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sábado, 29 de abril de 2017

  • 29.4.17
Me he enamorado y no puedo dejar de pensar en el objeto de mi amor. Hace años que no me ocurría. No puedo parar de sonreír cada vez que pienso en él y solo deseo verlo, una y otra vez, para que me emocione una vez más. Esta vez no se trata de un hombre: ha sido una película la que ha hecho que mi felicidad se dispare.



Me ha pasado como con tantas cosas en mi vida: al principio no quería verla, pensaba que iba a ser dolorosa y con mi grado actual de sensibilidad no me lo podía permitir. Al final fui para acompañar a un grupo que se reúne para ver películas en versión original.

Como en los buenos enamoramientos, todo ocurrió sin darme cuenta. Ese final azul, como toda la película, me devolvió a la tierra. Volví a ser consciente de mí misma, y solo podía decir que me había encantado y lo que es mejor: me había emocionado y conmovido.

Pretendo hacer una autopsia de por qué me gusta. Sé que los sentimientos no admiten bisturí, pero como se ha vuelto una obsesión, ya la he visto miles de veces más en mi cabeza o en el cine. Quiero saber cuál es la sustancia adictiva que lleva.

Creo que es una gran obra de arte, con una composición de imágenes y música perfecta. El azul perenne que une todo como si se tratara de un solo cuadro en el que se recoge la vida de una persona, el mar como metáfora de la libertad de ser uno mismo, la brisa que despierta y da voz a aquello que hay que esconder.

Nadie sobra: personajes perfilados con cincel, creíbles, humanos, sobrevivientes. Al igual que en el cartel publicitario, los tres actores que representan etapas distintas de la vida de Chiron, el protagonista, empastan perfectamente.

Las elecciones de los mismos han sido acertadísimas y la magia del cine ha dado continuidad a una personalidad, ha construido una persona que lucha por encontrarse consigo mismo y que tiene que hacer frente a un mundo desgarrado. No es dulce el argumento, ni lo son las situaciones existenciales que nos muestra.

Pero yo me quedo, sobre todo, con los momentos en los que Chiron se encuentra con su amigo Kevin: de niños, sintiendo como su amigo lo quiere proteger; de adolescentes, descubriendo nuevos mundos en la arena de la playa; y de mayores, con esas miradas que lo dicen todo.

Miradas, miradas, miradas... Ese es el elemento que me ha hechizado. Preguntas respondidas con miradas, caída de párpados con mensajes cifrados para un solo destinatario. Miradas que se encuentran y se huyen.

El sabor que queda en mi boca es el de la dignidad. La dignidad de ser uno mismo y encontrar a alguien con quien poder serlo, sin disfraces, sin escudos. La pregunta indignada de Kevin: "¿Yo no te conozco?". Lo conoce desde siempre...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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