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miércoles, 26 de marzo de 2014

  • 26.3.14
Ha muerto el primer presidente de la libertad en España, pues él contribuyó más que nadie a traer. Y lograr lo que parecía todavía más imposible, que fuera en paz, uniendo a los españoles, desterrando el odio, acabando con las dos Españas y pasando página de una terrorífica guerra civil.

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Algo, aquel espíritu de futuro que nos alumbró durante aquel tiempo, que hoy se echa cada vez más en falta cuando retornan las tinieblas del enfrentamiento y se pretende desenterrar el resentimiento y el debate ideológico se envilece en odio partidista y personal.

Hoy quiero, antes de nada y en honor a su memoria, defender aquel tiempo y aquel espíritu, aunque ahora una cierta opinión vociferante reniegue de la batalla por la libertad, del impulso por la democracia, de la consecución de un Estado de Derecho y una Constitución y, todavía más, abjure, tachándola de cobarde, de aquel encuentro y búsqueda de un denominador común, entre todos, desde lo que habían vivido en el Régimen hasta quienes como el PCE habían luchado contra él para salir de la dictadura y emprender el camino de la democracia, donde solo se excluyeron los que querían permanecer en un régimen totalitario y dictatorial, algunos grupúsculos de la más extrema izquierda violenta, como el Grapo y los terroristas de ETA quienes tras haber sido amnistiados, como lo fueron todos los presos políticos, aprovecharon para emprender un brutal camino de asesinatos y terror.

Entre todos y sorteando trampas mortales, como los asesinatos de Atocha ejecutados por los fascistas, los secuestros del Grapo y los atentados etarras, de aquel dramático principio del año 1977 se logró y fue Suárez, con el Rey detrás, quien manejó con inusitada valentía, arrojo y visión el timón de España.

Contra los aparatos y el ejército de un régimen, contra la incredulidad primera de la oposición democrática. Una Semana Santa se atrevió a legalizar al PCE y un verano, por primera vez en nuestra historia y desde hacía más de 40 años, fuimos a votar en libertad. Porque era el voto y el poderlo ejercer la piedra esencial y el principio de la democracia.

Y sigue siéndolo hoy por mucho que, como otras veces en la historia, se pretenda suplantar con alegatos de pueblos y de patrias. Conseguirlo fue en buena parte gracias a Suárez, el artífice que logró amalgamar lo que parecía destinado a confrontarse. Aunque de entrada casi nadie creyera en él.

El búnker lo odiaba; otros posibilistas consideraban por contra que era casi parte de él, como aquel presuntuoso historiador, Ricardo de la Cierva, que lo saludó con un “qué error, qué inmenso error” en el diario El País. Y el error fue luego, con los años, que Suárez lo nombrara efímero ministro de Cultura, que sólo hizo liarlas a cual peor. Y luego la izquierda a quien, por su origen, y todavía con las charreteras del Movimiento marcadas en las hombreras, no confiaba en absoluto en él.

Pero convenció a muchos y arrastró a las mayorías , y quien iba a ser el último presidente del Gobierno del Régimen sería quien lo llevaría a hacerse el harakiri y a convertirse por las urnas en el primer presidente democrático con todas las de la ley.

Se dice ahora que aquel momento fue un tiempo político excepcional. Que aquel “clima” de consenso resultó decisivo. Sí, pero no son los tiempos políticos buenos o malos por una cuestión climatológica sino por cómo los hacen quienes están la política. Y que aquellos de entonces fueron, encabezados por Suárez, quienes los marcaron con su altura, sentido del deber, patriotismo e inteligencia.

Fue nuestro primer presidente en libertad. Un converso a la democracia que le abrió las puertas de par en par y acabó por ser casi el único en creer verdaderamente en ella. Fue Adolfo Suárez un hombre de Estado, con mayúsculas, pero no de partido. O sea, exactamente lo contrario de lo que después hemos venido sufriendo. Se definía siempre como "un servidor de España". Muchos lo proclaman también, pero la diferencia con demasiados es que Suárez lo creía de verdad.

ANTONIO PÉREZ HENARES

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