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domingo, 15 de diciembre de 2013

  • 15.12.13
En esta ocasión, vamos a sumarnos a la moda de lo abstracto impuesta por la española (aunque no lo parezca) Lo imposible, cogiendo el título que hemos traído para esta ocasión. Además, si la licencia fílmica no hubiera sido suficiente, nos vamos a desplazar hasta la propia esencia de la compañía Disney y vamos a copiar uno de sus esquemas y clichés más famosos: contar una historia con moraleja. Eso sí, intentaremos que estás líneas se asemejen más a la Disney de los años 80-90, bastante lejos de los palos de ciego que está acometiendo ahora.

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Planteamiento: érase que se era, una nueva generación de consolas de sobremesa que llegaba al mercado. Todos los chavales del reino estaban como locos por adquirir un ejemplar. Por este motivo, reunieron 500 euros los seguidores de Xbox One, 400 los amantes de PS4 y se dispusieron a intercambiar su ilusión materializada en billetes por esa nueva magia en forma de aparato.

El día que terminaron de recopilar todo el dinero, fue el día de mayor magia consumista de todo el país: el Black Friday, un día donde los “conjuros” estaban más baratos. Mientras tanto, en unas tierras muy lejanas donde los videojuegos eran más extraños, un joven reunió más de 1.300 euros para conseguir la última de Sony.

Nudo: una vez que abrieron las puertas de los locales mágicos, todos los chiquillos salieron escopeteados para agarrar la deseada consola y podérsela llevar a casa. Mientras tanto, el inquieto mozo de los recónditos parajes se hacía con su artículo deseado tras mucho tiempo de espera.

Desenlace: ahora es cuando ofrecemos la lección de esta encantadora –a nivel superfluo- historia y desmontamos el mito.

Este cuento no trata ni de lejos, que nos pillen confesados, del arquetipo “lucha por lo que quieres y lo conseguirás”. Entre otras cosas, porque “con la que está cayendo encima”, poder desembolsar 500 euros de un golpe y porrazo sólo está al alcance de unos pocos: los niños mimados. Y ni siquiera de todos. Tan sólo de unos cuantos. De los más consentidos. La “historia” va por otros derroteros bien distintos.

El planeta está perdiendo los estribos y las buenas formas. No vamos a desvariar en los motivos porque de un modo u otro todos sabemos de qué se está hablando aquí. No comentamos una crisis económica acuciante. Que también. Hablamos de una crisis moral, ética y lo peor de todo: ausencia de sentido común.

Comprarse nuevos sistemas está muy bien y puede ser muy gustoso –la cartera no aprueba esta afirmación-, pero hágase con precaución. Entre otras cosas, las primeras remesas de consolas nuevas tienen un índice mayor de posibilidades de presentar fallos en las piezas o en el funcionamiento. Sony asegura que en PS4 sólo se está dando un 1 por ciento de estos errores, pero quien se crea a ciegas esos datos claramente interesados, es que no ha visto nunca Heidi. Lo sentimos por Bankia.

Pero más allá de que una cantidad relativamente pequeña de consolas tengan fallas iniciales, del elevado coste de las mismas en los primeros meses y de que apenas cinco meses después del lanzamiento se está anunciando una versión “Slim”, más barata y mejor que la primera versión, hay algo más. Hay una cosa más profunda y menos visible si no es inspeccionada: el fanatismo.

No es comprensible la actuación de los compradores de PS4 y Xbox One corriendo por los pasillos de los establecimientos para coger una caja. Cualquiera que no supiera de qué iba el tema y pasara por allí pensaría que regalaban algo.

Pero no era así ni de lejos. Las puertas de los centros comerciales y tiendas colapsadas, revueltas en el interior para hacerle un favor a dos compañías que, por el “módico” precio de tan sólo 400-500 euros te otorgan un nuevo producto. Si es que está “tirao” de precio.

En cuanto al joven del otro reino, sí, el de las tierras lejanas, tenemos a un hombre que fue el primer cliente en comprar una PS4 en Sao Paulo y que desembolsó la friolera de 1.800 dólares, unos 1.300 euros en España. Como nota al margen, si nos quejamos de los precios de videojuegos en España, mírese lo abusivo de otras zonas del mundo.

¿Qué sacamos de todo esto? Que se pierde el uso de la razón por conseguir algo nuevo relacionado con un videojuego. Es cierto que se trata de una sobremesa nueva. Totalmente de acuerdo y comprensible la ilusión y el entusiasmo, pero de ahí a comportarse como si no hubiera mañana, gastando tan anchamente todo ese capital, hay un trecho importante. Incomprensible por otra parte gastarse 1.300 euros en un aparato.

Puede parecer que nos estamos tirando piedras sobre el propio tejado al criticar la compra de videojuegos, pero nada más lejos de la realidad. Hay que consumir con cabeza y actuar en consecuencia de unas necesidades.

No seamos hipócritas: con esto no decimos de hacer fila india para comprar ni invertir más de mil euros en una ONG. Que quien lo haga, bien por él, bastante falta hace la ayuda humanitaria en los tiempos que corren. Hablamos de comprar con la cabeza, menos con el corazón y de gastar el dinero en cosas más importantes incluso para nosotros mismos, para la pareja, la familia…

Se trata de saber que es “lo importante” y gastar nuestro tiempo y dinero en ello. Quizás la fantasía Disney ha empañado demasiado este texto. Quizás es que ya es Navidad... en El Corte Inglés.

SALVADOR BELIZÓN / REDACCIÓN

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