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domingo, 29 de enero de 2017

  • 29.1.17
A lo largo de los artículos publicados en Aforismos y pensamientos he expuesto y comentado las ideas de filósofos clásicos y de pensadores que ya no viven con nosotros. En esta ocasión, quisiera entrar en un tema como es el de la muerte a través de las reflexiones de uno de los grandes filósofos británicos contemporáneos: Anthony Clifford Grayling (sus obras vienen firmadas como A. C. Grayling).



Todos sabemos que hay dos momentos cruciales en la existencia del ser humano: el nacimiento y la muerte. El primero de ellos es motivo de enorme alegría por parte de los padres y de la familia, por lo que se celebra con gran regocijo la venida al mundo de un nuevo ser. En sentido contrario, el fallecimiento implica un conjunto de sentimientos opuestos a los anteriores: incertidumbre, miedo, tristeza, pesadumbre, etc., que deseamos alejar de nosotros, pero que, inevitablemente, tarde o temprano aparecerán.

Es por ello que la mayoría de la gente rehúye hablar acerca del final de la vida personal, prefiriendo arrinconar este tema y dejarlo para otro momento, pues los miedos, en algunos casos, son muy fuertes, aunque no se quiera admitirlo. Sin embargo, tal como Grayling nos habla en sus publicaciones, conviene reflexionar sobre el fin de la vida, puesto que es parte inevitable de la existencia de todos los seres vivos, incluidos, claro está, la de los seres humanos.

De este autor, realizaré un extracto de sus ideas acerca de la muerte y que aparecen en su obra El sentido de las cosas. Filosofía para la vida cotidiana, destacando algunos párrafos que sintetizan su pensamiento acerca del final de la vida.



“La muerte de la persona difiere sustancialmente de la muerte de otros seres. La mayoría de las personas posee conciencia autorreflexiva, y la mayoría de los seres conscientes y autorreflexivos consideran la muerte como una pérdida de las posesiones supremas: conciencia y capacidad de acción”.

Puede resultar chocante que diga “la mayoría de las personas posee conciencia autorreflexiva”, pero es cierto: los niños pequeños y personas con ciertas discapacidades mentales carecen de la conciencia de la muerte. Los primeros la adquirirán a medida que crecen y comienzan a reflexionar sobre su propia existencia y la del resto de los seres vivos.

Por otro lado, sobre la muerte, las distintas y numerosas confesiones religiosas dan explicaciones consoladoras, sosteniendo que hay otra vida distinta y de tipo inmaterial a la que realmente conocemos. Esta es la explicación que la mayoría de las personas recibe en la infancia, ya que el proceso educativo y de integración social de los seres humanos en las distintas culturas, mayoritariamente, suele inscribirse dentro de alguna creencia religiosa.

“La mayoría de las religiones prometen una vida futura. Algunas enseñan que comienza con un juicio en el que se castiga o se recompensa. Tales nociones son muy útiles para controlar a los que están vivos. Algunas personas perciben dichas ideas como soportes psicológicos; a otras, sin embargo, les parece que vuelven la muerte aún más terrorífica (…) A veces, cuanto más devoto es el creyente, más terrible se la aparece la idea de inmortalidad”.

Ciertamente, la idea de un juicio tras la muerte con posible condena eterna, para quien esté convencido de ello, se vuelve una idea atroz, que le hace vivir con miedos profundos a lo largo de su vida, por lo que huye constantemente de la idea de la muerte, viviendo como auténticas tragedias los fallecimientos de familiares o de personas cercanas.

Conviene apuntar que en Occidente la idea de una vida tras la muerte se fundamente en el pensamiento del filósofo griego Platón, quien sostenía, a diferencia de otros como Leucipo, Demócrito o Epicuro que argumentaban que solo existía una realidad (monismo es la palabra que se ajusta a este pensamiento), que vivimos una existencia marcada por sombras o imágenes de la verdadera realidad, que era inmutable, eterna y configurada por las ideas puras.

“Platón dijo que en Utopía la creencia en una eternidad dichosa debería ser promovida para que los ciudadanos sin temor a la muerte fueran buenos soldados. Muchos grupos religiosos fanáticos comparten esta postura. Incluso las religiones respetables pueden ser militaristas; algunas llegan a prometer que la muerte en el campo de batalla brinda un ingreso directo al paraíso. En tales casos, por lo tanto, las supersticiones acerca de la muerte son útiles a sacerdotes y tiranos”.



