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miércoles, 4 de octubre de 2017

  • 4.10.17
El cadáver de Teodora Castro sigue oliendo a sexo a pesar de llevar muerta más de cinco años. Desde que ella falleció, su cuerpo permanece de la misma manera: incorrupto, con ese olor penetrante, denso y con un fuerte poder afrodisíaco. Estoy muy cerca de ella, mucho más de lo que ustedes podrían imaginar. Abro la nevera donde lleva todo ese tiempo olvidada y la consigo ver envuelta en un plástico protector. Teodora murió muy joven, con tan solo 25 años. Nadie supo la causa de su muerte. Y les cuento toda esta historia porque ahora me toca a mí averiguarlo.



Me llamo Jorge Rodríguez Armero y trabajo en el Hospital Doce de Octubre como médico especialista en el departamento de Anatomía Patológica. Desde que un compañero me contó el suceso, estoy obsesionado con ella. Quiero averiguar el origen de la fragancia que despide su cuerpo.

Teodora llevaba más de un mes sin vida cuando la hallaron muerta. La putrefacción no había hecho mella en ella. Sus tejidos se mantenían intactos, puros y rosados. Teodora estaba muerta y su piel desprendía cierto aroma erótico que nadie pudo describir.

La encontraron desnuda con un cuchillo y una patata podrida entre sus manos. Parece que la muerte le vino a la hora de preparar el almuerzo. En el momento más cotidiano del día. Era muy reveladora la visión y el contraste de la patata descompuesta en su mano inerte y sin corromper.

Al aparecer el cadáver, avisaron al juzgado y no tardó en presentarse el juez encargado de investigar la muerte de Teodora. El magistrado, que era un hombre casado y de férreas convicciones religiosas, tuvo que abandonar el lugar antes de ordenar el levantamiento del cadáver.

Se fue porque no pudo soportar la poderosa atracción sexual que le provocaba la contemplación de la muerta. Curiosamente, dos meses después, ese juez se pegó un tiro en el ojo izquierdo y nadie pudo averiguar la causa.

El cadáver siguió mucho tiempo allí, en su casa, esperando a que alguien se atreviera a desafiar esa extraña maldición. Nadie quiso tocarla porque la sola visión o contacto con su cuerpo experimentaba en los presentes un primitivo apetito suicida y un deseo libidinoso carnal e incontrolado.

El cuerpo incorrupto de Teodora olía a un penetrante y denso sudor sexual que incitaba el instinto más perverso.

Los que estuvieron en el lugar de los hechos se percataron de ese extraño fenómeno y lo vivieron personalmente. Cuando se acercaban a su cuerpo experimentaban una desaforada actividad genital que casi provoca que algunos de los presentes acabaran en una sangrienta orgía.

Teodora llevaba en la nevera más de cinco años sin que nadie se atreviera a practicarle la autopsia. No hubo forense capaz de hacérsela. Todos tenían miedo. Solamente con mirarla cualquier piel experimentaba un aumento sensitivo y erótico. La temperatura corporal subía lentamente induciendo cierto sofoco que, incluso, acababa provocando en los más débiles un extraño impulso suicida.

Mi trabajo como especialista en el hospital me ha facilitado los trámites necesarios. Hace tiempo que quiero analizar los restos de Teodora. A ella la tienen clasificada como el sujeto 1.201. Lleva todos estos años congelada en una especie de sarcófago a 20 grados bajo cero. En su ficha ya desgastada por el tiempo se puede leer en letras un poco borrosas: "Teodora Castro Sánchez. Causa de la muerte: desconocida".

Hoy he venido a verla y a comprobar si todo lo que me han contado sobre ella es verdad o son supercherías de enfermeras del turno de noche. La tengo delante de mí. Está envuelta en un plástico transparente para evitar ese fuerte olor que transforma al más puritano en un putón irredento.

Es muy bella. No sé si murió sonriendo pero, al verla, diría que sus labios dibujan un tibio gesto que traza en su cara cierta ironía. Tiene unos pechos pequeños y bien formados y una voluptuosa cadera. Sus piernas son delgadas y mantiene firmes sus hermosos muslos. El plástico no puede evitar que siga oliendo a sexo.

Al abrir el cajón, a pesar de estar el cuerpo congelado, se ha notado desde el primer instante esa agradable fragancia erótica. Es algo tenue que apenas se percibe, pero que entra directamente por la nariz y se incrusta en la pituitaria con una aspereza firme y agresiva.

Ahora tendría que abrirla desde el esternón y todo su abdomen para averiguar las posibles causas de su muerte. Después le rajaré la cabeza para analizar sus sesos, pero quiero esperar un poco y contemplarla. Antes de alterarla, de destruir su belleza.

Su olor me invade, me crea cierto dulzor en la boca y una leve pulsación sanguínea en las sienes. Quiero dejarme llevar por ese perfume. Es imposible que la ciencia no haya podido explicar este fenómeno. Que una persona muerta despida la esencia que desprenden los amantes cuando hacen el amor.

Tengo que quitar el plástico y para ello me han recomendado que me ponga una mascarilla de oxígeno para evitar el hechizo que ya me está dominando.

Tengo que liberarme de la mascarilla y comprobar su estado. Sé que corro cierto riesgo pero tengo que hacerlo. No puedo examinarla así. Me aparto la válvula de oxígeno y la esencia de Teodora entra en mi cerebro. Es difícil de describir. No es olor a muerta. Es el perfume de la vida. Es un aroma impregnado de saliva, besos y caricias.

Ella me está tocando, lo veo, lo siento. Pero está muerta, inerte, sonriéndome desde el más allá. Quiero volver a ponerme el oxígeno para escapar de su encanto pero ya no puedo, porque realmente estoy tendido en una camilla. En la nevera de al lado.

Estoy inerte con esa puñetera etiqueta que desde hace años me hace cosquillas en el dedo y en la que se puede leer: "doctor Jorge Rodríguez Armero. Causa de la muerte: suicidio. Sujeto clasificado con el número 1.202".

GONZALO PÉREZ PONFERRADA

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