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lunes, 3 de febrero de 2014

  • 3.2.14
Edward Snowden lo ha denunciado con toda la claridad posible en una entrevista concedida a la televisión pública alemana ARD: el Gobierno de Estados Unidos quiere matarle. Es lógico que el exagente de la NSA, asilado en Rusia, lo grite lo más alto posible. Así deja patente ante todo el mundo que si le pasa algo, que si enferma de repente o le pegan un tiro, habrá que mirar directamente al presidente Obama.

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La realidad es que al poderoso grupo de profesionales del crimen de la CIA no se les ocurrirá atentar contra una persona tan famosa en el mundo, precisamente porque supondría una ruptura de las relaciones entre su país y la Rusia de Putin. Sería una violación de las leyes internacionales que tendría un coste tremendo para Obama.

Israel lo ha hecho con frecuencia en su cruzada contra los grupos terroristas enemigos, pero es una excepción mundial sin equivalencia con el caso Snowden. El informático no es un terrorista. La Administración estadounidense le persigue por espionaje y traición, delitos habituales en el mundo del espionaje.

Espías rusos como Oleg Gordiesky, perteneciente a la KGB, pasaron secretos a la CIA y antes de que le detuvieran fue acogido en el llamado mundo libre. Por contra, traidores como Aldrich Ames o Robert Hanssen, que desnudaron a la CIA y al FBI, fueron pillados in fraganti y dormirán hasta el final de sus días en prisiones de máxima seguridad.

Las autoridades de Estados Unidos mantendrán la presión sobre Snowden –como la mantienen contra el Wikileaks Julian Assange- para que a cualquiera que se le pase por la cabeza vender secretos del país sepa que no cesarán en destrozarle la vida.

Alexander Litvinenko, ex del KGB, fue envenenado en Londres por los rusos, aunque siempre lo hayan negado. Estaban hartos de él, pero el caso es distinto al de Snowden. Una democracia como la de Estados Unidos, a pesar de la falta de respeto que mantienen a las leyes internacionales con los asesinatos selectivos de yihadistas, no sería comprendida ni siquiera por los propios norteamericanos. Snowden es un traidor, pero es uno de ellos.

FERNANDO RUEDA

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