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sábado, 13 de julio de 2019

  • 13.7.19
Vivo rodeada de gente, de edificios, de ruido... Solo veo las flores en algún jardín. Nos hemos metido en una de esas bolas de cristal que tienen algo dentro rodeado de agua y que, si las mueves, cae purpurina. Todo es cerrado, cuadriculado y previsible. Vemos todo como normal, sin hacer preguntas. Vivimos como borregos siguiendo tendencias y cambios de moda. Pero, de pronto, un día algo cambia y te conecta con el milagro de la vida.



Virginia, una de mis mejores amigas, está embarazada. Vivo con asombro el crecimiento de su barriguita y, aunque parece algo normal, cotidiano, no deja de admirarme Cómo una célula se puede convertir en miles y cada una de estas miles sabe lo que tiene que hacer, cuál es su función.

Forman orejitas, labios, deditos, un corazoncito que galopa, unos pulmones que pasan de estar inundados de líquido a poder recibir aire. Y entonces empiezo a preguntarme: ¿Cómo ocurre esto? ¿De dónde venimos? Veo las secuencias de las fotografías de las ecografías y, en cada una de ellas, el desarrollo, el cuerpo de mi amiga sabe solo qué tiene qué hacer, cómo alimentar a la criatura. Las aureolas de sus pechos se vuelven oscuras para que el bebé los pueda encontrar y, nada más nacer, tenga el reflejo de poder mamar.

Y si todo esto lo miras como algo habitual, te pierdes la belleza de la gestación. Es como cuando eres de una ciudad con una bonita catedral y ya la has visto tantas veces que no eres capaz de ver su enorme belleza. Hasta que un día levantas la vista y ves el trabajo y los sueños de gente que nos ha precedido en este continuo cambio de estaciones que es la vida.

Somos animales llenos de instintos, desde el de protección hasta el sexual. Las personas nacen, mueren; los árboles dejan caer sus hojas y el suelo hace buen provecho de ellas: sirven de comida a pequeños seres que habitan en la tierra.

Últimamente solamente veo documentales de La 2 y es maravilloso ver el bonito planeta que tenemos lleno de miles de especies con distintos comportamientos y colores. Me encantó un mamífero de Australia, cuyo nombre no recuerdo, que cuando hay sequía, las hembras no ovulan para no traer descendencia que no pueda sobrevivir.

Todo es un bonito misterio que obviamos por habernos acostumbrado a ver como algo sabido y haber perdido nuestra capacidad de asombrarnos ante lo cotidiano.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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