Anthony C. Grayling prefiere definirse a sí mismo como naturalista, en el sentido de que los seres humanos formamos parte de la naturaleza y del universo, por lo que la muerte hay que entenderla como un proceso natural que afecta a todos los seres vivos, aunque los humanos somos los únicos conscientes de nuestro fallecer.

“Si basamos nuestra comprensión de la muerte en la evidencia antes que en el miedo o el deseo, estamos obligados a aceptarla como un doble proceso natural: el cese de las funciones del cuerpo, incluyendo su conciencia, seguida por la disolución del cuerpo en sus elementos físicos constitutivos. La cesación de funciones y el comienzo de la transformación física ocurren simultáneamente (…) El cese natural de las funciones, seguido por la transformación de los elementos físicos, forma parte de la continuidad de la vida”.

Cuando reflexionamos sobre la experiencia de la muerte, nos encontramos con la dificultad de que no tenemos ninguna de ella, lo que necesariamente provoca ansiedad e inquietud. Lo más similar a la experiencia de estar muerto es la aproximación al estado anterior a haber nacido; también el de estar dormidos sin sueños o el de habernos sometido, por ejemplo, a una anestesia total antes de una operación. Nos damos cuenta de que en esos estados no hay ninguna sensación, ninguna experiencia, puesto que los sentidos no actúan.

“Desde una perspectiva subjetiva, estar muerto es indistinguible de no haber nacido, o de un dormir sin sueños; y, por tanto, no guarda terrores en su seno. Lo que parece aterrador es la perspectiva de morir. Pero el morir es un acto vital, es algo que solo los seres vivos realizan y, como la mayoría de tales actos -comer, caminar, sentirse contento o enfermo- puede ser o no placentero”.

“Puesto que estar muerto es, desde un punto de vista naturalista, idéntico al no haber nacido, nada de lo concerniente a la muerte la hace buena o mala. Es tan solo de lo que nos priva lo que la torna buena o mala. Si elimina un dolor intolerable e interminable, es buena; si elimina oportunidades, esperanzas, vínculos con quienes amamos, es mala”.

“Nuestra propia muerte no forma parte de nuestra experiencia personal: cada uno de nosotros experimentamos solo la vida, de la que forma parte el morir. En este sentido, desde una perspectiva subjetiva, somos inmortales (…) Experimentamos la muerte solo cuando perdemos a los otros, y lo que experimentamos entonces es dolor”.

¿Se puede evitar o aminorar el miedo instintivo que sentimos hacia la muerte? Algunos filósofos, como Epicuro o Spinoza hablaron de ello, sugiriendo que el centro de interés del ser humano debe ser la propia vida, pues una vez que hayamos fallecido ya no existimos, por lo que no tiene sentido temer cuando la mente no actúa, dado que el cerebro ha dejado de funcionar y carecemos de sensaciones que nos liguen emocionalmente a la vida.

“Uno puede eludir el miedo a la muerte mediante su aceptación, y luego ignorando su inevitabilidad, para eludir el destino del cobarde que muere en su imaginación miles de muertes. Por este motivo, Spinoza escribió que la meditación del hombre sabio es una meditación no sobre la muerte, sino sobre la vida”.

“Pocos enfrentan la realidad de la muerte cara a cara, o consideran con claridad su naturaleza. Para muchos, la idea de la muerte es un mal; evitan pensar en ella, e incluso se niegan a permitir que alguien que sufre terriblemente pueda tener derecho a recibir el abrazo piadoso de la muerte, si así lo eligiera (…) En realidad, lo que sucede es que la muerte llega demasiado pronto para cada uno de nosotros, antes de que nuestro interés por el mundo y por aquellos a quienes amamos se haya agotado”.

Para cerrar este tema tan crucial, ¿debemos enfrentar la realidad de la muerte cara a cara, tal como propone Grayling o evitar constantemente pensar o debatir sobre ella?

Creo que afrontarla cara a cara es bastante difícil y que cuesta mucho sacarla como tema de conversación, como lo podemos comprobar al reconocer que no forme parte de nuestras charlas. Sin embargo, independientemente de nuestros deseos, todos tenemos enfrente un límite en nuestra existencia, por lo que huir del mismo a lo que conduce es a perpetuar un miedo innato que conviene aplacar. Y el modo de hacerlo es reflexionar sincera y lúcidamente sobre el mismo, sea internamente o con otros que estén dispuestos a confrontar sus visiones personales.

AURELIANO SÁINZ

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