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sábado, 16 de julio de 2016

  • 16.7.16
Conocí durante un vuelo a Estados Unidos a un chico que regresaba de Irak. Me fijé en él desde que lo vi en la sala de espera. Era latino, con su uniforme del ejército, de pose firme y de mirada fija, acostumbrada a vivir dentro de una jerarquía. Sonreí para mí misma acordándome de Richard Gere en esa película antigua titulada Oficial y Caballero.



Desprendía fuerza y seguridad. Los dados del azar hicieron que su asiento fuese el contiguo al mío. Quedaban ocho horas por delante de Madrid a Nueva York. Siempre me ha gustado hablar con la gente en los aviones. Es como si mi timidez desapereciera con personas extrañas a las que seguro que no voy a volver a ver. Es una transformación parecida a la de los artistas en el escenario.

Aunque él no daba nuestras de querer conversar –ni siquiera me miraba–, advertí que estaba leyendo una revista en español y, entonces, le pregunté si hablaba mi idioma. Asumí el papel de entrevistadora y él se dejó llevar por mis preguntas, cada vez más personales. Supongo que mi apariencia de eterna colegiala le dio seguridad.

Era puertorriqueño, pero se sentía americano –no me gusta esta metonimia por la que Estados Unidos ha asumido que el país es el continente–. Era marine y venía de una base militar que se encuentraba el sur de Italia, desde donde había volado varias veces a Irak para intervenir. Hasta ahí podía decirme.

Su razón para entrar en el ejército fue la misma que la de otros muchos latinos: una salida de la pobreza. Estudiar en la tierra del Tío Sam es para gente pudiente, pero si el ejército estadounidense engrosas sus filas te premia con una beca y una pensión. También con un bonito funeral si te matan.

Sentía una ambivalencia: por un lado, agradecimiento, y por otro, una rabia contenida. Cuando su único hermano murió en la guerra, ningún vecino vino a consolar a la familia. La gente quiere héroes en la pantalla, no en la vida real. No quieren saber que la gente muere. A los veteranos se les da de lado.

Le hice una pregunta directa a los ojos, con la voz más compasiva que pude: "¿ Es duro el día a día en la guerra?". Aún hoy, cuando lo recuerdo, me recorre un escalofrío. Vivir permanente en alerta, no poder fiarte de ningún ser humano –incluidos los niños–, ver cómo a tu compañero le apuntan un trozo de su cuerpo, dormir sin cerrar los ojos, tener al miedo como único amigo y sentir cómo tu sangre se ha convertido en un río de cortisol que te hace avanzar como si fueras un autómata dirigido por un señor que está cómodamente en su casa con sus hijos.

Lo más difícil: volver a casa, a lo cotidiano, no conseguir callar esa voz. No te fíes, no te fíes... Va a por ti. ¿Cómo desprogramarse? ¿Dónde está el botón que oscurece la cara de los muertos? Aquello, desgraciadamente, no era una película. Era su vida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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