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sábado, 28 de marzo de 2020

  • 28.3.20
Ya llevo dos semanas sin salir de casa. Trato de leer, escuchar música, ver cine clásico e intento moverme: para ello bailo sevillanas sola, que es un ejercicio fantástico y dedico un rato al día a ordenar los cajones, armarios, el frigorífico... Todo lo que se ponga por delante. Acabo de poner en orden el armario de los bolsos y he encontrado dos objetos que me han hecho sonreír y quererte contar sus historias.



Uno es un pañuelo blanco, pequeño, con un sencillo bordado que me dio una señora. Yo creo mucho en las personas y mi experiencia vital me dice que las buenas abundan más que las malas, aunque estas últimas brillen más por el daño que ocasionan a sus semejantes. Curiosa palabra: "semejante". Y es que todos somos iguales, todos nos ponemos enfermos y nos morimos. Da igual la condición social: la enfermedad no distingue de colores, ni de creencias, ni de posesiones.

Estaba yo en la parada del autobús, no me acuerdo qué año, pero sí sé que era primavera y que había olvidado mi mascarilla para protegerme del polen. No paraba de estornudar por mi alergia y el último pañuelo de papel no aguantaba más. Sin yo pedir nada, sin decir, nada, una señora que estaba en la parada con su marido se me acercó y me dio un pañuelito de tela.

"Quédatelo, lo acabo de coger limpio". Yo en un primer momento rehusé el ofrecimiento porque no era de papel. Podía ser un recuerdo, algo que ella bordó. Insistió tanto y vi que me lo decía de corazón, que le di las gracias y me lo quedé. Llegó mi autobús y me fui a casa y agradecí el vivir en un sitio en el que la solidaridad y la empatía no se han perdido; donde el otro cuenta y no nos posee el individualismo exacerbado.

También he encontrado mi viejo bolso verde de mil bolsillos. Es viejo por la edad que tiene y por todo lo que ha vivido conmigo, pero está impoluto, como si fuera nuevo. Lo curioso de todo esto es que es el bolso más barato que tengo, de tela impermeable. Me costó solo cinco euros hace miles de años.

Es perfecto para los viajes, con sus miles de cremalleras. Te permite compartimentar de todo: dinero, billetes de tren o avión, pastillas, galletitas, llaves, todo lo que se te ocurra... Y es que las cosas más útiles, las que te acompañan siempre, las que están ahí todo el tiempo, no son caras, no son de marca, no son la última moda... Son simplemente objetos que te hacen la vida más fácil. ¡Ah! Se me olvidaba decirte que no pesa nada. Y ya sé que he puesto "miles de años" y "miles de cremalleras"... Pero es que a las personas que son de donde yo soy, nos encanta exagerar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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