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domingo, 16 de febrero de 2014

  • 16.2.14
En el libro Pequeño tratado de las grandes virtudes, dice el filósofo Comte-Sponville: “compartir el sufrimiento de otro no es aprobarlo ni compartir las razones, buenas o malas, de su sufrimiento, sino negarse a considerar el sufrimiento, sea cual sea, como hecho indiferente, y a un ser vivo, sea quien sea, como una cosa”.

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Me atrevo a añadir que el sufrimiento ajeno nos tiene que despertar con-pasión, pero no lastima, para que al percibirlo en los que nos rodean tomemos conciencia de él, y así poder mitigarlo en la medida de nuestras posibilidades.

No abogo por la caridad sino por la solidaridad y por ello voy a hurgar en la grave y seria herida de la pobreza, tanto la lejana como la más próxima, para despertar esa capacidad de solidaridad existente en cada uno de nosotros.

Manifestar que vivimos en un mundo lleno de variedad, de diferencias y de contrastes es una afirmación que encierra una valoración positiva, porque se está reconociendo la inmensa riqueza natural, cultural y humana que existe en él y las múltiples maravillas que todos quisiéramos conocer.

Pero si decimos que habitamos en un mundo lleno de desigualdades y desajustes, la cosa cambia porque lo que se afirma es que hay injusticia. Es decir, que las condiciones de vida no son las mismas en todos los lugares y que los recursos no están debidamente repartidos; que hay países donde se dispone de todo lo inimaginable y en otros se carece hasta de lo más necesario.

Esta desigualdad nos muestra un primer mundo tecnificado y desarrollado, que controla la economía mundial y dispone de riqueza y de óptimas condiciones de vida; muestra un segundo mundo que se aleja de ese nivel y mal-vive hipotecado a la sombra del primero. Y además hay un tercer mundo empobrecido y marginado que subsiste en condiciones infrahumanas.

El mapa de la riqueza mundial se reparte en un Norte y un Sur, que no necesariamente coinciden con su situación geográfica en el Planeta. En estos momentos no escapa a nadie que dentro del Norte hay un Sur, es decir bolsas de pobreza y marginación con gente que pasa necesidad. Esta situación no es de ahora aunque sí es cierto que con la crisis se ha acentuado. En la Unión Europea existe un 18 por ciento de ciudadanos en situación de pobreza.

¿Motivos? En términos generales y englobando a todos los países del tercer mundo, es posible que parte de los porqués se puedan achacar a planteamientos internos de algunos de esos países, pero otros muchos son, sin duda, externos a ellos, fruto del colonialismo, del intervencionismo, la explotación, el bloqueo o simplemente el abandono y expolio por parte de los países más fuertes y ricos.

Decir que un país es pobre “porque quiere”, “porque está por civilizar”, “porque no saben administrar los recursos”, sería una salida fácil y poco acertada, yo diría que muy simplona. A nadie le gusta ser pobre, aunque en la mayoría de los casos no pueda dejar de serlo.

Por otro lado decir que “cada cual se arregle como pueda y se resuelva sus problemas” es una postura absurda y claramente inaceptable, al menos por tres razones:

1) Por propio interés. Hoy, lo queramos o no, todos estamos próximos; el mundo se ha hecho pequeño y no es de recibo pretender que los que no tienen nada miren impasibles y resignados a los que viven en la opulencia. Las guerras, el hambre, la destrucción de los recursos naturales, etc., tienen consecuencias mundiales, que antes o después, nos afectarán a todos.

2) Por solidaridad. No podemos quedarnos impasibles contemplando el sufrimiento de los demás, ni volver la cabeza pretendiendo ignorarlo. El sentimiento de solidaridad debe impulsarnos a padecer-con los más desfavorecidos y a “soldarnos”, “hacernos sólidos”, fuertes con ellos, prestándoles nuestra ayuda. Una clara manera de practicar la empatía.

3) Por justicia. Si de verdad creemos que todo ser humano es digno de consideración como persona (racional, autónomo y poseedor de derechos), no podemos permitir la injusticia que supone la desigualdad existente, la marginación y la explotación que convierte a unos hombres en simples objetos para el provecho de otros.

Los principios más básicos de la ética (ponerse en el lugar del otro, tratar a todo ser humano como persona, buscar el mayor bien para el mayor número posible, buscar soluciones desde situaciones correctas de diálogo, etc.), conducen a esta exigencia de Justicia, que es condición para poder hacer un mundo más humano.

