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domingo, 22 de enero de 2017

  • 22.1.17
En la Sociedad de la Información en la que vivimos, de vez en cuando nos llegan noticias que nos sobrecogen. Son mensajes que nos hielan el corazón, quedándonos sin respuesta y sin saber cómo encajar y ordenar en nuestra mente unos hechos que rompen la lógica y el sentido humano de lo que consideramos que de ninguna forma debería darse.



Una de esas noticias es la que recibimos recientemente por distintos medios de comunicación en los que se nos informaba que el día 10 de enero había fallecido una niña de 13 años en Aljucer, una pequeña pedanía murciana.

Pero no era un fallecimiento debido a causas naturales. Lucía, que era así como se llamaba, había decidido quitarse la vida porque no era capaz de aguantar el recuerdo de los sufrimientos que había padecido en su anterior colegio. Las agresiones y humillaciones que había soportado le habían dejado tal herida en su alma que no encontró otra salida a la existencia en un mundo que se le antojaba cruel.

Bien es cierto que antes de tomar tan dramática decisión optó por contárselo a sus padres, por lo que estos, tras informar al centro en el que se encontraba Lucía, acordaron trasladarla a otro distinto con el deseo de verla alejada del entorno en el que se movían sus acosadores.

En los medios gráficos el suceso nos llegaba acompañado de una fotografía de sus padres: ella tapada con gafas de sol para que no se le vieran los ojos enrojecidos de dolor y él con toda la tristeza del mundo marcada en su rostro; ambos cogidos de la mano y sentados en la mesa camilla en la que aparecía una fotografía enmarcada de Lucía con una rosa blanca.



Podemos entender la total desolación de unos padres que han perdido a su hija para siempre, víctima de las brutalidades de alumnos o de alumnas de su colegio, que en vez de ser compañeros de estudios y juegos se convirtieron, sin que fueran conscientes de ello, en verdugos de una niña, cuya vida debería estar llena de fantasías, ilusiones y proyectos, tal como corresponden a los chicos y chicas de su edad.

Pero, por desgracia, no es la primera vez que nos llegan noticias de sucesos tan terribles. Cada cierto tiempo, y en distintos puntos geográficos, se produce la tragedia: escolares que no son capaces de aguantar el dolor que les abruma como resultado de las vejaciones que reciben de otros con los que necesariamente tienen que convivir por razones de estudio.

Recordemos, por ejemplo, que a comienzos de septiembre de 2004 nos llegó la noticia de que Jokin, un chico de 14 años de la localidad guipuzcoana de Fuenterrabía, se había arrojado al vacío desde la muralla de la localidad en la que residía, ya que había preferido “la paz eterna al infierno cotidiano de su instituto”, tal como contó alguien cercano a él.

Y es que las palizas y humillaciones que sufría por parte de un grupo de compañeros, con el silencio cómplice de algunos otros y la (supuesta) falta de conocimiento del profesorado del centro, le indujo a tan terrible desenlace.

Casos que son la punta del iceberg de esa violencia escolar que, con mayor o menor intensidad, cuesta erradicar de los contextos escolares y que, desgraciadamente, se perpetúa de generación tras generación, adoptando, eso sí, las características propias de cada época.

Puesto que llevo muchos años en la docencia, inevitablemente me surgen algunas dudas: ¿el profesorado no sabe absolutamente nada de los estremecedores casos de escolares que sufren acoso por parte de compañeros o compañeras del centro? O, quizás, ¿es que no quieren informarse de lo que acontece en el alumnado más allá del aula, mirando hacia otro lado y alejándose de situaciones que están ‘fuera de sus competencias’?

En el caso de Lucía, me ha llamado enormemente la atención que la dirección de su antiguo centro comunicara tajantemente que “descartaban que la niña sufriera acoso”, una vez que los padres lo hubieran comunicado.

¿Cómo estaban tan seguros que la niña no sufriera acoso en el centro cuando todos sabemos que los acosadores buscan los medios para ocultar sus vejaciones? Por otro lado, quienes impartieron clases a Lucía, ¿no encontraban nada extraño en sus conductas en la clase? También me pregunto: ¿no deberían los estudiantes encontrar apoyo emocional en algunos profesores, de modo que tuvieran la suficiente confianza para acudir a ellos con el fin de explicarles las situaciones que atraviesan?

Cuando escuché la noticia, inmediatamente vinieron a mi mente los casos de Julio y Marina (nombres cambiados) de dos alumnos de distintas asignaturas con los que, en cursos pasados, tuve ocasión de charlar con ellos al observar las condiciones en las que se encontraban en las clases.

Sé perfectamente que hay diferencias entre las aulas de Primaria o Secundaria y las de la Universidad. Pero, precisamente porque estas últimas son numerosas (con cerca de setenta alumnos por clase, en mi caso) y con estudiantes adultos, el profesor sabe perfectamente distanciarse de las situaciones personales; aunque, también, puede interesarse por sus condiciones.

Dado que de modo habitual me aprendo el nombre de mis alumnos y alumnas, un día me fue posible entablar conversación con Julio, ya que lo veía claramente aislado y sin contacto con sus compañeros de clase.

Fue con ocasión de una conferencia que se daba en la Facultad. Puesto que era un tema que les interesaba mucho, me pidieron permiso para asistir a ella. Solo Julio se quedó trabajando en el aula. Encontré el momento propicio para hablar con él y preguntarle, de modo cuidadoso, por su falta de contacto con el resto. Me explicó que de pequeño había sufrido bullying en el colegio, aparte de que vivía con su madre, ya que su padre, una vez separado, “pasaba totalmente de él”.

Esta charla dio lugar a que se abriera y explicara su caso a un profesor, aceptando que se supieran las raíces de su aislamiento y su falta de relación con otros compañeros. A partir de entonces, aunque ya se encuentra en otro curso académico, siempre que me ve me saluda y mantenemos una pequeña conversación.

A Marina, por su lado, la solía encontrar con frecuencia bastante abatida en la clase, aunque intentaba disimularlo. En cierta ocasión, para justificar sus últimas ausencias, vino al despacho a contarme su situación.

Me explicó que ella se había independizado, tras la separación de sus padres. Se había ido a vivir con un chico, pero, al quedarse sin trabajo y verse sin los recursos para continuar los estudios, acudió a su madre para volver a casa. Esta se negó a admitirla, alegando que su nueva pareja no quería tenerla con ellos.

Este rechazo e incomprensión por parte de su madre le provocó una enorme desolación, que se traducía en la falta de concentración en la clase.

Una vez que me explicó su dolorosa situación, le manifesté que era consciente de su estado anímico, por lo que tendría en cuenta el trance tan duro que estaba atravesando, al tiempo que podía contar, en la medida de lo posible, con mi apoyo siempre que lo necesitara.

Con estos dos casos que he comentado quisiera indicar que quienes trabajamos en la enseñanza debemos ser conscientes que no basta con impartir correctamente unos contenidos, ya que tratamos con personas con sus dificultades personales y que, en algunos casos, pueden ser objeto de acosos, como sucede en las aulas de Primaria o Secundaria, por lo que me resulta difícil comprender que no sepamos nada de lo que les acontece.

Y lo peor de todo, es que haya profesores que miren para otro lado cuando aparecen algunos signos que evidencian que algunos chicos o chicas, caso de Lucía o Jokin, pueden estar atravesando dificultades, teniendo problemas que les desbordan o sufriendo distintas formas de violencia por parte de otros compañeros de centro.

AURELIANO SÁINZ

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