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miércoles, 18 de enero de 2017

  • 18.1.17
Mareábamos la mar Mediterránea sobre los hierros perfectamente pintados de un petrolero que, para aquellos años, era un buque que no hacía el ridículo dentro de los muchos de ellos sobrantes ilesos o maquillados de la Segunda Guerra Mundial, que parecía que protestaban mientras navegaban con hartura de agua salada.



No hacía mucho que, oficialmente, había terminado la llamada Guerra de los Siete Días, y nosotros íbamos a cargadero a llenar los tanques del apestoso petróleo crudo, que tendrá en su favor la teoría vegetal o animal de su procedencia u origen pero siempre predomina, sobre todo, su penetrante olor a caca fresca.

Cosa de las “bandas muertas” para la radiotelegrafía de aquellos tiempos y cosa de la despreocupación hacia las gentes de los tiempos imperiales, cuando se tiene un destino en lo universal que se acuesta y se levanta contigo, aunque estés navegando a bastantes singladuras (no es el caso) de una España que tenía un pueblo de primera división, cansado de amores patrios, y de poco pan y duro.

El caso es que llegamos y nos metimos en cargadero, fondeamos en boyas y nos dispusimos a recoger las mangueras para acoplarlas al buque cisterna, y tragarnos un puñado de miles de toneladas de crudo que, probablemente antes de que hubiera salido por la boca de la manga a nuestros tanques, desde Holanda o cualquier otro centro pirata mundial de chalaneo, los revendedores, intermediarios, o ladilleros de la economía, a lo mejor ya lo habían vendido y recomprado un par de veces, para que un negocio, la energía, que a nivel mundial debería de estar socializada y estancada, sea fuente primera de especulación, y guardar después los billetes, los llamados billetes muertos, en las cajas fuertes.

En el caso que estoy haciendo referencia, en vez de cargar crudo, dos embarcaciones tipo remolcador, y algunas más de aquellas que nos solían traer comerciantes con baratijas a bordo para que las compráramos, nos trajo un puñado de soldados libaneses que nos decían que estábamos confiscados, y que el barco quedaba detenido, y nos precintaron de inmediato la máquina, el puente, y la radio, ante la sorpresa general nuestra.

Cuando íbamos navegando por el Mediterráneo hacia oriente, lo que veíamos por la mar no nos gustaba un pelo; así es que preguntó el radio a la central si ocurría algo. Y, la repuesta breve y concisa decía que España estaba, como ahora mismo, sin novedad.

Para aquellos años de mi juventud que lo preguntaba todo, y solía tomar, incluso notas, de aquello que para mí era una novedad, la presencia de tropas libanesas en el buque petrolero, era algo muy extraordinario que llenó de agitación los varios días, creo recordar que fue como una semana, que estuvimos detenidos, atracados a boyas de carga, hasta que, visto la inutilidad, pasamos a estar fondeados teniendo la costa a la vista.

El petrolero, en lastre y fondeado, servía de distracción y entrenamiento para las lanchas torpederas israelitas, que se ponían en posición de tiro sobre la panza del buque, y no sabíamos si iban a ejecutar el lanzar los torpedos o no, con los miedos correspondientes. Y para los aviadores mercenarios que volaban en cazas de guerra de fabricación francesa, que antes de ir a bombardear a Beirut y su zona, pasaban rozando, prácticamente, por los palos del buque tanque, y gentilmente nos saludaban.

Tuve pláticas sobradas, y anécdotas como para escribir una novela sobre lo que aconteció en aquellos días, pero el encuentro fortuito de unas anotaciones mías sobre el Líbano de aquellos años, puede que se puedan aplicar a la Siria actual; pero, hasta que no lleve más avanzado sobre Siria, me voy a limitar a darle anotación a lo que con mis preguntas me indicaron soldados y comerciantes libaneses.

Grupos armados o milicias, como los más principales, me indicaron que, en el entorno a conceptos y creencias religiosas, había sobre la nación Libanesa cuatro contingentes armados, que lo de partir un piñón y dividirlo en partes proporcionales no entraba en sus cálculos. Así los maronitas cristianos disponían de sus fuerzas milicianas denominadas Falanges Libanesas, y otras afines llamadas los Guardianes del Cedro, armadas has los dientes.

Los Drusos, otra variante religiosa del cristianismo oriental, que disponía de las milicias llamadas de Joumblatt, y Arslan, dispuestas con las armas a defender sus parcelas. Chiitas islámicos, con sus milicias también armadas llamadas de Amal. Sunitas islámicos, con sus milicias de Hezbollah.

Y claro, con tantos compartimentos sociales, con tantas fronteras internas de guapos y feos, de buenos y malos, cuando uno volvía de aquellos lugares y leía en la prensa lo que sobre oriente, su estabilidad, y su paz solucionadora se escribía, a lo único que te daban ganas era de emitir una sonrisa amarga, porque aquel que dijo que la religión era el opio de los pueblos, y que a más religión más entuertos, es una triste realidad que nos inunda y ahoga.

Las sociedades humanas, hasta ahora, hemos caído de lleno en la trampa de la mentira de los buenos y los malos, y falta que emprendamos de una vez la lucha que nos empareje, y demos fin a las divisiones sociales que tanto benefician a unos muy pocos que viven del cuento, y son los que gritan como plañideras al menor intento social de solucionar de una vez por todas anclajes y lastres que nos están llevando muy lejos de la paz y la convivencia.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

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