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viernes, 14 de marzo de 2014

  • 14.3.14
Rusia no está haciendo la guerra a nadie. Las unidades terrestres y aéreas que está enviando a Crimea no ganarán ninguna guerra, ni se espera que se haga algún uso serio de ellas. De hecho, a nivel técnico, ni siquiera se podría hablar de una ocupación al uso. O no de una ocupación reciente, desde luego. Ucrania tiene al enemigo dentro de sus fronteras.

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Como la mayor parte de los antiguos países soviéticos, Ucrania es un país multiétnico. Más aún en la República Autónoma de Crimea (según Rusia, República Independiente de Crimea), donde tres minorías predominan sobre el resto: rusos (58,5 %), ucranianos (24,4%) y tártaros (12,1%).

Ucrania ha sido incapaz de llevar a cabo una política de integración multiétnica, y ahí está el origen del conflicto. Ahora, los rusos de Crimea desean imponer un gobierno proruso, si no directamente la anexión a Rusia, con el apoyo de un número relevante de altos mandos del ejército, veteranos del viejo ejército soviético y herederos del proceso de rusificación impuesto durante la era comunista (o incluso antes).

Putin pretende conquistar Crimea sin disparar un solo tiro, a través de un referéndum que le dé legitimidad. Putin busca que la población rusa haga la guerra por él, aunque eso suponga contravenir el Derecho Internacional. La Unión Europea se ha opuesto aunque, en realidad, no se puede contar demasiado con ella en la práctica.

El problema es que Putin conoce a la UE mejor de lo que ella se conoce a sí misma. Putin sabe que, a día de hoy, Europa es un moribundo necesitado de una larga estancia en un sanatorio suizo. No puede meterse en demasiados problemas. No puede entrar en un conflicto. Para eso hay que tener unas fuerzas y unos recursos que, en este caso, no se tienen. No se puede arreglar nada en la calle si no tienes en orden tu propia casa.

Europa tiene mucho miedo. Miedo a una subida de precios, a un corte del suministro de gas como el de 2005; miedo a alimentar de esperanzas y argumentos a las intentonas independentistas escocesa y catalana; miedo a un empeoramiento de la economía, a la inestabilidad… Miedo, en fin, al futuro.

Con respecto a EEUU, Obama tiene fecha de caducidad. No cuenta, salvo que quiera que se le recuerde por su gestión en Ucrania. Habrá que ver el resultado de las próximas elecciones estadounidenses para poder hablar realmente de un enfriamiento del orden mundial, tan propio del pasado. Pero para eso queda.

A día de hoy, que es de lo que se puede hablar, Putin está en posición de hacer lo que él y los rusos de Crimea deseen, y ya llama al levantamiento de otras regiones de mayoría prorusa. No es probable que haya más situaciones como la de Crimea, pero no es descartable. ¿Qué puede hacer Ucrania, sino esperar a que la diplomacia internacional lo salve?

RAFAEL SOTO

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