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viernes, 19 de mayo de 2017

  • 19.5.17
Apreciada señorita:

Una vez más me pongo en contacto con usted para, en este caso, interesarme por sus circunstancias personales. Como digo, me alegraría que al recibo de ésta se encuentre más recuperada del disgusto por la muerte de su gato, vilmente “asesinado” por la dentadura de un perro de presa. "Algo se muere en el alma cuando un amigo se va…", dice la canción. Sé que le tenía mucho apego a su minino.



Claro que un gato sólo es un gato, pienso yo en mis cortas entendederas. Es más, por lo poco que sé de dichos felinos, son independientes, amigables solo cuando les interesa a ellos. Suelen restregarse ronroneando entre las piernas de las personas. ¿Afecto? No se engañe, amiga: solo marcan territorio.

En los tiempos que corren hay una “mitomanía” ascendente por los animales hasta el punto de apreciarlos por encima de las personas. Como curiosidad, le diré que la definición de mitomanía no incluye a los animales. Dice “tendencia a mitificar o admirar exageradamente a personas o cosas” (sic). Habría que añadir, corrigiendo a la RAE, “...y animales”. Ya hablaremos más adelante de este tema, querida amiga.

No sé si sabrá usted que el refranero, en referencia a la convivencia de dichos animales y haciéndolo extensivo a la relación de dos personas que siempre están en conflicto por algo, afirma que “se llevan peor que el perro y el gato”. Según el decir popular, dichos animales nunca han hecho buenas migas.

Posiblemente a usted le suene exagerada esta afirmación y podrá aducir que hay perros y gatos que conviven sin matarse, siempre que respeten espacios. Ése es el quid de la cuestión tanto para animales como para las personas. Y le recuerdo que ambos animales son predadores natos. Algo debe haber de verdad en el refrán cuando la afirmación es tan categórica.

Volvamos a la cruda realidad, querida amiga. Nuestra sociedad está sacando de quicio una serie de cuestiones. Estaremos de acuerdo, supongo, en que un animal es un animal y una persona es algo más. Al menos admitirá que siendo animales ambos, sin embargo los humanos somos racionales, dato este que nos diferencia sobradamente. Sí, ya sé que los animales humanos, con frecuencia, dejamos mucho que desear. Triste pero cierto.

Por parte de algunas personas, en los tiempos que vivimos, está en boga un exagerado amor por los animales, una exaltación de los mismos que ha dado lugar a una nueva escala de valores. De entrada, afirman dichos defensores, que los humanos somos malos, somos menos sensibles que los animales y hay que castigar duramente todo aquello que hagamos en contra de los animales, todo lo que les perjudique. Ya está marcada la raya entre buenos y malos. Los animalistas son los buenos; el resto, basura.

Este surrealista mundo en el que vivimos ha hecho que personifiquemos las cosas y los animales hasta el punto de darles prioridad en nuestro afecto y tiempo a consumir, frente a las personas que casi sin querer –o queriendo, vaya usted a saber– y sin pensarlo –eso quiero creer– vamos dejándolas de lado. Estará usted de acuerdo conmigo en que el humano debe estar antes que los animales, aunque a veces no lo merezcamos.

Soy muy inocente, tengo que confesarlo, y de zoología sé poco, pero si a los humanos los vamos dejando de lado, tarde o temprano tendremos el mismo pago. En nuestra relación con las personas hemos pasado a usarlas y no a compartir su compañía, o el diálogo o la oración, para quienes sean creyentes. Con las personas se habla a través de la palabra compartida. Hablar, dialogar o razonar son opciones buenas. Discutir, imponer, reñir, arañar o increpar es hacer de perro y gato.

La palabra compartida enjuga dolores, sobre todo del espíritu, que son más etéreos de definir y de mostrar. La palabra compartida transmite besos, limpia heridas y las venda, suaviza cicatrices y, sobre todo, abre ventanas a horizontes nuevos aunque lejanos. La palabra es ungüento pero también puede ser cuchillo afilado que rasga el fardel de los sentimientos más íntimos.

