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viernes, 9 de diciembre de 2016

  • 9.12.16
El otro día, un amigo del instituto con el que no hablaba desde hacía más de veinte años me mandó un mensaje por Facebook contándome que se iba a suicidar. Me dijo que se llamaba Pedro García, pero yo no recordaba ni su nombre ni su cara. Como todavía no estoy muy ducho en esto de las redes sociales, no supe cómo contactar con él, ni cómo actuar para evitar el trágico desenlace. Su número de teléfono no estaba en sus datos personales y tampoco el domicilio.



El comunicado era escueto. "Querido amigo, cuánto tiempo sin saber de ti. Gracias por agregarme el otro día a tu lista de contactos. No esperaba menos. Te escribo estas cuatro letras para comunicarte que esta noche voy a matarme. Por favor, no intentes nada porque ya está decidido. Es una pena que después de tantos años nos despidamos así. Con cariño, tu viejo amigo, Pedro García".

El mensaje se leía en la información general llamada “muro”. Se encontraba entre una invitación para Luces de Bohemia, una crítica periodística de Antonio Mejías y una receta de codornices asadas.

Primero creí ser el blanco de una broma, pero después me atrapó una idea obsesiva. Mira que si es verdad y este tío me quiere echar a mí todo el marrón, toda la responsabilidad de su muerte...

Necesitaba avisar a alguien pero no recordaba quién era ese Pedro García y quién podría conocerlo. Mientras intentaba averiguar cómo podría ayudar a ese hombre, oí que en la radio daban las noticias.

“La pasada noche, Pedro García ha aparecido ahorcado en la azotea de su casa”. Volví la mirada hacia el ordenador y me inundó una profunda frustración por haber llegado tarde. Con mi forma atropellada de leer no me fijé en la fecha. El mensaje me lo mandó el día anterior y yo lo había leído un día después.

Colgué el teléfono aturdido y me eché un rato en mi cuarto. Me quedé dormido. Entonces me di cuenta de que la imagen del tal Pedro me era muy familiar pero no conseguía recordarlo.

¿Cómo era posible no acordarse de alguien que me consideraba un viejo amigo? Las caras cambian cuando pasan los años. El tiempo desdibuja los rasgos y el impacto visual es, a veces, muy desagradable. Menos mal que nosotros mismos nos vamos habituando con el tiempo a nuestra imagen a través de mirarnos día a día. No me imagino el susto que se tiene que dar cualquiera que renuncie a verse en el espejo, y vuelva a mirarse en él treinta años después...

Un timbrazo del teléfono me despertó de mi ensoñación. Descolgué y pude oír la voz de alguien:

—Perdona que te llame pero vi tu número en Facebook y quería saludarte.

—¿Quién eres? –contesté–.

—Soy Pedro García. El otro día me agregaste en tu lista.

—Joder –le dije–, creía que estabas muerto.

—Lo estoy, pero esto es Facebook. Aquí ya estamos todos.

—Ah, menos mal... Pues nada, ahora no puedo entretenerme mucho contigo, Pedro. Escríbeme cuando quieras y, de paso, me cuentas cómo te va por ahí.

El difunto colgó y me quedé tendido en el sofá. Intenté nuevamente recordar esa cara tan familiar. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que Pedro García no era yo.

GONZALO PÉREZ PONFERRADA

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