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sábado, 23 de septiembre de 2017

  • 23.9.17
Desde pequeña siempre he querido ser un hada con una varita mágica. Me gusta la idea de poder volar y conceder deseos. Ayer, cuando volvía a casa, había en mi calle una chica llorando y suplicándole al que parecía ser su novio que no la dejara. Esa escena me produjo tal dolor que, de nuevo, sentí el deseo de poder convertirme en un ser con poderes para ayudar a la gente.



Yo utilizaría mi varita para hacer nacer y crecer la autoestima y la dignidad en las personas; para conseguir que se vieran y se quisieran a ellas mismas tal y como son. No hay mayor libertad que la ausencia de necesidad. La necesidad de otro por soledad o por expectativas sociales provoca degradación y esclavitud. No es justo para nadie.

El que necesita no tiene en cuenta la felicidad del otro o lo que éste quiere: solo utiliza el chantaje emocional para que no lo dejen o, quizás, sería mejor decir para que no lo abandonen. Porque se sienten como un perrito abandonado en mitad del campo, en un lugar que no conocen y donde no hay nadie que los cuide.

Tampoco los necesitados son capaces de verse a ellos mismos y no alcanzan a sentir que ellos son dignos de amor, dignos de compartir su vida con alguien que se acerque movido solamente por el sentimiento más puro: el amor.

El amor a uno mismo te permite tener un gran poder: elegir en libertad. No confundo dignidad con orgullo o soberbia. La dignidad es una sonrisa plácida y una mirada de tú a tú; el orgullo frunce el ceño y contrae todos los músculos del cuerpo y te empuja a mirar al de enfrente por encima. Te monta en un globo frágil, creándote una sensación de superioridad que puede ser desinflada con cualquier pequeño alfiler.

La dignidad acepta y el orgullo ataca. Por duro que sea asumir que no te quieren, lo que es devastador es estar con alguien que sabes que no siente nada por ti. Mi vida casi siempre es un paisaje ondulado, muchas veces con grandes valles profundos y altas montañas, con bajadas y subidas abismales. Pero algo que aprendí muy pronto es que si un chico no me quiere, yo no puedo hacer nada, ni él tampoco. Cuando descubrí este gran secreto dejé de poner mi valía en función del otro. Y ahora me siento libre y puedo volar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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