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sábado, 22 de febrero de 2014

  • 22.2.14
Maneras de escribir, de vivir, de sentir… Eso es lo que encontramos en los libros y cada autor tiene las suyas. Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el escritor de El Gatopardo, es siciliano y aristócrata, como el príncipe de Salinas –Don Fabrizio-, protagonista de esta novela. Y a través de él derrama sus sentimientos de fatalismo y de decadencia de clase.

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El trasfondo histórico es la unificación italiana, liderada por Garibaldi y Víctor Manuel II. Sin embargo, os sorprenderá que ésta y sus luchas no llegaron ni a rozar a la familia Salinas. De hecho, el paso por el que el reino de las Dos Sicilias llegó a formar una parte de Italia se narra de una manera anecdótica. Más que gatopardos, son camaleones: cambian de bando “para que todo siga igual”. Lo importante es conservar los privilegios de clase, da igual quién gobierne.

En sus páginas se puede oler el rancio perfume de la aristocracia latifundista, superficial y convencida de que el mundo no podría girar si ellos no estuvieran montados en él. Aunque, ya al final del libro, se puede ir viendo cómo sus siluetas se van desdibujando y se van convirtiendo en personas comunes, debido a la pérdida de poder e influencias… Hasta la Iglesia los empieza a ignorar.

Curioso el discurso interno del padre jesuita, huésped perpetuo de la familia protagonista, que lejos de creer en que “es más fácil que un camello pase por el agujero de aguja, a que un rico entre en el reino de los cielos”, se rasga las vestiduras ante el cambio de época y de ideas, que empieza a arrastrar el poder feudal de señores y clérigos.

No obstante, podemos decir, desde el presente actual, que todo es un espejismo y que, en realidad, el ser humano es un adicto al poder, pasando éste de unas manos a otras de forma pendular.

El fatalismo lo achaca el autor al carácter siciliano, adormecido y conformista, que huye del cambio y prefiere “lo malo conocido, que lo bueno por conocer”. Creo que este espíritu aún vive en los habitantes de esa maravillosa isla, y me atrevo a decir que también habita en mucha de nuestra gente de Andalucía. Quizás la culpa la tenga el largo estío…

Para mí, lo mejor del libro es la parte de la reflexión sobre la muerte, sobre el desprendimiento del cuerpo limitante, para convertirnos en una especie de polvo de estrellas –según los científicos es lo que somos: pensamiento que no deja de ser fantástico para nuestra autoestima-.

Intuyo que Lampedusa ya percibía –o tenía un conocimiento firme- la cercanía de la visita de la parca, y son sus propias reflexiones sobre el paso que está próximo a dar, las que refleja en el pensamiento de un miembro de la familia... ¿Quién será?

También me ha encantado la sutil forma de avanzar en el tiempo vital de esta saga familiar, que me ha evocado los cambios de luz que se van produciendo desde el alba hasta el ocaso.

Su sangre mediterránea se deja ver en las preciosas metáforas que utiliza en sus descripciones y en su gusto por la estética. Si de algo entienden los italianos es de belleza. Aunque he de decir que Tomasi no se siente italiano: él ve la unión como algo impuesto desde fuera, sin fuerza suficiente como para cambiar el carácter doliente de los habitantes de Trinacria.

En resumen, estamos ante un clásico que no deberían perderse. Y para acompañar esta decadencia, nada mejor que el vals La javanaise, en la maravillosa voz de Madeleine Peyroux. En la frase “Nous nous aimions le temps d´une chanson” (nos quisimos el tiempo de una canción) se resume el concepto del amor de Don Fabrizio.



Ficha literaria

Título: El gatopardo.
Autor: Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
Género: Novela.
Título original: Il Gattopardo.
Fecha de publicación: 1958.
Editorial: Alianza Editorial.
ISBN: 978-84-20657158.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ / REDACCIÓN

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