Con los animales se monologa aunque queramos ver (pensar) que nos contestan cuando el chucho mueve el rabo, o creemos que nos miran con ojos comunicativos cuando los llamamos por esos patronímicos tan sonoros que les hemos puesto. Puro delirio, amiga.

Mi querida señorita, supongo que usted también hablará con sus perros y sentirá un grato placer porque cree que le entienden. La inteligencia canina parece ser que tiene altas cotas de captación y sociabilidad, no así la felina. Le recuerdo que el gato es receloso e independentista.

Disculpe que redunde en la idea anteriormente expuesta. El gato o el perro, o cualquier otro animal doméstico (¿domesticado?) solo ofrecen eso que llamamos compañía en solitario y, a lo más, el calor de su cuerpo cuando sentimos frío. Por más que queramos, nunca calentarán el alma aterida por el vacío que hemos ido haciendo en ella, o se ha ido creando cuando hemos cerrado puertas y ventanas a la comunicación.

Los animales en general les encantan, predican los animalistas. ¿Hay que ser declarado animalista para alardear de animafilia? Pienso que solo somos selectivos y cada cual puede tener un tipo de animal preferido. Nos encanta un perro, un gato... Pero ¿y un ratón? ¿Una serpiente o las cucarachas entran en su ideario protector?

Existe un amor selectivo por determinados animales. ¡Magnífico! Pero desprecian a las personas hasta el punto de ofenderlas, de cometer hiriente desacato contra ellas, máxime si se declaran defensores del toreo, y a muerte con ellos si son toreros. Se maldice y denigra a cualquiera que sea taurófilo hasta el punto de desearle la muerte.

La controversia está servida hasta tal punto que llegamos a proclamar los “derechos humanos de los animales”. Pura contradicción, mí querida señorita. Quede claro que los animales deben protegerse y necesitan todo nuestro respeto, pero no se les debe más que a los humanos.

El tribunal argentino que proclamó el derecho de “Habeas corpus” para una mona ¿realmente sabía lo que hacía y decía? Amiga mía, hablamos de algo fundamental que surge en la Inglaterra medieval, consistente en no poder privar de libertad a ningún ciudadano sin un motivo.

Una perla más. Otro juzgado ya dio un paso enorme al considerar que una orangutana era una “persona no humana”, es decir pasaba a convertirse en un sujeto de derechos. ¿De qué tipo de persona hablamos? Estamos locos, amiga mía.

Le relato una anécdota que me contó su padre hace tiempo. “En cierta ocasión me topé con una chica que paseaba con una iguana sujeta por una correa. Si dicha señorita quería llamar la atención, lo consiguió con creces. Atrevido de mí, le pregunté si era ecologista. Claro...” Aquí terminó el dialogo. Su padre se retiró cabizbajo y confuso mientras la iguana limpiaba el asfalto arrastrada por su dueña.

La explotación comercial de animales exóticos para que sirvan de mascotas es tan denigrante como otras tantas prácticas cargadas de alevosía. Amén de erradicarlos de su hábitat, muchos terminan siendo abandonados ¡Qué rica está una tapa de caracoles...! Caracol, caracol, col, col... saca los cuernos al sol.

Salude a sus perros y cuide sus plantas y yerbas, que parece que la ilusionan mucho. Otro día hablaremos de ese ardor-amor que siente ahora por el mundo canino. Para otra ocasión me guardo toda una tanda de preguntas con la intención de conocerla mejor para poder despejar esa melancólica tristeza que pinta los cansados y sombríos ojos de su padre, que más parecen la hendidura de un “baldragas” teñido de “alipori”.

Por si no me explico, dichas palabrotas vendrían a hacer referencia a “un hombre insustancial, simple y de poco carácter con vergüenza ajena” (sic). Indudablemente, no tengo a su padre ni por simple y, mucho menos, por insustancial.

Le pido disculpas por haber rozado temas de la intimidad. Desde la distancia que nos separa y reiterando mil excusas por tanta familiaridad, se despide de usted, con un calentito y afectuoso abrazo, ésta que lo es, su amig.

La soledad.

PEPE CANTILLO

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