La lucha contra el hambre y la pobreza

En la II Cumbre Mundial sobre la Alimentación celebrada en Roma en 2002, el objetivo marcado para 2015, de reducir a la mitad los 800 millones de hambrientos existentes en aquellos momentos ya resultaba una utopía. Si utopía era entonces, actualmente es vana ilusión.

Un delegado africano señalaba que “sólo con la comida que se desecha en los mercados italianos se podría alimentar a 20 millones de personas al día, pero el mundo desarrollado está más pendiente de sus 300 millones de obesos”. ¡Sin comentario!

Descendamos a ras de suelo, es decir, a la realidad que nos circunda porque dentro de nuestro supuesto primer mundo –en España, a la vuelta de la esquina- hay personas que lo están pasando muy mal. A continuación reflejo brevemente dos caras de una realidad. La primera marcada por la sinrazón, la contemplo con espanto; la segunda la miro con zumba y retintín.

Echemos una mirada por encima del tejado de la riqueza para bajar a los sótanos de la pobreza. Según datos recientes de prensa, “las 85 fortunas más ricas del mundo tienen el mismo dinero que la mitad más pobre del Planeta”; “La concentración del 46% de la riqueza en manos de una minoría supone un nivel de desigualdad sin precedentes”.

La pobreza ha aumentado de forma alarmante en países como Grecia, España o Portugal, como efecto de las políticas de austeridad. Concretamente en España, la tasa de pobreza del pasado 2013 duplica a la de 2007, según datos del Instituto Nacional de Estadística.

Si inadmisible es lo dicho anteriormente, no dejan de ser duros los datos que aporta un estudio realizado por la Confederación Española de Cooperativas de Consumidores y Usuarios (Hispacoop) en hogares españoles, para conocer la cantidad de alimentos que terminan en la basura.

Tiramos al año unos 28 kilos por persona entre pan, leche, frutas y verduras, pastas, arroz, carne, comida preparada, y un largo etcétera. El citado estudio concluye con una afirmación muy dura: “En los últimos años todos hemos incurrido en excesos, consumiendo por encima de nuestras necesidades”.

Desgraciadamente es cierta dicha afirmación, aunque nos hayamos apretado algo el cinturón. Remachando el tema, según datos de la Comisión Europea, el 42 por ciento del desperdicio de alimentos se origina en los hogares, el 39 en las empresas de producción y el 14 por ciento en los restaurantes.

¿Motivos de este derroche? Falta de información; que aún no estamos concienciados de que cerca de nosotros hay quien lo pasa mal; que nos hemos vuelto muy quisquillosos y comer sobras no gusta; que vivimos muy de prisa y no hay mucho tiempo para cocinar; que la mayoría de nosotros no tenemos conciencia real de lo que significa pasar hambre porque no lo hemos vivido, ¡afortunadamente para muchos!

Que, que, que… Este reiterativo “que” hace referencia a las personas que todos los días comemos y hasta podemos hacerle asco a determinadas comidas. Las personas que no tienen nada que llevarse a la boca o están mal-comiendo en nuestro país –parto de los próximos sin dejar de lado a los lejanos- no hacen ascos a lo que los demás podamos desdeñar. En las ciudades, la rebusca en contenedores y en las cercanías de las grandes superficies, es una muestra palpable de dicha precariedad.

Las causas pueden ser muchas, la realidad es una y única. En España se está pasando hambre. Es cierto que hay organizaciones ayudando; que la familia está siendo más que nunca el puntal básico; en definitiva, que la solidaridad de los más cercanos, a veces no en mejor situación, es capaz de compartir con los más necesitados. No hablo de caridad sino de solidaridad y probada empatía porque en las distancias cortas nos jugamos a las personas y muchas otras cosas.

Unas reflexiones para terminar: dejar de lado “el usar y tirar” nos hace responsables en el consumo. Practicar la austeridad –no la tacañería- frente al derroche, sería una senda por recorrer. Recordemos que el alimento más caro es el que tiramos a la basura.

El rico practica la caridad para tranquilizar la conciencia; el pobre, la solidaridad para tender la mano. Los primeros pretenden ser filántropos y a distancia, los segundos, aun teniendo poco, comparten.

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PEPE CANTILLO

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