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miércoles, 11 de enero de 2017

  • 11.1.17
Todos sabemos que la conducción bajo los efectos del alcohol es peligrosa. Sin embargo, muy pocos conductores saben a qué riesgo se exponen exactamente cuando conducen de este modo. Por el contrario, son muchos los mitos y las falsas creencias que circulan respecto al alcohol y la conducción, pero conviene recalcar que se trata de tópicos erróneos.



El alcohol es uno de los factores de riesgo que con más frecuencia aparece en los accidentes de tráfico. Son muchas las muertes que se podrían evitar si todos hiciéramos un consumo responsable del alcohol y evitásemos conducir bajo sus efectos. Y es que, cualquier tasa de alcoholemia, por pequeña que sea, puede alterar la capacidad de conducir, incrementando el riesgo de accidente.

No es de extrañar que el que bebe y conduce tenga muchas posibilidades de sufrir o causar accidentes. El alcohol produce alteraciones muy evidentes en el comportamiento y afecta a casi todas las capacidades psicofísicas necesarias para una conducción segura.

La velocidad con la que cada ser humano metaboliza el alcohol depende, parcialmente, de la cantidad de encimas metabolizantes en el hígado, que varía entre las personas. Por lo general, después de la ingestión de una bebida normal, la cantidad de alcohol en la sangre alcanza su punto máximo entre 30 y 45 minutos después de haber bebido.

El alcohol altera profundamente el proceso de toma de decisiones en la conducción y una adecuada toma de decisiones es algo muy importante para garantizar la seguridad en la circulación, ya que la gran mayoría de accidentes se producen por una mala decisión.

A su vez, el índice de alcoholemia es variable según la cantidad ingerida, el grado alcohólico de la bebida, el momento de la ingestión, el sexo, el estado de salud y el peso de la persona. Dicho índice permite medir el contenido de alcohol en la sangre del conductor y se define con un coeficiente expresado en gramos por litro de sangre o miligramos por litro de aire espirado (mg/l).

En la actualidad, la ley española no permite la conducción de vehículos si la tasa de alcoholemia supera los 0,5 gramos por litro en sangre (o 0,25 mg/l de aire espirado); excepto en los casos de conductores con menos de un año de carné o los profesionales, en los que la cifra es de 0,3 g/l de alcohol en sangre, que equivale a 0,15 mg/l en aire. Por encima de estas cifras, se aplican las sanciones correspondientes en el llamado "carné por puntos", que prevé la retirada de cuatro o seis puntos o, incluso, penas de cárcel.

Bajo los efectos del alcohol, se infravaloran las alteraciones que provoca sobre el rendimiento en la conducción; se suele tener una falsa seguridad al volante y se sobrevalora la capacidad para la conducción, lo que llevará a tolerar un mayor nivel de riesgo, disminuyendo así el sentido de la responsabilidad y de la prudencia.

Así mismo, la atención se focaliza en el centro del campo visual, por lo que es más difícil percibir los elementos que hay en los bordes de la vía. De igual modo, es mucho más difícil mantener un nivel de atención adecuado durante un tiempo prolongado, toda vez que produce una descoordinación motora y psicomotora, con movimientos menos precisos y alteraciones del equilibrio.

Los peligros fundamentales del alcohol, además de la embriaguez, son la destrucción del hígado debido a las formas graves de cirrosis –enfermedad típica del bebedor, sobre todo si no ingiere alimentos ricos en proteínas– y la lesión de las células nerviosas intoxicadas por el alcohol, que el hígado no logra transformar.

FRAN GALLEGO

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