de un flujo constante de mentiras piadosas”.


El autor nos propone que cada uno de nosotros nos preguntemos cómo puede avanzar la humanidad hacia un futuro más veraz. Tom Phillips, periodista y editor de Full Fact, empresa de comprobación de datos, nos muestra cómo en la actualidad la verdad y las verdades se están devaluando en la vida individual y colectiva debido a ese cúmulo de mentiras que socaban las convicciones que deberían sustentar y orientar las tareas profesionales, las relaciones sociales, las ideologías políticas y las convicciones religiosas.

Explica detalladamente las diferentes formas ingeniosas con las que la humanidad, a lo largo de la historia, ha logrado evitar la verdad porque “siempre que ha habido dinero fácil de ganar y personas crédulas a las que engañar, ha habido alguien dispuesto a interpretar creativamente los hechos para sacarles los cuartos a la gente”.

Tras esta categórica afirmación es comprensible que le preguntemos sobre el origen, sobre la gravedad y sobre las consecuencias de este hábito tan universal y tan permanente que tiene mucho que ver con nuestras vidas individuales y con nuestro bienestar colectivo: con la bondad, con la belleza y, por lo tanto, con la vida humana o, en otras palabras, con el bienestar.

Las consecuencias más visibles y, al mismo tiempo más peligrosas, son las generalizadas convicciones de que nada es verdad o de que todo es mentira, una conclusión que conduce a un peligroso escepticismo y a un dañino nihilismo que amenazan el equilibrio y nuestro bienestar personal, y perturban la convivencia y la colaboración social.

En sus diferentes capítulos explica “el origen de lo engañoso”, examina los orígenes de nuestro insaciable deseo de noticias, explora las consecuencias de la desinformación, de la fascinación que provocan los estafadores y, finalmente, llega a algunas conclusiones sobre las actitudes y los comportamientos que deberíamos adoptar para lograr un futuro más veraz.

A mi juicio, esta obra divertida, amena e inteligible es oportuna por la actualidad de los problemas serios que plantea y práctica por la serie de orientaciones concretas que nos proporciona para que identifiquemos y para que nos defendernos de las destrezas retóricas de algunos de nuestros hábiles líderes políticos actuales asesorados por sus nutridos gabinetes propagandísticos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 10 de junio de 2022

  • 10.6.22
La variedad de hábitos culturales, la pluralidad de partidos políticos e, incluso, la diversidad de creencias religiosas son condiciones inevitables, respetables y positivas y, a mi juicio –cuando se expresan y se viven de manera correcta y respetuosa– contribuyen al enriquecimiento humano individual y al bienestar social.


En mi opinión, en la actual situación globalizadora es imprescindible que se elabore y se practique una Ética Mundial que ampare, defienda y oriente las conductas de todos los ciudadanos del mundo, que haga posible la convivencia en paz y la colaboración mutua para lograr el bienestar necesario y posible de todos los seres humanos y, además, un compromiso global con las personas y con el planeta. Me refiero a esos principios, criterios y pautas de comportamiento que a todos nos deben obligar, con independencias de las diferencias culturales, religiosas, políticas, artísticas e, incluso, deportivas.

Es necesario que, para salvarnos de un naufragio colectivo y para mejorar la vida de millones de personas, además de exigir el respeto a la serie de derechos comunes, todos cumplamos las mismas obligaciones que se derivan de la dignidad de todos los seres humanos. Deberíamos empezar por tener muy en cuenta que todos somos mutuamente dependientes y todos estamos inexorablemente conectados.

Este Mundo Global padece hoy unos problemas graves que exigen soluciones importantes, globales y urgentes. Es necesario, por lo tanto, que creemos una red mundial de respeto y de solidaridad que, por ejemplo, defienda y proteja nuestra tierra común para los habitantes actuales y para las nuevas generaciones.

Alcanzar este objetivo solo será posible si asumimos esa Ética Global como cauce y denominador común imprescindible. Podríamos empezar preguntándonos cada uno de nosotros cómo actuamos y a qué estamos dispuestos a comprometernos para hacer responsablemente lo que está en nuestras manos.

En mi opinión, este es el momento adecuado para que filósofos, psicólogos, sociólogos y científicos reflexionen conjuntamente para esbozar los contenidos fundamentales e imprescindibles que definan e impulsen una educación ciudadana orientada hacia una sociedad mundial diversa e inclusiva más respetuosa con nuestro planeta.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 3 de junio de 2022

  • 3.6.22
Para saber si un dibujo, una pintura, una escultura, una melodía o un texto literario son artísticos es imprescindible que respondamos de manera clara y acertada a la siguiente pregunta: ¿Qué es el arte? Esta cuestión es fundamental e interesante para los profesores, para los críticos, para los coleccionistas y, en general, para todos los amantes de las creaciones artísticas.


Las respuestas que han dado los historiadores, los filósofos y los artistas han sido muy diferentes a lo largo de nuestra historia de la civilización y, en la actualidad, también se siguen proponiendo definiciones simplistas y discutiendo propuestas antiguas, a veces, con excesiva pasión.

