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sábado, 12 de octubre de 2019

  • 12.10.19
El río refleja igual lo nuevo que lo antiguo: él no nos juzga, nace y muere en silencio. Si acaso, alguna risa entre piedras pulidas. No se cuestiona nada. Calla, pero conoce miles de historias. Nos ve pasar cada mañana sobre su puente. No hace alarde de nada. Su belleza es eterna pero fugaz para los que andamos movidos por la obligación, con los ojos cerrados al día.



Serenidad que se escapa por no contemplarla. Cuando quieres darte cuenta de las horas de agua, estas han llegado al mar. Mezcla de sal y azúcar, olas que van y vuelven. Curioso que todos los ríos necesiten un mar en el que reposar, en el que dejarse mecer, en el que abandonarse y no correr más.

Decía el poeta que nuestras vidas son los ríos que van a parar a la mar. Hay miles de mares: lo importante es encontrar el tuyo, sumergirte y aparecer en una playa en la que poder contemplar todo con perspectiva. Un sitio donde no juzgar, donde no haya una vida clara u oscura, donde haya miles de colores que amar.

Pero yo ahora necesito cruzar el puente. No puedo dejarme acunar por la corriente silenciosa que refleja esta torre de piedra que no se achica ante la nueva vigía de la ciudad: el pintalabios gigante de espejos comparte los colores de la tardía noche.

Es la hora justa de la calma. Lorenzo apenas se vislumbra, ni se ha desperezado. Los miles de pájaros guardan silencio en sus nidos y solo los humanos andamos de pie para ganarnos el pan con el sudor de la frente. Las sábanas blancas son un recuerdo lejano. Y yo deslizo mi mirada sobre el espejo de agua y despierto a la belleza.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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