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sábado, 21 de diciembre de 2013

  • 21.12.13
Con los escasos datos históricos que han llegado hasta nuestros días, todo parece indicar que el ser divino que resucitó y subió a los cielos (¿?) en cuerpo y alma, no existió. Sólo conocemos lo que la Iglesia ha conservado: los cuatro evangelios. En ellos, se afirma que nació en una casa en ruinas a las afueras de Belén, bajo la atenta mirada de una mula, que cargaba con los poquísimos enseres que portaban en su precipitado viaje a Egipto, y un buey, que no se sabe bien qué hacía en aquel establo.

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Nació durante la madrugada del 24 de diciembre, de una muchacha que era virgen antes, durante y después del parto –según el dogma de la Inmaculada Concepción-. En los evangelios también se dice que su padre era Dios-Padre, creador del universo (de lo visible e invisible, como afirma el Credo); y que san José sólo desempeñó el cargo de padre putativo, es decir, de padre administrativo.

Según san Agustín, «hay muchas verdades dentro del Cristianismo que no es bueno que el vulgo conozca, y hay otras que son falsas pero que es bueno que el vulgo crea». ¿Estamos, entonces, ante verdades falsas que el vulgo debe creer, o realmente existió un ser celestial, concebido de modo divino, y nació de modo casi mágico?

Parece raro, en todo caso, que un acontecimiento así pase desapercibido para sus contemporáneos, que nadie haya escrito nada, ni siquiera los “reyes magos” que le regalaron oro, incienso y mirra, pero que se abstuvieron de dejar constancia por escrito.

Parece ser que las únicas referencias de su existencia son de autores considerados cristianos, recopiladas a partir del Edicto de Milán, cuando la Iglesia se hizo fuerte. Son escasas las referencias escritas por personas ajenas al movimiento cristiano.

La primera cita es de Flavio Josefo, historiador judeo-romano que escribió las Antigüedades judías y La Guerra de los judíos. En el primero, se lee: «Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, el hermano de Jesús (llamado Cristo) y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados». (20.9.1)

Curiosa cita porque nos informa de dos cosas que la Iglesia sigue negando: que ese Jesús llamado Cristo tenía un hermano, Santiago, y que fue condenado a morir apedreado. Puesto que el Jesús que buscamos no tuvo hermanos, ¿podemos afirmar que se trata del personaje que buscamos o es un error cometido por este cronista judeo-romano?

Si el Jesús del que escribe Flavio Josefo es el Jesús-evangélico, hermano de Santiago, ¿también éste fue de Dios-Padre, de origen divino?, ¿la madre continuó siendo virgen después de este segundo parto? No nos cabe duda de que las mentes sesudas de la Iglesia deberán explicarnos estos misterios.

La segunda cita es del historiador Gayo Suetonio Tranquilo, conocido como Suetonio a secas, historiador y biógrafo romano durante los emperadores Trajano y Adriano. En su obra cumbre, La vida de los doce Césares (Vit. Caes., Claud., 25), escribió: «A los judíos, instigados por Crestus, (Claudio) los expulsó de Roma por sus continuas revueltas». Este Crestus no debió ser el Jesús-evangélico que dijo “dad al César lo que es del César”, sino que instigó a los romanos y organizó revueltas. ¿Quién fue realmente este Crestus?

La tercera, de Plinio el Joven, párrafos 5, 6 y 7, de su epístola al emperador Trajano: «(…) y que además maldijeran a Cristo (…) Éstos todos veneraron tu imagen y las efigies de los dioses, y maldijeron a Cristo (dijeron) que acostumbran reunirse al amanecer y cantan un himno a Cristo, casi como a un dios. Destacó que éste no presidió ningún proceso a los "cristianos" porque desconocía de qué se les acusaba, y que se limitaban a cantar himnos a Cristus como si fuera un dios (Cristus quasi Deo)».

Una cita más, de Tácito, Anales, 15.44.2 y 3: «Por lo tanto, aboliendo los rumores, Nerón subyugó a los reos y los sometió a penas e investigaciones; por sus ofensas, el pueblo, que los odiaba, los llamaba “cristianos”, nombre que toman de un tal Cristo, que en época de Tiberio fue ajusticiado por Poncio Pilato; reprimida por el momento, la fatal superstición irrumpió de nuevo, no sólo en Judea, de donde proviene el mal, sino también en la metrópoli (Roma), donde todas las atrocidades y vergüenzas del mundo confluyen y se celebran». Y no hay más.

Ninguna referencia de contemporáneos tan prolijos como Séneca (muerto en el 66); Petronio o Lucano (muertos en el 65); Filón de Alejandría (muerto en el 54); Plutarco, Quintiliano, etc. Lo que sí parece cierto es que el Cristianismo más parece una tosca adaptación de mitos ancestrales que ya existían (y siguen existiendo, porque forman parte de la memoria de la Humanidad), como la escatología egipcia del mito de Horus; Mitra, en Persia; o Krishna, en la India, que además, fue la segunda persona de la Luna-trinidad y, curiosamente, fue perseguido por un tirano que asesinó a miles de niños. Todos ellos coinciden en haber nacido un 25 de diciembre, en rodearse de doce discípulos (zodíaco), resucitar, subir a los cielos y ser llamados hijos de Dios.

Y es que, en palabras de Albert Schweiter, filósofo y Premio Nobel de la paz de 1952, «el cristianismo moderno tiene que contar con la posibilidad de que en cualquier momento haya que rectificar la historia de Jesús».

ÁLVARO RENDÓN

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