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domingo, 21 de abril de 2019

  • 21.4.19
La crisis económica de hace una década y las medidas que se adoptaron para combatirla, centradas en una fuerte restricción del gasto social, han trastocado, tal vez de manera definitiva, las expectativas no sólo de prosperar sino de mantener el estatus que disfrutaban determinadas clases sociales en España y otros países occidentales.



No nos estamos refiriendo a las clases trabajadoras y humildes de la población que ni causaron ni desencadenaron el colapso de los bancos –deuda privada–, pero fueron castigadas y empobrecidas de manera alevosa e injusta so pretexto de una austeridad a rajatabla para contener el gasto social –deuda pública–, que acabaría cebándose con ellas. Tampoco fueron las únicas víctimas.

También la clase media sufrió el efecto “castrante” de las tijeras, la precariedad y las reformas “estructurales” que han instalado la inseguridad en un estamento de población que confiaba en la estabilidad de sus condiciones económicas y sociales.

En rigor, todos los estratos sociales padecieron las consecuencias desastrosas, con más o menos intensidad, de la pasada crisis financiera, con la sola excepción del más acaudalado, el de los ricos. Únicamente la élite de los pudientes salió beneficiada de la crisis, puesto que se aprovechó de ella para mejorar sus condiciones, tanto en lo que respeta a las rentas como al tamaño del segmento.

A estas alturas, nadie discute que la crisis hizo más ricos a los ricos, permitiéndoles crecer en número y fortuna. Como también que desde la crisis no sólo hay más pobres, sino que, para colmo, se han empobrecido aún más. Todas estas repercusiones causadas a un extremo y otro de la escala social han sido objeto de análisis y reflexiones de manera exhaustiva por los expertos.

Sin embargo, no lo ha sido tanto en lo que concierne a la inmensa clase media, exprimida también sin miramientos, no sólo a causa de la propia crisis económica y la consiguiente pérdida de su capacidad adquisitiva, sino también por la inseguridad laboral y la pérdida de cualificación para el desempeño de unas profesiones y un trabajo que hasta entonces eran considerados completamente seguros y estables.

Eso es, precisamente, lo que ha evidenciado un estudio reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), con el título de Bajo presión: clase media exprimida y publicado el pasado 10 de abril, que destaca el estancamiento en que se halla la clase media, la más amplia si no mayoritaria de la población, después de un período de progresivo declive y debilitamiento a lo largo de las últimas décadas.

La crisis económica de 2008 sólo fue la puntilla que ha deteriorado, de forma casi irremediable, sus condiciones de vida y su papel preponderante en la economía de cualquier país desarrollado. No debe olvidarse la importancia de la clase media para la estabilidad económica y el sostenimiento del consumo, pues actúa de tractor de la oferta y el mantenimiento del tejido productivo.

Pero el estancamiento de los salarios, que ha provocado un descenso de las rentas por hogar que imposibilita atender el aumento del coste de la vida por la inflación (vivienda, educación, sanidad, equipamientos, ocio, etc.), junto a la incertidumbre laboral de unos empleos cualificados que corren el riesgo de desaparecer debido a la automatización y las nuevas tecnologías, han hecho que la clase media pierda capacidad y peso económico, además de menguar como estamento social, ya que las nuevas generaciones encuentran dificultades para conseguir, a pesar de su preparación, empleos estables y salarios dignos que les posibilite engrosar el estatus social de sus padres.

Según el citado estudio, un hogar de cada dos de clase media, en 24 países de la OCDE, tiene actualmente dificultades económicas y no puede hacer frente a imprevistos. Ello explica que se produzca el descenso hacia una clase más baja en uno de cada siete hogares de clase media. Y que aparezca el temor en muchas familias de que los hijos vayan a vivir peor que sus padres.

Pero es que, aparte de las crecientes dificultades que encuentran los padres para costear los estudios superiores de sus hijos (másteres, desplazamientos, alquileres, becas reducidas o restringidas, etc.), éstos, además, aún completando su formación, tropiezan con enormes obstáculos para acceder al mercado laboral y hallar un empleo acorde con su cualificación académica y profesional.

Y lo que hallan, en la mayoría de los casos, son trabajos de bajos ingresos, de fuerte temporalidad y ajenos a su formación. Es decir, empleos con la misma precariedad que caracteriza al mercado laboral español. De ahí la elevada tasa de paro juvenil (más de un 40 por ciento del total) y la falta o caída de ingresos que les impide, no sólo mantener su condición de miembros de clase media, sino incluso emanciparse.

Tales factores económicos, junto a condiciones sociológicas, obstaculizan el futuro de los jóvenes y hacen inútil la educación como ascensor social (como no sea sólo para bajar) y como antídoto contra la desigualdad de oportunidades. Frenan, en suma, la movilidad social a causa de unas perspectivas de salida laboral tanto o más inciertas que las que amenazan al empleo de sus padres, antaño tan estables, seguros y racionalmente remunerados.

Por todo ello, los hijos de clase media se enfrentan a un futuro lleno de nubarrones. Tan negro como el del conjunto de los trabajadores que han sido víctimas de un mercado de trabajo que, con la excusa de la crisis, se ha acostumbrado a exigir condiciones laborales y salariales inadecuadas para hacer frente a los costes de la vida, y por los obstáculos que hallarán para seguir perteneciendo a la clase social de sus padres.

Con semejante panorama, no resulta extraño que la clase media venga menguando con cada generación, debido a las dificultades que tienen los hijos para permanecer en ella y por la progresiva pérdida de poder económico de sus padres para conservar el estatus social.

Ello explica, como una fotografía sociológica, el descontento, la falta de integración y la desafección que hacen posible los populismos y otros fenómenos de contestación social como el de los indignados, los “chalecos amarillos” y hasta el rebrote de la ultraderecha.

La única conclusión posible, que parezca razonable, es no cejar en el empeño de la formación, como la mejor herramienta que ofrece mayores posibilidades para escapar de los condicionamientos de origen, y luchar como colectivo, con las armas de la democracia, por el futuro que se merecen. No se me ocurre otra.

DANIEL GUERRERO

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