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lunes, 29 de abril de 2019

  • 29.4.19
Nacida en Managua (Nicaragua), su obra está traducida a veinte idiomas. En Las fiebres de la memoria, Gioconda Belli se adentra en la leyenda de su misteriosa abuela, Graciela Zapata Choiseul de Praslin, la mujer fuerte y vital a quien visitaba en una pequeña ciudad rodeada de neblina. Ganadora del Premio Biblioteca Breve y del Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela El infinito en la palma de la mano (2008), es también autora de la icónica novela La mujer habitada (1988 y 2010).



—En 'Las fiebres de la memoria' indaga en las aventuras y amoríos de su tatarabuelo, que huyó de París en 1847 y recaló en Nicaragua.

—Es la historia de una intriga familiar que empecé a comprender cuando ya era mayorcita. En principio, lo único que sabía es que tenía tres abuelas. Y eso era extraño (ríe).

—La imagen de la mujer en la literatura la construyó el hombre. Ahora usted lo hace al contrario: escribe en primera persona como si fuera un hombre.

—Sí. Me retó la idea de poder encarnar a un hombre en una situación tan compleja como la que le enfrenta. Y fue difícil pero también fascinante, porque yo creo que las mujeres tenemos una capacidad bastante grande de ponernos en los zapatos de los demás.

—Como feminista le ha costado escribir esta novela en la que su ancestro estaba acusado de haber matado a su esposa. Fue un trabajo detectivesco.

—Sí. Fue un trabajo detectivesco. Y al final, bueno, me reconcilié con él un poco. Pero también me pareció importante hablar de esas circunstancias, porque las estamos viviendo tan a menudo, y de cómo las mujeres al final le salvan la vida también.

—Como escenario de fondo, cuenta todo lo que fue la inmigración de Europa a Estados Unidos en aquellos años.

—Esta es una época de emigraciones. Y esa es la otra parte que me pareció fascinante escribir que era cómo la identidad se transforma cuando uno emigra. Cómo uno se tiene que inventar a sí mismo. Y eso viene en parte por mi propia experiencia, de que viví muchos años en Estados Unidos y nunca me sentí que era yo hablando en otro idioma, por ejemplo. El español se convirtió en mi refugio, en mi ser.

—Novelista y poeta, feminista y abuela de cinco nietos. Vivió la revolución sandinista de los ochenta y ahora la derrota de la revolución. ¿Inevitable?

—Bueno, no debería haber sido inevitable. Lo que pasa es que los personajes hacen la historia también. Y en el caso de Daniel Ortega nos encontramos un tipo que nunca debió haber tenido la figuración que tuvo y que, al llegar a tenerla, se aferró a ella de una forma casi patológica. Y entonces ha creado un monstruo de sí mismo.

—La frase es suya: “La izquierda fracasó en América Latina por una tendencia totalitaria”. ¿Por qué y cuándo se rompió el sueño?

—Bueno, el sueño se empezó a romper, creo yo, cuando toda esta gran esperanza de que, cuando la izquierda llegue al poder, se empieza a manifestar en que no saben administrar el poder de una manera democrática y empiezan a querer perpetuarse en el poder y a usar métodos muy autoritarios en el poder. Y empiezan a querer hacer una especie de transacción: Yo te doy justicia social pero no me pidas libertad.

—400 muertos y 30.000 huidos. Califica la represión de Ortega como más cruel que la Somoza. ¿Sin exagerar?

—Sí. Sin exagerar. Porque Somoza estaba luchando contra un ejército guerrillero y este hombre ha estado luchando contra una población desarmada.

—Usted dice que Ortega desarrolló un clientelismo tremendo con el dinero de Venezuela. No parece argumento suficiente. La derecha en América Latina también es muy brava.

—Pero la derecha venía en retroceso, ¿no? Y la izquierda tuvo una gran oportunidad precisamente porque la derecha había fracasado. Entonces, al fracasar la izquierda de nuevo, ahora tenemos una bola de derecha que no solo está sucediendo en América Latina, sino también en el mundo. Yo pienso que tiene que ver con la resistencia a la globalización. En cierta manera, que la gente se vuelve muy tradicional, se atrinchera en valores sumamente conservadores. Y es una contraizquierda. Cómo se explica uno tener a Trump después de Barack Obama.

—Volviendo a Nicaragua. ¿La solución la tienen los jóvenes?

—Sí. Yo pienso que sí. Definitivamente, mi generación es una generación interesante porque tiene en la sangre el ardor contra los tiranos. A mí me parece que hay una experiencia colectiva que se ha transmitido, ¿no?, y que no le permite aceptar que se vuelva a repetir la historia.

—Uno de los grandes retos de Centroamérica es superar el machismo. ¿Cómo ve España ahora en el tema de la igualdad por sexos?

—España la veo mucho mejor. Pero falta mucho todavía (ríe).

—A la lucha de la mujer falta incorporar el hombre feminista. ¿Solamente?

—No solamente. Pero pienso que es una tarea muy importante que el hombre se una a esta lucha, porque realmente es un fallo profundo en la sociedad la desigualdad. Y tratar de solucionar ese problema de la desigualdad no es solo un problema de las mujeres, porque a todos nos afecta. Entonces, hay que reclutar a los hombres.

—Para ser un país tan pequeño, Nicaragua tiene superávit de poetas. ¿El virus os lo inoculó Rubén Darío o eso lo da la tierra?

—Yo creo que la combinación de ambas cosas. Los volcanes, los lagos y Rubén Darío.

—Le encanta que la vida le dé sorpresas. ¿Cuál espera ahora y que no adivina?

—Esperar una Nicaragua diferente. La libertad otra vez en Nicaragua, pero no sé cómo se va a dar (ríe).

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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