En Qué es el arte (Barcelona, Paidós, 2013), Arthur G. Danto, profesor, crítico y teórico de la filosofía del arte del siglo XX, aplica el doble criterio de “lo posible” y “lo existente” para definir este concepto y explica e ilustra cómo la belleza, “un valor del siglo XIII”, no constituye la definición adecuada del arte.

Frente a quienes piensan que el arte imita la realidad mediante distintos procedimientos, él explica y demuestra cómo no todas las obras valoradas como artísticas cumplen la función de imitar: “Con el advenimiento de la modernidad, el arte dejó de ser un espejo de imágenes, o, mejor, dejó paso a la fotografía como pauta de fidelidad con la imagen real” (p. 18). La definición ha de ser, según él, un concepto cerrado que incluya una serie de propiedades generales que, de algún modo, expliquen por qué el arte es universal (p. 19).

En esta obra nos muestra cómo el concepto de arte posee un sentido mucho más amplio, y nos demuestra con ejemplos variados cómo la búsqueda de la verdad visual no forma parte de la definición del arte: “no es la marca del arte como tal”. Recurriendo a obras de Giotto, de Pablo Picasso, Matisse, Marcel, Warhol o Andy Duchamp, explica cómo el arte no copia la realidad como lo hace una cámara de fotos, sino que interpreta lo que sucede y, además, lanza un mensaje.

A mi juicio, sus detallados análisis sobre “Restauración y significado”, en los que justifica su valoración positiva y diferente a las críticas de otros relevantes especialistas como Twombly o Roscio, aplica su definición “filosófica” al arte y a la restauración, y muestra su convicción de que, para interpretar, valorar y disfrutar de los cuerpos o de los episodios representados en las obras artísticas, necesitamos tener en cuenta, en la medida de lo posible, la percepción científica de los biólogos y, además, la visión de la psicología popular, esa que nos descubre los significados que le atribuimos: “el cuerpo que siente sed y hambre, pasión, deseo y amor”.

Ese cuerpo que en las obras antiguas describen los hombres en la batalla, los hombres y las mujeres en el amor y en el dolor, el cuerpo que “nuestra tradición artística ha tratado tan gloriosamente durante tantos siglos, y algo menos gloriosamente en un cierto tipo de arte de perfomance en la actualidad” (p. 127).

Estoy convencido de que la lectura desapasionada de esta obra ayudará a revisar nociones anquilosadas, prejuicios tradicionales y recetas convencionales que, en la práctica y en la teoría, son parciales, arbitrarias y, también, inútiles.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 27 de mayo de 2022

  • 27.5.22
Es normal, razonable y positivo que, a medida en que envejecemos, nos vayamos haciendo más sensibles a los peligros que corremos. En mi opinión, sin embargo, deberíamos distinguir los temores moderados y los miedos incontrolados, esos que nos impiden vivir de una manera suficientemente tranquila.


Los que seguimos atentamente las informaciones de los medios de información, los comentarios de los críticos y las declaraciones de los políticos corremos el riesgo de sucumbir a la ansiedad, al desasosiego y al desvelo, esas emociones negativas que turban la necesaria tranquilidad para, simplemente seguir viviendo.

Estoy de acuerdo en que, para defendernos de los miedos –un arma utilizada por los que aspiran a alcanzar o a mantenerse en el poder– es importante que nos informemos, pero también que, además, analicemos los mensajes que contienen y reflexionemos sobre sus explícitas intenciones.

Para evitar que las personas o los grupos políticos, económicos, sociales y religiosos nos asusten con sus amenazantes augurios, no tenemos más remedio que, en la medida de lo posible, aplicar el sentido crítico a sus, a veces, alarmantes mensajes.

Como primer paso, empecemos por desconfiar de quienes solo anuncian ruinas, solo pronostican pobreza, solo prevén desastres, y, en especial, de quienes solo alientan el temor al mundo, el miedo a la modernidad y el terror al infierno.

Con realismo, miremos el mundo de una forma más amable y comprensiva, y abordemos los problemas con serenidad: “Ni el mundo es tan malo como nos imaginamos, ni nosotros tan buenos como nos creemos”. Admitiendo que algunas conductas son perversas y denigran la condición humana, tomemos conciencia de lo que pasa, utilicemos la cabeza, desarrollemos la inteligencia y apliquemos la razón. Busquemos procedimientos para controlar esos temores irracionales con el fin de evitar que se conviertan en miedos paralizantes.

El miedo, ese estremecimiento incontrolado por lo que todavía no ha pasado y quizás nunca pasará, ese vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido, solo se alivia por la presencia reconfortante, estimulante y consoladora de las personas próximas, de los seres queridos, de los familiares y de los amigos. No confundamos, por favor, el miedo con la cobardía.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 20 de mayo de 2022

  • 20.5.22
Como es sabido, el contenido de los relatos históricos depende, en cierta medida, de la situación desde la que se cuentan y de la perspectiva que adopta quien los escribe. Esta obviedad también es aplicable a la Historia de la Ciencia. Tengamos en cuenta que, por muy rigurosos que sean los historiadores, en sus “narrativas” influyen sus convicciones políticas, sociales, éticas y religiosas y, por supuesto, sus prejuicios culturales.


