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miércoles, 29 de noviembre de 2017

  • 29.11.17
El derecho a opinar está absolutamente por encima de todo: cualquiera puede opinar, libremente, de aquello que se le antoje. Pero esta libertad no implica la igual validez de todos los argumentos vertidos sobre un tema. Esta es, quizá, la tarea más complicada: separar la paja del grano en una época en la que, gracias al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación, todo el mundo opina de todo. Con o sin criterio; con o sin educación; con o sin base; con o sin argumentos.



Enfrentarse sin las herramientas adecuadas a este maremágnum es garantía de fracaso: corremos el riesgo de dar pábulo a charlatanes, a doradores de píldoras, a encantadores de serpientes.

El terreno educativo está especialmente abonado para el crecimiento de estas especies opinadoras invasivas: gente que no ha impartido una clase en su vida te dice cómo hacer tu trabajo ignorando las abismales diferencias que hay entre contextos educativos, entre etapas escolares tan dispares como la Primaria o la Secundaria, desconociendo la falta tan grande de inversión que padecen muchos centros educativos y que condiciona nuestra labor docente hasta el extremo, sin tener la más mínima idea de cómo es el sistema actual de evaluación…

Opinen, son libres, faltaría más. Pero otorguen a cada cual una credibilidad acorde con su experiencia.



PABLO POÓ

DEPORTES - TOMARES DIGITAL

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