Recordar esta evidencia es importante para valorar la importancia de Horizontes. Una Historia Global de la ciencia (Barcelona, Crítica, 2022), una obra de James Pokett que muestra, explica y demuestra cómo los relatos escritos “durante cualquier periodo” se han centrado exclusivamente en Europa.

James Pokett, profesor de Historia de la Ciencia, admite que los científicos actuales ya reconocen el carácter internacional de los progresos científicos, pero nos muestra cómo lo aplican solo a los estudios del siglo XX y no a “algo que empezó hace más de quinientos años”. Demuestra, además, cómo las contribuciones científicas realizadas fuera de Europa también deben formar parte del “apogeo” de la ciencia moderna.

Si la mayoría de los historiadores defienden que la “ciencia moderna” se inició en Europa durante los siglos XVI y XVIII, él explica cómo, más que un producto de la cultura europea, ha sido el resultado de la unión de personas y de investigaciones de todo el mundo como, por ejemplo, de las noticias que llegaban en las caravanas que viajaban a lo largo de la Ruta de la Seda y de las informaciones que proporcionaban los galeones que navegaban por el océano Índico.

Defiende que los momentos clave de la historia global de la ciencia han condicionado su desarrollo y, con sus minuciosos análisis de los hitos más importantes, demuestra cómo los descubrimientos de la nueva astronomía del siglo XVI hasta la genética del actual siglo XXI y el desarrollo de la Ciencia Moderna están determinados por los intercambios culturales globales.

Tras sus investigaciones sobre los cuatro periodos en los que se produjeron los cambios mundiales condicionantes del desarrollo de la Ciencia Moderna, llega a la conclusión de que “estamos viviendo otro momento clave de la historia global y que los científicos de todo el mundo se encuentran en el centro de un conflicto geopolítico que mantiene enfrentados a China y a los Estados Unidos”.

Importantes, a mi juicio, son los detallados análisis que hace de los tres ámbitos principales de la investigación científica actual: la inteligencia artificial, la exploración espacial y la ciencia climática. Me atrevo a aventurar que las aportaciones más sustanciales de esta obra son las pistas orientadoras que proporciona a historiadores, periodistas, críticos, políticos y a todos los ciudadanos interesados por las ciencias, por la historia y por el conocimiento para que analicemos los problemas actuales de los diferentes ámbitos económicos, sociales y culturales, y, sobre todo, para que discernamos, en la medida de lo posible, las diferentes sendas del futuro. Estoy de acuerdo con él en que el conocimiento y la mejor compresión del “pasado global” es indispensable para responder a la pregunta que todos nos hacemos: ¿hacia dónde nos dirigimos?

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 13 de mayo de 2022

  • 13.5.22
Los dos “instintos humanos” más primarios y, por lo tanto, los más irreprimibles, son el de supervivencia (individual y colectiva) y el de identidad (individual y colectiva). Mientras tenemos vida, en el sentido más elemental de esta palabra, nos sentimos enérgicamente impulsados a conservarla y, en la medida de lo posible, a prolongarla.


Podríamos afirmar que estamos dispuestos hasta a perder la vida con el fin de lograr los medios indispensables para mantenerla. El otro instinto, no mucho menos irrefrenable, es el de la identidad, y consiste en un impulso a ser uno mismo y a exigir respeto a la propia condición personal y colectiva.

En la actualidad, debido a la movilidad y a los permanentes cambios de residencia, el conocimiento de los complejos mecanismos psicológicos y sociológicos que intervienen en la composición de las identidades colectivas alcanza una importancia decisiva porque tiene graves y complejas repercusiones en la convivencia social y en las relaciones políticas. Tengo la impresión de que los gobernantes y los líderes de opinión caen en una ingenua, inútil y, a veces, peligrosa simplificación.

No suelen tener en cuenta la variedad de identidades a las que pertenecemos de forma simultánea –naturaleza humana, origen, nacionalidad, religión, sexo, profesión, aficiones, etc.– ni reconocen que la elección de las identidades prioritarias no depende exclusivamente de cada uno de nosotros porque, a veces, son los demás quienes nos la asignan.

Las identidades –sobre todo las culturales, las religiosas y, a veces, las deportivas– son fuentes de orgullo legítimo y de lícita alegría, pero también están en el origen de la mayoría de las dolorosas exclusiones sociales y de los sangrientos conflictos políticos que, debido a sus efectos disgregadores, terminan haciendo del mundo un lugar cada vez más peligroso.

Cuando no somos capaces de dominar la potencia del instinto de identidad y la fuerza de las inclinaciones tribales podemos caer en un discurso patriotero y en una amenaza para una sociedad que, inevitablemente, es y seguirá siendo cada vez más plural y más cosmopolita.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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